Los hilos del imperio Capítulo 31
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Capítulo 31

Dalton escuchaba la tormenta azotar en el exterior.

El viento aullaba y la lluvia golpeaba con violencia, pero no lo alcanzaban; estaba a cubierto, a salvo, y aun así el estruendo se filtraba por cada rendija.

Voces, pasos, cuerpos en movimiento…, todo le llegaba distorsionado, como si el mundo se encontrara demasiado cerca y, al mismo tiempo, irremediablemente lejos.

Trató de recordar cómo había llegado hasta allí, pero cada intento chocaba contra un muro invisible y lo hacía retroceder. Al final dejó de resistirse. Su mente se rindió, y sus oídos se aferraron a lo único que todavía lograba distinguir: tres voces.

—Solo sigo teniendo el maldito susto en el cuerpo, solo eso.

Estoy bien —dijo la primera voz, demasiado cerca de él—, no creo que vaya a más, han sido unos meses muy difíciles.

Esta mañana se ha abierto otra grieta mágica, cerca de la costa sur.

Rai Raider y yo la hemos contenido antes de que se expandiera, siguiendo el protocolo habitual.

Rai Raider. Ese nombre…, el cuervo, una de las manos derechas de Iron Shadow.

La segunda voz, más dulce y lejana, respondió con cautela:

—En tu estado no deberías encargarte tú sola de Bankai.

—Sabes que es mi deber —replicó la primera, con la frustración filtrándose en cada palabra—. No puedo hacer otra cosa.

—Sé muy bien cuál es tu deber, pero deja de serlo en el momento en que pones en peligro no solo tu vida. ¿Me entiendes?

Se escuchó el roce de la cama al moverse y unos pasos apresurados.

—Niña insensata —intervino entonces la tercera voz, más vieja—. Él no querría esto. No querría que te dejaras cegar por el ansia de seguir adelante en tus condiciones.

—¡Él no está aquí! —estalló la primera voz ahora jadeante—. ¡Por la muerte…, no está aquí!

El cuerpo de Dalton se movió al escuchar los sollozos que rompieron el silencio en el que se había sumido la estancia. Reconocía aquella voz. Solo tenía que abrir los ojos para saber si estaba allí… o si todo era un sueño.

—¿Dalton? —lo llamó por su nombre aquella mujer mientras le tomaba la mano y su pulgar rozaba con cuidado sus nudillos—.

He visto que tus ojos se mueven bajo los párpados, así que debes de estar despierto.

—Sintió cómo se acercaba, como si se inclinara sobre él—.

¿Estás despierto? Por favor, dime que sí.

Sus párpados respondieron a su súplica, y su cuerpo se movió un poco.

—Sí…, eso es. —Ella le apretó la mano—. Eso es.

Cuando Dalton abrió los ojos se encontró con una mujer. Su cabello blanco caía a ambos lados del rostro, la piel estaba pálida y sus ojos color zafiro permanecían fijos en él.

—Eda —balbuceó su nombre.

El cuerpo no le dolía y no sabía por qué había tardado tanto en despertar, pero aun así movió la mano para corresponder a su gesto, aferrándose a ella como si fuera lo único real en ese momento.

Allí estaba la mujer que había habitado sus sueños durante siglos.

El mismo rostro de Kaiserin, devuelto a la vida en Eda con el paso del tiempo.

A ella le había enseñado la magia, la había entrenado hasta convertirla en una guerrera.

Fue la mujer que lo llevó a arrodillarse y pedirle matrimonio y que lo rechazó porque amaba a otro.

Y, aun así, había sido a ella a quien entregó todo su imperio, cumpliendo el pacto sellado con su esposo: si él moría, el mundo sería suyo.

—¿Por qué estás llorando? —fue lo único que Dalton quiso saber.

Eda se secó las lágrimas sin borrar la sonrisa. La conocía demasiado bien para no notar que algo había ocurrido. Y, aunque frente a él hubiera una mujer inmortal, reconoció en sus ojeras el mismo cansancio y la misma tristeza que había cargado durante siglos.

—Hay muchas cosas que tengo que contarte —respondió con suavidad—. Hemos de ponernos al día…, llevamos meses sin saber nada de ti.

—¿Meses?

—Es normal que ahora te sientas desorientado.

Al llegar a Bankai, las almas son privadas de los recuerdos vinculados a su muerte para preservar su tránsito.

Por eso la memoria puede resultar incompleta o desaparecer del todo.

—Se sentó en el borde de la cama—. Has pasado mucho tiempo en el limbo, pero ya estás aquí.

Dalton se humedeció los labios, intentando ordenar sus pensamientos.

—Los muertos no dormimos…, entonces ¿por qué estoy en una cama?

—Se palpó el cuerpo sin mirarse—. Ya estaba muerto cuando esas malditas arañas me clavaron sus púas en la carne, cuando me atravesaron mientras yo…

—buscó las palabras— estaba allí. Y aun así sentí que volvía a morir, joder…

—Se pasó una mano por el cabello, frustrado—. Nada de esto encaja.

Eda asintió despacio.

—Salir del limbo tiene consecuencias, y más aún cuando vienes del Tártaro —dijo tras inspirar hondo—.

Los kholdrath intentaron llevarse tu alma.

En Bankai, tú y yo somos una luz, las llamas que mantienen el equilibrio, y eso es precisamente lo que buscan.

Nuestra presencia atrae a muchas más criaturas de las que solía haber en estas tierras.

Pero ahora estás a salvo, los kholdrath que te atacaron están muertos.

Estamos intentando darles caza a todos, aunque cada vez resulta más difícil.

—Frunció el ceño—. Siguen abriéndose grietas mágicas por las que se cuelan, y el limbo es el peor de todos los frentes. Allí no puedo entrar.

Él parpadeó lentamente.

—El limbo…

—¿No lo recuerdas?

Vio cómo Eda se ajustaba la enorme capa azul oscuro que le caía sobre los hombros y se la cerraba alrededor del cuerpo.

—¿Por qué llorabas? —repitió Dalton, como si no supiera qué otra cosa preguntar. Algo dentro de él le decía que necesitaba una respuesta, que ocurría algo que no estaba viendo.

La mujer mayor que había hablado antes apareció detrás de ella. Era un espectro azulado, con el cabello blanco recogido en un moño tirante y un vestido negro que cubría por completo su piel.

—Deberías dejarlo descansar, ya hablaréis después. Aunque haya muerto hace meses, acaba de salir del limbo y su alma sigue desorientada. —Sus ojos vacíos recorrieron a Dalton de arriba abajo.

—Sí, será lo mejor —dijo Eda asintiendo despacio—. Os dejaremos solos. Tomaos el tiempo que necesitéis; la casa es vuestra todo el tiempo que queráis. No penséis en nada más…, ya habéis hecho suficiente. —Miró hacia atrás un instante—. Estaré fuera unos días.

Entonces Eda y la anciana se desvanecieron en un remolino de oscuridad y desaparecieron de la habitación.

Por fin, Dalton logró incorporarse y se dio cuenta de que estaba en una habitación que no había visto nunca.

Yacía sobre una cama amplia y elegante, cubierta por sábanas claras con delicados bordados blancos.

A su alrededor se alzaban armarios altos de madera oscura, adornados con herrajes de tonos plateados.

La estancia era demasiado grande para resultar acogedora.

Recorrió el lugar con la mirada, intentando situarse, hasta que algo en una esquina llamó su atención.

Allí, abrazándose a sí misma, había un fantasma. Vestía un sencillo vestido rosa y lo observaba con unos ojos grandes y atentos que no parpadeaban.

—¿Te conozco? —preguntó Dalton.

La mujer de la esquina cambió el peso de un pie al otro; el tacón crujió suavemente contra la madera.

—¿Sueles ver muchos fantasmas?

Dalton negó con la cabeza.

—No creo en los fantasmas.

La figura del vestido rosa esbozó una sonrisa leve, sin dejar de abrazarse a sí misma.

—Pues me temo que Bankai está lleno de ellos. —Lo señaló con la barbilla—. Y tú… ahora eres uno más.

Dalton miró hacia abajo y apartó un poco las sábanas. Vio que sus manos estaban bañadas por un brillo pálido. Aun así distinguía la carne bajo aquella luz y, cuando movió los dedos, comprobó que seguía sintiéndolos con firmeza. Parecía solo cubierto por aquella claridad espectral, nada más.

—¿Te disgusta lo que ves? —le preguntó ella; al parecer se había acercado.

Dalton se quedó en silencio, observándola con atención, siguiendo cada uno de sus movimientos como si necesitara asegurarse de que era real.

—No, no me disgusta.

Miró hacia su derecha. Una luz enorme bañaba los pies de la cama, mezclándose con el parpadeo cálido de las velas.

Aquel no podía ser otro lugar más que Bankai.

La ventana abierta daba a un balcón de piedra, y desde allí se veía volar a varias criaturas aladas, de tonos espectrales, atravesando la lluvia.

A lo lejos, un bosque se extendía bajo el cielo, lleno de árboles de colores imposibles.

Y, sobre todo ello, auroras boreales recorrían la oscuridad con hilos de luz, tiñendo el mundo de reflejos verdes y azulados.

—Siento algo extraño en el pecho —Dalton habló al fin—, como si la paz me hubiera atravesado de golpe.

—Se llevó la mano al corazón que ya no latía, rozando su cicatriz, sin apartar la mirada de la ventana—.

No recuerdo haber sentido esto antes de morir.

Ya no hay ansiedad, ya no está ese ruido constante en mi puta cabeza que nunca me dejaba en paz.

—Cuando las almas mueren, se les concede el regalo de olvidar aquello que las empujó hasta el final.

No la vida entera, solo el peso que las rompió.

Si fue el dolor lo que te llevó a morir, este deja de perseguirte.

Si fue la soledad, el vacío se apaga. Y si fue la pérdida…

—hizo una breve pausa—, el alma aprende a buscar esperanza en lugar de aferrarse a lo que ya no está.

Bankai no permite que sigas sangrando por la misma herida eternamente.

Dalton volvió la vista hacia ella. Los dedos de las manos le picaban de forma desesperante, así que se aferró a las sábanas, intentando deshacerse de aquella sensación que no terminaba de irse.

La mujer permanecía a los pies de la cama con la espalda recta. No había sonrisa en su rostro; solo una expresión contenida, algo que Dalton no lograba descifrar y que, aun así, le despertaba una extraña inquietud.

—¿Quieres que vuelva a llamar a Eda? —carraspeó nerviosa, alisándose el vestido con la mano, aunque no lo necesitaba—. Si prefieres…

—¿Por qué la llamarías? ¿No nos ha dejado a solas precisamente para hablar? Me pregunto por qué alguien que no me conoce querría quedarse aquí conmigo.

Entonces ella, como si el cuerpo hubiera reaccionado antes que la mente, se llevó la mano al pecho y tomó el anillo que colgaba de su colgante.

Los diamantes rosados brillaron entre sus dedos.

Lo acariciaba despacio, recorriendo el contorno de la gema una y otra vez, ajena a que estaba delatándose sin decir una sola palabra.

—Solo tenía la esperanza de hablar contigo…, de saber si recordabas algo de lo que ha ocurrido en estos meses en los que has estado desaparecido —dijo sin que un solo músculo de su rostro se moviera.

Dalton se incorporó con lentitud sobre la cama y se sentó en el borde, cerca de la ventana donde ella permanecía inmóvil. Se puso en pie con cuidado, sintiendo el suelo bajo los pies. Ella seguía aferrando el anillo contra el pecho, como si soltarlo fuera impensable.

Avanzó despacio, sin apartar la mirada de la joya. El simple gesto la hizo encogerse antes de obligarse a enderezar la espalda. Ahora lo miraba desde abajo, con los ojos muy abiertos.

—¿Qué… qué estás haciendo? —tartamudeó ella, aunque no se apartó.

Dalton alzó la mano, dándole tiempo de apartarse si quería, y rozó con el dedo índice la cadena, empujando el collar hacia un lado para ver mejor el anillo. El contacto fue tan leve que apenas lo sintió, pero bastó para erizarle la piel.

—Creo que ya he visto esto antes —lo examinó—. ¿De dónde lo has sacado?

—Me lo regaló alguien hace muchos años.

—¿Alguien importante? —No apartó la mano; siguió sujetando la joya con la yema del dedo.

—Mucho.

—¿Alguien de quien estabas enamorada?

Ella se mordió el labio y sus mejillas espectrales se tiñeron de un leve tono rosado. Su mano se movió hacia el colgante, pero Dalton no la soltó. Sus dedos rozaron los suyos y sintió un chispazo recorrerle el cuerpo.

—Nunca he dejado de estarlo —confesó al fin.

Dalton asintió, absorbiendo cada reacción de aquella mujer, cada mínimo temblor que la delataba.

Entonces ella dio un paso atrás. Las lágrimas se le acumularon en los ojos y, de pronto, tiró del colgante para tomar el anillo con fuerza.

Sus tacones retrocedieron con torpeza, casi huyendo, y se movió hacia el balcón, como si su único pensamiento fuera escapar, incluso si eso significaba lanzarse al vacío.

«Lo recordaba. Después de todo, ella lo recordaba».

—Ni se te ocurra salir de esta habitación, cielo —le advirtió—. Así que dile a tus tacones que se den la vuelta y te traigan de regreso aquí, conmigo.