Los hilos del imperio Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—Es el alfa. No lidera desde el frente, se queda atrás para vigilar al grupo, asegurarse de que nadie se despiste, de que no haya algún peligro siguiéndolos.

—¿Es común verlos en los bosques?

—No, divisarlos ya es extraño, pero hacerlo antes de que caiga la noche… se considera un milagro.

—Entonces ¿qué hacen aquí?

Decirle que nunca había visto a los seeone aparecer así, sin motivo aparente, podría inquietarlo. Porque, en el fondo, estaba convencida de que estaban allí por él.

—Los milagros nunca pueden explicarse.

La manada retomó el paso sin prestarles atención, y el bosque, que parecía haber contenido el aliento igual que ella, volvió por fin a respirar.

Dalton la miró durante unos segundos que se estiraron hasta volverse insoportables.

Luego, el brillo de sus ojos se apagó, arrastrándolo de nuevo a aquella marea melancólica que le hundía la mirada y lo alejaba de todo.

Era como si algo dentro de él le susurrara, una y otra vez, que nada merecía realmente la pena.

—Vuelve a desvanecerte unas cuantas veces —carraspeó mientras recuperaba ese maldito tono autoritario y se apartaba un paso—.

Creo que el verdadero motivo por el que los seeone están abandonando el bosque es porque das auténtica pena haciéndolo.

Así que venga, practica. El espectáculo se acaba cuando el sol se esconda, y aún nos quedan unas cuantas horas.

Idiota , pensó Savannah, apretando los labios para no sonreír.

—Eres toda una loba, Alteza.

Dalton sentía envidia de la facilidad con la que Savannah conseguía sonreír incluso cuando todo iba mal.

La admiraba más que a cualquier otra persona que hubiera conocido, incluso más que a Misso y Alexander —sus amigos, su familia—, con quienes había compartido una vida entera y a quienes echaba mucho de menos.

La observaba desde la ventana. Había aprendido a desaparecer incluso para ella, a darle espacio para que descansara de un mundo que nunca le daba un respiro.

Él, en cambio, no dormía. Así que salía a caminar sin rumbo por las calles heladas hasta llegar al claro, donde pasaba las noches con Moonveil, cuidando de sus alas, atento a cualquier cosa que se moviera demasiado cerca.

Era una forma de sentir que existía, de ser útil mientras los recuerdos le mordían por dentro. Y aun así, ni siquiera en medio de esa maldita vigilia constante la melancolía se disipaba.

Moonveil, ya acostumbrada a esas vigilias, lo cubría con su ala herida para protegerlo de la nieve. Y allí se quedaban, juntos, hasta que el cielo clareaba y el día los obligaba a empezar de nuevo.

—Otra vez —ordenó Dalton—. Desvanécete.

—Estoy cansada —protestó Savannah.

—¿Desde cuándo una jinete de dragón se cansa? Nunca he oído semejante excusa. Dos veces más. Veinte metros y vuelves.

Savannah miró el bosque. Era precioso, sí…, pero había empezado a odiarlo. Había perdido la cuenta de los árboles contra los que se había estampado y de los moratones que se le dibujaban por todo el cuerpo.

—Creo que me ha dado un bajón de azúcar.

—Las piernas le temblaron y las manos se le volvieron torpes cuando se apoyó en la corteza del árbol.

Dalton ya estaba frente a ella. Sus palmas se posaron en sus hombros para masajearlos despacio.

Savannah cerró los ojos sin darse cuenta, dejándose llevar por la agradable sensación—.

¿Cuánto tiempo voy a tener estos mareos? Son insoportables.

—Quédate muy quieta.

La voz ronca y masculina que le habló no venía de Dalton.

El frío se le clavó en la nuca antes incluso de mirar. Por encima de los hombros de su fantasma, Savannah vio tres figuras abrirse paso entre los árboles.

Eran tres mortales demacrados, cubiertos de nieve hasta las rodillas, con la ropa hecha jirones y un hedor agrio que llegaba hasta donde Savannah estaba.

Tenían la piel pegada a los huesos, los labios agrietados y los ojos hundidos.

No lo veían a él; sus miradas, fijas y hambrientas, estaban clavadas únicamente en ella.

—Su Alteza, no queremos hacerle daño —advirtió el que iba delante, alzando las manos en señal de rendición.

—¿Qué es lo que queréis? —preguntó ella, rodeando a Dalton con disimulo.

El más joven alzó la vista al cielo, inquieto; seguramente había notado la sombra que se movía entre las nubes. Moonveil ya habría percibido el miedo de Savannah y estaría descendiendo.

—D-danos tus armas… y tus joyas —balbuceó el segundo, que no parecía tener tantas ganas de negociar—. ¡Ahora!

Dalton dio un paso hacia delante, pero Savannah lo detuvo. Aquel gesto bastó para que los tres mortales reaccionaran al instante. Desenvainaron sus armas y las apuntaron directamente hacia ella.

No. Déjame esto a mí.

—¡Te hemos dicho que nos des las armas y las putas joyas, Su Alteza! Sabemos que no tienes magia y somos tres contra una. Hazlo y nos iremos sin causarte daño.

Savannah mantuvo la calma, incluso esbozó una sonrisa.

—¿Y para qué querríais mis armas? —Observó las dagas que ellos sostenían—. Las vuestras están forjadas con acero del norte, ¿no? Más grandes, más pesadas… y con mucho más valor que las mías.

El que iba al frente perdió la paciencia y avanzó un paso sobre la nieve, dejando una huella profunda.

Savannah se descolgó las dos dagas del cinturón.

Eran de un tono fucsia apagado, sin incrustaciones ni metales valiosos, tal como las había mandado forjar.

En los últimos meses, los robos se habían multiplicado; los mortales ansiaban armas para defenderse de lo que ni ellos sabían nombrar.

Pero Savannah nunca les había prestado atención… hasta ahora.

—¿Es esto lo que queréis?

Vio cómo los ojos de los tres brillaban con codicia antes de que se miraran entre sí, nerviosos.

—Déjalas en el suelo y aléjate. También las joyas que lleves.

La rabia le subió desde el estómago hasta la garganta, igual que aquella vez en la grieta, cuando Kilian la tenía atrapada bajo él.

—Tienes el poder de la muerte, Savannah —le recordó Dalton.

Por un segundo estuvo a punto de ceder. Algo oscuro se removió en su interior, una presión antigua empujando desde dentro, pidiendo salir. Las sombras respondieron a ese impulso, densas, expectantes, listas para desplegarse y borrar cualquier resistencia.

Ni siquiera pensó en las armas que llevaba; no las necesitaba. Apretó los dientes y obligó a sus manos a relajarse, a soltar la tensión que le recorría los músculos. Con un gesto deliberado, obedeció y dejó que cayeran sobre la nieve.

Dalton no se movió para intervenir; la estaba dejando actuar por su cuenta. Parecía curioso, casi entretenido, y eso la tranquilizó. Si había sido capaz de dejar inconsciente a un inmortal tan peligroso como Kilian, tres mortales harapientos no supondrían ningún desafío.

Se nota que a ti también te puede la curiosidad, emperador , canturreó ella mientras se quitaba los pendientes y se los mostraba.

Los tres hombres los miraron con codicia y asintieron, ansiosos por tenerlos, aunque eran las piezas más simples que poseía. Jamás habría llevado a Novadia sus verdaderos tesoros.

—Parece que saben lo que hacen —observó Dalton, dando un paso hacia ellos—.

Pero también saben que las baratijas que les estás dando no tienen valor alguno, cuesta más conseguir comida.

—Siguió avanzando mientras los analizaba con una mirada tan fría que Savannah sintió un escalofrío.

Era la mirada de un depredador midiendo a su presa—.

Llevan más cosas. Joyas, armas escondidas en las bolsas…

y también muñecos, objetos de niños, cosas sin valor aparente. ¿Para qué querrán todo esto?

Léeles las intenciones , le pidió.

—Dé dos pasos hacia atrás, Su Alteza —balbuceó el primero, apuntándole con un arma que ni siquiera sabía usar, algo evidente por cómo le temblaban las manos, nervioso como un pajarillo.

—No quieren hacerte daño —le informó Dalton—. Están aterrados. Saben quién eres, lo que puedes hacer, pero también que no los matarías. Creen que tienes un buen corazón.

Entonces ¿por qué robarme?

—Poder.

Ella se alejó tal y como le habían pedido, más intrigada que temerosa. No pensaba enfrentarse a los mortales ni hacerles daño; la ira se había esfumado y, en su lugar, se había instalado una punzada de lástima.

El batir de unas alas poderosas rasgó el aire. El joven que miraba al cielo se quedó mudo al instante.

—¡Cógelas y vámonos! —gritó.

Moonveil surgió entre las copas de los árboles con un rugido que hizo temblar la nieve de las ramas. Sus alas rozaron las hojas más altas, y la luz del atardecer pareció extinguirse bajo la sombra inmensa de su cuerpo.

La noche cayó de golpe.

—¡Corred! Y si os vuelvo a ver por aquí, haré que os corten las manos por ladrones —juró Savannah mientras los veía desaparecer entre los árboles. Las bolsas, repletas de objetos, golpeaban los costados de los ladrones con cada zancada al tiempo que corrían a toda prisa.

Moonveil sobrevolaba la zona en amplios círculos, rugiendo con impaciencia. Durante la última semana sus alas habían sanado por completo y nadie había vuelto a atacarla en la oscuridad.

Savannah bajó la cabeza hacia las huellas marcadas en la nieve. No se dirigían a la ciudad, sino a los pueblos, lejos de la cordillera. Los ladrones habían aparecido sin hacer el más mínimo ruido y, concentrada en dominar su nuevo poder, no los había sentido acercarse.

Era una idiota por haber pasado por alto un peligro tan evidente.

—¿Por qué no los has castigado por robar? —preguntó Dalton, quieto en el lugar donde habían estado los mortales.

—Algo huele muy mal, me he pasado semanas obsesionada con el Olvido y he dejado de mirar el resto, pero estos robos parecen más organizados de lo que pensaba.

—Si vas a investigar los robos, hazlo después de que caiga el sol.

—Cuando se haga de noche ya los habremos perdido.

—La anciana te lo advirtió el primer día: vandalismo, disturbios… y los guardias de tu padre mirando hacia otro lado.

—¿A dónde quieres llegar?

Dalton alzó la vista hacia la ciudad, donde empezaban a encenderse las primeras luces.

—A que no es un solo grupo. Y a que, si los sigues ahora, solo verás la punta del iceberg. —La miró de reojo—. Es fin de semana, mañana nadie madruga. La gente beberá, bajará la guardia, hablará de más…

Ella soltó una risa breve.

—Así que así investigabas cuando eras emperador.

—El alcohol es más eficaz que cualquier interrogatorio. Y mucho más limpio.

—De acuerdo, lo haremos a tu manera. —Savannah echó a andar en dirección a la ciudad—. Además, contamos con un lector de mentes entre nosotros.

—Ese no es juego limpio, Alteza. —Una sonrisa ladeada le curvó los labios, las manos hundidas en los bolsillos.

—Nunca dije que lo fuera. Vamos, si hay algo que descubrir, esta noche lo averiguaremos.