Capítulo 25
Había dos cuerpos frente a Savannah.
En uno aún latía un corazón inmortal; el otro estaba muerto. Muerto porque ella lo había matado.
El cadáver de Kilian seguía desangrándose sobre la alfombra. El de su padre, en cambio, permanecía aprisionado por sombras que lo envolvían y lo ocultaban bajo una negrura compacta.
Savannah permaneció sentada en la silla de la sala de reuniones del emperador, frotándose las palmas, ya cicatrizadas tras los cortes recientes que ella misma se había hecho, con la espalda recta y los hombros echados hacia atrás, sin una sola emoción en el rostro, con los ojos atentos y curiosos observando no solo a los dos hombres más poderosos del imperio, sino a la propia muerte con los brazos cruzados.
Y, girando alrededor de los cuerpos, un zorro de nueve colas, con el pelaje tan blanco como el cabello de Skylar.
Tras aparecer en su habitación, Savannah había pedido espacio a Dalton para asimilarlo todo, desvaneció a Kilian y al emperador hasta la sala de reuniones y, tras quedarse veinte minutos sentada en la silla sin moverse, al fin había llamado desesperada al único hombre que sabría cómo enfrentarse a aquella maldita situación en la que ella sola se había metido.
Pero no apareció solo Skylar, también acudió aquella criatura misteriosa.
Poderosa… muy poderosa… Savannah no se asustó al sentir la voz aterciopelada del zorro deslizarse dentro de su conciencia; estaba acostumbrada a ese tipo de comunicación, hablaba así con Dalton todos los días.
Lo que sí la inquietó fue otra cosa: comprender que, quizá, aquel zorro no era una criatura feérica en absoluto.
Skylar no había dicho ni una sola palabra. Permanecía inexpresivo, con los brazos cruzados y la mirada fija en algún punto que no era ella.
—El poder no es mío, solo es prestado. Yo no soy poderosa. No tengo magia propia. Las sombras no me pertenecen.
El zorro dejó de dar vueltas y se sentó sobre sus patas traseras. Sus nueve colas se alzaron detrás de él como una corona. Clavó la mirada en Skylar.
Tú lo sabías, muerte.
Savannah sintió aquellas palabras deslizarse dentro de su mente, y al parecer Skylar también las había escuchado.
—¿Saber el qué, Sky? —Sus dedos se tensaron contra los reposabrazos de la silla hasta blanquearle los nudillos—. ¿Qué es lo que sabías?
Al parecer, la muchacha tampoco es consciente de sus propios dones, y no, querida, no me refiero a eso, el zorro miró hacia los cuerpos en el suelo.
Sabes que las sombras son prestadas, sabes que solo la llama y la sombra de la muerte pueden acabar con vida inmortal, pero no es ah í donde debes mirar.
Hay poderes que no se heredan ni se conceden, hay vínculos que no se piden, y hay territorios que eligen a su dueña mucho antes de que ella comprenda que puede reclamarlos.
No eres poderosa por lo que te han prestado, Savannah.
Lo eres por lo que ya te pertenece, aunque aún no hayas sido capaz de nombrarlo.
Savannah no se dio cuenta de que Skylar se había arrodillado frente a ella hasta que sintió sus manos atrapadas entre las de él. Estaba demasiado aturdida por lo que acababa de oír como para percibir nada más.
—Creo que, en el fondo, siempre has sabido que había poder en ti —dijo con calma—, pero no era un poder de vinculación como los que ya conocías.
Sabía a qué se refería.
No era algo nuevo, solo la confirmación de lo que llevaba años sintiendo.
El hilo…, cómo se tensaba, cómo vibraba como si el mundo entero dependiera de ese pulso invisible, cómo a veces cedía de golpe y algo dentro de ella se partía con él.
Siempre lo había sabido.
Las sombras que mantenían a su padre sumido en aquella oscuridad se agitaron de pronto, y ese estremecimiento recorrió también el cuerpo de Savannah.
—¿Qué quieres que haga con él, Savannah? —preguntó Skylar, soltándole las manos y poniéndose en pie frente a ella.
—¿Voy a decidir yo su destino?
—Solo porque es tu padre.
—Pero es una de las tres llamas… ¿Qué pasará con su llama si muere?
El zorro se incorporó sobre sus cuatro patas.
Lamento decirte que ningún corazón, mortal o inmortal, sobrevivirá a lo que está por llegar. Ni el tuyo. Ni el suyo. Moriréis ambos, sea cual sea la decisión que tomes.
A Savannah no le tomó por sorpresa escuchar aquellas palabras.
Solo fueron otra de las muchas confirmaciones que había recibido ese día.
Le quedó claro que, hicieran lo que hicieran, la Dama ganaría, y que la llama Kaiserin, manipulada por completo, ardería sin freno hasta consumirlo todo: bosques convertidos en humo, océanos hervidos hasta evaporarse, ciudades reducidas a ceniza.
La primera llama arrasaría con cada criatura feérica y cada ser inmortal como si nunca hubieran existido.
En el silencio de Skylar, en la forma en que sus sombras comenzaron a retorcerse por las esquinas, trepando por las paredes y ondulando sobre los muebles, supo que su hermano también era consciente de que aquel destino ya estaba tomando forma, empujando al mundo, poco a poco, hacia su propia hoguera.
Savannah se limitó a decir:
—Soy muy consciente de que quizá me queden horas, o solo unos pocos días de vida.
Vivo en este imperio, sé que la Dama está ganando y sé que la magia está huyendo, porque sabe mejor que nadie que todo va a ser destruido.
—Antes de que Skylar pudiera interrumpirla, se levantó y se arrodilló junto al cuerpo de su padre, pasando las manos por las sombras que se enroscaban entre sus finos dedos—.
Durante décadas he acumulado odio hacia él por todo lo que me hizo, pero ahora ya no sé qué hacer con esa rabia, porque existe la posibilidad de que la Dama estuviera detrás de sus comportamientos, retorciendo su maldita voluntad hasta convertirlo en algo que quizá ni siquiera eligió ser.
Las sombras se apartaron del rostro de su padre, deslizándose como humo obediente hasta dejarlo al descubierto.
El cabello dorado le caía sobre la frente en mechones desordenados, aún intacto pese a todo, y su piel, dorada por el sol, conservaba esa belleza severa que siempre había impuesto respeto.
«Moriréis ambos, sea cual sea la decisión que tomes».
—Nunca sabré si esa era la verdadera personalidad de mi padre o una máscara impuesta —terminó por decir—. Y quizá prefiera no saberlo nunca.
Puedo llevarme tu alma inmortal ahora, si así lo decides. Tarde o temprano pertenecerás a Bankai, muchacha. Morir quemada no es una muerte digna, en lo que a mí respecta.
Ignoraba quién era aquel zorro y cuál era su papel en Bankai, pero algo en su presencia y en la forma en que hablaba del alma, le hizo comprender que también era una forma de muerte.
No le importó no saberlo en ese momento; si iba a morir, tendría toda una eternidad para averiguar quién era y qué lugar ocupaba realmente en aquel territorio.
—Aguantaré hasta el final. Me quedan demasiados asuntos por resolver. Y no soy de las que disfrazan la rendición de muerte digna para quedarse tranquilas. Si este imperio arde, arderé con él.
Esta vez lo dijo mirando solo a su hermano, quien se mostraba más taciturno de lo habitual. Permanecía con las manos entrelazadas a la espalda, sin la capa de sombras, vestido únicamente con un uniforme elegante azul oscuro que caía perfecto sobre su figura.
No necesitaba desplegar su poder para que se sintiera; lo irradiaba en silencio. Y ahora, parte de ese poder… le pertenecía a ella.
—Si esa es tu decisión, la respeto. Pero hay otra que también debes tomar.
—Skylar señaló al emperador con la barbilla—.
Si no hay un portador inmortal en la tierra de los vivos, la llama idealis no pasará a nadie.
Puede que, dentro de milenios, retome su ciclo, pero el futuro ya no dependerá de ninguno de los que estamos en esta sala.
La magia tardaría siete mil años en recomponerse, en encontrar de nuevo un equilibrio, siete mil años hasta que un niño viera aparecer ante él un fuego fatuo negro como la noche, como su propio cabello, y ese fuego lo convirtiera en el primer jinete de dragón tras la destrucción que estaba por venir.
Dalton Basilius.
Él era el futuro.
Savannah se guardó todo lo que sabía, y levantó una mano hacia Skylar, él la tomó y quedó agachado junto a ella. En ese instante el zorro dejó de existir. Solo estaban ellos dos, frente a frente, como tantas otras veces en los momentos más duros de su vida.
—Esta vez hazlo tú, pero yo estoy aquí. —Le pidió en voz baja mientras buscaba la mano de su padre y la apretaba entre las suyas. La tenía áspera, curtida por años de montar dragones. Nunca antes le había dado la mano. Nunca había existido un gesto así entre ellos—. Lo acompañaré.
—No tengas miedo de morir cuando llegue el momento.
Muchos temen a la muerte, Savannah…, pero el Olvido les ha enseñado que existe algo aún peor: perderse a uno mismo, dejar atrás a quienes se amaron, ver desvanecerse todo aquello que alguna vez dolió o importó.
—Le acarició el cabello con una ternura que casi dolía.
Sus ojos dorados, enmarcados por cejas oscuras que contrastaban con el blanco de su pelo, parecían tristes, eran…
demasiado humanos—. En Bankai no estarás sola.
Allí también tienes familia. Yo soy tu familia.
Y cuando llegue tu hora, cuando todo termine aquí, seré yo quien te reciba, quien cuide de ti. Te lo prometo.
Después giró el rostro hacia el emperador y se dirigió de nuevo a Savannah:
—Llevo el apellido O’Hara porque tú lo llevas.
Porque ese es tu nombre, no el de un emperador, sino el de alguien que habría sido emperatriz hace mucho tiempo, si me lo hubieras pedido.
—Miró el cadáver de Kilian con el gesto endurecido—.
Ese hijo de puta merecía una muerte mucho peor.
Pero estoy orgulloso de que hayas tenido el valor de matarlo.
Las lágrimas le cruzaban las mejillas a Savannah, pero no hizo el menor gesto por limpiárselas.
—Esto no es el final, Sky. —No era una frase vacía—. La muerte nunca es el final. Nada de despedidas.
—Nada de despedidas —repitió su hermano, asintiendo una sola vez, antes de inclinarse y poner fin a la vida del emperador…, y con ella, al linaje de la llama idealis.