Los hilos del imperio Capítulo 26
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Capítulo 26

La magia estaba desapareciendo.

El sol, antes inquebrantable, había dejado de alumbrar.

Las temperaturas habían caído en picado y el invierno se había extendido hasta Pramvera, una tierra donde el clima templado había sido ley durante siglos.

Los bosques, antes rebosantes de vida feérica, habían quedado vací os.

Los árboles habían perdido su brillo; sus raíces se habían rendido a una tierra estéril.

Los ríos se habían evaporado, dejando tras de sí cauces desnudos.

El fin del imperio había comenzado.

Savannah contaba los segundos, consciente de que el mundo se desmoronaba un poco más con cada respiración.

No era solo la destrucción lo que avanzaba, también la magia había decidido huir de todos ellos y se retiraba como un animal herido que presiente el incendio que está a punto de devorarlo todo.

Pero ella no huiría.

Resistiría hasta el final.

Durante las horas posteriores a la conversación con Skylar, mientras Savannah se doblaba sobre el lavabo, vomitando hasta quedarse vacía —el precio de haber sostenido más poder del que su cuerpo podía soportar—, Dalton no se apartó de su lado, igual que aquella vez en la casa de Novadia.

Pero esa vez, sin embargo, la sostuvo por la cintura, le apartó con cuidado el cabello pegado a la frente y le besó la coronilla, repitiéndole una y otra vez: «Estoy aquí, estoy contigo».

—Nunca te he preguntado qué haces cuando no estás a mi lado —logró decir ella, recostándose un segundo contra su pecho—. Pero cuando entrenábamos tus ojos no solo buscaban el peligro, sé que buscaban otra cosa.

Él soltó una carcajada baja y apoyó la barbilla sobre su cabeza.

—Eres una listilla, ¿lo sabías?

«Si tú supieras las cosas que intuyo…, las que sé…».

—Dime la verdad. ¿Qué tramabas? Un emperador siempre tiene un plan.

—¿Cómo no voy a tenerlo, Savannah? Tenemos niños bajo nuestro cuidado. Debo cuidar de ti, de ellos. Debo cuidar de todos…, cueste lo que cueste.

Su corazón se encogió.

Dalton empezó a hablarle del plan que llevaba semanas construyendo a sus espaldas.

Había recorrido kilómetros alrededor de Pramvera, rastreando cada colina, cada sendero, cada claro del bosque en busca de un lugar seguro.

Y lo encontró: una granja vieja con un pozo propio del que sacar agua sin depender de la ciudad y un cobertizo resistente, donde se podía almacenar comida, madera e incluso medicinas.

Cuando fueron al centro para empezar a mover a los niños y alejarlos de la ciudad, Savannah esperaba ver a Marcelin.

Le tocaba a ella hacer turno, y nunca faltaba.

Pero aquella mañana solo encontró una nota que decía: «No puedo quedarme en el imperio estas semanas.

Debo viajar a Valdemar, mi familia me necesita, te lo explicaré todo cuando vuelva.

Te quiero, Savi. Cuida de ellos y de ti en mi ausencia. Volveré pronto».

A Savannah aquello le olía mal, muy mal. Marcelin llevaba décadas sin poner un pie en Valdemar… y, aun así, decía que su familia la necesitaba. Algo no encajaba. Pero su amiga era valiente, fuerte, una luchadora nata. Allá donde estuviera sabría cómo sobrevivir.

Ella dejó otra nota: «Las cosas van a ponerse muy feas, la reunión no ha salido bien, los jinetes quieren atacar las ciudades para darles una lección a los mortales.

Me he llevado a todos los niños a un lugar alejado y seguro.

Usa el libro para comunicarte conmigo, lo tendré en mi habitación. Te quiero».

Savannah había ido desvaneciendo a todos los niños uno por uno para llevarlos a la granja.

En apenas tres semanas, más de veinte criaturas dormían bajo aquel techo acurrucados en el salón, rodeados de mantas, leña encendida y el olor constante del guiso de verduras que preparaba para todos.

Y, por supuesto, habían tapado las ventanas con madera reforzada, llenado los armarios de comida y marcado rutas de escape que solo ellos conocían.

Los pequeños que habían estado enfermos —los que rozaron la muerte o pasaron días enteros consumidos por la fiebre— desarrollaron una sensibilidad especial.

Podían ver a Dalton. Tal vez no del todo, pero sí su alma —decían que azulada—, y pronto dejó de ser una rareza y se convirtió en una presencia familiar.

Lo escuchaban, seguían su voz, y eso le permitió a Savannah hablar con él sin esconderlo.

En aquella granja, la frontera entre la vida y la muerte era tan fina que incluso los muertos parecían tener un lugar entre los vivos.

También había traído consigo a los fungos guardianes, que seguían visiblemente enfadados por haberlos arrancado de su biblioteca.

Los primeros días atacaban a todo lo que se movía con sus palillos-lanzas, pero una noche, una tormenta de nieve mágica rugió sobre la granja.

Y Savannah, incapaz de dormir, salió al salón para comprobar que todos estuvieran bien.

Fue entonces cuando los vio: los fungos —los mismos que gruñían y pinchaban a cualquiera que se les acercaba— dormían acurrucados entre los brazos de los niños.

Aferrados a sus pequeños cuerpos, en paz.

Hacía treinta y dos días desde que los jinetes empezaron a cumplir la orden imperial de «devolverles» la revolución a los mortales.

Treinta y dos días de incendios, de saqueos…

y de más robos. Pero lo más inquietante era que cada vez había menos jinetes.

Los de Valdemar habían huido hacia sus propios bosques, y sabía que fuera donde fuera que se escondieran, difícilmente sería un lugar mejor que aquel.

Ahora Savannah intentaba concentrarse en los calcetines que tejía sobre su regazo. Había perdido la cuenta de cuántos llevaba hechos.

—¿Cuándo va a volver Dalton, Savi? —preguntó Otilia, una niña de ojos azules y cabello rojo como el fuego de la chimenea que la miraba desde el suelo.

La pregunta cayó como una piedra en el salón.

Los niños dejaron de jugar, de pintar, de bailar; el murmullo se apagó poco a poco hasta quedar en silencio. Incluso los fungos guardianes se acercaron para tirarle de las mallas y del enorme jersey de lana blanca que llevaba.

Cuando Dalton se ausentaba toda la noche, los fungos eran los primeros en echarlo de menos.

—Estará al caer, no os preocupéis —dijo con una sonrisa. Aun así, su mirada se desvió hacia la ventana, donde la nieve azotaba los cristales sin descanso. No era propio de él no estar allí al amanecer como cada día.

Espero que no tardes, los niños están trepando por las paredes sin ti, y yo te echo de menos , le envió el pensamiento.

Dalton siempre respondía casi al instante, pero esa vez no hubo respuesta.

Un miedo absurdo le trepó por el pecho cuando el sol siguió alzándose y no escuchó sus pasos a lo lejos. Solo llegaban hasta ella las respiraciones profundas de los dragones, los tres que dormían frente a la granja: Moonveil, el de Kilian y el coloso que había pertenecido a su padre.

Ahora los tres eran suyos.

Daban vueltas alrededor de la granja sin abrir demasiado las alas, vigilando el perímetro hasta que caía la noche. Solo entonces volaban en silencio para cazar en los alrededores.

Dalton había elegido aquel lugar porque estaba fuera de las rutas habituales de los jinetes, un punto ciego que nadie miraba y donde los dragones podían moverse sin ser vistos.

Savannah se levantó del sillón.

—Iré a buscarlo, ya sabéis qué hacer cuando la casa se queda sola. —Dos fungos, los más valientes, salieron disparados hacia ella. Treparon por sus piernas y se aferraron a su jersey—. No puedo llevaros ahora.

Ambos negaron con la cabeza al unísono.

Savannah suspiró y se colgó la bandolera de lana que había tejido para sacarlos a pasear; le habían cogido el gusto, y ella no tuvo corazón para discutir cuando los acomodó dentro de esta.

—Me los llevo conmigo, no tardaré en volver —anunció—. La granja queda protegida. No abráis las puertas bajo ningún concepto. Solo cuatro golpes, ¿de acuerdo?

Salió pasando junto a Moonveil y, como cada noche, alzó una enorme cúpula de sombras sobre la granja para sellarla con una protección impenetrable. Dentro de aquel refugio oscuro, todos estarían a salvo.

Las primeras veces, el uso de un poder tan descomunal le dejaba un temblor en el cuerpo durante horas, pero el dolor nunca le importó.

Serpenteó entre los pocos árboles que aún quedaban vivos, aunque ya empezaban a marchitarse.

Pisó con fuerza la nieve, apretando la bandolera contra su cuerpo mientras los fungos disfrutaban del paseo, y afinó el oído.

Percibió los gritos lejanos que llegaban desde las ciudades, un traumático eco que el viento arrastraba hasta la granja.

También distinguió el correteo nervioso de las criaturas del bosque, zarpas apresuradas huyendo sin rumbo, escapando de algo que no comprendían.

Algunas se ocultaban entre los troncos; otras, más valientes, se acercaban a la puerta cuando los dragones no vigilaban.

Los owls —búhos de plumaje brillante— y los grass —gatos cubiertos de hierba suave— se asomaban con cautela cuando los niños les ofrecían trozos de pan empapados en agua, y los animalillos los aceptaban con rapidez antes de volver a perderse entre la maleza.

El batir de alas de los owls la puso en alerta, pero todo el miedo que había ido acumulando por no verlo regresar a la hora prevista se desvaneció en cuanto distinguió a Dalton avanzando entre los árboles, con los puños cerrados, los hombros tensos… y el rostro descompuesto.

No hizo falta que hablara.

Había matado a alguien.

Cuando llegó hasta ella, hundió el rostro en su cuello y la estrechó contra su cuerpo.