Los hilos del imperio Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

—No voy a portarme bien. Llevo mucho tiempo pensando que tocar a una mujer…, darle placer…, ya no era posible para mí. Pero tú… —Bajó la cabeza y besó su garganta muy despacio—. Tú me estás recordando quién fui. Quién soy.

Savannah soltó un leve suspiro, una súplica ahogada.

—Dalton…, por favor…

La mano que descansaba en su nuca se deslizó hasta sus mejillas, y el pulgar rozó uno de sus labios haciéndolo temblar. La otra mano, lenta y decidida, recorrió su cuerpo hasta perderse bajo la tela de la ropa interior. La tocó por encima, lo justo para arrancarle un jadeo sofocado.

Estaba tan mojada que supo que podría ahogarlo cuando la lamiera.

—¿«Por favor» qué, Su Alteza? Dime qué es lo que quieres.

Maldito bastardo… , gruñó ella en su consciencia mientras movía las caderas.

—Pídemelo —insistió él.

—O me tocas y haces que me corra esta noche, o te prometo que acabaré con el fantasma que eres, Dalton Basilius. —No terminó la frase; él volvió a ponerle las manos en la cintura y la giró hasta que su culo chocó contra su dureza.

—Tira todo lo que hay en la mesa —ordenó contra su oído.

De un solo movimiento, Savannah arrasó con todo lo que cubría el escritorio: papeles, frascos, mapas. El estruendo llenó la sala cuando los objetos se estrellaron contra el suelo, rodando y rompiéndose sin orden alguno.

—Qué obediente…

La tenía de espaldas, pero aun así podía ver la sonrisa dibujada en su rostro. Ella giró la cabeza por encima del hombro, las pestañas largas temblando con una mezcla de nervios y anticipación.

—¿Y ahora?

Dalton encontró el primer botón trasero de su vestido, forrado en el mismo rosa brillante que la tela. Lo desabrochó despacio. Podría haberle arrancado el maldito traje con los dientes —y lo haría si ella se lo pedía—, pero era demasiado precioso.

—Ahora voy a comprobar si tu ropa interior también es rosa —gruñó contra su nuca, mientras la seda del vestido cedía bajo sus dedos.

La tela resbaló por su espalda desnuda y él se agachó para bajar el vestido por sus caderas, hasta que quedó a sus pies.

Su ropa interior quedó expuesta por completo: rosa, llena de lacitos diminutos, tan delicada y mínima que dejaba muy poco a la imaginación—. Por todos los dioses…

—¿Te gusta lo que ves, emperador? —lo provocó, apoyando ambas manos en el borde del escritorio, al tiempo que impulsaba hacia atrás la cadera y arqueaba la espalda.

Maldita sea, le gustaba tanto que sentía que podría correrse solo con mirarla.

La tela terminó de deslizarse por sus piernas, y Savannah salió del vestido con una elegancia indecente. Levantó un pie, luego el otro, dejando que la seda rosa cayera como un charco sobre la alfombra. Con un gesto lento, casi insultante, lo empujó a un lado con el tacón.

Dalton seguía agachado, mirándola desde abajo. Sus ojos ascendieron por sus piernas comenzando desde los tacones, luego en el contorno perfecto de su culo, en el encaje rosa que parecía pedir que lo arrancaran de un tirón.

—Me gustaría dejártelas puestas, pero eso será para otro momento. Para cuando te las pongas a propósito y me obligues a pintarte un maldito cuadro vestida solo con ellas.

Deslizó el encaje por sus piernas y, cuando tuvo la prenda en la mano, la guardó en el bolsillo.

—¿Qué vas a hacerme? —pareció suplicar ella.

—Apóyate bocabajo en el escritorio.

Dalton la vio inclinarse, pegar el pecho contra la madera, apoyar las dos manos abiertas sobre la superficie. Su vientre rozó el borde, sus caderas se arquearon hacia atrás y su cabeza quedó ladeada hacia él, el cabello cayéndole como un velo dorado mientras le sostenía la mirada sin parpadear.

Aquella mujer lo tenía muerto en combate. Obediente sobre la mesa, en la biblioteca, como si el pudor no existiera en su vocabulario. No había vergüenza en sus gestos ni en su mirada, solo deseo y esa curiosidad voraz por descubrir qué demonios haría él ahora.

Aún agachado, inclinó la cabeza y dejó un primer beso en la curva interior de su rodilla.

Luego otro, un poco más arriba. Y otro. Ascendió despacio por la parte más tensa y tibia de sus muslos, como si estuviera dibujando un mapa con la boca.

Cuando por fin llegó a la curva de su culo, la besó allí también, sin apartar la vista de cómo Savannah se estremecía por él.

—Dalton…

—Abre las piernas para mí, cielo.

Se inclinó y hundió el rostro entre sus muslos como si ese lugar le perteneciera desde siempre.

El primer lametón fue lento. Profundo. Cargado de intención.

La lengua recorrió la línea desde la base de su sexo y descendió hasta rozarla por detrás. Lamió toda su humedad y Savannah tembló contra la mesa, un gemido sofocado rompiéndosele en la garganta.

Dalton le abrió más los muslos desde atrás, la sujetó con una fuerza posesiva y le dio otro lametón ascendente.

—Así, cielo… Déjame comerte bien.

Cada lametón los arrastraba a ambos hacia un maldito precipicio.

—Por todos los dioses… —jadeó, perdiendo el control de sus caderas, que se movían por instinto buscándolo más—. Así… así…, joder, sí.

Te he dicho que te quería entera. Sus manos la sujetaron a ambos lados y la abrieron todavía más. También quiero cada gota.

Ella se retorcía contra la mesa, gimiendo sin ningún intento de contenerse. Cada sonido que escapaba de su garganta era más alto que el anterior, y él casi deseaba que todos los guardias de palacio la escucharan.

Que las paredes temblaran.

Que el propio lugar se viniera abajo alrededor de ellos.

—Dalton…, quiero…

Sé perfectamente lo que quieres.

Dejó de lamerla solo para reemplazar su lengua por sus dedos, que torturaban su centro empapado con una mezcla de su saliva y de la esencia de ella.

Dalton se incorporó despacio y se inclinó, sobre su cuerpo todavía rendido contra la mesa. Entonces, un dedo la penetró de forma cruel.

Savannah ahogó un grito contra la madera y sus uñas arañaron la superficie cuando ese dedo la abrió despacio, hundiéndose hasta donde él quiso, marcándole el ritmo, reclamándola desde dentro.

—¿Me estoy portando bien, emperador? —Arqueó las caderas para ofrecerse aún más.

Esa mujer sabía exactamente lo que estaba haciendo con él.

Porque el que estaba suplicando en silencio era él.

El que se había arrodillado para devorarla.

El que estaba desesperado por su sabor.

El que ya no podía pensar en nada que no fuera en hacerla suya.

—Más que bien, Alteza.

La otra mano de Dalton recorrió su espalda, descendiendo por la curva de su cintura hasta volver a hundirse entre sus piernas. Introdujo otro dedo, arrancándole gemidos que parecían nacerle en lo más hondo.

Savannah se agitaba, respondiendo a cada embestida.

—Tu cuerpo sabe quién lo está tocando. Quién lo reclama.

Más… más, Dalton, necesito más de ti , susurró en su conciencia.

—Toma esto. —Inclinó la cabeza y besó su columna, vértebra a vértebra—. Tenemos tiempo. No voy a irme.

Sus dedos rozaron un punto dentro de ella y, de inmediato, Savannah se arqueó con una violencia casi irreal, como si su cuerpo hubiera olvidado dónde empezaba y dónde terminaba.

Dalton la vio morir de placer, gritar su nombre astillando la mesa del escritorio hasta partir sus bordes, desbordándole los sentidos hasta borrar el mundo que los rodeaba y, por un segundo, él creyó que iba a perderla allí mismo, atrapada en ese temblor delicioso que la sacudía de pies a cabeza.

Unos segundos después, cuando su cuerpo aún temblaba por el orgasmo, Dalton la levantó de la mesa y la sentó sobre ella. La besó con una ternura que contrastaba con todo lo que acababa de hacerle: primero su boca, luego su cuello, donde aún latía su pulso desbocado; después sus pechos.

Los tenía preciosos, rosados y ligeramente enrojecidos por la fricción.

Savannah seguía respirando de manera entrecortada, con las mejillas encendidas y los muslos temblorosos mientras él la besaba entera.

—Yo también quiero intentar tenerte, intentar lo que estamos empezando, pero sé que debo volver al presente, y no sé cuánto tiempo durará esto. —Hundió el rostro en su cuello—. ¿Qué pasa si empiezo a construir una vida aquí contigo y mi alma vuelve a ser arrancada otra vez?

Le sostuvo el rostro con ambas manos para obligarla a mirarlo. Fue ella quien lo besó esta vez.

—Entonces estaremos juntos todo el tiempo que el destino permita.

Rozó su frente con la de ella.

—¿Cómo has podido evitarme durante tantos siglos?