Capítulo 28
Savannah solo quería ser un fantasma por primera vez en su vida.
Deseaba poder caminar entre la gente sin cargar con la culpa de estar allí, sin sentir ese peso insoportable que le recordaba que no podía salvarlos a todos.
Envuelta en su capa, con la capucha baja ocultándole el rostro, se abrió paso entre las calles. Podría haberse desvanecido hasta el centro, pero necesitaba ver con sus propios ojos las que quizá serían las últimas horas antes de que el imperio quedara reducido a polvo.
En el último mes, los jinetes habían obedecido las órdenes del emperador al pie de la letra y, como consecuencia del maltrato hacia los mortales, la ciudad había estallado.
Habían tomado el palacio por la fuerza —tal y como Dalton había previsto que ocurriría si el emperador no daba señales de vida— y hasta los propios soldados imperiales se habían rebelado, algo que jamás habría creído posible.
Savannah no vio ningún dragón surcar el cielo, ninguna criatura entre la neblina que danzaba sobre la ciudad. Solo esas nubes negras que se arremolinaban como un presagio del final que se acercaba.
—¿Marcelin? ¿Estás aquí? —la llamó Savannah al empujar la puerta del centro… o lo que quedaba de él.
La puerta pendía de una sola bisagra. Dentro, el pasillo era un desastre: estanterías volcadas, frascos rotos, vendas arrancadas de los armarios… y el olor inconfundible del saqueo.
—¿Marcelin?
—¡Savi! —La voz llegó desde una de las pequeñas habitaciones.
Su amiga apareció con el rostro pálido y el cabello hecho un nudo.
Corrió hacia ella esquivando cristales—.
Dioses, Savi…, han pasado semanas, y para mí ha sido una maldita eternidad.
—La agarró del rostro, como si quisiera asegurarse de que de verdad estaba allí—.
¿Estás sola? ¿Ese hombre…? ¿Está contigo?
Marcelin miró alrededor, buscando algo —cualquier cosa— que delatara a Dalton. Pero no pudo ver al fantasma, oculto entre las sombras.
—Estoy sola, Mar. Él no está aquí. —Se apartó lo suficiente para mirarla a los ojos—. ¿Dónde has estado? ¿Por qué no has respondido a ninguno de mis escritos?
Savannah se tragó las ganas de llorar. Aún no había procesado lo que había hecho hacía apenas unas horas; solo era cuestión de tiempo para que la culpa le abriera un hueco en el pecho y la arrastrara al vacío.
Una parte de ella deseó estar muerta antes de que ese momento llegara.
—La magia en Valdemar es inexistente, las criaturas que estaban vinculadas a esas tierras… están muriendo. Cada día caen más. Ya casi no queda ninguna en pie, y las pocas que resisten no durarán mucho.
Había contemplado esa posibilidad; sin magia que las alimentara, todas las criaturas ligadas a Valdemar estaban condenadas a marchitarse.
—¿Bonibell?
—Aguanta, ese jodido pegaso es fuerte, por eso no he venido antes. No podía arriesgarme a volar con él. Tenía miedo, Savi, pero algo me decía que estabas a salvo. —Alzó una mano y le rozó la mejilla—. ¿Tienes algo que contarme?
Sintió un latigazo de culpa en el pecho. Debería confesarle todo, debería…, pero las palabras no salieron. Marcelin la miraba con esos ojos verdes que siempre habían sido su refugio, su certeza, y por un instante…
—Marchémonos ya, no es seguro estar aquí —interrumpió Dalton a su espalda. Savannah no se giró; no quería que Marcelin supiera que él estaba allí.
—Tenemos que salir de la ciudad —dijo Savannah tragando saliva—. No ha sido seguro ni siquiera para mí venir hasta aquí. Debemos alejarnos lo máximo posible. No creo que podamos sobrevivir a lo que viene…, nadie va a hacerlo.
—¿Dónde están los niños?
Savannah tomó aire en un intento por luchar contra las náuseas que le subían por la garganta.
—En un lugar más seguro que este. —No mintió.
Se giró ya en dirección a la salida.
—Vámonos. No quiero estar en el centro cuando todo caiga. Hay terremotos cada veinte minutos… Algo se está abriendo bajo la tierra.
—No, Savi. No vas a morir. —La sujetó por los brazos, casi con brusquedad—. Te sacaré de aquí aunque tenga que arrastrarte. Te lo prometo.
—Mar…
—Te voy a llevar a un lugar seguro, pero necesito que confíes en mí. Hay cosas que tengo que contarte. Cosas que…
Un grito desgarró el murmullo que llenaba la calle.
La reacción fue inmediata. Abandonaron el centro a trompicones, fuera la gente se empujaba y gritaba para ver qué estaba ocurriendo.
A su lado, la multitud atravesaba a Dalton sin que nadie reparara en él.
El fantasma se alzó ligeramente, buscando con la mirada por encima de las cabezas.
Savannah siguió la dirección de sus ojos, el origen del caos estaba en la plaza, al final de la calle.
El grito volvió a escucharse, esta vez amplificado por la furia.
—¡Son ellos! —vociferó un joven subido sobre un barril—. ¡Ellos son los malditos causantes de que nuestras familias no nos recuerden! ¡Quieren debilitarnos, engañarnos! ¡Quieren controlarnos!
—Quedaos atrás —ordenó Dalton.
Pero Savannah ya había acelerado el paso, y Marcelin la seguía de cerca mientras avanzaban hacia la plaza, donde la multitud empezaba a arremolinarse.
—¡Nos están robando la vida! —rugió otra vez—. ¿O es que aún no lo veis?
Savannah se subió la capa hasta cubrirse casi todo el rostro. Dalton apareció detrás de ella, su palma aferrándole el hombro para arrastrarla hacia atrás. Marcelin, en cambio, ya tenía una mano en el arma oculta bajo su capa verde.
El muchacho alzó los brazos. En la mano derecha sostenía un colgante; en la izquierda, una daga cubierta de símbolos grabados.
Cuando levantó el collar hacia la multitud, la gema emitió un destello tan brillante que varios tuvieron que cubrirse los ojos.
—¡El Olvido es su arma! —proclamó—. ¡Los inmortales nos arrancan lo que somos, uno por uno!
¡Nos dejan huecos, sin nombres, familias que ya no recuerdan a sus hijos!
¡Nos convierten en sombras sin pasado ni futuro!
—Alzó el colgante todavía más, que latía como un corazón recién arrancado de su pecho—. ¡Pero la magia ya no les pertenece!
La multitud retrocedió instintivamente; Savannah dio un paso adelante.
—No te acerques, podría verte. —La voz de Dalton tembló detrás de ella mientras le cogía el codo para tratar de apartarla.
Ella no lo escuchó. Su mirada no estaba fija en el joven, ni en la daga, ni en el colgante, sino en Marcelin.
Su mejor amiga mantenía el rostro completamente inmutable, pero en sus ojos… había algo inquietante. Marcelin seguía cada palabra del muchacho con atención. La mano que antes buscaba el arma colgaba ahora a su costado, inerte, como si hubiera olvidado por completo que la llevaba.
Entonces empezó a avanzar entre la multitud, rozándole el hombro al pasar cerca de ella.
—¿Qué estás haciendo? —susurró Savannah, e intentó sujetarla.
—Debemos… —Los ojos de Marcelin no parpadeaban—. Creo que debemos escucharlo.
Savannah sintió un escalofrío. Marcelin, la mujer con más carácter que conocía, la que nunca se dejaba arrastrar por nadie, avanzaba ahora como una polilla hipnotizada por la luz… No como alguien que fuera a detener al joven, sino como si quisiera acercarse a él.
Savannah dio un paso rápido, le cogió la mano y tiró de ella para frenarla.
—Estate quieta, joder. Si te mueves ahora, te matarán.
—¡En este mundo, quien no nace con poder lo toma prestado! —siguió bramando el joven—. Sí, ha habido robos, muchos. Y sí, nosotros hemos sido sus autores. Pero los dioses nos perdonarán, ¡porque somos la revolución contra un sistema que nos aplasta!
El brillo del colgante en su mano se intensificó y un segundo destello más violento brotó de la daga.
La multitud jadeó al unísono.
—¡Y esto! —gritó aún más—. ¡Esto es lo que nos salvará del Olvido!
Savannah era incapaz de creer lo que estaba viendo.
—No puede ser…
Una luz emanaba de ambos objetos, lo que significaba que un mortal estaba canalizando poder a través de artefactos que jamás habían sido creados para contener… magia.
—¡La emoción humana es más poderosa que cualquier llama, que cualquier vínculo con las criaturas feéricas! —Un fogonazo de luz verdosa estalló dentro de los objetos—. ¡No volveremos a ser sus víctimas! ¡Ni de los dragones, ni de los inmortales, ni del imperio!
—¿Cómo es posible…? —balbuceó Dalton—. ¿De dónde sale esa energía? Los objetos no pueden…, no sin un vínculo. No tiene ningún sentido.
La plaza tembló.
Savannah dio un paso hacia atrás por puro instinto y Dalton, a su lado, puso las manos en su cintura, mirando hacia arriba, hacia aquella luz que ascendía como un rayo dispuesto a partir el firmamento.
Pero no fue ese resplandor verdoso lo que hizo que la gente gritara.
Lo que los volvió histéricos fue lo que ocurrió abajo.
Desde las grietas entre los adoquines brotó un estallido brutal de energía, una corriente viva que serpenteó hasta las manos del muchacho como si la tierra misma lo reclamara. La luz ascendió por su cuerpo en un impulso eléctrico y se precipitó, directa y hambrienta, hacia los objetos que sostenía.
El collar respondió con un latido de luz.
La daga, con otro.
Y, de repente, ambos brillaron al unísono, como si aquella energía hubiera encontrado el cauce perfecto para desbordarse.
—De la tierra —concluyó Savannah con temor—. La están canalizando de la propia tierra.
Dalton se sintió más incapacitado que nunca sin sus poderes cuando, por puro instinto, quiso prender fuego al mortal como a una antorcha… y no pudo.
Savannah reaccionó sin pensar en la magia que poseía.
Se movió con rapidez y extendió el brazo, apartando a una familia —los padres y sus dos hijos pequeños— justo a tiempo hacia la derecha.
Dalton ni siquiera los había visto. Los niños estaban acurrucados entre los abrigos de sus padres, y él pudo oír el latido desbocado de sus corazones. Estaban aterrados.
—¡Largaos, corred, rápido! —suplicó Savannah a los mortales hipnotizados por la magia que brotaba del suelo del imperio—. Por favor…, váyanse.