Los hilos del imperio Capítulo 19 #2
61%

Capítulo 19 #2

—Cada cumpleaños deseaba que fuera el último —confesó desviando la mirada—.

Había un dolor tan constante, tan hondo, clavado en el pecho, que a veces me resultaba imposible incluso caminar.

Y a mi lado, siempre fiel, la soledad, sin poder escapar de ella.

Miraba a mi alrededor y todo el mundo parecía…

feliz. Ver mi propia ciudad llena de luz y risas no me consolaba; me hacía odiarme cada vez más.

Por no sentir lo mismo… —Soltó una risa sin rastro de humor—.

Dalton Basilius, el asesino, seguía allí, viendo cómo el mundo avanzaba, cómo el amor los encontraba a todos menos a mí.

Porque ese era mi castigo. Porque mi condena no era estar muerto, sino no poder abandonar ese puto mundo mientras los demás hallaban un lugar al que pertenecer.

»Debía aguantar, Savannah. Debía seguir vivo porque un imperio entero dependía de mí, porque la magia regresaba al mundo por mi mera existencia.

Porque también recaía sobre mí la responsabilidad de todas las criaturas feéricas que llegaban desde Valdemar, y de reclutar mortales de esas tierras para convertirlos en jinetes, en inmortales.

—Cerró los puños—. Así pasaron los siguientes trescientos años después de mi crimen, tres siglos gobernando con las manos manchadas de la sangre de la única mujer a la que había amado.

Escuchó cómo Savannah tragaba saliva, un sonido suave pero nítido en la quietud de la biblioteca.

—¿Por qué trescientos años?

—Entonces volví a encontrarla. —La frase le rasgó la garganta al salir—. La llama Kaiserin había renacido, y esta vez se llamaba Eda. Era una mortal que vivía en Valdemar. Hace unos meses fue reclutada para convertirse en jinete de Pramvera. Y ahí… ahí empezó todo otra vez.

Savannah parecía estar juntando las piezas.

—«Eran las dos mitades perfectas de algo que yo nunca habría podido ser.

Ella le pertenecía a él, y él, inevitablemente, a ella» —repitió Savannah, con la misma cadencia con la que él lo había dicho días atrás—.

Se te pasó por alto el vínculo que la muerte y la llama Kaiserin tenían y siguen teniendo a pesar de los milenios.

Dalton no dijo nada. Y fue respuesta suficiente.

—Mi hermano está casado con ella. Con Eda.

—Lo están.

Esta vez fue ella quien apartó la mirada.

—Ahora entiendo más de la historia…, y de por qué hiciste las cosas que dijiste haber hecho. Pero es como si viera la catástrofe venir directa hacia mí y no pudiera hacer nada por frenarla.

—Por eso mismo no quería contártelo.

Savannah negó con la cabeza.

—Agradezco que lo hayas hecho, porque estoy cansada, Dalton.

Llevo ciento veinte años viva y para mí eso ya es demasiado.

Es más tiempo del que jamás imaginé vivir.

—Se frotó los brazos, inquieta—. Pero cuando pienso en la guerra, no pienso en mí, sino en los niños que ni siquiera han empezado a vivir, en las familias que llevan décadas construyéndose.

En todo lo que puede desaparecer de un día para otro.

Yo… —tragó saliva— yo no tengo a nadie, estoy sola.

Si muero, Marcelin será la única que sufra. Ella… y Moonveil.

—Puede que aún queden décadas para que eso llegue. Deberías encontrar a alguien real. Formar una familia.

Aquello bastó para que Savannah girara la cabeza de inmediato. Toda su atención quedó fija en él.

—¿Es por eso por lo que me has traído aquí? ¿Ese era el gran asunto? ¿Contarme toda tu historia, abrirte en canal, y luego… marcharte?

—No voy a marcharme. Te ayudaré mientras mi alma siga estando aquí.

—No hablo de la guerra.

—Lo sé.

Él ni siquiera reparó en la lágrima hasta que sintió el roce suave de los dedos de Savannah apartándosela.

—Sabes que estoy sola, que lo único que tengo son mis pacientes.

Me has observado lo suficiente como para saber que no vivo acompañada, en casa no me espera nadie, y cuando descanso lo hago sola.

Y si alguna vez has escuchado mis pensamientos, aunque fuera sin querer…

, entonces ya lo habrás visto. No hay secretos ahí dentro, solo rutinas que se repiten, enfermedades que no dan tregua, noches enteras sin dormir, vuelos a deshoras para que Moonveil pueda respirar aire limpio después de partos de veinte horas.

Y, al final del día, cuando por fin me siento, lo único que me queda es la soledad.

Una tan pesada que a veces parece otra criatura más respirando a mi lado.

—Sacudió la cabeza—. Es gracioso, ¿no? Vivimos en un imperio lleno de magia, de gente, de ruido…

y aun así hay quienes caminamos con la sensación de que nadie nos ve.

—Savannah…

—¿Por qué me dibujas, Dalton? ¿Por qué me besas? ¿Por qué dices que has perdido la cabeza por mí? —sollozó—. He estado esperando algo de ti esta última semana, esperando que dijeras algo, que dieras un paso. Pero ahora sé…

—Estoy aterrado —confesó acercándose a ella, a ese olor dulce que lo perseguía como una condena—.

Aterrado, Savannah. Porque parece que soy el único que siente este vínculo, este maldito hilo que tengo metido en el pecho y que me empuja hacia ti sin darme tregua.

Y estoy jodido en el amor, ¿lo entiendes?

—Se llevó una mano al corazón, como si pudiera arrancarse el dolor—.

Cada vez que me enamoro, nunca soy correspondido…

o me lo arrebatan. Siempre. —Se señaló el cuerpo—.

¡Ni siquiera estoy vivo! ¡Soy un fantasma! ¡Mírame!

—Lo hago, Dalton. —No parpadeó siquiera—. Te veo.

—Maldita sea… No podría… no podría traspasar la línea que hay trazada entre nosotros.

Cada día intento convencerme de que estoy aquí por un propósito, por alguna razón mayor, por cualquier cosa que no seas tú.

Pero la verdad… —su mirada se posó, inevitable, en sus labios rosados— es que no tengo ni idea de cuál es el motivo.

—Estaba demasiado cerca—. Mi corazón es una maldita ruina, y si te beso, no podré parar.

Si te toco, voy a necesitar más. Te querré entera.

Savannah seguía apoyada contra el escritorio, mirándolo desde abajo.

—No quiero necesitarte… —murmuró hecho pedazos.

—¿Por qué?

—Porque no puedo tenerte.

Ella levantó una mano entre ambos y sus dedos finos, adornados de anillos, rozaron su pecho, justo donde debería latir un corazón.

—Yo también siento ese vínculo, esa necesidad absurda de buscarte cuando no estás, de que me mires mientras duermo, porque me siento segura sabiendo que estás cerca.

Quiero dar el paso, quiero que te quedes y me ayudes a entender por qué se desató una guerra capaz de borrar hasta la magia del mundo.

—Dime todo lo que quieres —suplicó, desnudo de orgullo—. Juro que intentaré darte todo lo que esté en mi mano.

—Quiero que esto no dure solo días o semanas, quiero conocerte.

—El aliento se le escapaba entre palabra y palabra, tan cerca de sus labios que casi podía saborearlos—.

Quiero que dibujemos juntos, que me dibujes cada día si te nace…

, y dibujarte yo a ti en mis ratos libres.

Quiero un futuro contigo, aunque sea breve, porque un segundo a tu lado tiene más sentido que toda una vida sola.

—No voy a soportar verte… —Se detuvo justo cuando iba a pronunciar «muerta».

Ella posó los labios de forma muy delicada sobre los suyos en un roce inocente, y luego dijo:

—Chisss… No pienses en lo que vendrá, ni en lo que seremos dentro de siete milenios. Falta demasiado para eso, Dalton. —Le acarició la mejilla con el pulgar—. Si la vida nos ha puesto aquí, ahora…, entonces aprovechémoslo.

Sus manos por fin se clavaron en sus caderas, apretando con fuerza la tela del vestido. Su mano descendió lentamente por la piel desnuda de su pierna, explorando con hambre cada centímetro. Ella respondió acercándose aún más, aferrada a su cuello.

—Preferiría desvanecerme hoy mismo de la faz de la tierra antes que afrontar mil años más sin la suerte de haberte conocido, Savannah.

Sus bocas se encontraron y la besó como tendría que haberlo hecho en aquel lago; como tendría que haberlo hecho cada día de esa semana, después de cada entrenamiento, de verla pelear, aprender y derrumbarse solo para levantarse otra vez.

Pero lo hizo en ese momento, y el hilo invisible que los unía pareció tensarse, envolverlos, atraparlos…

Dalton la empujó contra el escritorio y la devoró. Sus manos la atrapaban temiendo que el mundo pudiera arrebatársela.

Había perdido la razón.

Solo sabía besarla.

Besarla y seguir besándola.

—He sido un caballero… —murmuró contra sus labios, jadeante—. Me he comportado muy bien. Lo sabes, ¿verdad?

Los ojos de Savannah se empañaron.

¿Ah, sí? , respondió en su mente, sin separarse ni un milímetro de su boca. Yo pensaba que solo venías con la intención de ignorar este vínculo. Y eso, Dalton Basilius, no es propio de un caballero.

Sus bocas se fueron separando apenas unos centímetros, y su mano subió hasta su nuca. Se enredó en su cabello dorado y tiró de su cabeza hacia atrás sin piedad, dejando su garganta tensa y expuesta para él.

—No puedes hablarle así a un emperador —gruñó—. Hay consecuencias.

—¿Y cuáles son? —jadeó ella, clavándole la mirada, sin amedrentarse ni un segundo.

Y en ese instante, mientras Savannah lo desafiaba pegada a él, Dalton comprendió exactamente a quién tenía delante: no a la heredera dócil que muchos creían, ni a la sanadora prudente que sonreía para calmar a los demás, sino a la mujer real, la que ardía sin necesitar magia, la que tenía los ojos vidriosos de deseo y rabia, la que no retrocedía ante la sombra de ningún monstruo…

ni ante él, que había sido uno de los peores.

—Necesito que me lo pidas, quiero oírte decirlo, como en aquella bañera, cuando me pediste que te tocara con los dedos, con la lengua. —Sus manos se engancharon en su ropa interior y tiraron de ella—. ¿Lo recuerdas?

—Lo recuerdo.