Los hilos del imperio Capítulo 22
67%

Capítulo 22

Dalton no había anticipado semejante despliegue. Ni siquiera en sus siglos como emperador había visto tantas alas surcando el cielo al mismo tiempo.

No solo descendían dragones en la zona, también aterrizaban mantícoras, hipogrifos y criaturas que Dalton jamás había visto: corceles blancos como la luna, con alas emplumadas que resplandecían bajo la escarcha y un cuerpo rematado por un único cuerno cristalino en la frente.

—¿Acaso nunca has visto un pegaso? —preguntó Savannah a pocos centímetros de él. No estaba mirando los aterrizajes; parecía tener ojos solo para él, atenta a cada una de sus reacciones.

Llevaban horas encaramados en la copa de un árbol colosal, a casi quinientos metros de la entrada del Refugio.

Desde el suelo, aquel bosque no era más que un conjunto de sombras y troncos, pero visto desde arriba mostraba su auténtica grandeza.

Los árboles se alzaban como titanes, con troncos anchos como torres y ramas que aguantaban sin problema el peso de un dragón joven.

Las hojas formaban un techo tan espeso que casi no dejaba pasar la luz.

Desde allí, su vista y su oído inmortales les permitían abarcar distancias enormes de sonido y movimiento.

Savannah había volado a Novadia justo después de que su padre abandonara el palacio.

Dalton no vio lo que le hizo, pero tampoco lo necesitó. La encontró tirada en el suelo, sofocada, respirando con dificultad, con el cuerpo doblado sobre sí mismo. Bastó eso para saberlo: aquel hijo de puta la había asfixiado.

Y aun así, cuando Savannah se levantó, todavía tosiendo, en su mirada no había rastro de miedo, solo pura determinación.

Al aterrizar, había logrado desvanecerse hasta aquel lugar sin perder apenas el aliento; ella dominaba esas montañas mejor que nadie.

Habían elegido ese árbol en particular porque su copa era lo bastante cerrada como para ocultarla incluso desde la lejanía, en caso de que alguna criatura feérica terrestre —como los nightmares, caballos envueltos en fuego, o las bestias desplazadoras, felinos gigantes con cuerpos tan anchos como un oso y el doble de altos— merodeara por la zona.

—Nunca había visto un pegaso, pero sabía que existían —contestó él.

—Marcelin está vinculada a uno. —Savannah se acomodó sobre el tronco ancho, con las piernas colgando en el vacío—.

Su magia es fascinante. No tienen un poder concreto como las otras criaturas feéricas de Valdemar, las mantícoras o las bestias desplazadoras, pero poseen una inteligencia que a veces da miedo.

—Dalton la escuchó, atento—. En Valdemar no hay muchos pegasos, son extraños y caprichosos.

Eligen a un jinete muy pocas veces en un siglo y, cuando lo hacen…

, la ciudad entera lo celebra. Dicen que es señal de buena fortuna, de equilibrio.

—La mirada de Savannah se suavizó—. Cuando Bonibell eligió a Marcelin, hubo tres días de fiesta.

Pero ni ella ni yo pudimos disfrutarlos, solo teníamos trece años.

Yo acababa de vincularme con Moonveil y la inmortalidad me estaba destrozando el cuerpo.

Dalton también se había vinculado a su dragón cuando era muy joven, así que supo cómo debía de haberse sentido ella entonces.

Pero, aun así, había una diferencia abismal entre sus experiencias.

Para él, las vinculaciones en Valdemar siempre habían sido un enigma.

Todo lo que sabía lo había aprendido a base de observar, de estudiar.

Pero Valdemar seguía siendo un territorio envuelto en misterio, más incluso que el propio dominio de la muerte.

—Sé que los dragones nacen de huevos, pero…

—Bueno… «nacer» es una forma un poco li bre de decirlo —corrigió Savannah alzando un dedo, claramente encantada con la explicación—.

En teoría no son huevos. Son esferas de magia pura, concentrada, que se materializan delante del mortal al que eligen.

No hay nido, no hay madre, no hay nada biológico.

Estás caminando tan tranquilo y, de pronto…

, pum. —Sonrió, orgullosa—. Los dragones no nacen, eligen aparecer. Siempre.

—Eso ya lo sé —resopló—. Lo que no termino de entender es lo de las otras criaturas feéricas. Nunca he visto un nacimiento. Solo surgen en los bosques como si nada.

—Puedes preguntarme lo que quieras, Dalton Basilius. —Le guiñó un ojo—. Lo sé todo.

«Quiero saberlo todo de ti».

—Qué listilla… —La miró de reojo y ella sonrió aún más, haciendo que sus labios se curvaran, un pequeño gesto que lo dejó al borde de inclinarse y devorarla otra vez.

—Que las criaturas feéricas aparezcan en los bosques es solo una pequeña parte de lo que realmente ocurre —comenzó a explicar Savannah al tiempo que estiraba el brazo y mostraba la mano frente a él.

Sus dedos rozaron con suavidad los nudillos antes de girar la palma hacia arriba—.

Valdemar parece el territorio con menos magia, al menos a simple vista.

Pero eso es solo lo que ves en la superficie.

La verdadera magia está abajo, en las raíces.

—Acarició la palma con su dedo índice, siguiendo las líneas como si leyera un mapa—.

Es esa red subterránea la que lo alimenta todo, la que despierta a las criaturas.

Ellas no «nacen», surgen. Brotan de la tierra como si el bosque las exhalara y, en cuanto aparecen, sienten un impulso irrefrenable: buscar al mortal que les pertenece.

La propia tierra las empuja hacia fuera, como si supiera exactamente a quiénes deben encontrar, y ellas tan solo siguieran ese instinto.

Dalton se quedó perplejo.

Lo había intuido alguna vez, sí, pero nunca nadie se lo había dicho con tanta claridad.

Hasta hacía apenas unos meses, había creído que las criaturas que surgían de los bosques eran un simple regalo de los dioses.

Las criaturas no eran un milagro caído del cielo, sino la manifestación de algo mucho más profundo, algo que llevaba siglos latiendo bajo la tierra sin que nadie supiera verlo.

Quizá ese detalle resultaba una pieza clave para entender la guerra que él había dejado atrás el día que murió y quedó atrapado en el limbo.

Dalton se cuidó de no mostrar frustración por no comprender del todo lo que veía y simplemente señaló hacia el horizonte, donde un grupo de mantícoras jóvenes jugaba entre sí, chocando sus fauces mientras sus jinetes desaparecían en la entrada del Refugio.

Savannah también apuntaba, entretenida, los nombres de cada recién llegado.

Le iba soltando cotilleos de todo tipo: quién era hijo de quién, quién se estaba liando con quién, quién había metido la pata en el último entrenamiento.

Mientras el sol caía despacio y ellos esperaban a que la sombra de la montaña fuera lo bastante profunda para que ella pudiera moverse sin ser vista, un último dragón descendió del cielo.

Uno azul… y, a su lado, eclipsándolo todo, otro rojo tan descomunal que hizo parecer pequeños al resto.

Dalton no necesitó preguntar: era la montura del emperador.

Y, por la postura arrogante del jinete que montaba el otro dragón, supo al instante que se trataba del perrito faldero de Kilian.

Había llegado la hora de seguir el plan.

Por puro impulso, Dalton tomó la mano de la mujer que había quedado paralizada a su lado y la apretó con suavidad.

—¿Estás segura de esto?

Ella asintió y, por primera vez desde que había llegado, no vio a Savannah. Vio aquello en lo que había prometido convertirse: la guadaña.

—Es hora de que pague por lo que me hizo.

La montaña que guardaba el Refugio de las Escamas se alzaba sobre Savannah como un gigante dormido.

Todo su flanco oriental era un acantilado vertical de piedra negra, pulida por siglos de ventiscas implacables. Desde lo alto descendía un salto de agua congelada que atrapaba la luz de la luna y la devolvía convertida en un mosaico de azules y blancos.

Aún estaban a varios cientos de metros, pero la cascada ya rugía como si se hallara justo encima de ellos.

Aquella cortina de agua y hielo no era natural.

Había sido levantada con un propósito: ahogar incluso el oído inmortal bajo el estruendo incesante del agua.

Y esa agua era tan fría que, al contacto, quemaba.

Cualquier mortal que intentara cruzarla moriría al instante y no conseguiría profanar el único acceso al Refugio.

Porque detrás de esa muralla cristalina, se escondía la entrada secreta que solo los jinetes del imperio conocían.

Savannah avanzó unos pasos y tuvo la sensación de que la montaña la observaba.

El viento le arrancó de debajo de la capa negra algunos mechones de cabello dorado y los hizo danzar hacia atrás, pero ella no parpadeó ni una sola vez; algo profundo y oscuro despertaba bajo su piel, algo que no era del todo suyo… pero que, aun así, reconocía.

Entonces Savannah se volvió parte del paisaje.

No dejó huellas en la nieve. Cada vez que pasaba junto a una roca, su figura se fundía con la sombra de la piedra, se desvanecía durante un parpadeo y reaparecía unos metros más adelante.

Cuando llegó al borde de la cascada congelada, el ruido se volvió ensordecedor. Dalton, que también había aprendido a deslizarse como el fantasma que era, apareció a su lado, impasible.

«No tienes por qué hacerlo —le había dicho la noche anterior, mientras ella repasaba el plan que llevaban semanas puliendo juntos—, pero tampoco voy a detenerte.

He cometido muchos errores en mi vida, Savannah…

y, créeme, los recuerdo todos. Pero nunca me he arrepentido de acabar con quienes me arrebataron la paz.

Hay cosas que no se perdonan. Y a veces, sobrevivir exige un precio».

Apretó entre los dedos el pijama de seda de la mejor calidad.

«Solo puedo pensar en cuántas personas más habrá. Si se atrevió a hacerlo conmigo…, ¿cuántas otras no habrán hablado, cuántas habrán callado? Nunca tuve el valor de hacer nada, pero ahora lo tengo, Dalton. Y no pienso volver a apartar la mirada».