Los hilos del imperio Capítulo 30
90%

Capítulo 30

Dalton nunca olvidaría cómo la vida se apagó en los ojos de Savannah, cómo su cuerpo, manchado por la sangre que brotaba de su pecho, se fue aflojando poco a poco entre sus brazos hasta quedar inmóvil.

Durante todo aquel último mes había sabido que aquello acabaría así.

Lo recordó en cada sonrisa que ella le regalaba; en cada beso prolongado, memorizando su boca como quien teme olvidarla; en cada caricia, cuando recorría su cuerpo, besándola entre las piernas y aferrándose a ella como si así pudiera detener el tiempo.

Incluso en esos instantes de intimidad robada, cuando se buscaban con hambre, sabiendo que eran minutos prestados, que en cualquier momento tendrían que separarse y volver a ser fuertes: a vigilar, a proteger a los demás.

A los niños, a la granja, ese pequeño refugio que apenas podía albergar a todos los que dependían de ellos.

Había contado cada segundo hasta llegar a ese momento, y aun así nada lo preparó para el golpe. Saber que la mujer a la que le pertenecía su corazón —ese que había creído irrecuperable y que, sin darse cuenta, había empezado a recomponerse— iba a morir lo destrozó.

Era el mismo final que había presenciado demasiadas veces: el de su esposa, hacía más de trescientos años; el de Eda, al borde de perderse en aquella batalla… El patrón se repetía con una crueldad insoportable, como una condena escrita solo para él.

Tal vez Savannah era la guadaña, pero él siempre había sido el verdugo.

Ella se había hundido las garras en el corazón, igual que él había acabado con su vida en el pasado. Habían muerto del mismo modo.

El círculo se había sellado.

Cerró los ojos mientras las lágrimas le caían sin control y el dolor le arrancaba un grito mudo.

Deseó volver atrás, a dibujarla, a trazar sus vestidos rosados, a memorizar la forma en que se movía al caminar.

Deseó oírla cantar para darles ánimo, verla bailar con ellos en aquel salón improvisado, arrancándoles sonrisas donde ya no quedaba nada.

Deseó escuchar de nuevo su risa, incluso cuando ella ya sabía que aquellos niños a los que había cuidado acabarían muriendo por su propia mano para evitarles una muerte peor.

Y, como si Bankai respondiera a sus deseos, todo a su alrededor se desvaneció. El fuego azul que avanzaba hacia ellos, la traidora que había desatado una guerra destinada a durar milenios, el estruendo, la furia…, todo desapareció de golpe.

Ahora Dalton estaba arrodillado sobre la hierba, con las hojas secas crujiendo bajo sus rodillas. Apoyó una mano al frente para no perder el equilibrio. Al bajar la mirada reconoció la piedra blanca, el mármol gastado por el tiempo y, en sus dedos…, ya no había sangre.

Alzó la vista. Era una fuente en medio de un bosque de árboles retorcidos, envueltos en una niebla que ya había visto antes.

Dalton había vuelto al lugar donde empezó todo… Al presente. Pero las hilanderas ya no estaban allí, ni los hilos que lo habían atrapado antes de aparecer en aquel callejón. Solo quedaban él, el bosque y la certeza de que Bankai lo había escuchado.

—¿Savannah?

Sabía que tenía que encontrarse allí. Lo supo con una certeza que le apretó el pecho. Y rogó, con todo lo que le quedaba, que ella lo recordara. Que hubiera cumplido su promesa.

—¿Dalton…? —Su voz, dulce y temblorosa, le dio fuerzas para incorporarse del todo, para alzar la cabeza y girar sobre sí mismo en su busca.

—Estoy aquí —respondió de inmediato—. Escucha mi voz. Síguela.

—¡Dalton!

El sonido llegó desde el otro lado de la fuente. Avanzó hacia allí, con las manos extendidas, apartando la niebla como si pudiera abrirse paso a fuerza de voluntad.

Estoy aquí. Estoy aquí. Estoy aquí , le repetía él.

La niebla se hizo más densa. Apenas había luz; solo se distinguían las ramas retorcidas cerrándose a su alrededor. Se había internado en el bosque, con las lágrimas aún calientes en el rostro y ese dolor que, contra todo pronóstico, se había transformado en la esperanza de verla otra vez.

—¡Sigue corriendo, Dalton! —le pidió ella desde algún lugar lejano—. ¡Sigue corriendo!

Miró a ambos lados.

No había camino.

Avanzaba sin rumbo, perdido en un bosque oscuro que parecía retorcerse sobre sí mismo.

Las raíces emergían del suelo y las ramas se cerraban a su paso, arañándole la piel al intentar retenerlo.

Detrás, se escuchaba el chasquido de unas patas demasiado largas, demasiado rápidas.

Pero no era un único cuerpo persiguiéndolo.

Los kholdrath.

El sonido crecía y se multiplicaba, deslizándose entre los troncos, trepando por la maleza, como si el bosque entero hubiera cobrado vida y ahora se cerrara sobre él. Decenas…, quizá cientos, de criaturas avanzaban a la vez, atraídas por su presencia, por su alma.

Arañas humanoides.

Cazadoras de almas.

¿Dónde estás? ¿Dónde estás? ¿Dónde estás… ?

Entonces lo vio.

Entre los troncos, a lo lejos, algo se movía.

Cuerpos enormes avanzaban a cuatro patas, pero no iban tras él, corrían huyendo de los kholdrath, adelantándolo.

De su pelaje comenzó a brotar una luz roja, como la del crepúsculo cuando el sol se resiste a morir.

Aquella luz se filtraba entre las sombras del bosque, dibujando una senda imposible entre los troncos retorcidos, como si el bosque se abriera ante ellos.

Eran lobos.

La leyenda de la que le habló Savannah lo atravesó como un relámpago.

—Seeone… —susurró sin darse cuenta.

No guiaban a quien no estaba perdido, aparecían cuando el miedo había borrado el camino. No te llevaban a donde querías, sino a donde necesitabas ir.

Las kholdrath detrás de él chillaron impacientes.

Dalton corrió tras los lobos, mientras zigzagueaban por senderos que jamás habría tomado por sí mismo. Se internó en el camino que abrían entre los árboles, confiando en esa luz roja que cortaba la oscuridad.

Lo estaban guiando.

Mientras todo a su alrededor se desdibujaba, un polvo rosado comenzó a aparecer ante él, mezclándose con el resplandor rojizo de los enormes cuerpos de los lobos.

Dalton seguía siendo un alma en aquel limbo, sí…, pero ya no estaba roto. Algo en su interior se había recompuesto. Había sanado.

Ella lo había salvado de todas las formas posibles.

—Vuelve conmigo, Dalton —la oyó suplicar—. Por favor…

Las arañas le pisaban los talones. Sentía sus patas golpear la tierra, el chasquido de sus cuerpos al moverse.

Intentó hacer lo que siempre había hecho: girarse, aplastar sus mentes, reducirlas a ceniza con un solo gesto.

Pero no ocurrió nada. Chocó contra el mismo muro invisible de antes, una resistencia absoluta, como si aquellas criaturas hubieran sido creadas para soportar incluso la furia de un emperador.

Ya no tenía la llama idealis.

No tenía magia.

No tenía nada que pudiera salvarlo…

Nada, salvo una dirección.

«No te rindas ahora, joder».

Corrió. No huyendo de ellas, sino avanzando hacia la voz que lo llamaba.

«No te rindas».

«No te rindas».

«No te rindas».

Corrió con una velocidad inhumana, propia de un dragón en pleno vuelo.

«Vuelve conmigo», le había gritado ella. Y Dalton siempre lo hacía, porque su alma estaba hecha para seguir la suya.

Así que continuó avanzando, guiado por el polvo rosado y por los seeone, que lo llevaban de regreso a casa. Porque su hogar nunca fue un lugar, ni un imperio, ni un trono.

Su hogar era Savannah.

Un kholdrath se deslizó frente a él, cerrándole el paso.

—Hijo de puta —maldijo Dalton con rabia.

No era estúpido. Aunque aquellas criaturas resistieran su magia, aún podía recurrir a la de Bankai.

—Estáis muertas. —Dos espadas se formaron a su espalda, nacidas del puro deseo de tenerlas allí.

Las desenvainó… y empezó a matar.

Los kholdrath emergían de la niebla como una marea de pesadillas. La primera espada descendió y una pata cayó cercenada y comenzó a retorcerse sobre la tierra negra. Giró sobre sí mismo y la segunda hoja atravesó un torso humano, arrancándole un alarido.

Las arañas se le echaban encima, lo rodeaban y lo empujaban. Una le abrió el costado y el dolor le arrancó un jadeo, pero no paró. Continuó corriendo como pudo, obligándose a no mirar atrás.

Tenía que llegar hasta ella.

Un kholdrath le atrapó el brazo. Dalton giró sobre sí mismo y clavó la espada a ciegas, sintiendo el impacto seco y el retroceso subirle por el hombro. Otra criatura se le lanzó desde un lateral y lo derribó contra el suelo.

Mierda.

Cada herida lo volvía más lento, más torpe; lo que antes era instinto letal ahora exigía esfuerzo. La sangre negra le empapaba la ropa, se le enredaba en el pelo y le ardía en los ojos hasta nublarle la vista.

Aun así, no se detuvo.

No retrocedió.

Siguió matando.

Las espadas cortaban y atravesaban, pero también se atascaban en cuerpos que no dejaban de lanzarse sobre él. Cada vez que intentaba avanzar, las criaturas lo empujaban hacia atrás, devolviéndolo al centro de aquel infierno.

Eran demasiadas.

«No te rindas —se repitió como un mantra—. No te rindas».

El mundo empezó a deshacerse a su alrededor, como una pintura arrastrada por la lluvia. Le costaba mantener los ojos abiertos; cada parpadeo era más largo que el anterior.

«Ya está —pensó—. Ahora sí».

Creyó que el dolor se estaba apagando con él, que la muerte venía a engañarlo una última vez con esa falsa calma que precede al final, que el peso que lo aplastaba era solo su cuerpo rindiéndose.

Pero no. De pronto, el peso desapareció. La presión que lo inmovilizaba cedió de golpe, y las púas que se le clavaban en la carne se retiraron una a una.

Las criaturas estaban retrocediendo.

Dalton se apartó jadeando y se limpió la sangre de los ojos, solo para ver cómo las cabezas humanas de los kholdrath mantenían la vista fija detrás de él.

—No podéis huir de mí —escuchó aquella voz demasiado hermosa para existir en medio de tanta muerte.

Un humo rosado irrumpió hacia las arañas y las envolvió sin darles tiempo a reaccionar. Las ancló al suelo, aplastándolas contra la tierra negra y contra las cortezas resecas de los árboles, quebrando cuerpos y retorciendo miembros hasta dejarlos inmóviles.

Decenas de criaturas quedaron atrapadas, incapaces de escapar.

«Savannah está aquí».

—Moriréis de la forma más violenta que hayáis imaginado —dijo fría—. Porque no se toca lo que me pertenece.

Ante él, los kholdrath comenzaron a caer uno tras otro.

Como pudo, Dalton clavó los dedos en la tierra y se forzó a girar el cuerpo. La piel se le desgarró al arrastrarse; tierra, piedra y hojas se le metieron en las heridas abiertas y le arrancaron un grito ronco de dolor.

Cuando por fin quedó bocabajo contra el suelo y alzó la vista para mirarla, todo lo demás dejó de importar.

Savannah ya no tenía piel humana.

Su cuerpo brillaba con una luz fantasmal, la misma con la que él la había visto por primera vez en la sala de reuniones de Iron Shadow, la misma con la que se lo había llevado de aquella batalla.

Su vestido largo de tonos rosados, esa vez de volantes, ondeaba como una bandera viva al viento, y de sus manos abiertas se deslizaba un humo del mismo color.

Su cabello dorado enmarcaba aquel resplandor sobrenatural, que parecía no del todo de ese mundo… y, aun así, real.

Frente a él estaba la mujer a la que amaba, aquella a la que se había prometido.

Frente a él estaba la guadaña. Aquella a quien había elegido y la que lo había elegido a él. La muerte hecha forma y, aun así, su hogar.

La guadaña era suya… y él, irrevocablemente, de ella.

«Vuelve conmigo». Eso era lo que su voz le había dicho mientras corría. Y por eso, aunque ya no podía caminar, aunque el cuerpo le temblara al borde del colapso y la vista se le nublara, se arrastró hacia ella apoyándose en los antebrazos.

Savannah caminó hacia él. Los tacones rompían las hojas secas bajo sus pies mientras sostenía el porte inquebrantable de una verdadera emperatriz. Con cada paso, el poder que emanaba de ella se expandía en oleadas.

Los alaridos de los kholdrath se apagaron uno a uno, como si la propia noche estuviera cerrándoles la garganta. Dalton no necesitó girarse para saber que, a su espalda, se estaba ejecutando una matanza tan violenta que ni siquiera quiso darle forma en su mente.

Su poder se retiró poco a poco, como una marea que vuelve a su origen.

Él dejó de arrastrarse cuando la tuvo frente a él. La miró desde abajo, sin fuerzas ya para ocultarlo, y supo que ella vería la súplica en sus ojos.

—Nadie toca a mi… —Dalton perdió el conocimiento antes de llegar a saber cómo terminaba la frase que Savannah había empezado a decir.