Capítulo 24
El impacto fue inmediato.
El emperador dio un paso atrás. Su agarre invisible desapareció de su garganta. Y sus ojos marrones regresaron de golpe.
—Savannah… —Parpadeó y, por primera vez, vio en él un miedo puro, desnudo—. ¿Qué haces… qué haces aquí? No deberías… no deberías estar aquí.
—No debería seguir viva —respondió ella con la voz áspera por la asfixia—. Debería haber muerto hace mucho tiempo. Deberías haberme matado cuando me vinculé a un dragón y descubriste que no tendría magia. Habría sido menos vergonzoso que matarme ahora.
—Nunca te he querido muerta.
—Llevo muerta muchísimo tiempo. —Dio un paso hacia él; la piel le ardía al acercarse a la llama viva que le recorría los brazos—. Siempre me has subestimado. Podría haberte ayudado a luchar contra ella, contra la manipulación. Si me hubieras tenido a tu lado…, nada de esto estaría pasando.
—Savannah… —Retrocedió temblando. Sabía que su fuego la hería, pero no podía apagarlo. La Dama seguía dentro, como un parásito.
Ella veía cómo su padre peleaba por recuperar el control.
—Pero te perdono, papá. —Una lágrima rodó por su mejilla.
Lo odiaba. Sí. Pero no odiaba a los seres humanos, ni siquiera esa fragilidad que, al final, lo había empujado hasta allí.
Los ojos del emperador volvieron a teñirse de verde.
Se había ido otra vez.
—Es tu momento, Savannah. Llevas toda la vida esperando esto. Lo que sientes en el pecho no es miedo, es deseo. —Una sonrisa invisible se filtró en el tono—. Dale el final que merece. Mátalo.
La Dama no necesitaba invadir su mente; no hacía falta. Le bastaba con la rabia que Savannah llevaba años acumulando, la misma que había impulsado su mano cuando mató a Kilian. El odio ya vivía en ella, y era suficiente para incendiar el mundo si alguien le daba permiso.
Y ahora la Dama lo sabía.
Sabía que cargaba con la gota de Iron Shadow, que dominaba un poder capaz de matar incluso a los inmortales.
Sabía que, si quería, podría acabar con cualquiera.
Miró a Dalton. Él no negó con la cabeza, no extendió una mano para frenarla, no le susurró que se detuviera.
Savannah comprendió lo que había estado haciendo durante todo el día: no interferir.
Solo la observaba. Solo la acompañaba. Dalton, más que nadie, habría deseado ver muerto a Kilian…
y también a ese hombre que la había estrangulado desde la infancia.
Conocía la venganza mejor que nadie, pero aun así no iba a empujarla hacia ella.
A Savannah solo le quedaba una última cosa por hacer.
Dio un paso. Luego otro.
Avanzó hacia su padre, que ardía y ardía, envuelto en la furia de la tercera llama.
«¿Viva o muerta, Dama? —pensó—. ¿Cómo me quieres?».
La Dama dio un paso atrás.
Savannah avanzó otro hacia delante.
«¿Viva o muerta?».
La llama se apagó. Se extinguió como si nunca hubiera existido, dejando tras de sí solo humo y el brillo venenoso de aquellos ojos esmeralda. No había ira en el rostro de su padre. Solo una calma demasiado pulida, demasiado perfecta…, demasiado ajena a él.
—Podrías haberlo hecho —dictó la voz que habitaba en su interior—.
Podrías haber vengado cada herida, cada noche en la que te dejó sin aire, cada vez que te hizo creer que no valías nada.
Tienes el poder ahora, Savannah. Tu propio poder.
—Sus labios temblaron en una sonrisa que no era humana—. Úsalo. Aprovéchalo.
«Manipulación».
La daga que su padre llevaba al costado izquierdo titiló, encendida por la llama idealis.
Solo estas podían imbuir ese tipo de poder a un arma.
No necesitó que Dalton se lo advirtiera: su padre estaba sentenciado.
La Dama lo empujaría a usar su llama contra sí mismo, igual que había hecho con su cuerpo y su mente.
—Hoy no —proclamó Savannah.
Lanzó la noche hacia el emperador.
La nube de humo se extendió igual que lo había hecho para ocultar el cadáver de Kilian. Se enroscó alrededor del cuerpo del emperador, subió por sus piernas, trepó por su torso, le cubrió la garganta y siguió avanzando, hambrienta de apagar su llama.
Más.
Y más.
Y más.
Ya no sentía los pies. Las sombras le tiraban de la piel, de los huesos, como si quisieran arrancarle algo a cambio. Su propia magia la estaba despedazando desde dentro.
Aun así siguió empujando.
Invocando.
—Yo gano.
Cayó de rodillas… y una gran mano se posó en su hombro.
Estoy aquí. Estoy aquí. Estoy aquí.
Dalton siempre estaba allí.
Las sombras continuaron presionando al emperador hasta apagar cada chispa de la llama que pretendía matarlo.
Era poder contra poder.
La Dama rugiendo desde dentro de su padre, y la muerte respondiendo a través de Savannah.
Dalton no dejó de hablarle como ella había hecho cuando lo tocaba, recordándole que seguía allí, que no estaba sola.
—Solo un empujón… No hay límites. No para ti, cielo.
«No voy a poder hacer quinientos kilómetros, Dalton.
Estás completamente ido de la cabeza», le había gritado Savannah, dejándose caer en la hierba mientras el cielo se teñía de naranja al atardecer.
Estaba destrozada, llevaba horas apareciendo y desapareciendo, arrastrando medio mundo con aquel maldito poder prestado.
Dalton, de pie sobre ella, con los brazos cruzados y la sombra de una sonrisa de pura terquedad, había respondido:
«He visto a jinetes con menos talento que tú lograrlo. Deja de ponerte límites, joder».
Ella le había lanzado una pequeña piedra a la cara.
«¡No soy ellos!».
Dalton ni siquiera se movió para esquivarla.
«Por eso mismo. Ellos solo tenían técnica. Tú tienes hambre, tienes instinto. Y, si combinas eso con la muerte…, puedes llegar a donde quieras».
Savannah siempre había odiado aquel gesto duro en él, pero ahora, allí, con las rodillas clavadas en la piedra y la garganta ardiendo, agradeció que fuese exactamente así.
Si Dalton Basilius confiaba, entonces ella también podía hacerlo.
En una fracción de segundo, el mundo se desdibujó. Savannah cayó y flotó al mismo tiempo, navegando por una oscuridad más curva y viva que cualquier sombra conocida. Cuando abrió los ojos —si es que realmente los abrió— vio estrellas rosadas suspendidas en un cielo negro.
Eran suyas.
Su esencia.
Y la llamaban.
Aquellas estrellas trazaron un sendero imposible, un hilo brillante que se curvaba entre dimensiones, guiándola hacia donde debía ir.
Guiándola a casa.
Savannah se desplomó sobre una superficie de mármol. Ya no había piedra áspera bajo su cuerpo ni una montaña alzándose sobre ella. Solo quedaba un techo blanco y liso.
Giró la cabeza y vio la nube de sombras reposar a su lado.
Savannah quedó tendida bocarriba y rompió a llorar; una risa descontrolada se le escapó de la garganta. No sabía si eran lágrimas de dolor, de rabia o de puro agotamiento.
El cansancio la atravesó como un golpe cuando comprendió que había vuelto a su habitación en Pramvera.
El plan había funcionado.
El emperador había caído.
Y con él, el imperio había pasado a sus manos.