Los hilos del imperio Capítulo 20
64%

Capítulo 20

Habían terminado tumbados sobre uno de los sofás de la biblioteca, lo bastante ancho como para acomodar sus cuerpos entrelazados.

Savannah no recordaba haber sentido una plenitud así en toda su vida.

Nunca había dado importancia a las relaciones amorosas; el único amor que había conocido era el que les entregaba a Marcelin, a su dragona o a los mortales que la necesitaban cada día.

Siempre creyó que su corazón no tenía espacio para nadie más.

Nunca imaginó que podría entregárselo a un hombre.

Sus piernas seguían temblando, el corazón le golpeaba el pecho a un ritmo que no conseguía dominar mientras el recuerdo la atravesaba c omo un latigazo.

Dalton hundiéndose entre sus muslos, recorriendo cada pliegue hasta arrancarle gemidos que jamás habría reconocido como propios; sujetándola por las caderas para obligarla a sentirlo todo, empujándola al borde una y otra vez solo para negarle el final, como si quisiera enseñarle quién mandaba sobre su cuerpo… hasta que la deshizo entre sus manos.

Dioses…, por primera vez en mucho tiempo, Savannah había olvidado el peso que cargaba sobre los hombros. No había imperio, ni expectativas, ni responsabilidades.

Solo él.

Solo ellos dos.

Nada más.

Dalton descansaba con la cabeza entre sus pechos, reteniéndola contra su cuerpo como si temiera que pudiera desvanecerse entre sus brazos.

Ella le acariciaba el cabello oscuro mientras alzaba la mirada hacia el cielo estrellado.

La enorme camisa negra que él le había dejado cubría su piel desnuda, sustituyendo el vestido que, después de lo que acababan de hacer, ya no tenía ningún sentido volver a ponerse.

—Me encantan estas dos… —murmuró él, moviendo la cabeza entre sus pechos. Sus labios recorrieron la camisa abierta antes de apartarla del todo, y su mano se deslizó por debajo y le acarició los pezones hasta que ella arqueó la espalda.

La besó despacio mientras le confesaba lo mucho que le gustaba su piel rosada, su olor… Dalton volvió a perderse entre sus piernas, esta vez sin prisa, tomándose todo el tiempo del mundo en aquel sofá. La lamió con delicadeza, haciéndola sentir que flotaba en el borde mismo del placer.

—Voy a hacerte esto cada mañana antes de que vayas a trabajar. Cada día que regreses agotada y te caigas rendida en mis brazos. Todas las noches antes de dormir —prometió besando su centro—. Todas. Las. Noches.

No supo cuánto tiempo permanecieron allí tumbados.

Dalton le habló de su pasado: una infancia marcada por un padre que solo veía en él una corona futura, nunca un hijo.

Creció rodeado de poder, pero sin amor, preparado para gobernar el mundo, pero jamás para ser querido.

Savannah escuchó cada palabra sintiendo cómo algo en su pecho se apretaba, reconociéndose en aquella soledad que él arrastraba desde niño.

Ella también había sido moldeada por las expectativas ajenas, por un padre que solo quería una heredera perfecta y no a la hija que realmente era.

Y al escucharlo, Savannah comprendió que aquella vulnerabilidad compartida los unía más de lo que cualquier deseo físico podría hacerlo.

Allí, en aquel sofá, con Dalton apoyado contra su piel y confiándole heridas que nunca había nombrado, sintió que no estaba sola.

Nunca antes se había visto tan reflejada en otro ser.

Nunca antes había sentido que pertenecerse podía ser tan sencillo como quedarse abrazados unos minutos más.

Se había deslizado sobre su regazo, acomodándose sobre él con una naturalidad que la sorprendía incluso a ella misma.

Pasaba sus uñas rosadas por su pecho desnudo, marcando líneas sobre esos músculos tallados a base de entrenamiento; recorría sus hombros anchos con besos, ascendiendo por su cuello, embriagándose con su olor.

Se sentía satisfecha, plena…, pero bajo ella, Dalton seguía duro. Muy duro.

Savannah quería aliviarlo, tocarlo, devolverle cada estremecimiento que él había arrancado de su cuerpo. Pero también veía el miedo en sus ojos. Ese reflejo de apartarse cuando unas manos ajenas lo buscaban.

Él no sabía cómo entregarse… y ella iba a enseñarle.

Bajó la mano por el pequeño hueco que aún los separaba y deslizó las yemas de los dedos por la cinturilla de su pantalón.

—Deseo tocarte —susurró ella mordiéndose el labio mientras sentía el rubor treparle por las mejillas.

—Yo también lo deseo…, pero no sé si… —La voz se le quebró cuando ella pasó la mano por encima de la tela del pantalón, justo sobre su erección. Su cabeza cayó hacia atrás en un jadeo ronco—. Joder…, sí que lo deseo.

Ella lo rozó otra vez.

—No voy a hacerte daño.

La mano de Dalton voló por instinto a su nuca, no para apartarla, sino para sostenerse en ella. Cuando Savannah levantó la mirada, vio el miedo en sus ojos.

—Eh…, soy yo. —Le besó la frente evitando que se hundiera en recuerdos que no le pertenecían—. Soy yo. Solo yo, Dalton. Nadie más.

Metió la mano en sus pantalones y acarició su punta húmeda, que goteaba. Se le secó la boca al descubrir lo duro que estaba, lo tenso, lo increíblemente firme que lo notaba bajo su mano.

Era hermoso.

De una forma devastadora.

Cada vez que sus dedos descendían por su longitud y escuchaba cómo su respiración se deshacía en jadeos que parecían arrancados del pecho, solo podía pensar en cómo era posible que nadie lo hubiera amado como se merecía.

—Savannah… Savannah, háblame —suplicó—. Quiero escuchar tu voz.

—Yo también quiero lamerte cada mañana, cada día en el que evoques los malos recuerdos de tu vida pasada. —Se arrodilló frente a él, sin parar de tocarlo, sin dejar de estar presente—. Voy a saborearte todas las noches en las que tu alma decida quedarse conmigo.

Lo besó en la punta húmeda mientras una mano lo acariciaba de arriba abajo y con la otra le buscaba la mano, entrelazando sus dedos con los de él.

—Dioses…, tu boca es el puto paraíso. Tú eres el puto paraíso —gruñó mientras los dedos de su otra mano se cerraban en su melena y tiraban de ella con hambre.

Savannah dejó que la controlara, que hundiera las caderas hacia delante hasta llenar su garganta. Lo tomó hasta el fondo, hasta que sintió la presión firme contra su lengua.

Lo lamió más rápido, más profundo.

—Qué bien lo estás haciendo… Así me vas a hacer perder la cabeza, cielo. —Empujó un poco más dentro de su boca, pero sus pulgares subieron para apartarle las lágrimas de los ojos—. Mírame —la embistió—, quiero que me mires a los ojos mientras tus labios rodean mi polla.

Savannah obedeció, frotando los muslos, devorándolo con la mirada. Verlo así, desatado, sin máscaras ni control, la incendiaba por dentro.

Me estoy conteniendo para no follarte demasiado fuerte la boca. Lo sabes, ¿verdad? , jadeó Dalton en su consciencia.

Por todos los dioses, le fascinaba ese lado de él que iba despertando.

Guárdate los modales de emperador. Aquí no los necesito.

Ahora sí, Dalton perdió el control.

La embistió más fuerte una y otra vez.

Savannah apenas sabía cómo había podido meterse todo aquello en la boca, cómo aún podía sostenerle la mirada; pero pensó que, si se ahogaba ahí, si moría con él entre los labios…, no le importaba.

—Sigue hablando, cielo…, no pares.

Soy yo… Solo yo te lamo, Dalton. Nadie más , le repitió, dejando que su voz lo siguiera incluso cuando él echaba la cabeza hacia atrás, vencido por las oleadas de placer.

Solo yo.

Solo yo.

Solo yo.

—Joder —jadeó con la voz rota—, no pares…, no pares…

Cuando él se derramó en su boca, ella no le soltó la mano que le había cogido. Al contrario, la apretó con más fuerza, anclándolo a ella mientras su cuerpo se arqueaba bajo la fuerza del orgasmo.

Al acabar volvió a trepar por su cuerpo y Dalton la abrazó de inmediato.

La atrajo contra él con los brazos fuertes rodeándole la cintura y una mano descendió por su espalda hasta agarrarle el culo y apretarla contra sus caderas.

Terminaron tumbados otra vez, pero en esa ocasión era él quien temblaba.

Dalton escondió el rostro en su cuello, mientras sus dedos se movían acariciando la curva de su cadera, el muslo, la parte baja de su espalda.

Una lágrima rodó por su mejilla y cayó sobre la clavícula de Savannah.

—Estoy sanando, vuelvo a sentir que mi cuerpo me pertenece. Que puede pertenecerte a ti sin perderme a mí mismo.

Ella le besó la frente.

—Juntos —prometió apretándolo contra su pecho—. Sanaremos juntos.

Dalton captó un movimiento por el rabillo del ojo. Fue un destello diminuto, intensamente brillante, del color del arcoíris.

Dos cabecitas redondas y mullidas se asomaban por el lateral del sofá.

Los fungos guardianes.

Al darse cuenta de que los habían descubierto, las dos bolitas de color se escondieron de golpe, solo para asomarse otra vez un segundo después, dejando claro que quedarse quietos nunca había sido lo suyo.

—Así que la biblioteca ha sido vuestra durante milenios, ¿eh? —rio en voz baja, inclinándose apenas hacia delante para verlos mejor. Se movió procurando no despertar a Savannah, que dormía con la cabeza hundida en su regazo, la melena rubia cayéndole encima como una manta.

La respuesta fue inmediata.

Diez pequeñas setas guardianas lo apuntaban con palillos levantados a modo de lanzas. Sus ojos —dos círculos brillantes incrustados en sus barrigas redondas— lo fulminaban con furia.

—Vaya, vale, vale. —Puso las manos en alto—. Hostilidad recibida, no hace falta declararme la guerra.

Dalton conocía muy bien esa mirada. Aquellos fungos habían pasado siglos con él en la biblioteca, vigilándolo, siguiéndolo y haciéndole compañía. Pero aún faltaban muchos años para que ellos conocieran a ese Dalton.

Ahora solo veían a un extraño.

A un intruso.

—Acercaos, no voy a haceros nada. —Bajó despacio un brazo para mostrarles la mano abierta, vacía.

La seta más valiente echó a correr dando pequeñas zancadas rápidas. Tomó carrerilla, se plantó justo frente a él y levantó su palillo con toda la dignidad de un general en miniatura.

Parpadeó una vez. Luego otra.

Dalton escuchó el mensaje tan claro como si lo hubiera gritado: «Vete de aquí».

—Son muy celosas —canturreó Savannah, medio dormida, incorporándose lo justo para apoyar la cabeza en su hombro—. Y cotillas. Muy cotillas.

En cuanto habló, otras tres setas salieron disparadas desde detrás del sofá, sus patitas diminutas repiqueteando en la alfombra antes de derrapar frente a ellos en formación de ataque.

Dalton arqueó una ceja, divertido.

—¿Celosas de mí?

—Son muy protectoras conmigo.

Él se inclinó hasta su oído.

—Te han estado escuchando gritar y gemir toda la noche. Creo que ahora me ven como una amenaza. Un hombre muy peligroso.

Savannah ahogó una risa y le tapó la boca con la mano.

—Chisss, cállate.

—Vale…, no te pongas histérica por lo que voy a decirte, pero ese negro que te pones en las pestañas se te ha corrido por las mejillas.

—¿¡Qué!? —exclamó ella, llevándose las manos al rostro para taparse—. ¡No me mires! ¡Aparta la mirada! ¡Vete!

Dalton rio.

—Ven, déjame quitártelo. Aunque no te voy a mentir, me gusta cómo te queda. Es una prueba bastante clara de que he estado dentro de esa preciosa boca.

—¡Dalton! —Lo fulminó con la mirada antes de otear por encima de su hombro—. Nos están escuchando.

Con los pulgares le limpió con cuidado el rastro oscuro bajo los ojos y, aprovechando la cercanía, le hizo cosquillas en las costillas. Savannah soltó una carcajada brillante y despreocupada, tan pura que rebotó entre los estantes de la biblioteca y pareció devolverle la vida al lugar.

Ese sonido fue suficiente para que las setas, alarmadas por lo que interpretaron como un ataque, saltaran hacia ellos.

Dalton estalló cuando una le golpeó el tobillo.

—¡Vale, vale!

Savannah recogió a dos de ellas y las apretó contra su pecho, dándoles besitos mientras las criaturas pataleaban como niñas furiosas.

—Están muy cabreadas —dijo ella, divertida, mientras otra seta trepaba por su falda para darle un abrazo posesivo.

Dalton apoyó el antebrazo en el respaldo del sofá, la observó con una sonrisa torcida.

—Que se cabreen más si quieren, yo también estoy muy celoso.

Entre risas, cosquillas y achuchones a los pequeños fungos guardianes, Savannah se detuvo de golpe.

Las setas se quedaron colgando de su falda, confundidas.

Dalton dejó de reír cuando vio cómo un miedo puro cruzaba el rostro de Savannah, borrándole la sonrisa como si nunca hubiera existido.

—¿Cielo…? —Se incorporó.

Savannah no respondió. Miraba hacia las ventanas oscuras de la biblioteca.

—¿Qué pasa? —insistió Dalton.

—El dragón de mi padre… Lo escucho fuera. —Sus pupilas se dilataron—. El emperador está aquí.