Los hilos del imperio Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—Puedo contarte todo lo que sé. —Se sentó con cierta euforia contenida—.

No es mucho, nunca encontré registros exactos, solo fragmentos, leyendas muy antiguas.

—Apoyó los codos sobre la mesa y, por un instante, pareció el hombre que había sido años atrás, el estudioso que diseccionaba cada misterio del mundo—.

Pasé años buscando respuestas, rastreando la historia y los orígenes de la magia.

Savannah percibió en cierta medida aquel cambio y, contagiada por la curiosidad, se sentó frente a él con una sonrisa ladeada.

—¿Qué pasa? —Dalton arqueó una ceja.

—Es solo que parece que llevas siglos esperando contar todo esto.

—¿No estás molesta porque no te lo dijese antes?

—Skylar tampoco puede interferir en el mundo mortal. —Enlazó los dedos sobre la mesa—. Supongo que por eso no me lo contaste antes. Sabías que, si yo conocía todo esto…, podría alterar el equilibrio.

Dalton suspiró y desvió la vista hacia la ventana, aún era por la tarde.

—No sé si el mundo que conoces acabará mañana o dentro de quinientos años, pero si existe una mínima posibilidad de evitar lo que viene, si hay una forma de frenar lo que ya pasó, entonces yo también pondré mi grano de arena.

—Somos la esperanza personificada —rio ella por primera vez en días, llevándose una mano al pecho, justo donde la bata quedaba peligrosamente abierta.

Su mirada se desvió, apenas un segundo, lo suficiente para que ella lo notara—.

¿De verdad fuiste un emperador de cuatrocientos años?

Porque parece que no has visto a muchas mujeres desnudas.

Él inspiró hondo tratando de no sonreír. Sentía el vínculo tensarse entre ambos, ese hilo invisible que los unía sin remedio.

—No he visto a muchas mujeres desnudas, y mucho menos a una jinete de dragón.

—Qué pena, yo sí he visto a muchos. Nada fuera de lo común. —Movió una libreta hacia el centro de la mesa y tomó una pluma—. Empecemos, cuéntame todo lo que sepas sobre la guerra. Incluso si son leyendas o rumores, cualquier información puede servirnos.

Dalton apretó los dientes, molesto consigo mismo. No debía pensar en ese beso… y, aun así, su cabeza regresaba a él. Recordó el encaje perfecto de su cuerpo contra el suyo, el ritmo irregular de su respiración, ese gemido traicionero…

Se pasó la mano por la nuca y bufó.

Sí. Definitivamente había querido comérsela viva.

—Hay algo que se decía sobre el pasado —comenzó Dalton—. Hace milenios, mucho antes de que…

—¿De qué tú nacieras?

—Se decía que la magia no era libre, se arrancaba de la tierra, se exprimía de los cuerpos, se poseía a la fuerza. Y que, tras siglos de abuso, la magia hizo lo único que podía hacer para sobrevivir.

—Huir.

Dalton asintió.

—Se escabulló hacia abajo, filtrándose por las grietas, deslizándose entre las fisuras de la tierra hasta huir de la superficie.

Desapareció de la vista de quienes la consumían sin piedad.

Y creo que podemos intuir quiénes eran. Vi a los jinetes en Arcadia, en la grieta.

Usan la magia para marcar territorio y recordar a todos los mortales quién manda.

El poder de vinculación para ellos es estatus, y creen que eso les da derecho a disponer, a imponer, a follar sin preguntar.

La magia convertida en una excusa para no rendir cuentas.

—Sé cómo son mis jinetes, y mi padre. En este imperio, la magia va demasiado de la mano de la lujuria y del abuso de poder.

—El problema no es el imperio, son quienes se creen imprescindibles para sostenerlo.

Cuando yo era emperador, esto no pasaba.

Los jinetes eran libres, sí, pero no se consideraban por encima de nadie.

No había jerarquías basadas en el deseo ni en el poder mal usado.

La magia no suponía un privilegio para aplastar a otros, sino una responsabilidad.

No le hacía falta leerle los pensamientos a la mujer que tenía delante; sabía que la curiosidad la estaba matando, pero, en lugar de preguntar, rebuscó bajo unos papeles mal apilados, sacó un plato de galletas de chocolate que llevaba días allí y se puso a comérselas como si nada.

—¿Estaba prohibido el sexo en tu imperio?

—No he dicho eso.

—Ajá… Es que tienes toda la pinta de emperador estirado. De los que no saben divertirse.

Dalton soltó una carcajada breve pero sincera. Sabía lo que estaba haciendo: provocarlo. O, más bien, empujarlo a tomarse aquel tema con un poco más de humor después de lo que había ocurrido varias noches atrás.

—Nunca me interesó acostarme con cualquiera. —No era del todo mentira—. Siendo emperador, muchas mujeres no se habrían acostado conmigo por mí, sino por el trono.

Savannah tosió y casi se atragantó con la galleta.

—Tienen una percepción bastante distorsionada de la realidad. Más concretamente de cómo te ven.

Lo recorrió de arriba abajo sin ningún pudor.

—Deja de comerme con los ojos, Alteza, y termínate la galleta —añadió señalando el plato—. Y no, no lo digo por falta de atractivo. No tengo tan poca autoestima. Tú ya me entiendes.

Savannah sonrió, esa vez sin burla.

—Creo que no te veían como un trono ni como un cuerpo. Te veían como lo que eras: un buen emperador… y un buen hombre.

Aquellas palabras lo golpearon más fuerte de lo que esperaba. No porque fuesen un halago, sino por todo lo que habían hablado antes, por todo el miedo que Savannah había visto en él cuando lo tocó.

Dalton cambió de tema:

—Además, volviendo al sexo, durante los primeros años los jinetes no pueden acercarse a los mortales.

La falta de control sobre la magia puede matarlos.

Cuando por fin aprenden a controlarla, entonces sí.

Disfrutan del sexo como cualquiera, sin necesidad de sentirse superiores.

Aunque, bueno… —se encogió de hombros— es inevitable que algunos tengan el ego subido, pero para eso estoy yo… o estaba.

Savannah bajó la mirada al suelo que había bajo sus pies.

—Nos hemos desviado del tema, pero tienes razón. Puede que la magia esté desapareciendo porque los jinetes la consumen sin miramientos. Pero ¿hacia dónde va?

—No sé si puedo contarte todo lo que sé —admitió Dalton—. Ni siquiera cuando era emperador comprendía del todo la guerra del pasado, ni la que se nos venía encima. Hace no mucho supe de la existencia de una ciudad bajo el imperio… ¿Has oído algo sobre eso?

—No. Nada sobre ninguna ciudad —vaciló ella—.

Siempre nos han enseñado que la magia ha estado ahí, formando parte de la tierra: en los bosques, en las criaturas, en lugares concretos donde parece concentrarse.

Los mortales, en cambio, son los únicos que no tienen acceso directo a ella, y nadie se ha parado nunca a preguntarse por qué.

—Se cruzó de brazos, inquieta—. Se nos repite que la magia es libre, que fluye donde quiere, pero no es del todo cierto.

Hay zonas en el imperio donde es más intensa, como Aurik, y otras donde apenas se percibe.

En Novadia es débil y en Arcadia…, lo viste tú mismo.

—También se dice que la ciudad… no es solo una ciudad —añadió él—. Que es una especie de prisión.

—¿Una prisión para qué?

—Ahí abajo hay un monolito, se llama el Ojo de Nyxar, una estructura capaz de drenar la magia, de anularla por completo. Yo… —Se pasó una mano por el cabello, revolviéndolo con nerviosismo—. La Dama está buscando el Ojo de Nyxar.

Savannah dejó la galleta a medio comer sobre el plato; la porcelana tintineó al tocarla.

—¿La Dama? ¿Existe de verdad la portadora de la llama valirio?

Dalton la miró, atónito.

—¿Aquí nadie habla de ella?

—Sabemos que procede de Valdemar, sí…, pero nunca hemos visto su fuego esmeralda. Su nombre solo aparece en leyendas, como si fuera otro mito más.

—Yo también lo creía. Pensaba que Iron Shadow era quien tenía el poder de la llama valirio en sus manos, no sabía nada de ninguna mujer.

Pero ahora que lo he visto con mis propios ojos sé que la llama valirio no es ningún mito.

Ella fue la chispa que encendió la Gran Guerra.

La fuerza que empujó a Kaiserin, la primera llama, a intentar destruir el mundo entero.

No Iron Shadow, a quien yo creía culpable.

—Mi hermano no tuvo nada que ver con eso.

—Soy consciente. Pero durante siglos nadie me había desmentido esa versión.

—Kaiserin es la portadora de la llama azul. Eso sí lo sé.

—¿Qué sabes de ella?

—Que es el fénix, la imagen misma del resurgir.

Su llama no cambia de portador ni de cuerpo.

Cuando muere, pueden pasar siglos… e incluso eras enteras antes de que renazca.

Es la criatura más inmortal que existe sobre la tierra, más que la muerte.

Mi hermano intenta resolver asuntos en Bankai, pero se le escurren entre los dedos.

—Soltó una risa amarga, sin un atisbo de humor—.

El futuro parece ya escrito. Y, si lo que se avecina es una guerra de llamas…

, nadie podrá detenerla. Ni siquiera la muerte, por muy poderosa que sea.

—No debería haberte contado nada… No es fácil cargar con la idea de que todo puede acabar así.

—Valoro tu sinceridad, Dalton. Y creo que ninguno de los dos puede controlar lo que viene, pero sí podemos prepararnos. —Deslizó la pluma entre los dedos—. Debería anotarlo todo. ¿Puedes empezar desde el principio?

Dalton recorrió la estancia con la mirada y, tras un segundo de silencio, negó despacio.

—Tengo una idea mejor. —Se levantó de la silla, que chirrió al arrastrarse por el suelo—. Llevas una gota de la muerte en el cuerpo. Y antes de esa reunión, vamos a tener que probarla.

Savannah cerró el cuaderno.

—Solo dime qué tengo que hacer.