Los hilos del imperio Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Ya no daban abasto. Ningún barrio podía recorrerse sin empujones, y en los más bajos directamente era imposible avanzar.

Salir del palacio seguía siendo sencillo —Savannah podía desvanecerse entre las sombras y aparecer en los callejones más oscuros—, pero aun así llegar al centro resultaba un desafío, pues los ciudadanos estaban cada vez más agresivos, más desesperados.

No quedaba una sola familia en todo el imperio que no hubiera sufrido el golpe del Olvido, y la rabia que se respiraba en las calles era la antesala de una revolución que nadie sabía cómo detener.

Ahora Savannah daba pequeños toques con la punta del tacón contra la piedra mientras esperaba su turno en la cola de una panadería para coger el almuerzo. A su izquierda, Marcelin repiqueteaba sus uñas negras contra el mostrador de madera, impaciente.

—Odio el color de tu manicura —resopló Savannah lanzándole una mirada de reojo—. De verdad. ¿A quién se le ocurre pintárselas así?

—Estoy de luto —replicó Marcelin sin pestañear fulminándola con una mirada—. Y ya que estamos, yo también te odio, Savi.

—Llevas más de ochenta años pintándotelas igual. Ni siquiera recuerdas por qué empezaste.

—Claro que lo recuerdo. Es mi forma de pedir perdón por cosas que no puedo deshacer.

Savannah arqueó una ceja.

—¿Ah, sí?

—Sí. Igual que tú cuando te pones ropa interior que no es rosa. —Marcelin sonrió de lado—. Cada vez que estás frustrada, decepcionada o furiosa contigo misma…: encaje negro. Siempre.

—Es una manera de…

—Castigarse —terminó Marcelin por ella.

—Eres insoportable.

—Y tú demasiado transparente.

Con una mueca, miró por encima del hombro. Dalton esperaba fuera, apoyado en la pared con los brazos cruzados mientras su mirada recorría cada esquina de la calle con atención.

En efecto, Savannah llevaba ropa interior negra.

Se sentía terriblemente culpable por ocultarle tantas cosas a su mejor amiga. No le había contado que Dalton y ella podían comunicarse sin decir una sola palabra, sin mover los labios siquiera, porque eso abriría una puerta de preguntas que no podía responder.

No hace falta que leas los pensamientos de cada persona que pasa por mi lado. No van a reconocerme con la capucha. Savannah le lanzó el pensamiento.

¿En serio el color de tu ropa interior tiene que ver con tus cambios de humor? La voz de Dalton le llegó sin que se girara, todavía con la atención puesta en la gente.

Las mejillas de Savannah se encendieron.

Deja de escucharnos o te mandaré de vuelta a donde sea que vayas cuando no estás conmigo.

Imposible, recuerda que tengo oído inmortal. Y más aún cuando habláis de tu ropa interior . Hizo una pausa mínima, maliciosa. Y del resto de cosas que la acompañan, como el olfato.

Savannah casi se atragantó.

¿Qué tiene que ver el olfato con esta conversació n?

Bueno… , respondió Dalton sin girarse, cambiando el peso de una pierna a la otra. Yo pienso que, si yo puedo olerte así, cualquiera podría hacerlo y reconocerte igual de rápido.

Ella frunció el ceño bajo la tela y se ajustó un poco más la capa, asegurándose de que ningún mechón rubio escapaba.

Le cruzó por la mente preguntarle si, al menos, olía bien…, pero se mordió la lengua. Era absurdo. Su perfume era uno de los mejores del imperio; había invertido años en perfeccionarlo hasta hacerlo inconfundible.

Una carcajada de Dalton le resonó por dentro.

¿Lo único que te preocupa es oler bien para mí?

Serás idiota. Aun así, una sonrisa se le escapó sin querer. Pero ¿huelo bien?

Sí. Hueles de maravilla, Savannah. Y no estoy seguro de cuánto tiempo más podré fingir que no me afecta.

—¿Tu fantasma está detrás de nosotras? —preguntó Marcelin sin molestarse en bajar la voz—. Me pone de los nervios que me siga a mí también. Ya sabes que no me fío de él.

—Tú no te fías ni de tu propia sombra.

—Mi sombra tiene mejores intenciones que ese hombre.

Savannah puso los ojos en blanco, aunque no pudo evitar sonreír.

—Estás celosa.

—Puede ser —admitió al fin guiñándole un ojo—. O puede que simplemente tenga buen instinto, y no me guste nada compartirte con un muerto.

Marcelin pagó los cruasanes y ambas empezaron a comérselos mientras caminaban durante la hora libre que tenían antes de volver al trabajo.

La calle estaba abarrotada; cuerpos que iban y venían, risas, conversaciones superpuestas.

La gente atravesaba a Dalton una y otra vez sin darse cuenta, y Savannah fingía no notarlo, obligándose a mantener la conversación, el paso, la expresión tranquila.

Pero cada vez que alguien lo cruzaba era un recordatorio cruel de que él nunca pertenecería a ese mundo.

Olivia dormía sobre el regazo de Savannah aferrada a su cintura.

Cada vez que ella se movía para recoger una hierba o medir una dosis, la niña se acurrucaba aún más, buscando calor.

Savannah trituraba hojas en el mortero con cuidado de no despertarla y, sin soltarla, anotaba en su cuaderno fórmulas rápidas que corregía sobre la marcha.

Le ardían los ojos y los músculos por el cansancio; aun así, ajustó a Olivia contra su pecho, la acomodó bajo la barbilla y la meció con un vaivén mínimo, permitiéndose cerrar los párpados apenas unos segundos.

Aquella última semana, los jinetes ya no se dejaban ver por la ciudad, como si hubieran abandonado el mundo por completo.

Su padre, el emperador, tampoco se encontraba en el palacio y, aunque esa ausencia le concedía a Savannah una libertad inusual, solo podía significar una cosa: sabían que algo terrible estaba ocurriendo y habían decidido apartar la mirada.

Moonveil dormía cada vez más lejos de la ciudad, buscando refugio. Y no era la única. Las criaturas feéricas, las mismas que llevaban siglos protegiendo los bosques, estaban inquietas. Lo sentían. Sabían que los humanos, cegados por el miedo y la pérdida, podían empezar a mirarlas como una amenaza.

Dalton y ella no habían vuelto a mencionar lo que casi pasó en el lago, pero Savannah no se impacientaba.

Sabía que no estaba huyendo de ella, sino de sus propios fantasmas.

Incluso cuando se mantenía a distancia, seguía presente; aprendiendo a hacerse invisible para no interrumpirla, para acompañarla sin ocupar espacio.

Algunas noches despertaba creyendo que alguien la observaba desde la esquina de la habitación, y, aunque jamás lo confesaría, aquello la reconfortaba.

Dalton era atento sin admitirlo. Le recordaba que comiera, le dejaba chocolate en la mesa antes de entrenar, la obligaba a beber agua, incluso se frustraba cuando ella pasaba horas seguidas sin ir al baño mientras cuidaba a sus pacientes.

No sabía si la deseaba.

Pero sí que la cuidaba.

Cuando Savannah abrió los ojos, algo llamó su atención en la esquina de la mesa: una libreta que no había estado allí antes.

Miró a ambos lados, la tomó con cuidado y la abrió.

En la primera página había un retrato suyo hecho a carboncillo.

Aparecía dormida, con el cuerpo recogido y una luz tenue que se filtraba desde una ventana y se deslizaba sobre su mejilla y el contorno de su brazo.

El trazo era tan preciso que por un segundo tuvo la absurda sensación de que aquella figura plasmada en el papel podía abrir los ojos y devolverle la mirada.

Pero no era solo ese dibujo.

Había cientos.

Las páginas estaban llenas de bocetos de vestidos, tacones que parecían hechos para ella, el lago helado donde había patinado y bailado con Dalton, Moonveil surcando el cielo, lobos seeone, los niños del centro riendo mientras los curaba, pacientes que habían pasado por sus manos, Marcelin y ella juntas, tan distintas en ropa y carácter…

Cada página era un pedazo de su vida visto desde fuera, desde los ojos de alguien que la miraba incluso cuando ella no se daba cuenta.

Al final de la libreta había algo escrito.

Savannah ya se había acostumbrado a reconocer su letra, a encontrar pequeñas notas suyas desperdigadas por todos los rincones, pero esta era reveladora:

Hubo un tiempo en el que dejé de dibujar; la guerra me lo arrebató todo y no había espacio para nada que no fuera proteger a los míos.

Después de mi muerte pensé que jamás volvería a sentir algo…

, hasta que llegaste tú. Sin darme cuenta empecé a dibujar de nuevo, primero para recordarme que existías, luego para asegurarme de que seguías viva, y ahora porque no sé dejar de hacerlo.

No he encontrado nada que me importe tanto como ayudarte a librar tus propias batallas, nada que me mueva tanto como observar cada uno de tus días, incluso cuando no sabes que estoy ahí.

Supongo que eso es lo que me queda ahora: esto… y tú.

He dibujado lo que haces, he diseñado la ropa que me encantaría que cosieras para ti, he plasmado a quienes amas y todo lo que te rodea en tu día a día para que, si algún día olvidas aquello que te hace levantarte de la cama, puedas recordarlo.

Cuando termines en el centro, ven a la biblioteca del palacio. Prometo que esta vez no habrá entrenamiento…, solo yo esperándote.

TU FANTASMA

Cuando terminó de leer aquella nota, supo que lo esperaría. Esperaría a aquel hombre todo el tiempo que hiciera falta. Porque, por primera vez en mucho tiempo, alguien también la estaba esperando a ella.