Los hilos del imperio Capítulo 15
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Capítulo 15

El sonido de unas arcadas procedentes del baño privado hizo que Dalton se incorporara de inmediato.

Abandonó los dibujos sobre la mesa y echó a correr hacia la habitación de Savannah, donde la encontró arrodillada frente al inodoro, con las manos apoyadas a cada lado, vomitando lo poco que él había conseguido que comiera aquella mañana.

Dalton se arrodilló detrás de ella y le recogió la melena dorada en un puño mientras con la otra mano le acariciaba la espalda.

Savannah no había mencionado el encuentro con Iron Shadow, pero no le hizo falta. Él lo supo en cuanto la besó aquella noche. Las sombras en las esquinas no solo se estremecieron, se inclinaron hacia ellos, la oscuridad se pegó a su piel como si celebrara algo que ni él mismo entendía.

Comprendió que Skylar le había entregado la gota de poder.

—Solo es el precio a pagar. —Dalton le ofreció un paño—. Tu cuerpo se está acostumbrando a la magia.

—Odio vomitar. Aunque… —ella lo miró con los ojos encendidos, todavía arrodillada— una parte de mí sabía que esto iba a pasar.

Cuando me vinculé a Moonveil me tiré dos semanas con fiebre.

Pero desde entonces no me pongo enferma.

—Dejó caer el trapo a un lado—. Supongo que no me viene mal que el cuerpo me recuerde de vez en cuando que sigo siendo de carne y hueso.

Savannah se levantó despacio y tuvo que apoyar una mano en la pared para no caerse de lado. Se ajustó la bata rosa palo al pecho y avanzó hasta el espejo. Frunció el ceño al mirarse.

—Por todos los dioses… —Se inclinó hacia el espejo hasta casi pegar la nariz al reflejo—. En momentos como este agradezco ser una jinete. No quiero ni imaginar estas ojeras siendo mortal. —Se estiró la piel del rostro—. Dalton. Mi crema. Ya.

Él ni siquiera preguntó cuál, la había visto aplicársela mañana y noche, sin excepción.

—Rápido, Dalton —insistió sin mirarlo siquiera.

Él fue directo al estante y tomó el tarro correcto: el de cristal azul. No el dorado. Jamás el dorado; ese era solo para las noches.

Se lo tendió y Savannah se aplicó la crema; solo entonces pareció calmarse.

—Mucho mejor —murmuró al cerrar el envase.

Sin añadir nada más, volvió a meterse en la cama y se arropó hasta la barbilla, como si él no estuviera allí.

Llevaba dos días sin moverse de ese lugar, hecha un ovillo entre las sábanas, sin atender a un solo paciente y comiendo apenas un par de bocados.

No quedaba ni rastro de sus vestidos rosas, ni de sus uñas cuidadas, ni de la melena rubia que siempre parecía brillarle; ahora tenía el cabello enredado, la piel pálida y los ojos apagados.

Dalton sabía que no era culpa únicamente de la gota de poder; había visto a sus jinetes soportar mareos y náuseas, pero nunca algo así. El dolor de Savannah no era solo físico. Y él sabía que gran parte de ese peso en su mente, de esa oscuridad que la tenía hundida, era culpa suya.

A veces, mientras Savannah dormía, sus pensamientos se deslizaban dentro de la mente de Dalton sin pedir permiso: la culpa por haber borrado de la memoria de aquellos padres la muerte de su bebé, por no saber cómo manejar el olvido, por no sentirse suficiente…

Pero, entre todos ellos, uno lo atravesó con fuerza: el remordimiento de haberlo asustado cuando lo besó.

Ese fue el pensamiento que más le dolió escuchar.

Él no se arrepentía de haberla besado. Dioses…, aún tenía el sabor de sus labios en la boca, el perfume a flores aferrado a su piel, la suavidad de sus muslos grabada en la palma de su mano. Y aquellos jadeos seguían repitiéndose en su cabeza una y otra vez hasta volverlo jodidamente loco.

Pero cuando Savannah le arrancó la camisa, algo dentro de él se desequilibró. No fue el deseo —ese seguía ardiendo, indómito, voraz—, fue el recuerdo. La imagen de la Dama sobre él susurrándole órdenes mientras lo despojaba de todo.

De su fuerza.

De su voluntad.

De sí mismo.

Maldita sea, se sentía tan poco hombre por aquello.

Como si su masculinidad se hubiera hecho añicos aquella noche y cada intento de recomponerse solo le recordara que seguía roto.

El momento que debía hacerlo sentir vivo, en paz y feliz…

se había desmoronado. Porque, en cuanto Savannah lo tocó, algo dentro de él se quebró.

Su mente, ingrata y cruel, no le devolvió el tacto de sus manos suaves, sino el recuerdo de otras, ajenas y sucias, que aún lo perseguían en la oscuridad.

Si Dalton hubiera podido vomitar, lo habría hecho.

Si su cuerpo aún fuese humano, se habría encerrado en un armario durante días, hasta que el mundo olvidara su nombre.

Como el cobarde en el que se había convertido a lo largo de esos malditos meses, habría arrastrado su culpa como una sombra pegada a la espalda, fingiendo entereza cuando por dentro no quedaba nada más que ruina.

Pero no iba a hacerlo, tenía que levantar la cabeza y centrarse en ella.

—No debí haberte puesto en esa situación —dijo él desde el otro lado de la habitación, recostado en el sillón.

Bajo las sábanas, Savannah se movió.

—Soy la futura emperatriz, fue mi decisión y la asumí.

No necesito que nadie me proteja de mis propias elecciones.

Pero no estoy así solo por haber borrado la memoria de unos padres.

—Se incorporó—. Lo que me enfurece es que no hubiera ni un solo jinete allí.

Nadie más se hizo cargo. Solo yo. Como siempre.

—El bebé no habría sobrevivido de todos modos. Ese era su destino.

—Tú no sabes nada del destino. Nada está escrito, nada está dictado. Que nunca antes haya nacido un hijo de dos inmortales no significa que sea imposible.

—La esperanza también mata, ¿lo sabías?

Ella se levantó de la cama y la bata se deslizó por sus hombros, resbalando hasta dejar al descubierto parte de su piel.

—¿Y tú qué sabes de la esperanza, Dalton? Apenas sé quién eres, pero todo lo que me demuestras es que te pareces a ellos.

—¿Eso crees?

—Sí. —Dio un paso hacia él—. Como los que prefieren mirar a otro lado cuando una mujer va a perder a su hijo.

Como mi padre, que me envió aquí con la excusa de ser una simple matrona, cuando lo único que quería era que me cansara de ayudar, que me rindiera, que dejara de creer que podía cambiar algo.

Porque, claro, para ellos la compasión es una debilidad.

Él se incorporó con los puños apretados.

—No me hables de esperanza. He visto decenas de embarazos de inmortales fracasar; decenas, Savannah, y llevo siglos cargando con eso.

He tenido esperanza por necesidad, no por fe.

La esperanza de que las guerras acabaran, de que millones de personas bajo mi cuidado no murieran, de que mis jinetes y mis soldados no fuesen arrastrados a otra masacre que yo no podía evitar.

La esperanza es un lujo cuando eres quien debe sostener a otros, pero es también lo que termina matándote más lento.

—Eras el emperador…

—Lo fui.

Pareció que toda la rabia que la había obligado a levantarse de la cama se evaporaba de golpe, y en su lugar, la incertidumbre se le dibujó en el rostro, desplazando cualquier otra emoción.

—Parecías desconcertado la primera vez que viste a los dragones sobrevolar la ciudad, y no porque nunca hubieras visto uno, sino porque jamás habías visto tantos. Nadie va a sobrevivir…, ¿verdad?

Sus puños no aflojaron el cierre; Dalton repasó con la mirada ese rostro que tenía delante, buscando en él una forma de decir lo imposible.

¿Cómo podía contarle a aquella mujer —que aún era humana— que se había convertido en un fantasma como el que tenía delante?

¿Cómo podía confesarle que su destino era esperar a que otros murieran para llevar sus almas a Bankai?

—No. Nadie va a sobrevivir.

Ella guardó silencio durante lo que pareció una eternidad, quizá asimilando la verdad de que ni siquiera ella podría escapar de aquello. Ni las vidas por las que se desvivía, ni los niños del centro. Nadie.

—Todos mueren, y ni siquiera Skylar sabe qué va a pasar.

—Savannah dejó escapar el verdadero nombre de Iron Shadow—.

Cree que lo que está ocurriendo tiene que ver con la magia, que algo en ella se ha desequilibrado.

Dice que ese poder, ese caos que se desborda, podría estar filtrándose a través de las fisuras entre los mundos.

—Sé que esperas que te cuente lo que ocurrió siete milenios antes de que yo gobernara este imperio, pero lo único que se sabe es que una gran guerra lo destruyó todo.

—Pero estás aquí, Dalton. Estás aquí por algún motivo. ¿Y si puedes cambiar las cosas? ¿Y si, ayudándome, evitamos que esa guerra llegue a hacerse realidad?

Ella se dio la vuelta, corrió hacia la mesa del salón de la pequeña casa y comenzó a apartar frascos, vendas y montones de papeles desordenados.

—Enciende la chimenea —le pidió, y Dalton, por reflejo, alzó una mano antes de recordar que ya no tenía ese poder. Savannah no se sentó; simplemente le mostró una libreta repleta de notas y cifras—. Has… has dicho que una guerra terminó con todo.

—Sí.

Se colocó frente a ella, y fue casi sobrecogedor ver cómo, con un poco de determinación, Savannah parecía retornar a la vida. El rubio de su cabello recuperó su brillo, el color regresó a sus mejillas y la fuerza volvió a instalarse en su mirada.

—Bien. —Tomó una hoja y se la tendió—. Estás viendo la catástrofe desde el punto de vista de alguien que aún no entiende cómo terminó el mundo destruido.

Pero toda desgracia tiene un origen, y lo único que me ha desconcertado en este último siglo ha sido el Olvido.

—En el papel, vio columnas de nombres, edades y síntomas, todos rodeados con tinta—.

Debe de tener un origen mágico, pero aún no sabemos si proviene de la tierra… o de los jinetes.