Capítulo 14
Lorelei apretaba con fuerza la mano de su marido mientras gritaba de dolor.
Las lágrimas resbalaban por el rostro de ambos, mezcladas con el sudor y el miedo.
Savannah, a su lado, hacía todo lo posible por traer el bebé al mundo, repitiéndose una y otra vez que todo iría bien, que esa vez la muerte no se cobraría otra vida.
—Solo un empujón más —la animó Savannah mientras veía cómo la cabeza del bebé, cubierta de cabellos oscuros, asomaba poco a poco.
Deslizó con cuidado las manos bajo los hombros diminutos, guiando al recién nacido hasta liberarlo por completo con un último esfuerzo de la madre. El cuerpo húmedo y tibio cayó en sus brazos, aún unido a ella por el cordón umbilical que latía débilmente.
—Por favor, vive… —susurró una y otra vez, convirtiendo la frase en un mantra mientras limpiaba la boca y la nariz del bebé para que respirara.
Entonces esperó. El silencio se hizo tan angustioso que podía oír los latidos en sus propias sienes. Hasta que un llanto agudo y poderoso estalló en la estancia, atravesando el miedo como un rayo.
Savannah sonrió entre lágrimas.
—Eso es, pequeño. —Lo alzó y lo envolvió en una toalla limpia—. Está respirando, está fuerte, está vivo.
—¿Un niño? —repitió Lorelei—. ¡Por los dioses!
El padre rompió a llorar sin dejar de besar a su esposa una y otra vez.
Savannah colocó con cuidado el bebé sobre el pecho de la madre, y se incorporó con las manos manchadas de sangre.
Buscó las tijeras, limpió la hoja con agua hervida y cortó el cordón umbilical antes de prepararse para suturar el desgarro que se había producido durante el parto.
Se giró hacia la mesa para preparar lo necesario para el posparto, pero sus manos temblaban. Aún podía sentir el eco del miedo recorriéndole los dedos, como si en cualquier momento todo pudiera desvanecerse, como si ese llanto que llenaba la habitación fuera solo un sueño del que temía despertar.
—Eres excepcional —oyó la voz de Dalton desde la esquina.
Sabía que él había estado allí todo el tiempo.
Lo había sentido moverse por la casa, caminar por el pasillo durante las quince largas horas que había durado el parto.
No quería pensar en lo que había ocurrido cuatro noches atrás, no ahora, no en medio de aquel milagro.
Pero sabía que, de no haber estado Dalton allí, todo habría sido diferente.
La madre, bajo la influencia de su poder de vinculación, apenas había sentido el dolor que debería haberla destrozado.
Gracias por aparecer. Alzó la mirada hacia él, pero un grit o desgarrador la heló.
—¡No respira! ¡Dioses, no respira! —La madre se incorporó bruscamente con el bebé entre los brazos.
Savannah corrió hacia ella. El niño yacía inmóvil, los labios empezaban a tornarse azulados y la piel palidecía como la cera.
—Dámelo, rápido. —Lo tomó con cuidado y lo colocó sobre la mesa. Comenzó a presionar su diminuto pecho con las yemas de los dedos, una y otra vez, mientras murmuraba—: Vamos…, vamos, pequeño, respira…
—¡Haga algo! ¡Por favor, haga algo! —suplicó Lorelei entre sollozos.
Savannah siguió intentándolo. Una, dos, tres veces. El cuerpo del bebé permanecía quieto, sin un solo movimiento.
—Vamos, respira, por favor, respira…
Entonces sintió aquella familiar sensación.
Un hilo invisible se tensó en su interior, fino y frágil como una promesa a punto de romperse.
Era el vínculo: la vida y la muerte tirando desde extremos opuestos.
Savannah se aferró a él con todo lo que tenía, como había hecho tantas veces antes.
Notó cómo vibraba, cómo resistía apenas un instante más bajo sus dedos, y durante ese segundo creyó que podría sostenerlo, que bastaría con quererlo lo suficiente.
Pero el hilo cedió.
La sensación fue suave y brutal a la vez, como cuando algo se escapa sin hacer ruido.
Savannah se quedó suspendida en ese vacío, negándose a aceptar lo evidente.
Acercó el rostro al del bebé, rozó sus labios con los suyos, buscó el más mínimo aliento, un temblor, cualquier señal que le dijera que aún no era demasiado tarde.
No había nada.
Solo silencio.
—Lo siento, no he podido… no he podido salvarlo.
Levantó la mirada hacia Dalton, que estaba a su lado, tan quieto que parecía una sombra más. Los padres, sin embargo, ya no lloraban. Permanecían inmóviles, con los ojos abiertos y fijos en la chimenea, sus rostros vacíos de toda expresión.
Ella dio un paso atrás con el corazón encogiéndosele en el pecho.
—¿Qué les ha pasado…? —le preguntó Savannah a Dalton, mirándolo con miedo—. ¿Qué les has hecho?
—Dime, Savannah. —Posó una mano en su codo—. ¿Preferirías vivir con el dolor de perder a un hijo durante toda una vida inmortal? ¿Podrías respirar sabiendo que ese vacío nunca se llenará?
—¿Qué… qué me estás pidiendo?
—Solo quiero saber si podrías ser feliz.
Savannah miró a los padres, con los ojos vacíos, atrapados en un trance que parecía ajeno al dolor. Luego bajó la vista hacia el bebé en sus brazos. Tan pequeño, tan quieto. Pensó que, si fuera suyo, no podría vivir con esa herida, con ese peso clavado para siempre en el alma.
En aquel instante comprendió lo que Dalton pretendía hacer. Le estaba pidiendo que eligiera. Así que reunió todo el valor que le quedaba y toda la falta de moral que la decisión exigía y tomó la decisión final.
Miró la sangre. Sabía que la herida sanaría en cuestión de horas; la inmortalidad tenía ese cruel consuelo. No quedaría ni rastro del dolor del parto, ni de las lágrimas. Solo quedaba recogerlo todo, esperar a que la herida cerrara… y fingir que nunca había pasado.
—Borra de sus recuerdos que alguna vez esperaron un hijo. Y también de la mente de cada jinete y de cada mortal del imperio. Es la única misericordia que puede concedérsele a unos padres que han visto morir a su hijo.