Los hilos del imperio Capítulo 21
66%

Capítulo 21

El sonido de los tacones de Savannah se extendía por el mármol pulido del palacio imperial.

Caminaba con la espalda erguida y una sonrisa impecable, tan medida que parecía natural.

Allí dentro debía ser la heredera perfecta, la imagen exacta de aquello para lo que la habían educado.

Pero, por mucho que lo fingiera, algo muy dentro de ella seguía susurrándole que jamás llega ría a serlo.

Porque, aunque el poder de la muerte corría ahora por sus venas, sabía que no le pertenecía, solo era un préstamo.

Mientras se acercaba a la sala de reuniones de su padre, Savannah rezaba a los dioses para que el poder de vinculación de Dalton también hubiera borrado de su mente el recuerdo del embarazo de Lorelei.

Aquel había sido el verdadero motivo por el que su padre la había enviado a Novadia durante las últimas semanas.

Aunque, para evitar la furia de un padre incapaz de recordar el verdadero motivo de su decisión, Dalton se había asegurado de dejarle una versión convincente: en la memoria del emperador solo permanecería la idea de que la había enviado allí por asuntos imperiales.

Pero ahora temblaba por dentro al pensar que él podía saber lo ocurrido en la grieta con Kilian. Que aquel arrogante jinete pudiera recordar, aunque fuese un destello, que había sido ella quien lo había apuñalado una y otra vez.

Uno de los cinco guardias imperiales apostados en la entrada de la sala le hizo un gesto para que pasara.

—Alteza, el emperador la espera dentro.

Savannah no pasó por alto las miradas lascivas que la seguían mientras hablaban. Casi rio. Habían pasado décadas y aún la veían igual que siempre: un adorno para el poder, un objeto bonito que admirar, nunca una amenaza.

—Me lo temía.

No se permitió agachar la cabeza cuando el sonido de sus tacones se apagó sobre la alfombra. Al entrar en el salón de reuniones, ya había hecho desaparecer a Dalton. No quería que viera aquello, que fuera testigo de lo que iba a suceder.

No tembló al ver al emperador, de espaldas, inmóvil frente a la larga mesa que los separaba como un abismo. Vestía un traje blanco impecable, con bordados en hilo escarlata que recorrían sus puños y su cuello.

Su padre, un hombre de cabellos rubios como los suyos, portaba la llama idealis en la espalda, el fuego más poderoso del imperio.

Era la manifestación de la estabilidad concentrada en un solo ser, una de las tres llamas que mantenían el mundo en equilibrio.

Aquel fuego negro, capaz de devorar la luz misma, se extendía como una sombra viviente por su espalda y sus hombros, serpenteando sobre la tela inmaculada de su chaqueta blanca.

«Después de la guerra que se avecina, las llamas desaparecerán».

—Espero que el helor de las montañas te haya enfriado el temperamento, Savannah.

—Padre. —Ella inclinó la cabeza, perfecta en cada gesto, mientras se clavaba las uñas en las palmas hasta sentir la carne.

«Solo una conversación —se dijo—. Solo unos minutos más con el hombre que confunde la autoridad con el desprecio».

—Has vuelto a burlar a mis guardias. Ni siquiera has dormido en la casa que se te asignó para tus…

—se interrumpió confuso, como si algo se le escapara y Savannah apenas contuvo un suspiro de alivio, el poder de Dalton seguía funcionando— ocupaciones.

Además, te vieron volar a deshoras hacia el oeste.

El silencio se volvió insoportable cuando su padre se giró para mirarla. La observó con la misma frialdad de siempre.

—Sé que viste a Kilian.

La presión se le desplomó de golpe.

—¿Eso te ha dicho?

—Sé que te negaste a salir a cenar con él. —Apoyó los brazos sobre la mesa y fijó en ella sus ojos marrones.

Savannah tragó saliva.

—Tenía trabajo que hacer.

—Lo único que has hecho desde que naciste es darme problemas. En estos últimos meses he intentado mantenerte encerrada, pero ni siquiera eso funciona contigo. Aunque no tengas magia, siempre encuentras la forma de escabullirte de tus habitaciones, como la pequeña alimaña que eres.

—Tus guardias son bastante lentos, torpes y muy predecibles, Alteza. No es mi culpa estar mejor entrenada que ellos… —Las palabras se apagaron a mitad de frase.

La garganta se le cerró de repente. Intentó hablar, pero una fuerza invisible se aferró a su cuello, estrangulándola. Frente a ella, su padre ni siquiera pestañeó. No necesitaba mover un dedo para recordarle quién tenía el control, su magia lo hacía por él.

El poder de vinculación que habitaba en su interior se aferró a la voluntad de Savannah para silenciarla y obligarla a callar. No necesitaba gritar para imponerse; le bastaba con borrar su voz.

Su padre se apartó de la mesa, ladeando la cabeza mientras la observaba encogerse y las rodillas se le hundían en la alfombra al perder fuerza.

—No puedo vigilarte cada puto segundo de tus días.

No estoy aquí para perder mi tiempo controlando tus impulsos.

Tengo un imperio que mantener, y tú sigues siendo la única vergüenza que no puedo desterrar.

Estoy harto de ti. —Su oscura mirada la atravesó—.

No eres más que una carga. Ha llegado la hora de que otro hombre me tome el relevo.

Savannah no se movió. Sintió la sangre hervirle en la cabeza, el pulso retumbando en las sienes. Sus manos fueron por instinto a su cuello: la estaba asfixiando.

Sabía por dónde iba a atacar su padre. Llevaba tiempo esperándolo.

Hasta ahora, él había pasado por alto todo lo relacionado con Kilian, aunque era muy consciente de que ella no cedería.

Años atrás, había intentado controlarla del modo en que los hombres del imperio siempre lo hacían: casándola joven, antes de que pudiera elegir, antes de que su voz contara.

Los hombres que quisieron hacerla suya terminaron en una tumba antes de lograrlo, y el emperador, por primera vez, comprendió que ni el matrimonio podía domar a su hija.

Hasta hoy.

Su paciencia se había agotado…, y con ella, la poca libertad que había conseguido arrancarle al destino.

—Te casarás con Kilian, la ceremonia se organizará pronto. Te mantendré informada. —Levantó la mano y señaló la puerta—. Estaré fuera unos días, aprovecha lo poco que te queda de libertad, Savannah, porque se ha terminado.

El poder invisible que la mantenía silenciada se desvaneció, y se desplomó justo al borde de la alfombra, sintiendo el contacto del frío mármol en su piel.

Tosió con la garganta ardiendo, intentando recomponerse.

Su padre se dio la vuelta y salió de la sala sin mirarla.

La puerta se cerró con un golpe que resonó más de lo necesario, y cuando el silencio volvió, solo quedaban las lágrimas corriendo por sus mejillas.

—Lo mataré —se prometió.

La rabia no llegó de golpe. Primero fue un temblor en el pecho, luego una presión insoportable, y después todo estalló. Un grito le rasgó la garganta y rebotó contra las paredes.

Entonces descargó los puños contra el mármol, una y otra vez, hasta que la piel se abrió y la sangre le resbaló por los nudillos.

No se detuvo. Siguió golpeando, necesitaba dejar que el dolor le subiera por los brazos como una descarga brutal, porque ese instante era lo único que conseguía vaciarle el pecho.

«Me lo pagarás —pensó entre cada golpe—. Te destruiré».

Odiaba a todos, a cada uno de ellos.

Siguió golpeando el mármol, formando un charco oscuro bajo sus puños. Golpeó una vez más, y otra, hasta que el dolor dejó de tener forma y la oscuridad, por fin, la encontró…

Brotó de su piel como humo, deslizándose a su alrededor en espirales. La rodeó con cuidado como una caricia, y los sollozos se apagaron y su respiración empezó a acompasarse.

No era una magia ajena, sino la suya.

—Eh…, estoy aquí. —Unos brazos la rodearon, tan reales que dolía olvidar que no pertenecían por completo a ese mundo—. Estoy aquí contigo, y no voy a irme.

Él la sostuvo mientras ella sollozaba, el pecho sacudiéndose aún por la tos que le había dejado su padre.

—Respira… —susurró su fantasma, hundiendo el rostro en su cabello mientras la mecía entre sus brazos—. Respira, por favor. Él ya no puede hacerte daño.

—Dalton… —Se aferró a él—. No me sueltes.

—No voy a hacerlo —le respondió, rozándole la frente con los labios—, no pienso dejarte sola.

Ella lo había llamado desde la necesidad, desde el deseo…, desde esa búsqueda desesperada de no volver a estar sola. Y el hilo que los unía lo había traído de nuevo a su lado.

Para abrazarla.

Para calmarla.

Para recordarle que, incluso en la ruina más honda, no estaría sola.

Era lo que siempre había anhelado.

—Quiere que me case con él…

—No lo permitiré. Antes lo mataré, te lo juro.

—Apretó la mandíbula hasta que los dientes le crujieron—.

Debería haberlo hecho cuando te apuñaló.

Deberías haberme dejado arrancarle la vida en esa grieta.

Después de todo lo que te hizo…, después de envenenarte para poder ponerte un dedo encima…

—La mano que la sujetaba tembló, pero no la soltó—.

No habrá misericordia para quien te hiere, no mientras yo siga aquí.

La estrechó contra el pecho, besándole la frente con ternura una y otra vez, limpiando con suavidad las lágrimas que le corrían por las mejillas.

Savannah se dio cuenta de que la oscuridad la había devorado. La sombra brotaba de su piel y respiraba a su mismo ritmo. A su alrededor, los hilos negros rozaban a Dalton, pero él no pareció notarlos; sus ojos solo estaban puestos en ella.

—Mi venganza será estar allí mañana —dijo con dureza—. Seré la sombra del imperio… y, cuando llegue el momento, su guadaña.