Los hilos del imperio Capítulo 23
70%

Capítulo 23

Savannah se sentó junto a la silla que presidía la mesa de piedra negra, una mole tallada con un mosaico de cuatro dragones orientados hacia los cuatro puntos cardinales. Cada uno estaba esculpido en una gema distinta: obsidiana, esmeralda, zafiro y rubí.

El salón bajo la montaña era tan inmenso que la luz de las antorchas no alcanzaba a revelar el final del techo.

Las llamas titilaban débiles y eran devoradas por las sombras que descendían desde lo alto.

La humedad lo impregnaba todo, se colaba bajo la ropa, trepaba por la nuca y dejaba una capa d e frío adherida incluso a su cuerpo inmortal.

Magia. Aquel lugar estaba saturado de ella, tan densa y opresiva que Savannah tuvo que contener el impulso de apretar la mandíbula para no rompérsela.

Sentada a la derecha de su padre, que presidía la mesa, se obligó a corregirse.

Nada de cruzar las piernas ni de esos gestos que le salían sin pensar.

Llevaba días entrenando para ocupar espacio, para sentarse como un hombre, con las piernas abiertas y el cuerpo relajado, como si aquel lugar le perteneciera.

Había observado esa postura una y otra vez en Kilian. Ahora la imitaba, recordándose a cada segundo que no podía fallar.

En cuanto comenzó la reunión, los líderes empezaron a recitar las cifras que habían recopilado: mortales afectados por el Olvido, barrios enteros que se caían a pedazos, ciudades en estado de alerta.

Pramvera salió a relucir como el foco más crítico, el epicentro del desastre, aunque nadie parecía tener ni la menor idea de por qué allí la propagación estaba siendo tan brutal.

Savannah guardó silencio. No porque estuviera de acuerdo, sino porque sabía que esas cifras eran una farsa cuidadosamente maquillada. Habían barrido miles de casos bajo la alfombra, y lo sabían todos los que se sentaban a esa mesa.

La realidad era mucho más terrible de lo que estaban dispuestos a admitir.

Neil, uno de los jinetes de dragón con más de doscientos cincuenta años de vínculo —y el que más experiencia acumulaba en investigación dentro del imperio— fue quien tomó la palabra:

—Los rumores que circulan entre los mortales aseguran que son los dragones quienes les están robando los recuerdos. Creen que esta amnesia colectiva es culpa de las criaturas aladas.

—¿Y qué está pasando en realidad? —interrumpió el emperador, recostado en su silla con un desdén gélido. La llama idealis chisporroteaba entre sus dedos.

Savannah no se había dado cuenta hasta ese momento de lo despiadado que se había vuelto su padre.

—Lo que ocurre, Alteza Imperial —Neil tragó saliva—, es una epidemia mágica. No nace de un foco concreto, creemos que es la propia tierra. La magia se está desajustando desde la raíz. Se trata de un fenómeno que no responde a ninguna lógica conocida.

—¿Epidemia mágica? —repitió el emperador—. ¿Pretendes que me crea semejante estupidez?

Neil mantuvo la compostura.

—No hemos encontrado el detonante que inició el fenómeno, ni tampoco una cura. Hemos probado la canalización, magia de criaturas feéricas… Nada funciona. —Se removió en su asiento—. Pero hay algo más, Alteza.

—Adelante.

—El problema no es solo el Olvido. En Aurik, los árboles han dejado de ser mágicos. Ya no brillan; todo indica que se están pudriendo.

—¿Y qué importancia tienen unos árboles? —lo cortó el emperador—. Hay asuntos más urgentes.

—Con todo respeto, Alteza, no son solo los árboles, es toda la vegetación.

La cordillera de Aurik concentra la mayor reserva de poder del imperio.

Si la magia falla allí, no es un caso aislado, es una advertencia.

La vegetación se marchita, la fauna desaparece y las criaturas feéricas huyen…

o enferman. Todo apunta a un colapso que empieza en el núcleo y se expande hacia fuera.

La magia no está inestable —concluyó Neil—.

Se está agotando. Y si Aurik cae…, el resto la seguirá.

Con lo que está diciendo nos queda claro que los jinetes no andan detrás del Olvido; tenías razón, la magia está huyendo , pensó Savannah.

Y Dalton, apoyado en la pared a su derecha con los brazos cruzados, asintió en silencio.

Puede que no sean el detonante, pero eso no los hace inocentes de todo lo demás. Aunque no hayan causado el Olvido, han contribuido a crearlo con su soberbia, con su abandono, con siglos de mirar hacia otro lado. No existe magia que destruya tanto como la negligencia , declaró él.

Mientras los murmullos se propagaban por el salón, Savannah aprovechó para imitar el tic nervioso de Kilian: el vaivén constante de la pierna derecha.

Cada golpe de la bota contra la roca estaba calculado.

Aun así, mientras mantenía la actuación, no pudo evitar bajar la mirada, consciente de que aquel gesto era una distracción perfecta para ocultar lo que de verdad estaba viendo.

¿Crees que mi padre tiene alguna idea de lo que está pasando de verdad? ¿Que sabe algo sobre la ciudad que, supuestamente, está debajo de nosotros? ¿Sobre el Ojo de Nyxar?

Desde antes de que bajara de su dragón he estado escuchando cada pensamiento que se le pasa por la cabeza , respondió Dalton. Y no hay nada que apunte al Ojo ni a la Dama. Nadie en este puto lugar sabe lo que está pasando.

No me tranquiliza en absoluto.

Por un segundo, Savannah estuvo a punto de maldecir en voz alta.

Aquella reunión era un caos del que resultaba imposible sacar conclusiones claras.

Los jinetes habían estado desaparecidos durante días —demasiados— y ese día, aquella maldita reunión, se suponía que era la pieza clave para saber dónde mirar, por dónde empezar a tirar del hilo.

—¿Y qué hay de los robos? —espetó una jinete de Valdemar, sin dirigirle la pregunta a nadie en particular—. Hace dos noches, mientras entrenaba, me robaron mis dos armas. Mis dos armas. —Chasqueó la lengua con desprecio—. Esa gentuza necesita mano dura.

—Estoy de acuerdo —bufó Corvan, el jinete de hipogrifo que había luchado en la grieta junto a Kilian—. No hacen más que provocar. Jamás se debe provocar a un jinete, eso lo aprende cualquiera desde crío.

—Son como una maldita plaga —gruñó un tercero.

—Nos culpan de todo, de su ignorancia, de su puta miseria.

Cuando la realidad es que ni siquiera entienden cómo funciona la magia.

Lo único que saben hacer es temerla y destruirla —añadió una jinete de dragón—.

Y si la magia está desapareciendo, si está huyendo, es por su culpa.

Porque la usan como una herramienta, como un recurso que exprimir con esos cuerpos mortales suyos.

La toman, la manosean, se aprovechan de ella sin respeto alguno…

y luego se preguntan por qué los abandona.

Un jinete de nightmare tomó la palabra:

—Los mortales viven gracias a lo que hacemos por ellos, y aun así cada día encuentran una nueva forma de demostrar que no lo merecen.

—Son débiles —sentenció otra jinete de Valdemar.

Savannah —o el jinete que todos creían ver— se movió hacia delante, con esa arrogancia repugnante que Kilian llevaba grabada en los huesos.

—Lo único que nos está quedando claro a su Alteza Imperial y a mí es que sois lo bastante ineptos como para permitir que unos malditos mortales sin magia os roben y encima se rían en vuestra cara. Estáis demostrando ser una completa vergüenza.

Percibo admiración en todos ellos ante tus palabras , objetó Dalton, empezando a moverse por el salón. Quién lo diría, al parecer Kilian era alguien a quien temían. El muy imbécil sabía infundir miedo. Dif ícil de creer.

Savannah miró al emperador, y él le devolvió la mirada con orgullo. «No es a mí, es a Kilian a quien observa», se obligó a recordar.

—En Valdemar me da absolutamente igual si los mortales se matan entre ellos; no afecta a mi imperio —escupió el emperador, sin molestarse en disimular el desprecio.

Señaló con un leve gesto del mentón a los jinetes de criaturas feéricas—.

Vosotros… sois los únicos responsables de vuestros propios problemas.

Y en los últimos siglos lo único que habéis conseguido es deteriorar la magia en vuestras tierras.

Cada vez nacen menos criaturas, cada vez sois menos jinetes.

Y, si os soy sincero, si os extinguís, os lo habréis ganado.

Savannah se dejó caer contra el respaldo con todo el cuerpo, abriéndose de piernas con la postura descarada que él solía usar para demostrar que no respetaba a nadie.

Pero la malicia en su mirada no era fingida.

No era parte del papel. Le gustaba verlos así: encogidos, incómodos, tragándose por fin la soberbia que habían llevado consigo durante siglos como si fueran dioses inmortales y no simples incompetentes disfrazados de autoridad.

El emperador señaló a los jinetes de dragón con los ojos… ¿cerrados?

—Ya va siendo hora de que les devolváis el golpe a esos mortales ingratos.

Robadles, saquead sus casas si hace falta.

Arrancadles cada objeto que crean sagrado.

No voy a permitir que se sigan creyendo con derecho a desafiar al imperio, no dejaremos que se subleven, ¿me oís?

Tenéis dragones. Usadlos. Si hace falta, prended fuego a cada calle, a cada barrio, a cada maldito mortal que ose levantar la voz.

Savannah tembló al escuchar a su padre hablar así, pero giró la cabeza con disimulo. Cuando lo contempló de reojo, descubrió algo que la dejó helada.

Su padre no miraba a los jinetes.

No miraba la mesa.

Sino el suelo …

¿Qué está pensando, Dalton?

Yo… , titubeó.

¿Qué pasa?

Dalton se acercó un paso.

No puedo leer sus pensamientos, es como si hubiera levantado un muro en su mente, uno que no puedo atravesar. Ya he vivido esto antes, pero solo con alguien entrenado para que nadie pudiera invadir su mente.

El emperador siguió hablando sin dignarse a mirar a nadie mientras intentaba ocultar algo en la rigidez de su rostro.

—¿Eso es lo que desea, Alteza? —preguntó Neil.