Los hilos del imperio Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Él se apoyó en el marco de la puerta de su habitación con los brazos cruzados.

«Duerme, tal vez mañana pienses diferente».

Pero nunca había estado tan decidida.

La entrada oculta tenía la forma de una fisura estrecha, una grieta vertical en la roca que parecía no conducir a ninguna parte, salvo que uno supiera exactamente dónde mirar.

La luz filtrada por la cascada apenas alcanzaba a rozar el interior para revelar un pasadizo angosto de piedra húmeda que descendía como un túnel secreto hacia las entrañas de la montaña.

Es por aquí , le indicó a Dalton, aunque ambos conocían ya de memoria cada paso del recorrido, cada giro, cada recodo estrecho que aguardaba en la penumbra.

En la mirada de Dalton podía leerse con claridad: «¿Estás segura? Última oportunidad para pensártelo».

Entremos , se limitó a decir.

Dalton la siguió mientras ella bordeaba la cascada por un estrecho paso. Savannah avanzaba desvaneciéndose en la sombra de cada roca, entre respiraciones heladas y parpadeos en la oscuridad; ya estaban dentro del Refugio.

A varios metros, entre dos pilares de piedra que sostenían la bóveda subterránea, distinguieron movimiento.

Ningún guardia imperial custodiaba la entrada ni vigilaba la espalda del emperador.

No lo consideraban necesario, pues los mortales no podían cruzar aquel umbral.

Solo había jinetes. Inmortales seguros de sí mismos, acomodados en la certeza de su propio poder, con el ego inflado por la idea de que aquel lugar era intocable.

«Todos los jinetes ya estarán sentados a la mesa —explicó Savannah una de aquellas noches en Novadia, durante la planificación de la ruta hacia el Refugio.

Clavó el dedo en el mapa que ella misma había dibujado—.

El emperador, como bien sabes, siempre entra el último.

Le gusta hacerse esperar. Que lo miren».

Dalton arqueó una ceja apoyado con los antebrazos en la mesa, con la mirada en el mapa.

«Muy graciosa».

«Solo habrá una persona pegada a él, como un grano en el culo».

«El imbécil del rubio».

«Exacto, Kilian es la única protección que tendrá desde que baje del dragón hasta que cruce esa puerta. Ni guardias ni escoltas. Solo él, creyéndose suficiente».

Savannah anotó un par de detalles más en el cuaderno cuando el vapor le rozó la mejilla. Alzó la vista y se encontró con un cuenco de sopa humeante a su derecha.

«No hacía falta».

Dalton estaba de pie a su lado, inclinado lo justo para leer por encima de su hombro. Sus ojos recorrieron el cuaderno: los esquemas, las notas, los dibujos rápidos del hombre que Savannah más odiaba en el mundo. Tanto que incluso trazado en tinta le revolvía el estómago.

«Cuando llegue el momento, sabrás cómo hacerlo. Ahora tienes ese poder. —Se sentó a su lado y empujó el cuenco hacia ella con un dedo—. Cena. Luego puedes practicar conmigo».

Savannah había dado en el clavo. Allí estaban: el emperador y su perro faldero avanzando por los pasillos húmedos y mal iluminados, ese tipo de corredor donde cualquiera podía desaparecer sin dejar rastro.

«Puedes hacerlo. Puedes hacerlo. Puedes hacerlo», se repitió una y otra vez, mientras la rabia le subía desde el pecho y le templaba el pulso. Sentía su determinación más afilada que nunca.

Savannah se acercó un poco más y, por primera vez en su vida, agradeció de verdad haber pasado décadas teniéndolo cerca.

No necesitaba mirarlo para saber cómo se movía: conocía su altura, su peso, la pierna en la que cargaba su cuerpo al caminar.

Sabía cómo ladeaba el cuello cuando intentaba escuchar mejor, cómo se le torcía el labio en ese gesto irritante que siempre había detestado.

No se había dado cuenta de que lo había estudiado durante años, memorizándolo sin motivo aparente. Lo había observado sin querer, sin saber por qué. Sin imaginar que, llegado el momento, cada uno de esos detalles sería imprescindible.

La entrada a la reunión está a apenas cincuenta metros , la informó Dalton a su lado.

Savannah tenía que hacerlo ya. Era su única oportunidad.

Hazlo, Dalton.

Ante aquella orden, él no dudó ni un segundo y obedeció.

Frente a ellos, el emperador se quedó rígido, clavado en el sitio, con la mirada fija en un punto inexistente frente a él.

—¿Alteza? —Kilian frunció el ceño, desconcertado—. ¿Se encuentra bien?

El emperador no respondió.

«Puedes hacerlo. Puedes hacerlo. Puedes hacerlo».

Cuando Kilian pasó junto a un saliente de roca, Savannah emergió de la sombra como un filo. Se deslizó desde la pared hasta colocarse justo detrás de él, tan cerca que pudo sentir el vapor de su respiración contra la piel.

—No te muevas —susurró en su nuca.

Kilian giró apenas la cabeza, lo justo para que la confusión aflorara en sus ojos.

«Solo las llamas y la sombra de la muerte pueden matar a un inmortal», le había confirmado Dalton.

—Tú… —fue lo único que Kilian alcanzó a decir antes de que los dedos de Savannah se cerraran sobre su boca, silenciándolo por completo.

Las sombras acudieron a ella como si hubieran estado aguardando esa orden desde siempre. Se deslizaron por su brazo, se retorcieron y se solidificaron hasta formar unas garras negras que brotaron de su propia piel.

Sin vacilar, Savannah se lanzó hacia delante y le hundió las garras en el pecho.

Sintió el desgarro. Primero la piel, luego algo más duro que cedió con un crujido sordo. La oscuridad avanzó sin pedir permiso y se abrió paso hasta el centro de su pecho. Allí, atrapado entre sus garras, estaba el corazón inmortal de Kilian, que latía frenético bajo su palma.

Entonces Savannah dejó que las sombras hicieran el resto. Se introdujeron dentro de él con la misma paciencia cruel que el veneno con el que una vez él había impregnado aquella daga, invadiéndolo todo, órgano tras órgano, hasta que no quedó nada que no les perteneciera.

Kilian intentó gritar, pero su voz murió contra la palma de Savannah.

—Esto es por intentar aprovecharte de mi cuerpo.

—Ella hundió aún más las garras en su pecho—.

Por cada mujer a la que tocaste, a la que envenenaste con tu poder.

Por obligarlas a complacer tu asqueroso apetito.

—El blanco de los ojos de Kilian comenzó a ennegrecerse—.

No te preocupes, querido ejecutor…, cuidaré bien de tu dragón.

Kilian se derrumbó sin emitir un solo sonido.

Savannah lo sostuvo por el torso antes de que su cuerpo inerte golpeara el suelo, y lo arrastró hacia la pared más oscura del pasillo. Allí, con un solo gesto, dejó que las sombras brotaran de sus dedos y envolvieran el cadáver como un capullo negro.

Ya se encargaría más tarde de sacar aquel maldito despojo de allí.

—Rápido, Savannah. —La voz de Dalton la sacó del trance.

Él estaba de pie junto al emperador, que permanecía todavía inmóvil, con la mirada fija en un punto inexistente.

Quedaba lo más difícil, pero no era nada que no hubiera practicado una y otra vez.

«Puedes hacerlo. Puedes hacerlo. Puedes hacerlo».

Sus sombras la envolvieron por completo. Las garras se deshicieron y su cuerpo empezó a ceder, a reordenarse bajo la oscuridad. Creció en altura, ganó anchura; los huesos se ajustaron y los hombros se ensancharon. En cuestión de segundos, su silueta dejó de ser la suya y adoptó la de un hombre.

Exhaló… y dejó de ser ella.

La transformación no fue limpia ni elegante, sino como si un velo oscuro descendiera sobre su rostro, como si la luz se distorsionara y se recompusiera alrededor de sus huesos. Su cuerpo se estiró, su torso se retorció para encajar en una nueva estructura.

Cuando abrió los ojos…, supo que ya no eran los suyos.

Kilian respiró.

Kilian parpadeó.

Se colocó al lado del emperador y, como si nada hubiera ocurrido en aquel pasillo, su padre salió de su trance… y siguió caminando.

—Como iba diciendo… —gruñó el emperador ajustándose el emblema del imperio en el abrigo de piel de lobo—. Aunque el frío no nos afecte, detesto este maldito invierno. Me apaga los sentidos.

Alzó la barbilla y los labios se le curvaron en una sonrisa obscena.

—Prefiero el calor del desierto y la puta lujuria de su gente. —Dejó escapar una risa baja—. Las mortales de Novadia tienen sangre caliente, sí…, obediente, incluso. Pero las del desierto… —Chasqueó la lengua—. Son otra cosa. No hay nada comparable, Kilian.

Savannah —Kilian— lo siguió un paso por detrás.

—No, Alteza. No existe comparación alguna —respondió con la voz de Kilian, modulando aquel tono asquerosamente lascivo.

—Mi hija es mucho mejor que todas ellas, ¿no crees? —añadió el emperador deteniéndose justo ante la entrada. Al otro lado ya se oía el murmullo de los jinetes levantándose al percibir su llegada—. No va a haber nadie mejor que tú para adiestrarla. Confío en ti.

Savannah se tragó las arcadas. Aquellas palabras siempre le habían repugnado, pero escucharlas ahora de boca de su propio padre, creyendo que hablaba con su verdugo…, casi la hizo romper el disfraz.

—Confíe en mí, Alteza —respondió, y apoyó una mano en el hombro del emperador como Kilian solía hacer—. La tengo más que controlada.