Capítulo 17
Savannah no se equivocaba, en las últimas semanas, ambos habían pasado por alto demasiadas cosas.
Ella, absorbida por los pacientes con pérdidas de memoria, el embarazo de Lorelei y los niños del centro, no había prestado atención a las señales que el imperio le enviaba, a los rumores que se filtraban por las calles como corrientes de ai re frío entre los muros de piedra.
Los robos en Novadia habían aumentado. No era algo nuevo, pero nadie se lo había tomado en serio hasta que empezó a hacer preguntas.
La primera pista vino de su casera, quien trabajaba en una de las tabernas.
Le contó que cada día alguien aseguraba haber perdido algo: anillos, colgantes, retratos familiares, incluso juguetes infantiles.
Nadie sabía si eran simples hurtos o si aquellos objetos se desvanecían igual que los recuerdos.
Dalton la acompañaba siempre un paso por detrás.
Cuando Savannah hacía preguntas, él se limitaba a asentir o a negar con un leve movimiento de cabeza, su forma de avisarle de si la persona mentía o decía la verdad.
Gracias a su poder de vinculación, Savannah podía moverse con libertad, hablar con quien quisiera sin temor a ser reconocida por los ciudadanos ni por los guardias que patrullaban las calles.
Dalton se encargaba de borrar cada conversación de la memoria de quienes los veían, dejando tras de sí un vacío limpio, como si nunca hubieran estado allí.
En la primera taberna, se ganaron la confianza de los ciudadanos pagando una ronda.
En la segunda, Savannah fingió ser una comerciante de paso que aseguraba buscar un colgante robado, una herencia familiar.
Bastó con dejar correr el rumor. Los más borrachos hablaron más de la cuenta y mencionaron un mercado negro, intercambios en callejones tras las herrerías, mercaderes que ofrecían dinero por objetos personales y… peculiares.
—Oh, sí, la semana pasada me dieron una buena suma por un reloj que llevaba en la mano —contó un hombre robusto, con el cabello blanco y las mejillas rojas por la cerveza—. El reloj estaba hecho polvo, no funcionaba desde hacía años, pero era de mi padre.
—¿Y se lo vendiste? —preguntó Savannah, inclinándose sobre la mesa.
El hombre rio y levantó la jarra.
—Por esa cantidad, le habría vendido hasta mi alma.
Savannah giró discretamente la cabeza hacia Dalton, que lo observaba con el ceño fruncido.
—Pregúntale cómo era el comprador. Si puede recordarlo, aunque sea un detalle, puedo rebuscar en su mente.
—¿Recuerdas algo del comprador? ¿Su voz, su ropa? —insistió ella al anciano con una sonrisa amable.
—Era joven, de pelo rojo, creo.
Ninguno de los ladrones del bosque tenía el pelo rojo , le comentó a Dalton.
—No era un hombre. —Él negó despacio, sin apartar la vista del anciano—. El recuerdo está borroso, pero… se trataba de una mujer. Llevaba una capucha y modulaba la voz para parecer un hombre.
Iba tan borracho que no distinguía ni el género , bufó cansada.
—Dice la verdad.
Savannah volvió a mirar al hombre y luego recorrió la taberna con la vista. Habían hablado con varios de los presentes, y tras interrogar a cada uno de ellos había llegado a la misma conclusión: lo que había ocurrido en el bosque no había sido casualidad.
La noche siguió su curso sin detenerse por ellos.
Dalton avanzaba un paso por detrás por las calles de los barrios más oscuros de Novadia, los que se apiñaban contra las paredes de las montañas que rodeaban la ciudad.
Durante aquellos días de entrenamiento no solo le había enseñado a desvanecerse, sino también a usar la oscuridad de la noche a su favor; aunque, en el fondo, sabía que ella había practicado eso sola mucho más que con él.
Las sombras se cerraban y se abrían a su paso, espesándose en los callejones, deslizándose por los muros para ocultarla mientras avanzaba entre la nieve.
Al final de la calle aparecieron tres guardias imperiales, mortales entrenados que cumplían su ronda.
En Novadia quedaban pocos y, en las últimas semanas, el emperador había ido retirándolos paulatinamente.
Cuando Savannah los vio, las sombras la engulleron por completo.
Nada mal , la elogió Dalton. Pero ya los había visto unos segundos antes que tú. Estate más atenta.
Un resoplido le arañó la consciencia.
Eres un fantasma muy molesto, ¿lo sabías?
Céntrate. ¿Cuántos giros quedan hasta los callejones tras la herrería?
Al menos tres a la izquierda. No he estado por esas zonas, lo más lejos que he llegado es por donde me alojo ahora. Vio cómo borraba las huellas que dejaban sus tacones sin que tuviera que recordárselo. Pero tranquilo, tengo un buen sentido de la orientación.
Unos cuantos giros más en las calles y el aire empezó a impregnarse del olor a alcohol rancio y hierbas quemadas. Aquello eran los verdaderos suburbios del imperio.
Dalton alzó la vista hacia los tejados de piedra, bajos y angulosos.
—Veremos mejor si nos ponemos arriba… —Pero Savannah ya no estaba a su lado. Se encontraba sobre uno de los tejados, erguida. El vestido y los tacones no la ralentizaban; al contrario, parecían un desafío al equilibrio. Dalton negó para sí, resignado, y fue tras ella.
Él apareció a su lado y ambos se quedaron observando la calle. Abajo, la noche bullía entre trapicheos y movimientos nerviosos; intercambios fugaces, ojos alerta y sombras que entraban y salían de los locales.
Un grupo ataviado con capas abandonó un callejón y se encontró con otro; las bolsas cambiaron de manos sin una sola palabra.
El trato se cerró y ambos grupos se separaron de inmediato, como si nunca hubieran coincidido.
Después…, nada más. Dalton esperó a ver qué hacía Savannah, pero ella solo se giró y se dejó caer sobre el tejado mientras los copos de nieve descendían a su alrededor.
Dalton supo que estaba agotada. El poder le había pasado factura y ya no le quedaba margen para estirar más el cuerpo ni la magia.
—Esas dagas que les di a los ladrones eran mis favoritas —susurró Savannah minutos después, ya más recompuesta—.
Me costó horrores convencer a mi padre de que me dejara llevármelas conmigo.
Además, ¿no te diste cuenta de que, para aquel anciano, el reloj que le robaron era un recuerdo?
¿Y de que los peluches también tienen valor para los niños?
¿Y esa petaca que le arrebataron al otro hombre… ? Se la había regalado su mujer.
—¿A dónde quieres llegar? —preguntó ofreciéndole un trozo de chocolate que llevaba en el bolsillo—. Toma, te hace falta azúcar.
—Lo que quiero decir es que no buscan el valor de las armas en sí.
Ni el metal, ni la artesanía. Lo que buscan es el valor que tú les das; tal vez creen que, cuanto más te importan, más poder contienen.
¿Y si no estaban robando por codicia, sino porque alguien les había susurrado qué buscar?
¿Y si la Dama no necesitaba crear poder, sino recolectarlo allí donde ya existía, en la memoria, en el apego humano?
La idea le erizó la piel. La magia no respondía a la violencia, sino a la emoción. Y eso la hacía infinitamente más peligrosa.
—Nunca he oído hablar de objetos capaces de otorgar poder solo por su valor sentimental.
Savannah se metió el trozo de chocolate entero en la boca y habló:
—Tal vez los mortales saben algo que nosotros, los inmortales, hemos olvidado. Sería poético, ¿no crees? Que los que no tienen magia sean quienes descubran cómo usarla.
Savannah, con su cuaderno guardado dentro de la capa, anotaba todo lo que lograban averiguar.
No se cruzaron con ningún jinete en el camino, pero, al pasar frente a la casa de Lorelei, sintió un nudo en el pecho.
A través de la ventana vio el resplandor del fuego, las siluetas moviéndose, las risas que escapaban de las paredes.
Lorelei y Alvi parecían felices, ajenos a todo, sin rastro de sufrimiento.
Habían alcanzado el otro extremo de Novadia caminando. A ambos lados se extendía la ciudad, separada por el lago congelado, y la luna llena regalaba su reflejo sobre el hielo.
—Tus pensamientos son lo único que escucho —dijo Dalton mientras caminaban por la orilla, sus botas crujiendo sobre las piedras.
—Llevo semanas luchando contra una magia que borra los recuerdos de las personas. Pero… ¿en qué nos convierte el hecho de que ahora seamos nosotros quienes lo hacemos? ¿Dónde queda la moralidad? Ellos no me lo pidieron. Nadie lo hizo. Son felices solo porque no saben la verdad.
A su lado, Dalton echó los hombros hacia atrás.
—Lamento ser un fantasma. Si me vieran, podría haberles dado la opción de elegir, de decidir qué querían olvidar o recordar. Pero te diré algo, Savannah. Ya he hecho esto antes, los jinetes me imploraban que borrara sus recuerdos, que les quitara el peso de lo que habían visto o hecho.
—Nunca sabremos si de verdad eso era lo que habrían querido.
—No. Nunca lo sabremos.
Aquella semana, Savannah había descubierto muchas cosas sobre su fantasma, pero apenas había rozado la superficie de quién era en realidad.
Sabía todo lo que él le había contado, lo inevitable, la sensación de que quizá nada de lo que hiciera cambiaría el destino del imperio.
Y aun así, se negaba a rendirse. Seguiría buscando respuestas.
Porque, si el final ya estaba escrito, al menos quería encararlo haciendo lo único que sabía hacer de verdad: ayudar.
Siempre había creído que incluso la luz más pequeña podía desafiar a la oscuridad, y aunque el suyo fuera un gesto insignificante frente a una guerra inminente, lo haría de todos modos.
Porque esa era su forma de resistir.
El aire silbó y Savannah sonrió. Aquel lago había sido suyo mucho antes de la guerra. En su mente reaparecieron Moonveil y Bonibell, el pegaso de Marcelin, trazando espirales sobre sus cabezas mientras ellas patinaban sobre el hielo décadas atrás.
Era solo un recuerdo, pero durante un instante se dejó habitar por él.