Los hilos del imperio Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Dalton comprendió que aquel «por favor» era una llamada de auxilio para él.

Así que actuó.

Se deslizó por las mentes de los mortales que contemplaban el espectáculo, uno por uno. No podía empujarlos a todos a la vez —aquello los aterrorizaría todavía más—, así que implantó la orden con sutileza.

Alejaos…, marchaos…, huid.

Fue un pensamiento casi indistinguible del propio instinto de supervivencia.

Poco a poco, uno tras otro, empezaron a retroceder.

—Marcelin, ¿qué haces? —Savannah la agitó—. Respóndeme.

Pero su amiga no reaccionó. Seguía inmóvil, con los labios entreabiertos y la mirada fija, sin parpadear, completamente ausente.

Dalton intentó entrar en su mente, empujarla a moverse, obligarla a retroceder…, pero no pudo. Su conciencia chocó contra una pared de obsidiana, áspera y cerrada, que no cedía ni un ápice.

Era la misma sensación, el mismo bloqueo absoluto que había encontrado al intentar penetrar en la mente del emperador.

Dalton dio un paso, olvidando por un instante que no podía tocar a nadie que no fuera Savannah. Se acercó a Marcelin para verla mejor y entonces algo le heló el alma.

Esa mirada… Ese vacío absoluto, clavado en el muchacho del barril.

La había visto antes.

En algún lugar.

En alguien.

Pero no lograba recordar dónde…

—Marcelin —insistió Savannah, zarandeándola con cuidado, sin llamar la atención—. Respóndeme, por favor.

Nada.

La multitud se agolpaba y empujaba para ver qué estaba ocurriendo, atraída y aterrada al mismo tiempo. Entre ellos había niños, demasiados.

Por todos los dioses…, aquello podía convertirse en una puta masacre en cuestión de segundos.

Ese tipo de magia no la conozco, Savannah. No sé qué puede provocar ni hasta dónde puede llegar.

El miedo que se filtró en la voz de Dalton fue imposible de disimular. Mientras, la tierra vibraba bajo sus pies y aquella energía trepaba por los objetos como un animal hambriento, buscando dónde morder.

¿Y si esa fuerza que brotaba del suelo… podía matar incluso a un inmortal?

Tenía que sacar a Savannah y a Marcelin de allí, costara lo que le costase.

Cada segundo que pasaba, la situación empeoraba, pero si usaba su poder sobre ella…

, Savannah jamás se lo perdonaría. Y él tampoco podría perdonarse a sí mismo.

Obligarla a correr, doblegar su voluntad, empujarla a través de su mente fuera de la plaza… No. No iba a cruzar esa línea.

Aun así, fue demasiado tarde.

Savannah dio un paso más y se colocó frente a Marcelin, interponiéndose sin pensarlo con un brazo extendido a modo de escudo. Ese gesto instintivo fue suficiente para que el joven del barril reparara en ella.

Sus ojos, enloquecidos por la magia y la ira, se clavaron en ella.

—¡ES UNA DE ELLOS! —vociferó el joven con la voz rota por el fervor—. ¡ES UNA INMORTAL!

El corazón de Dalton se paralizó cuando Savannah se convirtió en el blanco de todas las miradas.

A pesar de los gritos, de la multitud encendida, de la amenaza que avanzaba hacia ella como una ola rabiosa, Savannah seguía sujetando a Marcelin para empujarla detrás de su cuerpo y así protegerla. Pero Marcelin seguía sin reaccionar.

Y entonces la plaza explotó.

—¡Monstruo!

—¡Asesina!

—¡Ladrona!

Y en el mismo instante en que Dalton comprendió que la multitud iba a lanzarse sobre ella, trazó la conclusión más simple y más salvaje a la que había llegado en siglos.

Iba a matarlos.

A todos.

Sin excepción.

No, Dalton , le habló Savannah como si hubiera leído sus pensamientos. Son mortales confundidos, están asustados… No les hagas nada.

— Déjame hacerlo.

No voy a permitir que cargues eso en tu conciencia.

—Eres tú… —ronroneó el joven mientras se bajaba del barril con los objetos en alto.

Las manos no le temblaban pese a la energía que arrastraban, una corriente que resquebrajaba el suelo a su paso—.

Tú eres la hija bastarda del emperador, la emperatriz sin magia, la jinete que se proclama princesa del pueblo…

—escupió cada palabra—. No eres más que una traidora a los tuyos.

—¡Atrás! —gruñó Savannah, extendiendo una mano hacia el muchacho mientras con el otro brazo mantenía a Marcelin protegida contra su espalda.

Un muro entre su amiga y el mundo.

Dalton se sintió impotente, condenado a mirar sin poder interponerse.

No podía hacer nada. Solo ver cómo la señalaban, cómo le escupían palabras que no merecía.

Después de todo lo que había hecho por ellos…

, después de sanar a sus hijos, de recomponer familias enteras, la multitud la trataba como a un monstruo.

Incluso los mortales que ella misma había ayudado —rostros que Dalton reconocía, hombres y mujeres a quienes Savannah había devuelto la esperanza— ahora la miraban con miedo.

No la merecían.

Nadie la merecía.

El chico del barril prosiguió:

—Los tuyos son los culpables. Tú eres la responsable de que estemos perdiendo la memoria. Vuestra raza nunca debió existir; la magia no debería perteneceros a vosotros…, sino al pueblo.

Entonces Savannah dio un paso al frente, apartándose de su amiga.

Tenía los puños tan apretados que los nudillos se le pusieron blancos.

Dalton lo sintió antes incluso de verlo: las sombras comenzaron a enroscarse alrededor de sus botas, inquietas, respondiendo a algo que acababa de despertar en ella.

—Dame los objetos —le ordenó ella—. Ahora.

El joven sonrió con una mueca torcida, arrogante.

—¿Estos? —Alzó los objetos y la luz verdosa se intensificó—. Si los quieres, tendrás que quitármelos. O, mejor dicho…, robármelos. Igual que los vuestros nos quitan los recuerdos.

—Nadie os está robando nada —respondió Savannah, y señaló el suelo bajo sus pies—. No son los jinetes, es la tierra. El Olvido no tiene nada que ver con los dragones; ellos no tienen la culpa.

—¡Están saqueando nuestras casas! —gritó una mujer desde la multitud.

—¡Mientes! —se oyó replicar desde el fondo.

—Pequeña inmortal mentirosa… —escupió el joven—. Eres una asesina, una puta saqueadora. Sí…, eso es lo que eres.

«Maldito hijo de puta».

Dalton se coló en la mente del hombre como una hoja afilada.

Se deslizó, lento y cruel, rasgando pensamientos, hurgando en la carne invisible de su conciencia.

Recorrió cada rincón de su mente, tanteando grietas, sintiendo la fragilidad de aquel cerebro.

Lo fácil que sería aplastarlo, arrancarle las ideas una a una y dejarlo hueco, vacío…

Sería una muerte lenta.

Dolorosa.

—Savannah, déjame hacerlo —le rogó Dalton—, acabaré con él antes de que…

Te haré desaparecer. Puedo hacerlo en menos de un pensamiento. No me tientes a que cumpla esa amenaza.

—Dame los objetos —repitió Savannah.

El muchacho rio, eufórico.

—¡Ven a cogerlos, bastarda sin magia!

Las sombras de las esquinas, de los muros, incluso las que se ocultaban bajo los mantos de la multitud, se agitaron al unísono. El aire cambió de rumbo, un giro brusco que no tenía nada que ver con los objetos que el muchacho sostenía.

Era ella.

La mujer a la que Dalton llevaba meses entrenando en el poder de la muerte.

El joven avanzó otro paso.

—Atrás —gruñó Savannah.

Dalton escuchó el «por favor» en sus pensamientos. No era un ruego por su vida, ni temor a lo que el joven pudiera hacerle…, sino terror a lo que ella pudiera causarle a él delante de tantos mortales.

Pero el muchacho no escuchó. Se lanzó hacia Savannah, el brazo en alto, la daga vibrando con un pulso mágico tan violento que por un instante las sombras parecieron contener el aliento.

—¡MUERE, MONSTRUO!

La gente ama a sus salvadores, siempre que no descubran que son diferentes a ellos , proclamó Savannah antes de cerrar los ojos.

Dalton lo vio todo en el compás de un solo latido.

Sabía que ella no quería matar a aquel mortal.

Sabía que no quería herir a ninguno de ellos.

Sabía que…

La explosión nunca llegó.

Marcelin se movió de golpe, como si algo la arrancara a la fuerza del lugar oscuro donde su mente había quedado atrapada. Parpadeó, y su mirada volvió al instante. Entonces alzó la mano… y el joven profeta se detuvo en seco.

—¿Qué…? —fue lo único que alcanzó a decir.

Sus pupilas temblaron. Los dedos se le crisparon alrededor de la empuñadura imbuida en magia, aún apuntando hacia Savannah.

Y, sin vacilar, el muchacho giró la muñeca e hizo que la daga cambiara de rumbo.

—¡NO! —rugió Savannah.

Pero era demasiado tarde.

El joven se llevó la daga al cuello y se abrió la garganta.

La magia —robada, corrupta e imposible— se quebró en un estallido cegador. La explosión lo lanzó hacia atrás como a un muñeco y, cuando su cuerpo golpeó el suelo, las llamas comunes lo devoraron.

El olor a quemado se extendió, espeso y nauseabundo.

Los dos objetos cayeron entre las llamas.

El collar, ahora inerte, chocó contra la piedra y se partió en dos, sin rastro del brillo que había devorado el lugar hacía unos instantes.

La daga, reducida a hierro retorcido, se apagó entre las cenizas del muchacho sin un solo destello.

Y allí donde el joven había estado de pie quedó un cráter, un hueco negro y humeante.

Marcelin bajó el brazo.

Ni un parpadeo.

Ni un temblor.

Dalton reaccionó al instante. Se lanzó hacia Savannah por detrás, la rodeó con los brazos y la obligó a retroceder mientras ella se llevaba las manos a la boca, incapaz de respirar.

—Era él o tú, Savi. —Marcelin la miró por encima del hombro—. Nadie te amenazará, nadie te tocará. No mientras yo respire. —Su mirada era puro acero—. Si alguien vuelve a intentarlo…, será lo último que haga.

La multitud retrocedió y el bullicio se apagó de golpe. Entonces, los mortales empezaron a moverse al unísono: lentos y desorientados, como almas errantes sin verdadera consciencia. Se desplazaron hacia los lados, alejándose de aquello obedeciendo a un impulso extraño.

Marcelin no dejó de mirar a Savannah.

—Vámonos a casa, Savi —le pidió, esa vez con una suavidad que no encajaba con ella—. Esto no ha pasado… Nada de esto ha pasado. Solo… ven conmigo.

El rostro de Savannah, tenso como una cuerda a punto de romperse, se suavizó al oír la voz de su amiga.

Su cuerpo, rígido hasta ese instante, cedió y se deshizo en los brazos de Dalton…

Él dio un paso hacia atrás para no invadirla.

Tuvo la sensación de que Savannah ni siquiera recordaba que él estaba allí.

Al parecer, Marcelin era el único ancla que reconocía.

—Volvamos a casa. —Savannah le tomó la mano y empezó a caminar por el mismo camino por el que habían llegado.

Dalton se quedó paralizado en mitad de la calle vacía. Vio cómo su prometida, la mujer que le había robado el corazón, se alejaba. El mundo a su alrededor se volvió un murmullo distante, apagado, como si alguien hubiera hundido la realidad bajo el agua.

No escuchaba nada más…, salvo una voz conocida.

La de Iron Shadow.

La misma que había resonado en aquella reunión que ahora le parecía de otra vida, cuando aún no entendía del todo qué forma adoptaba el poder de la Dama.

«Su manipulación no te golpea de frente, no te rompe de inmediato.

Se desliza dentro de ti como un veneno insípido, como una idea que crees tuya, y cuando al fin te das cuenta ya es demasiado tarde.

Tus pensamientos, tus deseos, todo lo que crees que nace de ti, en realidad ya lleva su marca.

Porque cuando te percatas, ella ya ha estado ahí.

Ya ha entrado, ya ha torcido los hilos antes de que siquiera sospeches que lo está haciendo».

Era ella.

La que había intentado aprovecharse de su debilidad cuando Eda se fue.

La que ambicionaba su imperio.

La que se coló en su mente y en su cama.

La que lo había violado…

Marcelin, que caminaba al lado de Savannah, giró la cabeza por encima del hombro. Durante un segundo, Dalton habría jurado que lo miraba a él, justo antes de que un resplandor verde y enfermizo le cruzara los ojos.