Los hilos del imperio Capítulo 26 #2
79%

Capítulo 26 #2

Dalton era quien hacía el trabajo sucio.

El que vigilaba toda la zona alrededor de la granja.

Si alguien se acercaba demasiado, se colaba en su conciencia y lo obligaba a darse la vuelta, a olvidar por qué había venido.

Pero si alguno insistía, si poseía malas intenciones…

, Savannah nunca preguntaba cómo terminaba el encuentro ni cómo hacía para que no quedara ni rastro, ni un cadáver.

Solo sabía que, cada vez que volvía así, destrozado, era porque había hecho lo necesario para mantenerlos con vida.

Dalton ya era devastadoramente poderoso estando muerto y a veces se preguntaba qué clase de fuerza monstruosa habría albergado en su vida pasada, cuando la llama idealis corría por su sangre.

—Gracias por protegernos —fue lo único que logró decir antes de tomarle el rostro entre las manos y besarle los labios, las mejillas, la frente, el cuello…

—Me he retrasado, lo siento. —La rodeó con los brazos—. Me he alejado más de lo previsto.

—Eres consciente de que eso tiene castigo, ¿no? Me has dado un susto de muerte.

—Un grupo se acercó —explicó él—. Venían a saquear. Habían visto a Moonveil volando a lo lejos… —Hizo una mueca—. Que sus escamas sean de color rosa es un peligro, incluso de noche. Demasiado visibles para quienes buscan problemas.

Era un riesgo con el que contaban desde el principio. Moonveil necesitaba cazar, y no podían cortarle las alas. Su libertad valía más que el peligro que arrastraba.

—¿Te has deshecho de ellos? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.

—Antes pude ver dentro de sus conciencias —dijo mientras la sujetaba más fuerte por la cintura—.

Venían desde Novadia. Allí la gente está huyendo hacia las grandes ciudades porque las temperaturas han caído tanto que ya no sobreviven ni las criaturas feéricas.

La última tormenta fue hace tres días. Muchos mortales han muerto congelados.

Savannah cerró los ojos e intentó no llorar, no recordar a todos los niños con los que había pasado aquel mes en Novadia, a las mujeres que esperaban dar a luz, a las personas que había conocido durante los últimos años como sanadora.

—Sé que debo asumir que no puedo ayudar a todo el mundo, pero ahora que mi padre no está, soy yo la que carga con la corona. Soy la emperatriz de un imperio que se derrumba. —Negó con la cabeza—. Debería estar luchando, no aquí, escondida como una maldita cobarde.

—¿Crees que es de cobardes proteger a todos esos niños? —replicó él—. Sin ti no estarían aquí.

—Me siento egoísta por elegirlos solo a ellos.

—La guerra nos vuelve egoístas, nos obliga a elegir, nos convierte en algo que no siempre reconocemos.

—Le acarició la mejilla, limpiando la lágrima que resbalaba por su piel—.

Pero no te pierdas a ti misma intentando salvar a todos.

No destruyas lo que eres buscando una versión imposible de ti.

La mejor ya está aquí —añadió mirando hacia la granja a su espalda—. Ellos te necesitan más que nadie.

Los fungos empezaron a moverse dentro de la bandolera entre ambos. Habían quedado un poco aplastados por el abrazo, pero no protestaron. Aguantaron pacientes, aunque se les notaba que estaban a un segundo de lanzarse sobre Dalton en cuanto Savannah aflojara los brazos.

—Sí…, son sorprendentemente impacientes —comentó Dalton mientras los tomaba con cuidado.

Los fungos no tardaron ni un segundo en trepar, uno a cada hombro. Se acomodaron como si aquel fuera su trono y comenzaron a frotarle las mejillas con sus cabecitas de arcoíris, dejando destellos de color a su paso.

—No os paséis o no habrá más paseos —les advirtió Savannah.

La sonrisa de Dalton logró, aunque solo fuera por un instante, cerrar el agujero que llevaba en el pecho. Comprendió entonces que la guerra la estaba volviendo más humana que nunca y que, en medio de tanta devastación, lo único que deseaba era robarle al mundo un poco de tiempo feliz a su lado.

—¿Qué tal la noche? —preguntó él.

—Olivia ha dormido conmigo; tenía fiebre otra vez.

—Iré a calmarle el dolor.

—El dolor desaparecerá, pero el resfriado seguirá ahí —suspiró, pasándose una mano por el rostro—. No sé cuánto más podremos seguir así.

Dalton recolocó a las setas en la bandolera, la tomó con cuidado y la colgó de una gruesa rama del árbol que tenían detrás.

—Aguantaremos hasta el final.

—Tú sabes mejor que nadie cuál es ese final. —Bajó la vista hacia sus botas cubiertas de nieve—. No sé cuánto más podrá resistir mi hermano en Bankai.

Dalton le levantó la barbilla, a pesar de todo lo que estaba ocurriendo, él seguía igual de perfecto, con el cabello negro impecable. Era un fantasma, anclado a una belleza que el tiempo no podía erosionar.

Pero ella sí había cambiado.

Savannah casi no quería imaginar cómo estaba. Comer se le hacía cuesta arriba, tenía el estómago siempre encogido y llevaba el cabello rubio enmarañado, sujeto en una coleta apresurada que delataba el cansancio acumulado.

—Todo está desapareciendo Dalton; la magia, las criaturas, los bosques, las casas, la luz…, todo. Sabes que esto es una cuenta atrás, solo estás esperando a que yo decida.

Se apartó de él para mirar hacia la ladera nevada, hacia el sur, donde debería estar la ciudad. Desde allí, incluso a esa distancia, se veía el humo de las casas, de las chimeneas… y de los dragones.

Savannah continuó:

—Sabes de lo que soy capaz, y solo estás siendo paciente. Aunque también sé que mi yo del futuro te asusta.

—Pude ser sincero…

—Lo sé. Pero nunca te lo he preguntado porque sé quién soy.

He sostenido demasiadas manos mientras la gente moría, he sentido cómo la vida se les escapaba entre los dedos, cómo su aliento se apagaba…

y yo solo podía acompañarlos. Como el bebé de Lorelei y Alvi.

Murió en mis brazos, Dalton. Y en ese momento entendí que mi deber no es solo curar, también es estar cuando la muerte llega.

—Lo miró por encima del hombro—. Siempre creí que estaba allí para salvarlos, pero en el fondo…

también era yo quien los acompañaba al otro lado.

Cada vez que cerraba los ojos de alguien, cada vez que sus familias me daban las gracias como si hubiera obrado un milagro.

No era solo una sanadora, era la última presencia que veían antes de morir.

Su mano tembló cuando la apoyó sobre su propio pecho.

—Yo soy la guadaña —confesó al fin—. No porque quiera matar, sino porque siempre he caminado al lado de la muerte.

Porque la gente muere en mis brazos sin miedo, como si entendieran que no están solos.

Como si, en ese último aliento, supieran que alguien los acompaña hasta el final.

—Tragó saliva antes de continuar—: Mi magia no cura heridas, no detiene el final.

Mi magia… sostiene el último hilo. Ese hilo invisible que mantiene unida un alma a su cuerpo.

Puedo sentirlo: cómo se tensa, cómo se afloja, cómo empieza a ceder justo antes de romperse.

Siempre lo he sentido, desde que era una niña, aunque durante años no supe cómo llamarlo ni qué significaba de verdad.

Levantó el rostro.

—Ese es mi poder, Dalton. No es luz, ni sombras, ni fuego, ni gloria. Es el límite. El borde entre un latido y el silencio. El poder de la guadaña.

Dalton palideció como la nieve que seguía cayendo detrás de él. Jamás lo había visto tan quieto, tan mortal.

—Fui yo quien estuvo contigo cuando moriste, ¿verdad? Yo te sostuve la mano —quiso saber Savannah.

—Cielo…

Ese «cielo» la destrozó y le confirmó que no estaba equivocada.

—No soy tu cielo —susurró rota—. Soy el maldito infierno.

En dos zancadas, Dalton estaba frente a ella. Le sostuvo el rostro con ambas manos y se detuvo a un suspiro de sus labios.

—Eres mi cielo, Savannah. Cuando morí, estabas ahí, sujetándome la mano.

Te vi como la guadaña… y, aun así, lo único que sentí fue paz.

Y cuando te vi humana por primera vez sentí exactamente lo mismo.

—Le pasó el pulgar por la mejilla húmeda—.

Y lo sigo viendo ahora, incluso mientras todo a tu alrededor se derrumba.

Incluso cuando tú misma te crees hecha de infierno.

Para mí, joder…, sigues siendo lo más parecido al cielo que he tenido nunca.

Los dos eran un maldito mar de lágrimas.

—No te busqué en estos siete milenios… Nunca te busqué…

—Me da igual —respondió él sin dejar que apartara la mirada—. Me da igual el motivo, me da igual que en el futuro no me ames o que no puedas recordarme o que me olvides. Me da igual que olvides todo esto, porque yo voy a seguir amándote, aunque no quede nadie más que yo para recordarlo.

—Dalton…

—Te amo, Savannah. Y estoy… estoy consiguiéndolo. Cada día un poco más. El dolor del pasado se está apagando, por fin. Y quizá suene absurdo, pero… sin ese dolor no podría amarte como lo hago ahora. No habría sabido reconocer esta amabilidad tuya si no hubiera vivido tanto desprecio.

Se odiaba por no haberlo buscado, por no haber sido capaz de sacarlo de aquel vacío en el que había vivido, de ese desprecio que lo había consumido durante siglos, de esas noches en las que deseó estar muerto.

Se odiaba por no haber sido su mano, su luz, su salida.

Se odiaba por los poderes que la vida le había dado…

, pero se odiaba aún más por lo que sabía que tendría que hacer.

Él se apartó de ella solo para meter la mano en el bolsillo. De allí sacó una pequeña cajita afelpada de color rosa.

—Quiero ser la primera elección que un hombre te ofrezca, no una promesa impuesta ni una jaula disfrazada de amor.

Quiero darte la libertad de elegir. Quiero que, si decides quedarte, sea porque lo deseas y no porque el mundo te empuja a hacerlo.

Que compartamos el tiempo que tengamos sabiendo que cada instante es una elección consciente.

—Su voz tembló—. No te pido que me pertenezcas, te pido que me escojas.

Hoy, mañana o nunca. Y si algún día decides marcharte, quiero saber que fue tu voluntad la que te guio, no la falta de opciones.

Al abrir la pequeña cajita, un anillo plateado, como todas sus joyas, resplandeció. En el centro, un diamante rosa estaba tallado con precisión para atrapar la luz y devolverla en destellos suaves.

El brillo fue suficiente para dejarla sin respiración.

—Aquí tienes la elección de casarte conmigo, Savannah. No como una obligación, sino como un acto de libertad.