Los hilos del imperio Capítulo 29 #3
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Capítulo 29 #3

—Nada de eso importa, morirías antes de conseguir nada.

Todo esto… —¿Cómo podía explicarlo? ¿Cómo hacerla entender?

—. Sé que has manipulado a la primera llama, que has retorcido sus emociones, su moralidad.

Quieres que Kaiserin queme el mundo. Y lo hará, Marcelin.

El destino ya está escrito: yo moriré, tú morirás… y jamás tendrás ese maldito monolito.

—Tal vez no lo entiendas, Savi, pero no morirás.

Savannah cerró los ojos y una lágrima descendió por su mejilla.

Le dolió escucharla hablar así, con esa fe torcida en que podía salvarla, en que todo lo que había hecho tenía algún propósito.

Intentó buscarle sentido, el más mínimo, imaginando que quizá dentro de milenios, cuando volviera a encontrarse con Marcelin en algún rincón del mundo, podría preguntarle por qué.

Por qué había purificado ciudades enteras.

Por qué había sacrificado niños. Por qué había prendido fuego a un imperio mientras afirmaba que lo hacía por ellas, por un futuro mejor.

Pero, por más que lo intentara, Savannah no encontraba ninguna respuesta que no sonara a excusa.

La verdad era demasiado simple y cruel: no había un mundo nuevo esperándolas.

—¿De verdad crees que ese monolito vale tanto como para matarnos a todos? ¿Como para matarme a mí?

—Querías enterrarlos a todos, lo prometiste en aquella grieta, ¿recuerdas?

Dijiste que los jinetes pagarían, que este mundo pagaría.

Yo… yo solo he cumplido tu deseo porque soy tu amiga.

—Se señaló el pecho—. Tú tienes la culpa de todo esto.

Ellos… ellos solo están recibiendo el castigo que tú misma pediste.

El poder de Savannah empezó a desvanecerse, como una vela ahogada por el viento. Miró a su alrededor: las piedras que saltaban de la tierra con cada temblor, los árboles desplomándose, el abismo abriéndose más y más …

Había sido su culpa.

Sus promesas de vengarse de aquel mundo injusto habían dado forma al monstruo que ahora tenía delante. Ella había pronunciado esas palabras; Marcelin solo había sido la mano que las tomó al pie de la letra y las convirtió en realidad.

Marcelin había cumplido los deseos de Savannah porque estos siempre encontraban la forma de hacerse realidad.

No dejes que se meta en tu cabeza. Sé fuerte.

Escuchó la voz de su fantasma, pero cuando giró la cabeza hacia los lados, no vio nada. Ni entre sus sombras, ni entre el fuego, ni en ningún rincón de aquel caos. No había rastro de él. Y lo peor fue darse cuenta de que no sentía su presencia como siempre la había sentido.

¿Y si no estaba allí? ¿Y si nunca lo había estado? ¿Y si su compañía no había sido más que un eco de sus propios deseos, una mentira nacida de su soledad?

Dalton…, ¿dónde estás?

Sé fuerte.

—El Ojo es demasiado poderoso, Savannah. Puede anular la magia, puede hacer muchas más cosas…, cosas que solo yo conozco. El Olvido tiene un propósito, más allá de despertar la revolución. Todo tiene un sentido. Yo misma se lo he dado… Por ti.

Contéstame, ¿estás aquí? , le preguntó a Dalton.

Necesitaba verlo una última vez, decirle con su propia voz todo lo que nunca se había atrevido a confesar.

Marcelin continuó:

—No le temas ahora a la muerte, cuando nunca lo has hecho.

Sé que esa nueva magia te está afectando, que te está ensuciando por dentro, pero pronto dejarás de tenerla y volverás a sentirte como siempre.

—Su voz vaciló—. He hecho cosas que no están bien, lo admito.

He cometido errores, pero tú también deberías admitir los tuyos.

Apretó la mandíbula furiosa, al parecer Marcelin no necesitaba recurrir a la magia para intentar doblegarla; nunca le había hecho falta. Siempre había tenido ese don peligroso para manipular en todos los malditos ámbitos.

Pero Savannah no iba a ceder.

—Mi magia no está corrompida, ninguna lo está. Ella no decide el bien o el mal…, lo hace quien la empuña. Solo alguien con un corazón torcido es capaz de usarla para destruir; en manos justas, la misma fuerza puede salvarlo todo.

—Tienes un buen corazón, pero esa magia tiene que desaparecer de tu organismo. Usaré el Ojo de Nyxar para hacerlo, anularé tu magia si… —Se pasó las manos por la melena oscura, como si las piezas encajaran por fin—. Tienes que dejarme terminar.

Mientras hablaba, el fuego avanzaba, discreto, reptando hacia ella y hacia los jinetes que se hallaban a su espalda.

—¿Terminar el qué?

—Tengo más propósitos para el Ojo de Nyxar —respondió Marcelin alzando las manos en un gesto apaciguador—. Otros. Es un plan que llevará cientos de años, quizá milenios, para completarse… Pero eso no importa. —Sonrió, convencida—. Lo entenderás, ya lo verás.

Dioses, estaba perdida.

Aquello ya no era convicción, sino obsesión.

Cuando la magia se adueñaba de alguien no solo desgastaba su cuerpo, también erosionaba su conciencia, estrechaba el mundo hasta reducirlo a una única idea, a una sola necesidad que debía cumplirse a cualquier precio.

Marcelin ya no veía alternativas ni consecuencias, solo un camino recto y ardiente que estaba dispuesta a recorrer aunque tuviera que quemarlo todo a su paso.

—¿Qué quieres hacer conmigo, Marcelin? —Extendió las manos a los lados—. ¿Qué soy yo en todo esto? ¿Qué pretendes que haga?

Ella ladeó la cabeza, observándola como si la respuesta fuera obvia.

—En realidad, ya lo has hecho todo. Me diste la razón cuando mataste a Kilian.

—Esbozó una sonrisa débil—. Seguro que usaste la magia de la muerte.

Y también cuando acabaste con tu propio padre; ya no siento su llama…

y, aunque lo tuvieras escondido, sabes tan bien como yo que moriría de todas formas —se burló—.

Viéndote ahora…, estoy más convencida que nunca de que esto es lo correcto.

La tierra volvió a estremecerse y Savannah sintió un calor abrasador deslizarse sobre su piel, uno que solo podía proceder de una de las tres llamas, pero no era ninguna que hubiera conocido jamás.

Savannah recogió sus sombras y las hizo replegarse contra su cuerpo, obligándose a mantenerse erguida pese a la traición, pese a llevar grabada en la piel la culpa de millones de muertes por haber alimentado, sin quererlo, a un monstruo.

La amistad que las había unido había sido demasiado intensa; una lealtad que rozaba la locura y la protección ciega, capaz de cruzar cualquier línea en nombre de ideales revolucionarios.

Porque había una frontera casi invisible —y terriblemente peligrosa— entre querer cambiar el mundo y querer destruirlo por completo, entre luchar por un futuro mejor y justificar el exterminio como si fuera un precio necesario que pagar.

Y Savannah entendió, con una lucidez dolorosa, que Marcelin había cruzado esa línea hacía mucho, arrastrándola a ella consigo.

Cerró los ojos unos segundos.

Sabía que tendría tiempo de sobra, incluso en la muerte, para recordar los últimos cien años. Porque, aunque el imperio cayera ese día…, volvería a alzarse, la magia regresaría, las llamas renacerían… y sostendrían de nuevo el equilibrio.

Entendió entonces que, de algún modo, la magia había traído a Dalton hasta ese instante para enseñarle lo que nunca había sabido ver.

Ella siempre había luchado hasta el final de forma impulsiva, convencida de que la única respuesta era avanzar sin detenerse.

Pero él le había mostrado otra verdad: que esperar también podía ser una forma de venganza.

Que la muerte no era un final, sino una pausa.

Dalton estaba muerto y, aun así, había seguido existiendo, había compartido con ella algo parecido a una vida.

Y gracias a eso comprendió que aún podía cumplir aquello que siempre había deseado: que sus enemigos la vieran gobernar no desde el miedo ni la destrucción, sino con un buen corazón incapaz de corromperse.

—El destino ya está escrito, Marcelin. Voy a dejar que hagas esto, pero escúchame bien: el futuro es lo único que no puedes controlar.

—Esta vez fue Savannah quien sonrió. El aire ardiente agitó su cabello rubio mientras alzaba el mentón—.

Puede que hayas tenido cien años para tramar este plan, pero yo estaré siete milenios cargando con la caída de un imperio.

Tengo siete milenios por delante para aprender, para esperar…

y para preparar la mayor venganza que este mundo haya conocido.

No dejó de sonreír ni permitió que el miedo la alcanzara. Y entonces, justo al lado de Marcelin, lo vio. Dalton estaba allí, como si hubiera evitado mostrarse antes para no influir en su decisión.

Verlo le dio fuerzas. Porque supo, sin lugar a dudas, que era real.

Siempre lo había sido.

Savannah levantó la mano, allí donde ahora fluía todo su poder: su voluntad, la venganza latiendo bajo la piel y, por encima de todo, una esperanza que se negaba a morir.

—Savi, ¿qué estás haciendo? Aún no hemos terminado.

Savannah no la escuchaba, sus ojos estaban fijos en Dalton, y en ese instante solo podía mirarlo a él. Porque si volvía la vista hacia Marcelin, moriría con la rabia clavada en el corazón… y no quería eso. Quería morir como él lo había hecho: de amor.

Un destello de fuego azul brilló a miles de kilómetros y se alzó como un océano que despertaba y avanzaba hacia ellas.

—Deseo que olvides mi rostro, Marcelin. Que de mí solo te quede el recuerdo de una amistad… y la certeza de que fuiste tú quien la hizo pedazos. —Se llevó la mano al pecho—. Deseo que no me reconozcas cuando vaya a por ti. Y que solo me recuerdes unos segundos antes de morir.

No era una amenaza.

Era una promesa.

Y, como todos sus deseos, se cumpliría.

Savannah sintió cómo su voluntad empezaba a desvanecerse. Marcelin intentaba doblegarla, torcer su decisión antes de que fuera irreversible. Pero ella ya había elegido su final.

Porque ella era la guadaña.

Cuando sus dedos se transformaron en garras, se las hundió en el corazón con un movimiento definitivo. El dolor fue inmediato, pero no gritó. Solo sintió el pulso desbocarse, la sangre brotar entre sus manos y cómo sus rodillas cedían hasta golpear la tierra.

No miró al monstruo en que se había convertido su mejor amiga. No quiso darle ese último gesto.

Solo lo vio a él, corriendo hacia ella, como si aún pudiera evitarlo. Como si el tiempo pudiera obedecerle por una vez.

—¡NO!

Pudo oírlo gritar su nombre, una y otra vez, como si repetirlo pudiera traerla de vuelta. Cuando por fin llegó hasta ella, sintió sus brazos rodeándola, desesperados, intentando sostener un cuerpo que ya empezaba a ceder.

—Cielo…, no me hagas esto —suplicó estrechándola contra su pecho—. Por favor. Por favor…

—Te esperaré los milenios que hagan falta. Contaré las horas, los días, las eras, hasta que volvamos a encontrarnos.

Los ojos de Savannah se cerraron y dejó que las sombras la envolvieran, llevándola al lugar al que siempre había pertenecido.

Vas a ser mi secreto más preciado, Dalton Basilius , susurró por última vez en su consciencia. Vas a ser mi esperanza.