Los hilos del imperio Capítulo 29
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Capítulo 29

El mundo bajo Savannah se sacudió.

—Todos pagaréis por vuestros actos, por vuestra moralidad podrida. —Una voz brotó del caos—. Vosotros mismos cavaste is la tumba en la que voy a enterraros.

El suelo vibró a sus pies y sintió cómo la mejilla se le raspaba contra algo áspero. Tenía los ojos cerrados, aunque todo dentro de ella le gritaba que los abriera, que mirara, que entendiera qué estaba pasando. No pudo. Algo ajeno a su voluntad le mantenía los párpados sellados.

Otra sacudida la alcanzó, y entonces comprendió que no venía del suelo, sino de un rugido que partió el aire, tan profundo que le atravesó el pecho y le hizo vibrar los huesos. Luego otro, más cercano, más furioso.

Dragones…

Savannah intentó moverse, quiso hacerlo con desesperación, pero su cuerpo no respondió. Por más que lo ordenara, no podía. Estaba atrapada dentro de sí misma.

Dalton… , lo llamó en su mente. Dalton, ¿qué está pasando?

Buscó el tirón familiar en su conciencia, esa respuesta inmediata con la que él solía acudir incluso antes de que terminara de pronunciar su nombre.

Pero no llegó nada.

Volvió a llamarlo una vez más.

Y otra.

Y otra.

Nada.

No había sentido su ausencia hasta ese instante exacto en que comprendió que Dalton no estaba allí.

No como durante todos esos meses en los que siempre había respondido, siempre había vuelto, siempre había acudido a ella, como si su voz fuera un hilo invisible capaz de llamarlo desde el otro lado del mundo.

—¡Somos inocentes! —gritó una mujer muy cerca de Savannah.

—¿Inocentes? —respondió la misma voz femenina que la había despertado—. No hay inocencia en vosotros, no la hay en ningún jinete. La magia os ha ido pudriendo por dentro… y ahora os toca pagar por ello.

—¡Estás loca!

Un hombre intervino:

—Lorelei, por favor…, cállate. Si respondes, solo lo empeorarás.

—¿Peor, Alvi? No puede ser el fin…, no así…

—Te quiero, cariño… —sollozó—. Te quiero.

Savannah reconoció aquellas voces, eran los jinetes que habían perdido a su bebé. Pero… ¿qué hacían allí? ¿Y con quién demonios estaban hablando?

—¡Para esto, por favor! ¡Los dragones no tienen la culpa! —gritó un hombre a quien no pudo reconocer.

Antes de que pudiera procesarlo, otro rugido estalló cerca.

No era un bramido de furia.

Sino de dolor.

—No, pero sí serán las paredes de vuestra prisión. Qué ironía, ¿no? —Un silencio helado cayó antes de que la voz volviera a estallar—: Ahora cerrad la boca y quedaos quietos. No lo compliquéis todo aún más.

Segundos después, Savannah sintió una mano sacudirle el brazo, como si alguien intentara despertarla.

—Alteza…, por favor, abra los ojos. —Era Lorelei—. Usted es la única que puede parar esto…, por favor, despierte… despierte.

Savannah lo había intentado. Dioses, lo había intentado todo.

Pero al final se había rendido ante una guerra destinada a devorar cuanto amaba.

Había matado a los niños para librarlos del dolor.

Había matado a su propia dragona. Moonveil no volvería a alzarla hacia el cielo ni a partir el viento con sus alas; no sentiría de nuevo ese peso familiar que la sostenía entre la vida y el vuelo.

Todo había terminado, y con ello, la última promesa de que aquel mundo aún pudiera salvarse.

Savannah nunca más volvería a besar a Dalton.

—Levántese, Alteza…, por favor… —suplicó Lorelei hecha pedazos.

«Levántate».

«Levántate».

«Levántate».

Se obligó a repetirlo aun cuando una parte de ella ya había aceptado la rendición. Sin embargo, había otra que aún creía que podía dar un poco más, que podía resistir.

Quienquiera que estuviera detrás de aquello iba a pagarlo.

Primero sintió un leve estremecimiento en los dedos de los pies, un murmullo débil que susurraba: «Más…, dame más…». Luego la corriente le subió por los tobillos, por la columna, como si su propio cuerpo despertara de un sueño impuesto. «Más…, más…, más».

La hierba húmeda se pegó a su espalda.

El hedor insoportable de la muerte le mordió la nariz. Sus párpados cedieron al fin… y lo primero que vio fue un vacío imposible.

Un agujero colosal, kilométrico, abierto ante ella.

La tierra, los árboles, la piedra…, todo había sido engullido sin piedad. El abismo se extendía hacia los lados y hacia delante, interminable, devorándolo todo a su paso. Y Savannah estaba peligrosamente cerca del borde, a solo unos metros de caer en aquella herida abierta.

Pero no había dragones.

—¿Dónde están? —susurró.

—Ahí abajo…, Alteza. —Lorelei señaló el abismo—. Todos los dragones están ahí abajo.

Savannah se quedó sin respiración, pero sus sombras acudieron como si siempre hubieran estado esperando su orden.

Treparon por sus piernas, envolvieron sus tibias serpenteando hasta sus codos como si la sostuvieran en un abrazo oscuro.

Le dieron estructura cuando su cuerpo se rendía, la elevaron cuando sus rodillas cedían y la obligaron a enderezarse.

Sostenida por la muerte misma, Savannah dio un paso.

En busca de los culpables.

Miró a ambos lados. Todos los jinetes del imperio estaban desperdigados por el suelo.

Algunos tumbados, otros incorporados a medias, retorciéndose y tratando de escapar, pero sin poder moverse más que unos centímetros.

No había cuerdas sujetándolos… y aun así parecían anclados a la tierra, exactamente igual que ella lo había estado segundos antes.

¿Qué tipo de magia podía abrir un agujero en el mundo? ¿Qué clase de poder era capaz de arrastrar a los colosales dragones hacia las entrañas de la tierra?

«La manipulación».

Giró la cabeza hacia el otro lado… solo para encontrarse con su mejor amiga de pie.

Marcelin la observaba en silencio, vestida con el uniforme de cuero negro que siempre llevaba durante sus entrenamientos como jinete de pegaso.

El viento agitaba la capa verde oscuro que ondulaba a su espalda, la misma que Savannah había cosido con sus manos.

Había sido una tela difícil de conseguir, pero aun así lo había logrado.

Se la regaló el día que ambas cumplieron cien años.

—¡Marcelin! —Se tambaleo hacia ella—. Marcelin, ayúdalos. Ayúdame a acabar con esto, por favor.

Pero su amiga no se movió. Solo la observó… y, cuando Savannah alzó la mirada y se encontró con ese verde esmeralda enfermizo decorándole el iris, supo que algo iba terriblemente mal. Tenía la misma expresión que había visto en su padre cuando la llama valirio habló a través de él.

Un frío helado le atravesó la columna.

«No. No. No».

—Savi, si eres mi amiga, cierra los ojos. No quiero que veas cómo hago arder este mundo por ti.

—Mar… Escucha, puedo ayudarte —balbuceó, dando otro paso hacia ella—. Puedo mantener firme tu mente, puedo evitar que la corrompa, solo déjame.

El cuerpo de Marcelin se estremeció, como si dos voluntades tiraran de ella en direcciones opuestas.

—Cierra los ojos.

—Déjame ayudarte.

Marcelin no apartaba la vista de sus sombras.

—Sé de lo que eres capaz —dijo, y otro rugido estremeció el imperio, pero las sombras impidieron que se desplomara—. Si me quieres, cierra los ojos.

—No.

—¡Cierra los putos ojos, Savannah! —El grito fue tan desgarrador que Savannah obedeció por puro instinto. Y en cuanto sus párpados se cerraron, sintió el estallido de poder.

Los abrió justo a tiempo de ver un muro de fuego esmeralda detrás de Marcelin alzándose como un tsunami varios metros hacia el cielo… El calor era tan feroz que le quemó la piel a distancia.

Su cuerpo reaccionó. Las sombras estallaron desde sus talones como una ola negra, levantando un muro de oscuridad tras ella que envolvió a todos los jinetes en una barrera impenetrable.

—¿Ahora los defiendes? ¿Después de todo lo que te han hecho?

¿Después de cómo te han tratado durante toda tu maldita vida?

Recuerda las décadas mirándote por encima del hombro por no tener magia, reduciéndote a un adorno bonito por ser la hija del emperador.

Y los hombres… —Rio sin humor—. No te miraban para escucharte ni para respetarte.

Te miraban para poseerte, para presumir de ti.

Nunca para tratarte como a una igual. —Las llamas del color de la esmeralda rugieron detrás de ella, despiertas como un monstruo—.

Fuiste tú quien acabó con Kilian. ¿Por qué no ibas a hacerlo también con todos los jinetes que están aquí?

Savannah sintió cómo las rodillas le fallaban. Fue como si la magia de asfixia de su padre regresara para cerrarle la garganta, pero no había ningún poder de vinculación sobre ella.

Era el dolor puro y absoluto de la traición.

—Tú… tú has estado detrás de todo. —Una lágrima le resbaló por la mejilla—. Siempre has sido tú…

Marcelin era la Dama.

Marcelin era la llama valirio.

Su mejor amiga era una de las tres llamas que sostenían el equilibrio del mundo, capaz de arrasar con todo.

—Todo lo he hecho por ti, Savi.

—No te atrevas a llamarme así. —La sangre le resbalaba por los dedos; tenía las uñas clavadas en las palmas—. No vuelvas a decir mi nombre como si todavía fueras mi amiga.

—Tuve el poder que tú no tenías, y lo usé para hacer realidad nuestros sueños —escupió con ese brillo enfermizo en los ojos—.

¿Te acuerdas de cuando queríamos vengarnos de los jinetes?

Siempre supimos que eran escoria, lo fueron entonces y lo siguen siendo ahora.

Yo no entendía por qué tú eras distinta, por qué no te comportabas como ellos, por qué no se te pudrían las manos con el mismo poder que los consumió a todos.

Hasta que lo entendí: no tienes magia. La magia no te corrompió porque nunca te eligió.

Y mientras todo el imperio se hundía en la misma inmundicia, tú seguías intacta.

—Tú has corrompido la magia.

—El fin ya estaba escrito, esto iba a ocurrir tarde o temprano. Con cada generación, la magia en los jinetes se volvía más sucia e inestable. El mundo ya estaba condenado, todo habría acabado igual, conmigo o sin mí. Yo solo hice lo único que podía hacerse: purificarlo.