Capítulo 18
Savannah había descendido horas antes sobre la ciudad de Pramvera montada en Moonveil, dejando atrás las ventiscas heladas de la cordillera.
El aire, al cruzar la frontera del imperio, se había vuelto húmedo y tibio, impregnado del perfume de la vegetación mágica que trepaba por los muros y parecía respirar luz propia.
Pramvera siempre había sido así: clima templado, amable con los mortales, lo más parecido a Valdemar, las tierras al otro lado del mar.
Nada más llegar a la ciudad, Savannah había acudido al encuentro con Marcelin.
Ambas charlaban sentadas en un bordillo frente a la puerta cerrada del centro de curación.
El bullicio del mercado cercano se mezclaba con el ruido distante de los carruajes.
Marcelin echó un vistazo a ambos lados de la calle antes de confirmar las sospechas de su amiga.
—Sí, había oído hablar de los robos —admitió—, y no solo en los barrios bajos. Han sido muchos. Pero lo tomé como una secuela más: gente intentando llamar la atención, rebelarse de alguna forma. No le di la importancia que merecía, hasta ahora.
—Yo tampoco. Pero había algo en la forma en que miraban los objetos que les entregué.
—Frunció el ceño—. Tal vez lo que para unos no vale nada para otros sí lo haga.
Quizá no por lo que son, sino por lo que contienen, como si esos objetos pudieran canalizar la magia misma.
—Negó despacio—. No sé cómo explicarlo, suena a locura.
Savannah abrió la bolsa de frutos secos y tomó uno tras otro, saboreando el dulzor tostado en la lengua.
Después de tantas semanas de desequilibrio, comer le resultaba casi un lujo.
Le ofreció un puñado a Marcelin, que aceptó distraída mientras alzaba la vista al cielo.
Varias mantícoras sobrevolaban la ciudad, extendiendo sus alas de dragón rumbo al sur, hacia la cordillera de Aurik.
—Nunca había escuchado algo así, pero si los robos están ocurriendo en varias ciudades del imperio, no puede ser cosa de un solo grupo.
—¿Y si se está urdiendo una rebelión que los jinetes aún no conocemos?
Marcelin abrió la boca, pero la cerró de inmediato.
—Todo es posible —admitió al fin—. Se han producido algunas revueltas menores estos meses, sobre todo en el sur.
Escuché rumores de que algunos jinetes en Valdemar tuvieron enfrentamientos con algunos mortales, pero nadie explicó por qué.
Si esos robos están relacionados, puede que no sean simples hurtos.
—Estoy segura de que los robos y el Olvido van de la mano. Si no encontramos la raíz del problema… —No terminó la frase, no hacía falta.
Savannah sintió que el mundo se le escapaba entre los dedos. Y por más que buscaba, no hallaba una solución.
—Dalton, así se llama el nuevo curandero, ¿verdad? —preguntó Marcelin arqueando una ceja—. Los niños dicen que lo vieron por aquí.
Sentía la necesidad de contárselo… Dalton era un sanador, sí, pero no uno de carne y hueso para el mundo, solo para ella.
Así que empezó a hablarle de la grieta, de Novadia, de que él era un alma de Bankai que había acabado a su lado de una forma que no sabía explicar del todo.
También de eso que le estaba naciendo dentro, un sentimiento que aún no se atrevía a definir, pero que ya empezaba a pesarle en el pecho.
Aun así, midió cada palabra y dejó fuera todo lo que habían descubierto juntos. Marcelin no sabía que Dalton venía del futuro, ni que había sido emperador, ni nada sobre la guerra que comenzaba a tomar forma. Tampoco sobre la gota de poder que su hermano le había confiado.
El mundo no tenía por qué acabarse también para ella.
—Sé que todo esto suena a locura. A veces pienso que el desequilibrio de la magia ya me ha pasado factura.
Pero hay algo que no me encaja. No entiendo por qué los niños pueden verlo…
o escucharlo. No creo que les pase a todos, solo a los que han estado muy cerca de morir.
Es como si sus almas hubieran rozado el mismo límite que la suya, aunque solo fuera un instante, y por eso ahora pueden percibirlo.
—Puede ser peligroso.
—No…, no lo es —respondió Savannah, y entrelazó sus dedos con los de ella y los llevó a su regazo—. Dalton es un buen hombre.
Los labios de Marcelin se tensaron.
—Y aun así has preferido ocultármelo.
—Me moría de ganas por contártelo. Si hubiera vuelto antes a Pramvera, te lo habría dicho, te lo juro. —Suspiró—. Me alivia que lo sepas…, que, por fin, pueda hablar de él con alguien.
Marcelin retiró la mano despacio, demasiado despacio.
—Claro. Hablar siempre alivia.
Marcelin se recogió un mechón oscuro que se le había salido del moño. Llevaba un vestido largo de caída suave de su característico verde, realzado por delicados encajes negros en el cuello y en las mangas.
—Pero… ¿cómo puede un fantasma, alguien que ni siquiera está físicamente en estas tierras, tener tal poder? —preguntó—. Es decir…, no recuerdo que te hubieras ido de aquí para asistir a ningún parto…, n-no lo recuerdo.
—Sé que todo esto puede asustarte, con lo que está ocurriendo con el Olvido, pero te prometo que él no tiene nada que ver.
—No lo sé, Savi…
—Él es bueno, Marcelin, me ha ayudado, calmó el dolor de Olivia.
—Señaló hacia la puerta del centro—. Su herida cicatrizó sin dejar rastro, ni un solo signo de infección o dolor residual.
Ya la has visto, ¿no? Está ahí dentro, descansando, ahora puede dormir como los demás.
Dentro de poco podremos buscarle una familia.
—Se le hizo un nudo en la garganta—. También me ayudó con los pacientes en Novadia.
¿Recuerdas a Tom? El hombre con cáncer terminal.
Dijo que, por primera vez en años, podía respirar sin dolor.
Que sentía alivio…, algo que ni los sedantes ni las curas habían logrado darle.
Savannah continuó en voz baja:
—Incluso con Kilian. Él puede hacer algo parecido a lo que tú haces: entrar en la mente, manipular la conciencia.
Pero su don va más allá, puede borrar recuerdos, incluso las emociones ligadas a ellos, eliminar los rastros de lo que fueron.
—Tragó saliva antes de añadir—: Sé que ese poder sería devastador en las manos equivocadas, pero Dalton no busca usarlo así.
—¿Y qué quiere entonces?
—Solo pretende ayudar.
Por el rabillo del ojo, calle abajo, Savannah percibió un destello de movimiento, seguido de los gritos desgarrados de un hombre. Se puso en pie de inmediato, al igual que Marcelin.
El bullicio habitual de la ciudad se desvaneció de golpe. La multitud empezó a agolparse. La gente se empujaba la una a la otra para descubrir qué estaba ocurriendo. Desde la esquina, varios soldados imperiales irrumpieron entre el gentío con las insignias de sus armaduras reluciendo al sol.
Savannah se aferró al arco de la puerta y dio un paso atrás.
—Si te ven aquí, te meterás en problemas —dijo Marcelin, señalando con la barbilla hacia el centro—. Entra y quédate con los niños. Yo voy a averiguar qué está pasando.
Savannah estuvo a punto de convertirse en sombra, en niebla, en pura oscuridad. Lo había practicado en secreto, pero esta vez el impulso nació por sí solo, salvaje e instintivo. La magia se agitó bajo su piel como un animal despierto, deseosa por salir.
Al final asintió y se metió dentro a toda prisa, cerró la puerta y corrió las cortinas. Volvió a la mesa de curas e intentó distraer a los pequeños del alboroto que se oía fuera, de los gritos y del estrépito que ya sonaban a revuelta.
Se sentía impotente.
La rabia le quemaba por dentro y, más de una vez, estuvo a punto de salir. Pero sabía que si cruzaba esa puerta, los guardias imperiales la verían, descubrirían dónde pasaba su tiempo la hija del emperador, y entonces todo habría terminado para esos niños que la miraban con esperanza.
—Savi… —oyó la vocecita de Selene a su espalda.
La niña tironeaba del borde de su vestido, con esos enormes ojos azules cargados de preocupación. Había acudido a consulta por una fuerte bronquitis, pero en ese momento parecía inquieta por algo muy distinto.
—Ha venido el hombre que brilla como las estrellas y me ha dado esto para ti. —Selene extendió un papel doblado—. Ten cuidado, puede ser peligroso.
Savannah miró el papel y luego a los otros niños, que asentían en silencio, todos con cara de haber presenciado un portento divino. Casi soltó una carcajada al imaginarse a Dalton brillando como un farol en medio de la sala.
—Gracias, peque.
Abrió la nota y la leyó en silencio.
Alteza:
Cuando termines en el centro, ven al puente que está a unos tres kilómetros de la ciudad. Y sí, ya te estoy oyendo protestar: «Son muchos kilómetros para mis tacones de los martes». Precisamente por eso quiero que vengas desvaneciéndote. Considéralo tu entrenamiento del día.
Buena suerte e intenta no desmayarte por el camino… o, al menos, hazlo con un poco de dignidad.
Y recuerda cambiar los tacones por unas botas a poder ser.
Un abrazo,
TU FANTASMA
Se rio al leer el contenido y bajó la vista hacia sus tacones rosas, de punta fina y tacón estrecho.
Dalton se había dado cuenta de que Savannah tenía un tacón para cada día de la semana.
Lunes, martes, miércoles…, daba igual el clima, la nieve, el caos político o incluso el inminente colapso del mundo.
El imperio podía venirse abajo, pero ella jamás negociaría su calendario de tacones.
Ni de broma se pondría botas para entrenar.
Su entrenamiento había mejorado lo suficiente como para cubrir tres kilómetros sin despeinarse —literalmente—, pero renunciar a sus tacones de los martes…, eso sí que era impensable.
El número de personas sin memoria se multiplicaba día tras día.