Los hilos del imperio Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

Hablaba como aquel hombre subido al barril, como si fuera una profeta.

Habían crecido con convicciones duras, forjadas en una rabia fría y contenida: la de ver cómo los privilegiados se tragaban el mundo sin pagar el precio, mientras a los demás no les dejaban ni las migajas.

—¿Y los mortales? —preguntó Savannah—. ¿Por qué se comportan así en las calles? ¿Por qué esos objetos? ¿Qué demonios has hecho?

Marcelin ladeó la cabeza.

—¿De verdad piensas que unos trastos pueden otorgar poder? ¿Que una daga robada o un colgante viejo podrían cambiar el destino de alguien? Savannah…, por favor.

—¿Entonces todo era una farsa?

—Por supuesto que lo era, solo yo tengo el poder de la llama valirio.

No la tierra ni los objetos…, yo. Así que les di un propósito.

¿Qué es robar para un mortal? Supervivencia.

—Alzó la mano como si eso fuera obvio—. Pero si les haces creer que cada objeto puede despertar un poder dormido, entonces el robo deja de ser un delito. Se convierte en esperanza.

—¿Esperanza? ¿De verdad crees que manipularlos así los salvará?

—En cuanto los mortales empezaron a creer en algo, los jinetes, tal y como predije, los aplastaron. Respondieron con violencia, mostrando por fin lo que son de verdad: corruptos, arrogantes e incapaces de soportar que sus privilegios por fin se tambalearan.

Para ella eso no era esperanza, era una cuenta atrás. Construir algo sobre un engaño no salvaba a nadie, solo decidía quién caería primero.

Intentó ponerse en su piel, entender qué podía estar pasando por su cabeza, qué grieta interna hacía que aquel razonamiento pareciera, aunque fuera por un instante, aceptable.

¿Cansancio? ¿Rabia? ¿La herida de siempre, la de ver cómo el mundo aplastaba una y otra vez a los mismos mientras los privilegiados salían indemnes?

Aun así, había algo que no podía ignorar.

Convertir a los mortales en peones no los hacía libres.

Les ofrecía una ilusión… solo para arrancársela después.

Y ninguna revolución nacida del engaño terminaba sin devorar a quienes decía proteger.

—¿Y qué hay del Olvido? —preguntó Savannah casi sin aire.

El silencio que siguió no fue uno cualquiera. Savannah sintió cómo las rodillas se le doblaban y chocaban contra la tierra.

Al levantar la vista hacia quien creía que era su amiga, vio la verdad reflejada en su rostro.

—No… —susurró primero—. No… no me digas esto, Marcelin.

Luego gritó.

—¿Cómo has podido? ¿CÓMO? —Sus manos temblaban mientras se aferraban a la tierra quemada, mezclada con la sangre que le brotaba de las palmas—.

El pueblo confiaba en nosotras. ¡Durante cien años han confiado en nosotras!

Hemos sido sus salvadoras, sus protectoras, su maldita esperanza…

y tú… —Sollozó—. ¿Por qué? ¡¿POR QUÉ LO HAS HECHO? !

Marcelin negó con la cabeza, de sus mejillas caían lágrimas.

«Mentirosa, mentirosa, mentirosa».

—He intentado no hacerlo, lo juro, pero el mundo necesita volver a ser lo que era.

—¿Volver a ser lo que era? Dioses, has arrasado con todo.

¿De verdad ese era el precio de tu creencia?

¿Eso era «salvar»? ¿Salvar a quién, a este mundo o a ti misma?

—Savannah apretó los puños—. Convertiste a los mortales en el sacrificio.

Fuiste tú quien los empujó al abismo. Tú has sido quien ha matado a las criaturas de Valdemar.

—Solo quería despertar la vena revolucionaria de los mortales.

—Marcelin continuó hablando de su traición—: Para que ellos también vieran la corrupción del imperio, para que se levantaran.

Al principio… —trató de tragar aire— solo sacrificaba a unos pocos cada día.

Pensé que podría controlarlo, pensé que pararía en cuanto el pueblo reaccionara, en cuanto lo entendieran, pero han pasado diez años y…

no… no he podido parar, Savi. Cada olvido me pedía otro, y luego otro, y luego otro.

Y cuando quise darme cuenta, ya había cruzado todas las líneas que juré respetar.

No era solo la magnitud de lo que había hecho, era cómo lo decía. Esa mezcla de culpa tardía y justificación cobarde. Marcelin ya no hablaba como alguien que hubiese querido cambiar el mundo, sino como quien había aprendido a convivir con la sangre ajena en sus manos.

«Un monstruo no siempre nace siéndolo —pensó Savannah—. A veces empieza creyéndose justo. Necesario. Convencido de que el fin excusa cualquier medio. Y cuando por fin se atreve a mirar atrás, ya no reconoce su reflejo…, pero tampoco sabe cómo detenerse».

Eso era lo que tenía delante.

No a su amiga.

No a una salvadora caída.

—Cuando me he levantado esta mañana, sabía que era el final. —La voz de Savannah apenas era audible; sin un oído inmortal, nadie habría podido escucharla—. Llevo meses sabiendo que este día iba a llegar. Y por eso hoy… he matado a todos los niños.

Marcelin negó con violencia y retrocedió un paso.

—¿Que has hecho qué, Savi?

—Los maté… —logró decir, y las lágrimas le nublaron la vista—.

Maté a los niños para que no tuvieran que sufrir esta destrucción.

También maté a Moonveil, no podía permitir que acabara devorada por este final que tú misma provocaste.

Porque tú ya habías intentado hacerle daño, ¿verdad?

Le quemaste las alas en Arcadia para que no pudiera volar.

Para obligarme a quedarme en Novadia más tiempo del debido.

Para mover tus piezas sola, a espaldas de todos.

—Se llevó la mano a la boca y ahogó un sollozo—.

Maldita sea, Marcelin, los maté a todos porque ya no quedaba nada que salvar.

—¿Qué…? —Marcelin miró las sombras que rodeaban a Savannah—. Él también te ha corrompido. Ese… ese fantasma. Todo ha sido por él, ¿verdad? Te ha incitado a buscar ese poder de muerte que llevas encima, por eso querías llamar la atención en aquella grieta…, ¿a quién querías encontrar?

—¡A nadie! —Se llevaría el nombre de su hermano a la tumba.

—¡No soy idiota! —rugió Marcelin, y el fuego verde se arrastró por la hierba, directo hacia Savannah. Era pura rabia desatada, sin control—. Sé que durante muchos años me has ocultado cosas, pero ahora lo veo.

—¡Tú eres la que me ha ocultado todo esto!

¡Tú eres la verdadera traidora! Has arrastrado al imperio hacia la destrucción.

Esos niños a los que maté los llevaré conmigo toda mi muerte, cada uno de ellos pesará en mi conciencia.

Pero tú… —se obligó a ponerse en pie, apoyándose en sus sombras, reuniendo fuerzas que ya no sabía de dónde salían— tú cargarás con millones de muertes.

Tú, que durante cien años te has dejado la piel por salvar a todos, tú, que siempre parecías tan desesperada por mantener viva a una sola persona… , ahora entiendo por qué.

—No lo entiendes.

—Sabías que, si salvabas a una, podías matar a cien más.

Marcelin dio un paso atrás en cuanto la oscuridad se alzó detrás de Savannah.

Y, por primera vez, la máscara de furia en su rostro se resquebrajó.

No retrocedió por esas sombras que parecían listas para devorarla…

, sino por sus palabras, porque eran las únicas capaces de atravesar su maldita locura, las únicas que aún podían herirla en un lugar al que la magia no llegaba.

Savannah continuó:

—Puede que el mundo esté corrompido, puede que creas que hay que purificarlo, pero había otras formas de cambiarlo sin destruirlo.

Y lo estábamos haciendo, pero tuviste que manipular a los mortales para que iniciaran la revolución que nunca tuviste el valor de empezar tú misma.

Seguro que ni siquiera los jinetes estaban tan podridos como dices; seguro que has sido tú, durante este último siglo, la que los ha empujado, la que ha torcido sus decisiones.

Como si necesitaras que el mundo se desmoronara solo para darte la razón, como si quisieras que dejara de ser un lugar digno de existir.

El emperador, su padre, podía haber sido odiado y temido, pero jamás había visto en él la crueldad que había mostrado en las últimas décadas. Y ahora lo entendía: detrás de cada orden injusta, de cada desprecio, de cada encierro… siempre estuvo Marcelin.

La persona en quien más había confiado.

No era el imperio quien la había condenado, ni los jinetes, ni siquiera su propio padre.

Había sido ella. La única que había estado a su lado toda la vida, la que debía haberla protegido, la única de la que Savannah jamás habría dudado…

y, aun así, era la mano que había sostenido el cuchillo desde el principio.

—Todo iba bien hasta que, de repente, tú… —señaló la oscuridad—. Tú no deberías tener magia.

—¿Te sientes amenazada?

—¿Por ti? —se burló Marcelin casi riendo.

—Siempre te has sentido amenazada. —Savannah avanzó un paso—. De no ser así, no habrías hecho nada de esto. Toda tu «purificación» no es más que una puta excusa para esconder tu miedo.

Marcelin la veía como una amenaza.

Dalton se lo había dicho: las llamas temen las sombras, la oscuridad, y Savannah —aunque nunca supo explicar cómo ni por qué— siempre la había llevado agazapada en lo más hondo, paciente, esperando el momento de despertar.

—Yo solo quiero un mundo mejor, Savi…, para ti, para mí. Solo necesito…

—¡Mientes!

La llama valirio pareció retroceder, huyendo de las sombras que crecían y se alzaban detrás de Savannah.

Desde allí también podía escuchar a los jinetes arrastrarse lejos, intentando escapar, huir de aquellas dos magias enfrentadas, del choque que estremecía la tierra, del enorme abismo desde el que sus dragones seguían rugiendo.

—¡Sé lo que quieres! Sé que buscas el Ojo de Nyxar.

Marcelin abrió los ojos.

—¿Cómo…?