Capítulo 23 #2
Si el emperador daba aquella orden…, si realmente pedía saquear y matar a mortales…, sería el comienzo de la guerra que estaba esperando.
Su padre podía ser el inmortal más frío, misógino y carente de empatía del imperio, pero jamás ordenaría atacar a su propio pueblo; por muy inferiores que viera a los mortales, siempre habían sido su prioridad, la base que alimentaba su poder y su ego.
Sabía que necesitaba que lo veneraran como a un dios, que lo temieran sin odiarlo, por lo que incluso su crueldad tenía límites.
Por eso, escuchar aquella insinuación le heló la sangre.
Si él estaba dispuesto a cruzar esa línea…
—¡Hacedlo!
A Savannah se le heló el corazón. Y no solo a ella, todos los jinetes quedaron rígidos, hasta aquellos que despreciaban abiertamente a los mortales. Una cosa era el odio; otra muy distinta, esto.
Aquello no se trataba de disciplina.
Tampoco de control.
Era un genocidio.
Dalton miraba al emperador como si intentara atravesarlo, como si buscara una grieta en aquel silencio mental impenetrable que hacía imposible su lectura.
—Empezad por Pramvera esta misma semana —ordenó el emperador sin alzar la voz, sin dignarse a mirar al frente—.
Los jinetes de dragón sobrevolarán la ciudad.
Quiero que sientan el terror en los huesos.
Si tan convencidos están de que los dragones son los culpables del Olvido…
, hagámoslo real. Que aprendan a temernos, que recuerden quién manda aquí.
—Apretó los dedos sobre la mesa; la llama idealis danzó en su piel—.
Después, saquead lo que haga falta. Y si descubrís a alguien robando, cortadle las manos.
Que aprendan de una vez. —Su mirada seguía fija en un punto bajo la mesa—.
Si quieren jugar a la rebelión, les mostraremos el precio real de ese juego.
No hubo murmullos. Solo silencio.
Las manos de su padre temblaron sobre sus propias piernas, un detalle que solo ella, tan cerca, pudo ver.
¿Por qué no levanta la vista? Algo no está bien.
No. No lo está.
Vio a Dalton dar un paso más hacia ellos.
—¿Alteza? —preguntó Savannah.
Ninguna respuesta.
Savannah, haz que todos abandonen el Refugio , le pidió Dalton.
¿Qué? Yo no…
Haz que todos salgan. Ahora.
Sintió el golpe de adrenalina. Se incorporó de inmediato, tan rápido que casi derribó la silla. No estaba acostumbrada a aquella altura, a aquel cuerpo…, pero se contuvo. Apoyó las dos manos —grandes, fuertes, ajenas— sobre la mesa.
—Ya habéis oído al emperador —bramó—. ¡Fuera! ¡Todos!
Supuso que Dalton estaba detrás de aquella obediencia repentina.
Sintió la presión de su poder deslizándose por las mentes de los jinetes, empujándolos con sutileza para que acataran la orden sin cuestionarla.
Uno a uno, inclinaron la cabeza hacia el emperador en una reverencia mecánica…
, demasiado. Luego se retiraron obedientes.
Entonces Savannah se encontró sola con su padre, que no había cambiado ni un milímetro de postura.
—Alteza, ¿está bien? —preguntó, fingiendo la despreocupación con la que lo haría Kilian.
«Levanta la cabeza, joder. Levántala».
Nunca había visto a su padre así.
«Levántala. Levántala. Levántala».
El emperador habló sin mover un músculo, como si las palabras se le escaparan de una grieta en la conciencia.
—Ha vuelto, Kilian —susurró—. Ella ha vuelto.
«¿Quién? ¿Quién ha vuelto, papá?», quiso saber.
—Ha vuelto… y no has hecho nada.
Por fin el emperador levantó la cabeza.
Sus ojos se clavaron en los de Savannah…, pero no eran de su habitual tono marrón. No eran aquellos que la habían observado toda su vida desde el trono.
Eran de un verde esmeralda tan intenso, tan brillante, que casi la cegaron.
Savannah retrocedió un paso, el corazón golpeándole las costillas.
La llama valirio… Ella está aquí. La Dama está dentro de él. La voz de Dalton le inundó la mente, fría y temblorosa.
Los ojos de su padre parpadearon y cambiaron ante ella: marrón…, esmeralda…, marrón otra vez…, esmeralda.
Está luchando, Dalton. Está luchando contra la llama y está perdiendo.
—Hazlo, Kilian. Hazlo o te asfixiaré hasta acabar contigo. ¡Haz lo acordado!
Desaparece , le dijo Dalton desesperado. Juegas con una ventaja que ni el emperador ni la llama conocen.
Ella lo sabía. Dalton no podía intervenir en la mente de su padre, no en ese estado, no mientras la llama valirio se debatía en su interior. No podía leerlo, no podía detenerlo.
El emperador era un muro impenetrable.
No voy a abandonarlo, no con ella ahí dentro, joder , sentenció Savannah. Por mucho que odie a este hombre, no voy a traicionar mis principios. No voy a dejar a nadie solo frente a un monstruo.
Ahora el marrón de sus iris volvió a imponerse en los ojos del emperador, como si recuperara el control por un segundo.
—¡Hazlo, Kilian!
Pero ella no se movió.
La llama idealis brotó de sus dedos y trepó por las manos del emperador, ascendiendo más allá de los codos. Aquel resplandor inundó el salón.
Savannah retrocedió de inmediato cuando el calor la alcanzó, uno que jamás habría debido sentir…, pero así eran las llamas que sostenían el equilibrio.
El esmeralda volvió a encenderse en sus ojos.
Tienes el poder de la muerte , le recordó Dalton. Cada segundo cuenta.
—Oh, ejecutor del imperio…, has tenido la oportunidad de hacerlo —ronroneó el emperador.
Pero Savannah supo que no era él quien hablaba.
Era la Dama. Ambas jugaban el mismo juego: dos conciencias compartiendo una sala en cuerpos que no les pertenecían—.
Has tenido la oportunidad de matarlo antes de que él te matara a ti.
La garganta de Savannah volvió a cerrarse. No era un dolor desconocido; la asfixia siempre había sido el castigo de su padre. Rozaba la tortura, pero no era nada a lo que ella no hubiera sobrevivido antes.
Su espalda chocó contra la pared de la montaña y, aun así, agradeció haber imitado la brutal disciplina física de Kilian; aquello fue lo único que impidió que la columna se le partiera.
—La muerte de los jinetes empezará por ti, Kilian —escupió la Dama, en el interior de su padre—. Por todo lo que has hecho. Por cada abuso, por cada vez que dejaste que la magia podrida te convenciera de que el poder te daba derecho a todo.
Savannah sintió que el mundo se detenía.
Aquellas palabras… Era como si ambas compartieran el mismo odio…
«¿Qué me hace diferente del mismo mal que está consumiendo al imperio?».
Su cuerpo, aún pegado a la roca húmeda de la montaña, se contrajo y se expandió hasta recuperar su verdadera figura: su vestido rosa favorito, sus tacones, esa postura elegante que no pertenecía a ningún jinete, solo a ella.
—Llegas tarde… —consiguió decir mientras tosía aferrada al aire que apenas podía tomar—. Lo he matado hace media hora.