Capítulo 27
Elección.
Aquella palabra tan simple era un privilegio que nunca había tenido en el amor. En realidad, en ningún aspecto de su vida. Y ahora, Dalton le ofrecía algo que el mundo siempre le había negado: la libertad de elegir su propio destino.
Él siguió hablando:
—Aquella noche, después de todo lo que ocurrió en la biblioteca, después de ver cómo tu padre te trataba, de escuchar cómo te obligaban a casarte con un hombre sin moral ni valores, entendí que te merecías, por una vez en tu vida, el derecho a elegir.
—Alzó la cajita entre los dedos—. Busqué a un joyero que aún trabajaba, entré en su conciencia, le mostré lo que quería que sintiera quien llevase este anillo…
y él lo transformó en esta pieza. Para ti.
—Dioses… —jadeó Savannah contra su mano húmeda por las lágrimas. Una sonrisa se le escapó al imaginarlo.
—Me has ayudado a sanar. Durante mucho tiempo tuve miedo de que alguien me tocara, de permitir que otro cuerpo se acercara al mío.
Y, aun así, has conseguido que ahora necesite tu cercanía, que busque tu contacto sin temor.
—Él hizo una pausa—. No quiero que le tengas miedo al matrimonio solo porque te enseñaron que casarte era una obligación o una condena.
»He pensado en darte este anillo antes, en arrodillarme…
Sé que suelo dar demasiadas vueltas a todo, y el miedo al rechazo a veces me vuelve cobarde —rio con tristeza—.
Y tal vez creas que esto nace de la desesperación; no te culpo dado mi pasado.
Pero sigo siendo un hombre con moral y valores.
Si amo a alguien, si toco a alguien, es porque la quiero a mi lado de por vida.
Y no voy a irme de este mundo sin decirte que no solo quiero intentar lo nuestro. Lo quiero todo contigo.
Ella, sin poder respirar, llevó los dedos hasta el anillo y lo palpó, necesitaba sentir lo real que era.
A pesar de todo lo que le había confesado, de todo lo que ella sabía sobre sus poderes, él quería casarse con ella. Un hombre que parecía haber renunciado al amor, que había conocido el rechazo y el dolor… y que, aun así, volvía a entregarle su corazón.
—No me importa, Dalton. Tú mismo me recordaste que la persona que serás en el futuro no es más que el pasado de quien eres ahora.
—Verás cómo le pido matrimonio a Eda —le costó decirlo—. Estarás en la misma sala, mirándonos, mientras me arrodillo…
—No me importa. —Negó con la cabeza, intentando deshacerse de las lágrimas—. Me lo merezco por no haberte buscado. Si lo hubiera hecho, habrías sido mío desde el primer día.
El anillo seguía entre ambos; las manos de Dalton lo sostenían mientras ella continuaba acariciándolo, temiendo que desapareciera.
—Creo que siempre he sido tuyo, Savannah.
En la vida y en la muerte, siempre he sido tuyo.
Antes no lo entendía, pero ahora sé cómo eres, cómo piensas, cómo tomas decisiones siempre sacrificándote por los demás.
Algo dentro de mí me dice que me esperaste, que me dejaste vivir aquella vida lejos de ti para cometer los errores que me han traído hasta aquí.
Porque sin ellos, nada de esto habría sucedido.
Savannah tragó saliva y le tendió la mano con la palma hacia abajo.
—Primero debo probarme el anillo. Soy muy especial para las joyas, no me gusta cualquier cosa. —Se mordió el labio cuando aquellas palabras lograron arrancarle una carcajada a él, incluso a pesar de las lágrimas.
—No esperaba menos, Alteza.
Con manos temblorosas, Dalton deslizó el anillo en su dedo anular. Ella alzó la mano entre ambos; la nieve caía despacio y, al parecer, varias criaturas se habían acercado a observar desde los árboles.
—¿Te gusta?
Era el anillo más precioso que había visto en su vida. No solo por su belleza, sino porque estaba hecho para ella. Conocía sus gustos, el tamaño exacto de su dedo, cada curva… Aquel anillo era mucho más que una promesa.
—Quiero casarme contigo, Dalton. Pase lo que pase después, no me importa el futuro ni aquello que todavía no existe.
Me importa esto. El ahora. Tú y yo. —Pasó sus manos por su nuca y le rodeó el cuello con los brazos.
Él se estremeció y su corazón se le encogió al verlo así, tan vulnerable e inseguro.
—¿De verdad es lo que deseas?
Savannah se lanzó a sus labios y pegó su cuerpo al de él.
—Sí —susurró contra su boca—. No hay nada que desee más.
Él le sujetó la cintura y la alzó sin esfuerzo; Savannah reaccionó por puro instinto, rodeándole las caderas con las piernas.
—Estaba…, joder… —Apoyó la frente en la suya—. Estaba aterrorizado.
—Lo sé.
Le pasó los dedos por el cabello negro, disfrutando de cómo su cuerpo respondía al contacto. Le encantaba que no se encogiera, no percibir miedo en él cuando lo tocaba; que su cuerpo la aceptara sin reservas, como si en ese contacto no existiera nada más que confianza.
—Estoy tan orgullosa del hombre en el que te has convertido a pesar de todo. De que, aun así, hayas elegido volver a creer en el amor.
Dalton la calló besando su garganta expuesta, mientras sus manos se aferraban a su cintura y atrapaban la tela de las mallas.
Me vuelves loco , confesó contra su piel antes de encontrar su boca.
Y sé que estos días no te reconoces cuando te miras al espejo.
Que la guerra te ha robado el color, las ganas de arreglarte, incluso la costumbre de sentirte perfecta.
Sé que te castigas llevando ropa interior negra porque no te sientes bien contigo.
Pero quiero que recuerdes que me vuelves completamente loco de todas las maneras.
Savannah sintió cómo se le enroscaban los dedos de los pies dentro de las botas; sabía que él había estado leyendo sus pensamientos.
No tenían tiempo para tocarse de verdad.
Por las noches, ella dormía sola y él salía a vigilar los alrededores.
Solo se robaban unos minutos cuando los niños caían rendidos, antes de la cena.
Entonces Dalton se colaba entre sus piernas, buscando calmar sus propios nervios en ella, arrancándole fuertes gemidos que él silenciaba con la mano, obligándola a morderse el labio para no delatarse.
Sabía que Dalton no la tomaría en la habitación de arriba, al menos no de forma precipitada.
Savannah entendía que había algo más detrás de esa espera.
No era rechazo ni duda hacia ella, sino una frontera que él aún no estaba listo para cruzar.
Porque, aunque se dejara besar, aunque permitiera que lo tocara y explorara su cuerpo con la lengua…
, todavía no estaba preparado para acostarse con ella.
La rabia de saber que alguien había abusado de él la había mantenido despierta muchas noches, llorando en silencio cuando él se alejaba lo suficiente como para no escucharla. Cerraba las puertas de su mente, levantaba muros para que Dalton no percibiera los pensamientos que la devoraban por dentro.
Pensamientos oscuros.
Violentos.
Asesinos.
—Dalton. —Su nombre se le escapó en un gemido cuando él la empujó contra el tronco del árbol. No parecía estar del todo allí. Sus manos se colaron bajo el jersey, recorriéndola con hambre—. Eh…, Dalton.
No respondió. Estaba cegado por el deseo, por todo lo que llevaba días conteniéndose. Y ella supo que podría haberse rendido solo viéndolo perder la cordura así, adorándola sin freno, sin pensamiento alguno más allá de su cuerpo.
Tenemos demasiados ojos puestos en nosotros , rio ella.
Aquello pareció sacarlo del trance. Dalton alzó la cabeza; tenía los ojos brillantes, los labios húmedos y aún hinchados.
—Pues que sigan mirando, las morbosas —bufó lanzándoles una mirada a las setas, que, en efecto, parecían encantadas con el espectáculo—.
Dejadnos en paz. —Volvió a hundirse en su cuello, ignorando al mundo entero—.
Estás preciosa…, he estado demasiados días sin tocarte.
—Besó la curva de su oreja—. Pensaba que me iba a morir.
Aquel hombre tan poderoso seguía temblando como una hoja.
—Ya estás muerto, lo sabes, ¿no?
—Sí. Y si hubiera sabido que morirme significaba tenerte así, contra un árbol, me habría adelantado unos siglos.
—Creo que has llegado en el momento perfecto. Antes estaba muy ocupada disfrutando de mi gloriosa vida de soltera como para prometerme…
Dalton se quedó boquiabierto.
—Retira eso. Ahora mismo.
—¿O qué? ¿Qué me vas a hacer?
—La pregunta correcta no es qué te haré a ti.
—Ajá…
—Es qué les haré a ellos.
—¿A ellos quiénes?
—A todos los que existían en tu «vida de soltera».
Savannah soltó una carcajada.
—Eres insoportable.
De un segundo a otro, la cargó al hombro como si no pesara nada. Savannah soltó un chillido cuando le dio una fuerte palmada en el culo.
Los fungos reaccionaron emitiendo un coro indignado desde la bandolera. Dalton cogió la bolsa con la mano libre, sin soltarla a ella, que pataleaba entre risas.
—¿Volvemos a casa?
Tres noches después de la propuesta de matrimonio, llegaron las noticias. Aurik, una de las cordilleras con mayor concentración de magia, había sido reducida a cenizas.
El aire quedó saturado, y un humo verdoso se propagó por todo el imperio, apagando la luz y volviéndolo irrespirable.
Dalton dijo que reconocía demasiado bien aquel hedor a podredumbre; era el mismo que había acompañado al ejército de noctífagos, los espectros creados por la Dama, capaces de poseer a los mortales y empujarlos a enfrentarse entre sí.
Durante aquellas semanas, Savannah había revisado el libro a cada hora.
«Dime que estás bien, solo eso. Necesito saberlo. Te necesitamos aquí. Se me hace insoportablemente difícil no tenerte con nosotros. Los niños te echan muchísimo de menos… y yo también. Vuelve conmigo, Marcelin. Te quiero».
Pero no hubo respuesta. Su mejor amiga no le había enviado ni una sola palabra…, hasta esa madrugada, cuando Savannah, ya rendida y casi aceptando que había perdido a Marcelin, vio aparecer una única frase escrita en la página: «Nos vemos en el centro al mediodía».
Los terremotos que llevaban días sacudiendo la tierra se habían intensificado durante la madrugada, y apenas había logrado dormir mientras calmaba a los pequeños más asustados, uno por uno, prometiéndoles cosas que ni ella misma estaba segura de poder cumplir.
Aquella noche le había rogado a Dalton que se quedara con ellos, porque Savannah sabía que sería la última.
Y cuando el sol consiguió alzarse a duras penas, él la dejó asomarse a la ventana de la pequeña habitación de arriba más tiempo del habitual, como si también entendiera que ese instante no iba a repetirse.
Savannah se quedó allí, observando el humo en el horizonte y grabando en la memoria cada sonido: las respiraciones tranquilas de los niños abajo, las risas, el tintinear suave de los platos…
y el olor cálido del desayuno que Dalton les había preparado.
Vida cotidiana aferrándose a lo poco que quedaba.
Se levantó de la cama, se enfundó las armas y el uniforme negro que había evitado ponerse durante semanas por todo lo que ese color significaba. Luego bajó las escaleras con la espada recta, manteniendo la compostura que le habían inculcado desde niña, aunque por dentro estuviera hueca.
Aun así, al llegar al salón, la golpeó el contraste de las voces y el movimiento. La vida seguía allí, ajena, como si el mundo no se estuviera desmoronando bajo su piel.
Los niños estaban sentados en el suelo, apoyados contra las paredes, compartiendo mantas, pan y leche.
Olivia descansaba en el regazo de Dalton, que le acercaba la cuchara con paciencia, cuidando de no derramar nada.
Desde que había perdido la vista, orientarse seguía siendo difícil para ella, y él parecía haberse convertido en su brújula.
—Está caliente —le advirtió Dalton con una sonrisa—. Sopla primero.
A sus pies, Luck, de piel oscura y cabello rizado, jugaba con los cordones de sus botas. Dalton ni siquiera lo apartó; se limitó a alzar un poco el pie para no pisarle los dedos.
Savannah se quedó mirándolo, sin atreverse a interrumpir la escena, mientras el corazón se le encogía en el pecho.
Entonces él alzó la vista y la encontró apoyada en la escalera.
Sus ojos descendieron de inmediato hasta su mano derecha, donde ella jugueteaba con nerviosismo con el anillo de promesa.
Marcelin ha contestado. Tenemos que encontrarnos con ella a mediodía en el centro. No pudo evitar que el nerviosismo se filtrara en su voz.
¿Crees que el centro seguirá en pie?
Si me ha pedido que vayamos allí, algo debe de quedar , dudó. O al menos eso quiero creer.
Dalton barrió el salón con la mirada antes de preguntar:
¿Quieres hacerlo hoy?
No va a haber un mañana.
—Ven, acércate a desayunar con nosotros —le pidió en voz alta—. Aún tenemos unos minutos.
Ella avanzó despacio. Los niños se levantaron de la mesa para darle los buenos días, abrazándola todos a la vez.
Seamos fuertes , le recordó Dalton cuando ella se sentó a desayunar.
Savannah estiró la mano bajo la mesa y le rozó la rodilla, limpiándole con los dedos una pequeña mancha de avena.
Seamos valientes.
Dalton la sostuvo de la mano y la acompañó a despedirse de Moonveil.
Savannah apoyó la frente contra el hocico de su dragona y la besó, como había hecho tantas veces antes. No se despedía de una montura, sino de su compañera. De la única que había sabido seguirla incluso cuando ella no sabía hacia dónde iba.
—Lo siento —susurró sin excusas y sin promesas—. Por todo.
Moonveil la miró con esos ojos rosados que nunca la habían juzgado, llenos de un perdón que nunca había necesitado que le pidiera.
La tierra volvió a estremecerse bajo sus pies.
Primero fue un temblor casi imperceptible; después, una vibración profunda que les trepó por el cuerpo. Algo inmenso se estaba resquebrajando en las entrañas del imperio.
—Lo hemos retrasado todo lo posible, pero nadie tiene por qué sufrir —le dijo a Dalton sin dejar de llorar—. No quiero que una muerte peor se los lleve a todos. No podría morir sabiendo que los dejé sufrir así.
—Lo sé.
—Ocúpate de los dragones, que no sufran. Yo… yo me encargaré de los demás. —Miró hacia la granja y, antes de que él pudiera preguntarle nada, añadió—: Estoy segura. He barajado todas las opciones, y esta es la única.
Savannah tomó una bocanada de aire y avanzó hacia la puerta. Las manos le temblaban, y el corazón le golpeaba las costillas con violencia. Aun así, siguió caminando. Porque, aunque todo en su cuerpo gritaba que se diera la vuelta, su voluntad la empujaba hacia delante.
«Debes hacerlo».
«Debes reunir, en un solo paso, todo el valor que has acumulado durante todos estos putos días».
Miró a Dalton antes de entrar y, en el instante en que apoyó la mano en el pomo y empujó la puerta, creyó entender por qué nunca había buscado a Dalton en el futuro.
Savannah se convirtió en la guadaña cuando, sin un sonido, sin un grito, todos los pequeños corazones de aquella granja dejaron de latir.