Los hilos del imperio Capítulo 32
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Capítulo 32

Savannah se quedó paralizada, sin despegar la vista del balcón al escuchar aquel apodo que no oía desde hacía milenios.

«Cielo».

Había estado a punto de caer al suelo, de vomitar, de llorar siglos enteros al no encontrar rastro alguno del amor que recordaba en aquellos ojos verdes, los mismos de los que se había enamorado cuando aún era joven, cuando todavía era humana.

Aquel fantasma había llegado a su vida para cambiarla por completo.

En apenas unos meses le enseñó qué era amar, qué significaba elegir y, por primera vez, lo que era ser libre.

Fue él quien le pidió matrimonio en un bosque nevado, apenas unos días antes de que el imperio quedara reducido a cenizas.

El mismo que sanó a su lado, que patinó con ella sobre un lago helado, que la besó como nadie lo había hecho jamás.

El hombre que le regaló el anillo que ahora llevaba oculto sobre el pecho, al que acudía instintivamente cada vez que todo se derrumbaba, recordándose que aquellos días felices habían sido reales… y que, de algún modo, volverían.

Savannah había abandonado su condición de humana hacía mucho, muchísimo tiempo…

La sangre no le corría por las venas, ya no respiraba, su corazón había dejado de latir.

Pero al morir, la magia que había permanecido latente durante más de cien años por fin se liberó.

Y, aun así, su destino no cambió tanto como había imaginado.

Durante años había creído que ser la guadaña significaba convertirse en algo espeluznante, perder lo poco humano que le quedaba.

Sin embargo, ejercer aquel poder no transformó su vida como temía.

En el fondo, seguía haciendo lo mismo que cuando estaba viva: acompañar, sostener, permanecer al lado de quienes cruzaban el umbral, asegurándose de que no lo hicieran solos.

Savannah siempre había sabido que, cuando un alma estaba a punto de cruzar hacia una vida mejor, se formaba un vínculo.

Lo había sentido miles de veces durante sus años como sanadora.

Era como rozar un hilo fino e invisible que los unía; bastaba acariciarlo para aliviar el dolor, para ofrecer paz en el instante exacto en que el mortal cerraba los ojos y se dejaba ir.

Aun así, siendo la guadaña, hubo algo que nunca dejó de dolerle.

Llevarse las almas de los niños a Bankai nunca era fácil, ni siquiera para alguien que entendía la muerte como un tránsito.

Muchos de esos pequeños no tenían familia esperándolos al otro lado, así que Savannah se quedaba con ellos.

Con su magia, nacida del deseo de protegerlos, había creado un lugar único en Bankai: un refugio donde las almas jóvenes podían seguir creciendo.

También, se aseguraba de buscarles un hogar y nuevas familias dispuestas a acogerlos incluso en el más allá.

Nunca imaginó que su destino estuviera al otro lado de la muerte; pero morir había sido el principio, no el final. Y allí, con ese nuevo poder latiendo donde antes lo hacía un corazón, supo que había llegado al lugar que le correspondía.

Había encontrado su propósito en el mundo.

—¿Sabes quién soy? —La voz de Dalton la hizo volver al presente.

Savannah se giró despacio, descompuesta y aturdida, pero no pudo evitar comérselo con la mirada. Vestía una camisa negra medio abierta impecable y pantalones a juego; el cabello negro, algo revuelto, le caía sobre la frente. Y su piel… tenía ahora el mismo tono espectral que la de ella.

—Sé quién eres.

Él negó con la cabeza, sus ojos se habían suavizado, pero los puños seguían apretados.

—Dioses, Savannah.

Oír su nombre en sus labios le revolvió las entrañas. No supo cómo interpretar aquello ni sus gestos, solo sintió el miedo aferrársele al pecho. Había soñado con aquel momento durante miles de años, lo había imaginado de mil formas distintas…, pero nunca así.

—Puede… puede que te cueste recordar —empezó ella—. Que al principio sean cosas sueltas, sensaciones…, pero no todo.

¿Qué más podía hacer? Tenía que mantener la calma, aparentar que estaba bien.

Entonces Dalton hizo algo que la desarmó más que cualquier palabra: sonrió.

—Si crees que podría olvidar a la mujer a la que amo, estás muy equivocada.

Si piensas que podría borrar los mejores días de mi vida, los únicos en los que me sentí completo…

, no sabes nada de mí. —Su sonrisa se ensanchó—.

¿Cómo iba a olvidar a quien me sostuvo cuando ya no quedaba nada, a quien me ayudó a sanar cuando estaba hecho pedazos?

¿A la mujer a la que pertenezco incluso más que a mí mismo?

—Dio un paso hacia ella—. Solo necesitaba saber una cosa —añadió—: que tú también me recordabas.

—Me recuerdas… —dijo entre sollozos.

—¿Cómo podría olvidarme de ti? —respondió él, a apenas unos centímetros. Por primera vez, su rostro dejó al descubierto todas aquellas emociones, las mismas con las que había soñado una y otra vez.

Ella también se acercó con el pulso acelerado, nerviosa por volver a escuchar su voz, por reconocer su olor, por tenerlo tan cerca…

«Está aquí conmigo… Se acuerda de mí… Y me ama…, me ama».

Las manos de Dalton fueron a su cintura, y Savannah tuvo que acostumbrarse otra vez a aquel tacto: a su altura, a la amplitud de su cuerpo, a esos hombros donde tantas veces había apoyado la mejilla.

A los labios que habían besado su cuerpo…

Todo en él le resultaba familiar y, al mismo tiempo, peligrosamente nuevo, como volver a casa después de una eternidad y descubrir que el lugar seguía siendo el mismo.

—Te dije que te esperaría los milenios que hicieran falta. Que contaría las horas, los días y las eras, solo para volver a encontrarnos.

—Siempre me has recordado… Cuando te vi por primera vez, tú ya sabías quién era yo y todo lo que habíamos vivido, incluso aquella vez en la que me viste arrodillado delante de Eda.

Dioses…, no puedo imaginar el dolor que debiste de sentir.

—Las lágrimas descendieron por sus mejillas, brillando como luz líquida—. Lo siento… Lo siento tanto.

Ella habló deprisa forzando una sonrisa.

—Te dije que no importaba. Tú mismo me recordaste que aquello sería solo tu pasado…

—añadió intentando calmarlo—. Fue doloroso, sí, pero fui fuerte.

Pensé que necesitabas recorrer ese camino, equivocarte y sanar para llegar a ser quien eres ahora.

Por eso no te busqué durante todos estos siglos, porque tenías que vivir, cometer esos errores que te llevaron hasta mí.

No podía cambiar tu vida por egoísmo, por mucho que me doliera verte sufrir, lo único que intenté…

—le costó decirlo— fue encontrar a la persona que te hizo daño, a la culpable del abuso que sufriste.

Pero nunca me diste detalles de aquello.

—Bajó la mirada—. Fue lo único que quise cambiar.

Dalton la estrechó contra él y ella se dejó ir en el abrazo. Su rostro quedó oculto en su pecho, y aquel contacto le recordó a dónde pertenecía.

—Toda mi vida he creído que no era lo bastante importante para nadie. Que nadie me querría con la profundidad con la que yo amo ni me esperaría con la paciencia con la que yo espero —confesó él—. Pero estaba tan equivocado… Tú me has esperado incluso antes de que yo supiera quién era.

Savannah alzó la cabeza con una sonrisa serena. No se avergonzaba de haber esperado al hombre que le pidió matrimonio.

—Siete mil años, Dalton. Te he esperado siete mil años y no me ha pesado ni un solo momento, porque siempre tuve la certeza de que este día llegaría.

Ha valido la pena cada era, solo para poder decirte que te amo.

Aunque para ti haya sido un parpadeo… y para mí, toda una eternidad.

—Se puso de puntillas—. Te amo como el último día en que mis ojos se cruzaron con los tuyos, porque mi amor por ti no ha cambiado; solo ha permanecido latente, esperando a ser correspondido de nuevo.

—Hay tantas cosas de las que tenemos que hablar —dijo Dalton al fin—, pero ahora no importa.

Ya nos han robado demasiado tiempo. —Sus manos comenzaron a recorrerla sin miedo, con una familiaridad que para él era reciente, pero que para ella aún requería volver a acostumbrarse—.

Mi memoria está borrosa, pero no puedo olvidar cómo perdías la vida en mis brazos.

Cómo no pude hacer nada para detenerlo. Ese dolor no desaparecerá nunca, ni siquiera aunque te tenga delante.

Ambos eran fantasmas en un mundo que, para los vivos, parecía estar rodeado de muerte… Pero la verdad era otra.

Ellos constituían la prueba de que la muerte nunca era el final.

De que el dolor, incluso cuando parecía eterno, terminaba por agotarse.

De que mil años de soledad podían valer la pena si, al final de ese túnel oscuro, existía una mano esperando.

No eran restos de lo que habían sido ni sombras condenadas a vagar sin sentido…

Eran la confirmación de que el amor sobrevive al tiempo y al miedo.

De que incluso en un mundo que se desmorona, hay finales que no hablan de pérdida, sino de regreso.

Savannah ya no veía aquella espiral oscura en el pecho de Dalton; el dolor había dejado de devorarlo desde dentro, y eso solo podía significar una cosa: el limbo había cumplido su propósito.

Ella era la prueba…, la demostración de que se podía escapar del trauma, de la depresión que lo mantenía anclado y de la soledad que lo había condenado durante siglos.

No lo había salvado borrando el pasado ni negando lo ocurrido, sino quedándose, sosteniéndolo cuando no había nada más a lo que aferrarse.

Y en ese sencillo gesto de no marcharse él había encontrado algo más fuerte que el sufrimiento: la posibilidad de seguir adelante.

—Eres la mujer más increíble que he conocido nunca.

—Alguien me dijo que debía ser fuerte.