Capítulo 17 #2
«Seguro que mi padre no podría dar ni dos pasos aquí —se burló Savannah, aferrada a la mano de Marcelin mientras giraban de forma torpe y sus abrigos de buenas lanas se rozaban—. Acabaría derritiéndolo todo con su poder de vinculación».
«O se caería de culo —añadió Marcelin entre risas—. Y después mandaría ejecutar al hielo por traición al imperio, el muy idiota».
Savannah soltó una carcajada, pero el pensamiento de la llama negra le apagó el impulso de seguir girando, y se detuvo en seco. Marcelin lo notó y se colocó frente a ella.
«¿Qué ha sido esta vez? Dímelo».
«No importa».
«¿Cuál ha sido su último castigo?».
«Nada nuevo».
«Savannah».
«Menos duro que otros —mintió—. Nada que no pueda sobrellevar».
Marcelin apretó la mandíbula.
«Puedo matarlo».
«¿De verdad crees que podrías enfrentarte a un emperador?
¿A una llama? —Dejó escapar el aire lentamente—.
Si la llama idealis pudiera ser derrotada, el legado de los O’Hara se vendría abajo, el trono dejaría de ser un límite; cualquier jinete querría gobernar.
—Alzó la vista hacia la dragona y el pegaso, siguiendo sus siluetas—.
Los jinetes…, a veces veo algo en sus ojos.
Y no es solo poder, es hambre…, codicia.
Esa chispa que aparece cuando descubren que nadie puede detenerlos, cuando el mundo empieza a parecerles pequeño, manejable.
El problema no es la magia, es lo que despierta en quien la usa.
Y sé que, si esa puerta se abre, no hará falta empujar a nadie, la cruzarán solos.
Cualquiera que crea merecerlo un poco más que el resto».
«Cada día soy más fuerte. Y llegará el momento en que lo sea lo suficiente, Savi. Acabaría con él… y con cualquiera que intentara hacerte sentir menos de lo que eres. Te lo prometo».
«Te convertirías en un monstruo como ellos. No quiero ese destino para ti».
«Yo tengo magia. Y, si dices que la magia corrompe a los jinetes…, entonces ya soy un monstruo. —La miró de lado, con una sonrisa torcida—. Supongo que seré el tuyo».
Savannah puso los ojos en blanco, incapaz de evitar la sonrisa. Le cogió la mano y tiró de ella para seguir patinando y obligarla a moverse antes de que aquella promesa echara unas raíces demasiado profundas.
Un cosquilleo en los tobillos la devolvió al presente.
Las sombras ocultas tras las rocas despertaron y se deslizaron hacia ella hasta envolver sus zapatos. La oscuridad se hizo sólida bajo sus pies, moldeándose hasta convertirse en un calzado fino y afilado, creado para deslizarse sobre el hielo.
—¡Ay, por todos los dioses! ¡Mira lo que he hecho!
Dalton se giró sobresaltado, pero apenas alcanzó a preguntar qué ocurría cuando vio a Savannah mover los pies.
Abrió la boca para decir algo, pero no llegó a pronunciar palabra, ella ya se había lanzado hacia el lago.
La capa resbaló de sus hombros y cayó sobre el hielo, dejando al descubierto un vestido rosa pálido ceñido al torso y abierto en capas finas que se movían como pétalos a punto de desprenderse.
Bajo la luz de la luna, el tejido centelleaba con destellos nacarados, reflejando el frío azul del lago y dibujando brillos a lo largo de su figura.
Aquel vestido había sido confeccionado para la noche…, y para ella.
Sin mirar atrás, Savannah comenzó a deslizarse sobre el hielo.
Con cada movimiento, la superficie se teñía de luces cambiantes, como si se tratara un caleidoscopio de colores.
Bajo sus pies, los peces de cristal despertaban de su letargo y nadaban siguiendo su paso, dejando estelas de color que se entrelazaban y ondulaban con ella.
Cuando dio una vuelta sobre el hielo y miró hacia la orilla, Dalton ya no estaba allí. Las manos que antes tenía en los bolsillos, la silueta recortada contra la nieve…, todo había desaparecido.
—Estoy aquí —dijo a su espalda.
Savannah se giró de inmediato. Patinó hasta él y le tomó las manos, entrelazando los dedos con los suyos.
—Patina conmigo.
—Nunca he… —Frunció los labios, inseguro—. Esto no es exactamente algo que se aprenda después de morir.
—Pues estás de suerte. Patinarás conmigo.
—¿Es una orden?
—Harías todo lo que te pidiera. —Le guiñó un ojo—. Eres mi fantasma.
Dalton abrió la boca para responder, pero el poder de la muerte ya había reaccionado. Las sombras se arremolinaron bajo sus pies, endureciéndose hasta tomar la forma de un calzado idéntico al de ella.
—Esto no me gusta.
—Miente mejor.
En cuestión de segundos ya estaban cruzando la superficie resbaladiza. Savannah se deslizaba con naturalidad; Dalton, en cambio, iba soltando gruñidos y maldiciones cada vez que su equilibrio flaqueaba.
—Para haber sido un jinete de dragón, tienes una estabilidad horrible.
Se alejaron cada vez más. Desde allí, la ciudad y la cordillera parecían irreales. Dalton fue ganando seguridad y empezó a patinar con más soltura, hasta que terminó por detenerse en mitad del lago, con la mirada perdida en el horizonte.
Savannah no podía leerle la mente, pero sí el rostro.
—¿Echas de menos tu hogar?
—Los últimos meses antes de morir fueron los peores de mi vida —confesó, sin que la pregunta lo tomara por sorpresa—.
Le mentí a la mujer que amaba. Callé lo que debía decir y no hice lo que debía hacer, y eso bastó para que se alejara de mí.
Al final ella se enamoró de otro hombre.
—No cambió el semblante—. Al principio no entendía por qué la persona que yo amaba no podía amarme de la misma forma, pero cuando los vi juntos, lo comprendí: eran las dos mitades perfectas de algo que yo nunca habría podido ser.
Ella le pertenecía a él, y él, inevitablemente, a ella.
Y lo peor es que todo eso ocurrió justo cuando yo estaba arrodillado, pidiéndole matrimonio.
Lo hice porque tenía miedo de perderla, porque estaba tan obsesionado con la idea de que debía ser ella que no quise ver el amor que existía entre ellos.
La desesperación por recuperarla me cegó. Todavía recuerdo la vergüenza.
Se le helaron los huesos.
—No puedo contarte más, porque lo verás con tus propios ojos: todo lo que estoy a punto de hacer, cómo cometeré los mayores errores de mi vida. A ti no habrá nada que pueda ocultarte. —Evitó dar más detalles—. Te cansarás de oír mi nombre, de saber de mí. De eso estoy seguro.
Ella volvió a respirar, al parecer no lo había hecho en los últimos minutos.
—Tú me conoces. —No era una pregunta.
—No, tú eres la que me conoce a mí. —Dio un paso hacia ella—. Tú eres la que lo sabe todo de mí. Creo… creo que llevas muchos años conociéndome, solo que siempre lo has hecho desde las sombras.
Pese a la distancia que los separaba, sintió una caricia en la mejilla.
Dio un paso hacia atrás, sobresaltada, con el corazón acelerado.
Pero la mano no desapareció. Seguía ahí, real, recorriéndole la piel con los nudillos antes de apartarle un mechón de cabello y encajarlo con cuidado tras la oreja.
Savannah lo miró sin aire en los pulmones.
—¿Cómo…?
—Perdona. A veces siento que no soy más que un cobarde. No debería haberme ido así aquella noche.
—No puedo leer pensamientos como tú, pero no hace falta. Sé que te arrepientes.
—Todo esto es nuevo para mí.
—¿La sigues amando? —se atrevió a preguntar.
Él tardó un segundo en responder.
—Durante toda mi vida pensé que era imposible no hacerlo.
—Se metió las manos en los bolsillos y se encogió un poco—.
Cuando llevas siglos sintiendo lo mismo, crees que no sabes hacer otra cosa.
Pero con el tiempo me he dado cuenta de que Eda siempre fue más mi amiga que otra cosa.
Me costó aceptarlo, sí…, pero ahora tengo cada vez más claro que lo que nos unía era eso. Una buena y profunda amistad. Nada más.
—Durante todos esos siglos…, ¿has conocido a alguien más, además de ella?
La mano invisible que le acariciaba la mejilla desapareció. Dalton alzó entonces la mirada hacia el cielo, donde las estrellas titilaban y las auroras boreales comenzaban a formarse, derramando tonos azulados que le bañaban la piel.
—Por voluntad propia, no.
La respuesta la golpeó en forma de una tormenta dolor.
Después, de rabia, al comprender que alguien había abusado del hombre que tenía delante por ambición, por codiciar el trono, por el simple deseo de manipular.
Algo oscuro empezó a despertarse en su interior, afilado y peligroso.
El instinto asesino le prendió en el pecho, el mismo que siempre la había protegido, pero lo contuvo.
Porque bastante duro debía de haber sido para él decirlo en voz alta.
Se deslizó sobre el hielo hasta quedar frente a él y le tendió la mano.
—¿Sabes bailar?
Dalton le miró la palma unos segundos, entendiendo la invitación… pero sin aceptarla. En lugar de eso, pasó un brazo por su cintura y la atrajo hacia él. Savannah chocó suavemente contra su pecho; aún recordaba su torso desnudo en aquella bañera, la sensación de su piel.
—Por supuesto que sé bailar —murmuró él, inclinado hacia su oído—. La duda es si tú sabrás seguirme.
Savannah rio por lo bajo y deslizó los brazos hasta rodearle el cuello. Le gustaban sus hombros, su altura, la manera en que sus cuerpos encajaban.
—Ya has visto cómo me muevo peleando.
Los dos comenzaron a patinar sobre el hielo, que respondía a cada paso encendiéndose bajo sus filos.
De pronto, Dalton la hizo girar; el vestido se abrió como una flor en pleno movimiento y, al cerrar la vuelta, Savannah regresó a su pecho.
Podría haberse quedado así durante horas, respirando su olor mezclado con la nieve.
Cuando alzó la vista hacia su cuello, Dalton ya no miraba las auroras: la observaba a ella.
Tenerlo tan cerca, en otro momento, la habría puesto nerviosa.
No llevaba la máscara negra en las pestañas, solo ese rubor rojo que siempre se aplicaba en las mejillas; el cabello no estaba perfecto ni en su sitio.
Durante años había aprendido a presentarse ante el mundo como una obra terminada, pero allí, frente a Dalton, entendió que no necesitaba estar perfecta.
No con él. Porque por primera vez no sentía que la estuvieran evaluando, sino mirando de verdad.
—¿En qué piensas? —preguntó ella sin apartar la mirada.
—En demasiadas cosas que aún no sé cómo decirte. Pero, sobre todo, pienso en besarte. En preguntarte si puedo hacerlo.
Maldita sea. Estaba a un solo suspiro de sus labios.
«Bésalo», susurró algo muy dentro de ella.
«Bésalo».
Savannah se puso de puntillas.
«Bésalo, bésalo, bésalo».
—¡Señorita! ¿Está usted bien? —gritó un hombre desde la orilla, alzando un farolillo de fuego frostfire—. ¡Apártese de ahí! ¡Si el hielo se rompe, caerá al agua!
Savannah volvió en sí de golpe. Para cualquiera que la observara no era más que una mujer sola sobre un lago congelado. Nadie podía ver al fantasma que la tenía entre sus brazos. Y entonces, de repente, el contacto de sus manos sobre ella y su olor… se desvanecieron.
Dalton ya no estaba allí.
Con las piernas temblando, patinó hasta la orilla. Aun así, antes de abandonar el hielo, miró hacia atrás para buscarlo, aferrada a la absurda esperanza de que bastara pensarlo para que regresara. Pero el lago seguía vacío, como si nada hubiera ocurrido allí.
Suspiró, recogió su capa y pasó junto al hombre mayor que la observaba con desconcierto, tal vez convencido de que estaba loca.
Savannah murmuró una disculpa y echó a correr hacia la casa.
Dalton volvió a materializarse horas más tarde, arrancado del lugar al que Savannah había enviado su alma y arrastrado de vuelta hasta ella.
Y lo hizo aparecer allí.
A los pies de su cama.
Ella dormía entre las sábanas, con una pierna asomando por el borde de la cama. Su cabello rubio caía en ondas sobre la almohada, iluminado por la luz de la luna que se filtraba entre las cortinas. Pero lo que lo hizo apretar los puños fue aquel pijama traicionero de lencería rosa.
El encaje se le deslizaba por los muslos, subiendo lo justo para dejar la piel al descubierto, mientras el escote revelaba más de lo que debería, insinuando la curva de sus pechos bajo la seda.
Los había besado, los había recorrido con la boca y las manos, había memorizado su forma solo con haberla tocado una vez. Y ahora, al verla así, no deseaba otra cosa en el mundo que lanzarse sobre la cama, besar cada rincón de su piel, saborearla hasta casi matarla de placer.
«Cálmate y déjala dormir».
Pero joder…, es que estaba tan preciosa… Y no solo esa noche, sino siempre. Incluso agotada, incluso cuando las ojeras delataban su cansancio, incluso cuando llevaba días sin dormir lo suficiente porque nunca sabía negarse a quien la necesitaba.
Dalton la había visto regalar su capa a un niño que temblaba de frío, detenerse en mitad de la calle para escuchar a una anciana que solo quería hablar, gastar su propio dinero en medicinas para quien no podía pagarlas.
La había visto arrodillarse en la nieve para limpiar una herida, sonreír aun cuando el mundo la empujaba a endurecerse, seguir adelante cuando lo fácil habría sido mirar hacia otro lado.
Dalton sonrió para sí. Con cuidado, la cubrió con la sábana, ocultando aquel pijama como si fuera una provocación intencionada. Porque, claro, esa maldita mujer lo había hecho aposta. Sabía perfectamente que, tarde o temprano, él acabaría apareciendo… y que la encontraría así.
«Necesitas distraerte», se dijo a sí mismo.
Dalton se acercó a la mesa del comedor y pasó los dedos por la superficie, deteniéndose en los papeles esparcidos, hasta que algo le llamó la atención: un libro que reconoció de inmediato.
Aquel ejemplar había sido suyo durante siglos, un objeto mágico que servía de vínculo entre dos personas y que solo funcionaba si ambas poseían uno idéntico, unidos por la misma magia.
Dalton frunció el ceño, preguntándose quién tendría el segundo, aunque no tardó en atar cabos.
Recordó a Marcelin, la amiga con quien había peleado en la grieta.
De algún modo, Savannah debía de haberla avisado…
y ahora, ese libro era la prueba de cómo lo había hecho.
Al final decidió coger uno de los cuadernos, afilar un carboncillo y volver a sentarse en el sillón, con la esperanza de que algún día Savannah encontrara aquel cuaderno y pudiera reconocerse en sus trazos tal y como él la veía: como los lobos de las viejas leyendas, esas criaturas que aparecían cuando todo estaba perdido para guiar en la oscuridad.
Savannah era eso para él.
Su seeone.