Capítulo 19
Dalton aguardaba yendo de un lado a otro entre los pasillos de la biblioteca.
Había imaginado que, siete mil años atrás, aquel lugar sería distinto, pero los techos seguían igual de altos, las estanterías infinitas, repletas de libros que olían a historia.
Solo el polvo había cambiado, flotando como prueba de que nadie la había cuidado en mucho tiempo.
Por un ins tante, pensó que la biblioteca lo reflejaba a él mismo: inmensa, llena de secretos, pero olvidada por todos.
Aun así, la luz del atardecer se filtraba por los ventanales y se extendía sobre el suelo y las columnas de mármol como un último intento de devolverle vida al lugar.
Se detuvo junto a una mesa y rozó el lomo de un libro con la yema de los dedos.
Solo podía pensar en toda la sabiduría que se había perdido cuando el mundo ardió.
Sin embargo, lo que realmente lo sorprendió fue el cielo estrellado que se extendía sobre su cabeza, una galaxia que giraba despacio, como si las estrellas hubieran quedado atrapadas dentro de la biblioteca.
Se quedó mirando hacia arriba tanto tiempo que el cuello empezó a dolerle, pero aun así no pudo apartar la vista.
—Antiguamente, cuando mis antepasados venían a la biblioteca con frecuencia, se decía que esta, como regalo por su devoción, creó su propio cielo estrellado. Así no necesitaban salir de aquí para leer o estudiar bajo la luz del firmamento.
Dalton, con las manos metidas en los bolsillos de su traje, inclinó el cuello en dirección hacia aquella preciosa voz que acababa de colarse en la biblioteca.
Si aún pudiera respirar, el aire se le habría escapado de los pulmones al verla avanzar hacia él.
Llevaba un vestido rosa pálido, más brillante que cualquier gema que sus ojos hubieran visto.
La tela se abría en una profunda raja a lo largo del muslo, dejando entrever destellos de piel desnuda, y el escote en pico descendía hasta el ombligo, cubierto apenas por una gasa translúcida.
Las mangas anchas caían con suavidad a sus costados, y su cabello dorado, suelto hasta la cintura, estaba recogido por un lazo delicado que parecía hecho para tentar a los mismísimos dioses.
—La biblioteca nunca llegó a imaginar que algún día alguien entraría aquí y que la atención no estaría en su cielo estrellado —dijo Dalton, sin moverse, mientras se llevaba una mano al pecho.
Savannah notó el gesto y dejó escapar una risa suave.
—Gracias por hacerme sacar este vestido del armario, lo cosí hace años y nunca tuve ocasión de enseñárselo a nadie.
Cuando se paró delante de él todo su cuerpo le pedía estirar la mano, tocarla aunque fuera un segundo, acortar esa maldita distancia entre los dos.
—Estás…
Sin previo aviso, el cuerpo de Savannah se deshizo en un remolino de niebla y oscuridad. En un parpadeo dejó de estar frente a él y apareció sentada sobre el gran escritorio del centro de la biblioteca.
—¿Qué tal lo hago?
«Dentro de siete milenios lo harás mejor que cualquier criatura viva».
—Mejorable, pero creo que ya estás preparada para mañana.
—Cuesta creer que ya hayan pasado veinte días.
Al día siguiente tendría lugar la reunión para la que Dalton la había estado entrenando sin tregua.
Le había enseñado todo lo que sabía, sin guardarse nada.
Y la había visto dejarse la piel, llevarse al límite cuando ya no le quedaban fuerzas, insistir cuando cualquiera se habría rendido.
Savannah era pura disciplina, pura cabezonería bien dirigida.
Y, aunque no se lo dijera en voz alta, Dalton no podía estar más orgulloso de ella.
—¿Estás nerviosa?
Ella se quedó allí, balanceando las piernas con aparente despreocupación, mientras la abertura de la falda dejaba al descubierto una franja generosa de piel desnuda.
«¿Acaso quieres castigarme?», quiso preguntarle él.
—Le hablé a Marcelin de ti. —Cambió de tema.
—¿Ah, sí? Con razón no ha parado de mirar a los lados en el centro. Diría que no le caigo demasiado bien.
—A Marcelin no le cae bien nadie de primeras. Es desconfiada por vocación.
—Tiene sentido, soy un fantasma. Yo tampoco me fiaría de mí.
—No es personal, de verdad. Marcelin ha sufrido mucho.
Y con todo lo que está pasando ahora… —se interrumpió—.
Pero no era eso lo que quería decirte. Es que…
—vaciló, nerviosa— le he dicho que estoy interesada en un fantasma al que nadie puede ver.
Espero que no le moleste. Sé que quizá exista alguna regla no escrita sobre no hablar de esto, pero necesitaba contárselo a alguien.
Si Dalton afinaba su oído, podía escuchar el latido acelerado de su corazón, golpeando como un colibrí desesperado atrapado entre sus costillas.
—¿Y no le has dicho lo otro? —preguntó Dalton.
Sus pies no dejaron de balancearse.
—¿Lo otro?
—Que el fantasma está perdiendo la cabeza por ti, que todo lo que queda de él gira alrededor de donde estés tú.
Savannah dejo de moverse.
—He visto los dibujos… y la nota. —Miró hacia la enorme alfombra que ocupaba el centro de la sala. Por alguna razón, su tono lo desmoronó. Como si aquello, en lugar de enternecerla, la hubiera asustado.
Dalton sintió una punzada bajo las costillas. No debería haber invadido su espacio, no debería haberla dibujado dormida…, no había pensado con claridad en cómo podía percibirlo ella.
Savannah se levantó del escritorio, la falda abriéndose apenas con el movimiento.
«Quieto —se advirtió—. No te acerques. No la toques».
Ella dio un paso más, y el perfume que siempre la acompañaba llegó hasta él en forma de caricia.
—¿Dalton?
Él dio un paso atrás. Fue un gesto mínimo, casi imperceptible…, pero bastó para que Savannah se detuviera en seco.
—Acabo de darme cuenta de que estoy cometiendo el mismo error que cometí con ella.
—Ah…, ¿cuál?
—Esconder partes de mí. Me da miedo que un día dejes de recordarme por quién soy contigo y solo veas todo lo malo que hice. Pero acuérdate de esto: lo que verás en el futuro no es más que el pasado del hombre que tienes delante.
Ella tomó una inspiración profunda. Sabía que tenía mil preguntas, pero solo hizo una:
—¿Quieres contármelas? —Dalton bajó la mirada hacia la alfombra—.
Escucha. —Savannah dio un paso al frente sin llegar a tocarlo—.
Si no me lo has contado es porque tienes miedo.
Miedo a que cambie lo que pienso de ti. Pero te he observado lo suficiente como para saber cómo eres.
Sé quién eres cuando nadie te está mirando.
Y nada de lo que me digas va a borrar eso, así que no me debes explicaciones.
Solo quiero que sepas una cosa: cuando te sientas preparado para hablar, estaré aquí. La verdad no me alejará de ti. Nunca.
—Me pediste que te hablara de la guerra, de todo lo que sabía, de cualquier detalle que pudiera ayudarnos.
Pero antes necesitaba entender cómo estaba realmente el imperio, qué sabías tú, qué sabían los tuyos, cómo funcionaba la magia aquí.
Tenía que estudiar el terreno primero. —Alzó la mirada hacia ella—.
Y ahora sí puedo comenzar por el principio.
Ella asintió, y Dalton tuvo que hacer de tripas corazón para lo que estaba a punto de contarle.
—Después de la guerra que se avecina, las llamas desaparecerán.
Pasarán siete milenios enteros antes de que vuelvan a manifestarse.
Durante ese tiempo, los Basilius gobernarán un imperio vacío de prodigios, sin dragones ni llamas.
Todo rastro de poder desaparecerá del mundo…
, hasta mi nacimiento, cuando un dragón me elegirá.
Y con él regresará una de las tres llamas: idealis.
—Tú eras su portador…
Dalton asintió.
—Pero yo… yo no soy como tu padre. En mi reinado la llama no se utilizaba para infundir miedo.
Nadie temía a la magia; la veían como un símbolo de equilibrio —habló frotándose la nuca—.
La magia regresó poco a poco. No irrumpió de golpe, se filtró durante siglos de forma casi imperceptible.
Primero fueron las criaturas feéricas que empezaron a aparecer desde Valdemar sin explicación alguna.
Y con el tiempo comprendimos que no era una coincidencia.
La llama valirio, desaparecida tras la Gran Guerra, fue la primera en agitar ese resurgimiento.
Y después… volvió la primera llama, Kaiserin.
—Es ella, ¿verdad? —preguntó Savannah, y seguramente percibió el leve cambio en su rostro—. Es de ella de quien te enamoraste.
Dalton tenía que hablar de aquello, necesitaba ser sincero por una vez en su maldita vida. Ya había cometido suficientes errores por callar, y estaba allí para enmendarlos, no para repetirlos.
—Durante mis primeros ciento cincuenta años de vida, cuando aún era emperador, ella fue la emperatriz de Pramvera. Liderábamos juntos…, yo creía que…
—No hace falta que me cuentes qué pasó.
—Fui engañado y la maté con mis propias manos.
Maté a mi mujer. —El silencio cayó entre los dos como una losa; no esperaba otra reacción, acababa de decir en voz alta que era un asesino, ¿qué más podía haber?
—. Después de aquello pensé en mil formas de morir, pero no se puede matar un cuerpo inmortal. Créeme, lo intenté. Muchas veces.
Ella se llevó una mano a la boca.
—Dalton…