Capítulo 16
—No.
Savannah se negó de inmediato; el plan de Dalton era una locura.
Él le había confesado que, antes de morir, había sido emperador, que su mundo se había consumido en fuego hasta quedar reducido a cenizas, que todo cuanto amaba había desaparecido.
Y aun así, lo que realmente lograba asustarla no era aquella historia, sino lo que él le pedía ah ora: poner a prueba el poder de la muerte.
—No voy a desvanecerme.
—No era una pregunta.
—No creo ser capaz. He visto cómo lo hace Skylar, cómo su cuerpo se convierte en humo y sombras, pero eso… eso no es algo que yo pueda hacer.
—Deja de dudar —la interrumpió—. Si intentas llegar al Refugio con Moonveil, te interceptarán antes de cruzar siquiera las montañas.
En cambio, si usas el poder de la muerte, podrás moverte entre las sombras.
Los jinetes no vigilan lo que creen que no existe; mientras ellos buscan alas en el cielo o pasos en la nieve, tú podrás deslizarte delante de sus narices.
Es la única forma de entrar sin levantar sospechas.
Savannah miró a su alrededor. Habían caminado hasta uno de los bosques más antiguos y majestuosos de la cordillera de Novadia: las secuoyas lumínicas de Arven, árboles tan altos que sus copas se perdían entre la niebla.
Sus hojas desprendían un brillo azul verdoso, y en sus troncos, la corteza se movía lentamente, formando lo que parecían ojos dormidos que se abrían solo con la luna llena.
Se decía que eran los árboles guardianes, capaces de recordar cada voz, cada palabra pronunciada bajo su sombra, y susurrarla siglos después a quien supiera escuchar.
Dalton había caminado observándolos con asombro. Savannah estuvo a punto de preguntarle por qué los miraba como si nunca hubiera visto nada igual, pero se mordió la lengua. La pena la golpeó al pensar que, en el futuro del que él venía, aquellos árboles ya no existían.
—Dime qué debo hacer. —Lo vio dudar, y bufó—. ¡Oh, venga ya! Menudo maestro estás hecho.
Dalton la fulminó con la mirada.
—El poder de la muerte puede darte muchas cosas, pero hoy vas a aprender la más fácil de todas: desvanecerte.
Savannah abrió la boca para preguntar cuáles eran esas otras cosas, pero algo en su interior le dijo que lo descubriría tarde o temprano.
—¿Cómo demonios sabes todo esto?
—Es una historia larga, y no tenemos tiempo para cuentos. Pero el resumen es simple: todo mi ejército recibió una gota del poder de la muerte. Mis líderes, mis jinetes…, todos.
—¿Y tú no?
—Me negué.
Savannah abrió los ojos con incredulidad.
—¿Te negaste y ahora me has obligado a mí?
—Te he dicho que es una historia larga, y tiene que ver con la mierda de valores que quería defender, ahora pienso distinto.
—Suspiró, molesto consigo mismo, y se sacudió la nieve que le caía sobre el cabello negro—.
Lo que quiero decir es que, aunque no acepté el poder, estuve en las lecciones.
Vi cómo lo hacían, aprendí lo necesario.
—Señaló una secuoya cercana, cuyas raíces emitían un resplandor violáceo bajo la nieve—.
Cierra los ojos, concéntrate en ese árbol.
No lo pienses demasiado, no luches contra el poder. Deja que te encuentre.
—¿Y si no funciona?
—Entonces te caes de bruces en la nieve y aprendemos por las malas.
Maldita sea, estaba nerviosa. Había vivido siempre rodeada de magia —la inmortalidad poseía la suya propia—, pero nunca había tenido un vínculo que le permitiera conectar con algo más allá de su cuerpo, más allá del mundo tangible.
Por primera vez, la magia no iba a rodearla, sino a atravesarla; no sería una mera espectadora, se convertiría en el conducto mismo por donde respiraba el poder.
«Puedes hacerlo —se dijo cerrando los puños—. No eres una maldita cobarde».
Se concentró, obligando a su cuerpo a obedecerla, le pidió que se desdibujara, que desapareciera del mundo físico.
Las botas rosas se hundieron en la nieve, y la humedad se filtró por el tejido y empapó el uniforme, que se pegó a su piel, como si el propio mundo intentara retenerla un segundo más antes de dejarla ir.
Y luego no sintió nada.
Las sombras la reclamaron con suavidad y la oscuridad la rodeó, no para devorarla, sino para guiarla.
No gritó; no había miedo, solo una entrega tranquila, una rendición al poder que fluía dentro de ella.
Un instante después, el peso volvió, los pies hallaron la tierra y su cuerpo chocó de lleno contra algo sólido: el tronco de un árbol.
La frente le dolió, pero la risa le brotó igual, entrecortada, mientras caía de espaldas sobre la nieve y el mundo volvía a tomar forma a su alrededor.
—¡Joder, Savannah! —Dalton estaba encima de ella.
—Tenía hambre y al parecer el árbol era muy tentador —rio tan fuerte que el estómago le dolió. Quizá era la adrenalina o la felicidad pura de saber que, por fin, después de un siglo y dos décadas, la magia respondía ante ella.
—Levántate, hay mucho que mejorar. —Le tendió una mano. Savannah se la tomó, todavía riéndose, y se puso en pie. Dio un par de pasos torpes sobre la nieve y empezó a moverse, meneando las caderas con una sonrisa satisfecha.
—¡Anda! Si no ha sido tan difícil. —Bailoteó—. Te digo una cosa: perdiste tu oportunidad en vida. El mundo se mataría por un poder así.
—¿Y por qué crees que empiezan las guerras, cielo? —ronroneó Dalton contra un árbol, con los brazos cruzados.
Que la llamara «cielo» hizo que los dedos de los pies se le enroscaran dentro de las botas, pero no pensaba darle ese gusto. Puso los ojos en blanco y resopló, como si no le hubiera afectado en absoluto.
—No coquetees con una emperatriz. Puede ser muy peligroso.
—Un emperador tiene permiso para hacer lo que le venga en gana —replicó, y alzó el índice y se lo plantó en la frente—. Además, relájate. El árbol te ha dejado un chichón con motas brillantes; si frunces el ceño, se nota más.
—¿¡Qué!? —Le apartó la mano de un manotazo y rebuscó en su bolsa. Sacó un pequeño espejo, de esos que siempre llevaba por si acaso, y se examinó con atención. Al comprobar que no había nada, alzó la vista, indignada—. ¡Mentiroso!
—¿Quién demonios lleva un espejo encima en mitad de un entrenamiento?
—Una mujer previsora. Te vendría bien uno.
¿Quieres mirarte? —Le giró el espejo y lo acercó a ese rostro perfecto que, para su desgracia, se había colado en sus sueños más de una noche.
Dalton ladeó la cabeza de golpe; el gesto fue rápido…
y el siguiente, aún más. Le rodeó la cintura con una mano y la empujó contra el tronco del árbol hasta dejarla atrapada entre la corteza áspera y su cuerpo—. Pero ¿qué…?
Dalton le cubrió la boca y, apenas giró el cuello, sus ojos se abrieron de par en par y cada uno de sus músculos se tensó contra los de Savannah.
Lobos , fue lo único que dijo.
Savannah siguió la dirección de su mirada.
Una manada de lobos se deslizaba entre las secuoyas lumínicas, zigzagueando entre los troncos. Abrían la marcha dos machos atentos al terreno y al viento. A cierta distancia, flanqueando los costados, se movían varios exploradores, listos para reaccionar ante cualquier amenaza.
En el corazón de la formación avanzaban los más jóvenes y los más pequeños, protegidos por cuerpos adultos que no se separaban ni un palmo de ellos. Cerraban la fila otros lobos de gran tamaño, la retaguardia, que giraban la cabeza de forma constante para asegurarse de que ninguno se quedara atrás.
Pero lo más espectacular de la escena era su pelaje de un tono rojizo que absorbía la luz de los árboles y la devolvía en destellos suaves.
Savannah no pudo evitar sonreír contra la palma de la mano de Dalton al verlo completamente absorto, maravillado como un niño frente a algo que creía imposible.
Cuenta la leyenda que, cuando el mundo aún no distinguía entre la vida y la muerte, las almas erraban sin rumbo y el miedo caminaba libre entre los árboles.
Fue entonces cuando el bosque, cansado de ver cómo lo sagrado era profanado y los caminos se perdían en la oscuridad, ofreció parte de su propia esencia a unas criaturas que ya comprendían el equilibrio mejor que nadie: los lobos de la vigilia escarlata, los seeone , dijo Savannah infiltrándose en sus pensamientos .
—Seeone. —Dalton saboreó el nombre sin apartar la mirada de la manada mientras dejaba caer la mano despacio.
—Sí. —Savannah sonrió un poco más al ver el reflejo rojizo danzando en las mejillas de Dalton—.
No fueron creados para cazar ni para dominar, sino para custodiar el tránsito.
Dicen que su pelaje tomó el rojo del crepúsculo, ese instante frágil en el que la luz se resiste a morir y la noche aún no se atreve a caer.
Ese tono no es un color, es una señal. Cuando todo se oscurece y el camino se esfuma, ellos brillan lo justo para poder seguirlos.
»Los seeone no guían a quien no está perdido. Aparecen únicamente en el peor momento, cuando el miedo nubla la razón y la esperanza parece agotarse. Entonces caminan marcando una senda que no siempre conduce al destino que deseas…, sino al que necesitas.
Cuatro pequeños lobos se dejaron caer sobre la nieve y comenzaron a jugar. Empujaban el manto blanco con el hocico, rodaban los unos sobre los otros y daban volteretas torpes que levantaban leves remolinos a su alrededor. La manada entera se detuvo para observarlos, concediéndoles aquel instante.
—He visto muchas criaturas feéricas sin jinete en los bosques, pero estos lobos son fascinantes.
—Los son —concluyó Savannah separándose un poco de la corteza para observarlos mejor. Al hacerlo, sus manos quedaron más cerca, y los meñiques de ambos se rozaron. Fue un contacto mínimo, pero suficiente para que un escalofrío le recorriera el cuerpo.
Ninguno de los dos apartó la mano.
—¿Por qué hay uno que se queda al final, más alejado del resto? —susurró Dalton, aunque sabía que no podían oírlo.