Los hilos del imperio Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Savannah entrecerró los ojos. No era una oferta, sino más bien una provocación medida, una prueba disfrazada de tentación.

—Sé controlarme. Lo quiero para lo que te he dicho. Nada de muertes.

—Una pena.

La gota del poder de la muerte vibró.

—Hazlo, Sky.

La esfera la atravesó con un destello vibrante, y al instante sintió cómo un cosquilleo recorría su pecho y se extendía por cada vena.

Un hilo de calor se enroscó en su interior, latiendo con un pulso que no era suyo.

El aire se le escapó de los pulmones, la magia le arañó las entrañas y el mundo pareció estremecerse a su alrededor.

Se llevó una mano al corazón y las piernas le cedieron hasta quedar arrodillada.

Skylar dio un paso hacia ella, pero Savannah alzó la mano para detenerlo.

—Puedo hacerlo sola…, ahora vete. —Forzó una sonrisa que no consiguió mantener—. Gracias.

—Déjame…

—No. Ya tengo lo que necesitaba.

Durante un segundo eterno, la muerte la observó en silencio.

No con dureza ni con ira, sino con esa atención absoluta que solo se le concede a quien ha aceptado cargar con su propio destino.

Luego apenas asintió. La oscuridad se arremolinó a su alrededor y lo reclamó, cerrándose sobre su figura hasta devorarlo por completo.

Skylar se había vuelto a ir.

Savannah se quedó sola, arrodillada sobre el suelo de madera, con las lágrimas resbalándole por las mejillas. Intentó inspirar, pero el aire no llegaba; el pecho le palpitaba con violencia, las manos le hormigueaban y una presión le cerraba la garganta.

Cada bocanada de aire era una batalla perdida, un esfuerzo sobrehumano.

—Respira conmigo —dijo una voz a su espalda, acompañada de un toque en la parte baja de la columna—. Inspira hondo…, aguanta un segundo y ahora suéltalo despacio. No luches contra el aire, déjalo entrar.

—N-no puedo.

—Sí puedes —insistió él—. Mírame. Te he visto hacer cosas mucho más difíciles que esto.

Ella alzó la cabeza, todavía con una mano en el pecho, y lo vio junto a ella, con una rodilla hincada en el suelo.

Su fantasma estaba allí.

—Eso es, Savannah, otra vez. Lento. Cuenta conmigo si hace falta. Uno…, dos…, suelta.

El aire entró, torpe, pero entró.

Ella tragó saliva, sentía el pulso aún desbocado, pero ya no la ahogaba. Apoyó la frente un instante contra su hombro, solo buscando anclarse.

—¿Por qué no has vuelto hoy? ¿Dónde has estado? —preguntó ella entre jadeos, luchando por recuperar el control.

—Me he dado cuenta de que desaparezco cuando no me necesitas o cuando tu alma quiere estar sola.

—No tienes derecho a esfumarte así.

—No es que me vaya porque quiera, eres tú quien me aparta.

Sus dedos seguían trazando círculos suaves en su espalda, y poco a poco el dolor del pecho comenzó a desvanecerse. No necesitaba preguntarle si había sido él; solo Dalton podía arrancarle el dolor sin tocar la herida.

—No te he apartado.

—Tu subconsciente sí.

Savannah levantó la cabeza de su hombro, pero no se atrevió a mirarlo. Bajó la vista hasta sus manos, apoyadas en el regazo; los dedos le palpitaban.

—Seguro que fue por la vergüenza —admitió en voz baja—. Por lo de ayer.

No quiso pensarlo demasiado. Aun así, la imagen de ella lanzándose sobre él —sobre el hombre más guapo que había visto jamás— la golpeó de lleno.

Savannah se apartó y quedó apoyada contra el pilar de la chimenea apagada. Las cenizas le mancharon la ropa, pero no le importó. Solo la luz de la luna se colaba por las ventanas, iluminando el salón a medias, y agradeció que él no pudiera ver su cara de idiota.

—¿De verdad te estás muriendo de vergüenza tú? —bufó Dalton—. Fui yo el que se metió en la maldita bañera, el que perdió el control solo con tenerte cerca…, se me puso dura solo con olerte, joder. —Oyó cómo él se dejaba caer también al suelo, apoyado en los antebrazos.

La revelación de Dalton le arrancó una risa. Al principio nerviosa, casi un tropiezo…, y luego una carcajada incontenible, hasta que las lágrimas le nublaron la vista y tuvo que taparse la boca para toser, todavía con el aire faltándole.

—Perdona, no debería… —empezó Dalton, pero ya estaba riéndose también, contagiado por ella.

Savannah se limpió las mejillas con el dorso de la mano.

—No. —Sonrió, todavía sin aliento—. Me siento mucho mejor ahora.

El silencio volvió a instalarse y, sin saber por qué, sin poder ponerle nombre a lo que la impulsaba, empezó a moverse hacia él despacio.

—¿Qué ha sido lo que me ha pasado? Nunca había sentido algo así, era como si me hubieran arrancado el aire, y ni la magia podía ayudarme. Mis pulmones estaban ahí, eran míos, pero no obedecían. Yo…

—Ha sido tu propia cabeza. Cuando llevas demasiado tiempo siendo fuerte, el miedo encuentra una rendija y se cuela.

El cuerpo entra en pánico antes de que tú puedas ponerle nombre, y de pronto se le olvida algo tan básico como respirar.

—Sus dedos seguían moviéndose despacio por su espalda, anclándola al presente—.

Solo dura unos minutos, aunque parezcan una eternidad.

—¿A ti te ha pasado?

—Más veces de las que podría contar. Siempre he intentado tenerlo todo bajo control, comprenderlo antes de sentirlo, buscarle mil razones a cada cosa…

y entenderla. Mi cabeza nunca aprendió a callarse, ni siquiera cuando cerraba los ojos para dormir.

—Su mirada se perdió en la pared de madera vacía frente a él—.

También sé lo que es cargar con el peso de miles de personas, con la idea de que, si tú no las salvas, nadie más lo hará.

—Soltó una risa amarga—. Supongo que mi mente no está hecha para el hombre que era…

o que debería haber sido. Soy débil, inseguro… y tengo miedo casi todo el puto tiempo.

Aún desorientada, Savannah alzó las manos y buscó su rostro para obligarlo a mirarla.

No sabía si era por todo lo que había pasado la noche anterior, por la forma en que la había tocado y cuidado, sin invadir, sin exigir.

Pero algo había cambiado, y ya no podía fingir que no lo sentía.

Lo cierto era que le costaba respirar teniéndolo tan cerca; y cuando lo inhaló sin querer, ese olor imposible —que no pertenecía del todo a aquel mundo— la atravesó, como si él llevara consigo polvo de las mismísimas estrellas.

—Vivimos en un mundo donde no se permite que los líderes sientan miedo, donde tenemos que mantener siempre la cabeza erguida, sin dudar, sin flaquear. Estoy tan cansada de fingir que puedo hacerlo.

Cuando Dalton por fin alzó la vista, sus ojos húmedos se encontraron con los de ella, y una lágrima rodó por su mejilla. Savannah comprendió que podía ser la primera vez que Dalton se mostraba desnudo de orgullo.

—Yo también estoy cansado —confesó—. Llevo más de cuatrocientos años sintiéndome así, y nadie se ha dado cuenta.

Siempre han creído que el dolor de haber amado demasiado me volvió la sombra melancólica que soy.

—Negó despacio—. Pero ahora lo entiendo.

No fue el amor lo que me mató, sino el silencio.

El haber callado lo que sentía hasta que se pudrió dentro de mí.

Quería preguntarle tantas cosas: quién había sido aquella mujer que lo había marcado de esa forma, por qué le habían hecho tanto daño, cómo había muerto. Pero, sobre todo, quería saber si aún seguía amando a la mujer de la que hablaba.

—Ya no estás solo —susurró acariciándole la mejilla con el pulgar para limpiarle las lágrimas—. Sea lo que sea lo que mantiene tu alma a mi lado, me das la compañía que nunca he tenido.

Savannah no sabía explicar por qué se habían aferrado el uno al otro con tanta fuerza en tan poco tiempo. Quizá ambos se habían entregado a un destino que ya estaba escrito, a la certeza de que Dalton estaba allí por una razón… y de que solo ella podía verlo moverse entre los vivos.

Tal vez eran dos almas rotas que se habían encontrado en el momento más vulnerable de sus existencias, dos mitades heridas intentando sostenerse mientras esperaban —por primera vez— que el destino les ofreciera la vida que nunca tuvieron.

Dalton levantó la mano y le acarició la mejilla.

—Siete mil años, Savannah. Estamos luchando contra siete mil años de distancia. —Las palabras se clavaron en ella como una verdad demasiado cruel; ya lo sabía, pero escucharlo de su voz fue diferente.

—No me importa.

No se dio cuenta de en qué momento sus manos habían subido hasta rodearle el cuello, ni cuándo sus dedos se habían enredado en su cabello oscuro.

Tampoco supo cuándo él la había empujado con suavidad hacia atrás, ganando terreno hasta que su espalda tocó el suelo de madera.

El vestido se alzó, y Dalton se deslizó entre el espacio de sus piernas, erguido sobre ella, mirándola con unos ojos tan cristalinos que el verde en ellos parecía irreal.

—No deberíamos hacer esto. —Él retrocedió—. Estamos mezclando emociones…, estamos débiles y no…

—Me dijiste que me darías lo que te pidiera, y esto es lo único que quiero ahora.

No quiero pensar, no quiero salvar a nadie, no quiero entender nada.

Solo… esto. —Su respiración se entrecortó—.

Mañana ya volveremos a cargar con el peso de este maldito mundo injusto, pero esta noche… déjame olvidarlo todo, déjame…

Dalton se lanzó sobre su boca y ella respondió con el mismo ímpetu, enredando los dedos en su cabello para atraerlo más hacia sí. Sus lenguas se encontraron, y Savannah sintió que el suelo desaparecía bajo ellos.

Cada movimiento se volvía más desesperado. Las manos de Dalton ascendieron por su muslo desnudo, dejándole un rastro de fuego en la piel. Ella se arqueó, entregada a esas caricias fantasmales que la recorrían y se abrían paso hasta su cadera.

Savannah no pudo evitar soltar un gemido cuando su mano la sujetó con firmeza por la cadera y la pegó más a él.

El contacto fue inmediato, devastador: una corriente caliente le recorrió la piel, borrándole cualquier pensamiento coherente.

Todo en ella respondió, como si su cuerpo supiera exactamente dónde encajar.

—Eres puro placer —jadeó él contra sus labios antes de perderse en el espacio que separaba su cuello de su pecho. Luego, su mano se deslizó más abajo, y sus cinco dedos se clavaron en su culo—. Tu cuerpo responde al mío como si me recordara… Savannah…

Que Dalton dijera su nombre la volvió loca.

Por todos los dioses, ¿qué estamos haciendo, Dalton? , pensó.

La apretó contra él con tanta fuerza que sintió toda su dureza entre sus piernas, y por puro instinto carnal se movió, al igual que aquella vez en la bañera, cuando el deseo los había arrastrado sin remedio.

Me estás poniendo enfermo.

La madera crujió bajo la mano que él apoyó junto a su cabeza; Savannah habría jurado que sus dedos se hundían en el suelo.

Los labios de Dalton volvieron a los de ella, mordiéndolos, succionándolos hasta arrancarle decenas de jadeos ahogados.

No la besaba, la devoraba, como si con cada roce intentara borrar los siete milenios que los separaban.

Nunca había sentido algo así. El placer no venía solo del cuerpo, sino de algún lugar más profundo. Agradeció no encontrarse en Arcadia; allí habría culpado a la magia lujuriosa de su comportamiento. Pero aquello… aquello no era simple deseo.

Era una corriente de magia que los unía y los arrastraba.

Las manos de Savannah subieron por su pecho, jugando con la tela que lo cubría. Sus dedos se deslizaron por el borde de la camisa y, con un tirón brusco, la rasgó como si tuviera garras, como si fuera un animal hambriento al que por fin le hubieran soltado la cadena.

Pero entonces, tan de golpe como había llegado el deseo, se desvaneció. Dalton se apartó, jadeando, y su cuerpo chocó contra la pata de la silla.

—Yo… —intentó hablar.

Savannah se llevó una mano a los labios, la vergüenza le ardió bajo la piel al darse cuenta de lo que acababa de hacer.

—Perdón, me he dejado llevar, no sé qué me ha pasado —empezó a disculparse él, las palabras tropezando entre sí.

Pero al mirarlo entendió que no era arrepentimiento lo que lo dominaba. Dalton no parecía avergonzado, sino aterrorizado.

—No eres tú, no sé cómo explicarlo. He recordado… Mierda.

Se llevó una mano al cabello y tiró de él con frustración. Si aún tuviera un cuerpo vivo, Savannah estaba segura de que su pecho se agitaría igual que el suyo minutos atrás.

Había sido una idiota, una completa idiota.

Por primera vez, deseó poder desandar cada segundo, borrar sus gestos, tragarse cada impulso. Había cruzado una línea sin querer, y ahora lo tenía delante, intentando recomponerse entre los pedazos de un recuerdo que jamás debió despertar.

—Lo siento… Debí haber tenido más cuidado, no debí… no debí haberte tocado así, ni romperte la camisa, ni ser tan brusca.

—No soy un puto crío asustado.

Nada más decirlo, el arrepentimiento le cruzó el rostro como una sombra. Savannah vio la rabia, sí, pero sobre todo la vergüenza que se escondía tras esta.

—No debí haberte hablado así.

—Nunca he pensado eso. Ni un solo segundo.

Dalton se incorporó, pero no se atrevió a acercarse. La oscuridad de la habitación pareció espesarse, la luz de la luna se apagó detrás de las nubes, y lo que antes era un hombre volvió a ser un fantasma, con el mismo rostro triste que lo inundaba desde que lo había conocido.

—No es tu culpa. Es solo que después de aquello no volví a tocar a nadie. No dejé que nadie me tocara. —Se pasó una mano por el rostro, exhausto—. Necesito… necesito pensar.

Ella asintió, y él hizo lo mismo.

—Buenas noches, Dalton.

En cuanto las palabras abandonaron sus labios, el cuerpo de él comenzó a desvanecerse. La niebla lo envolvió poco a poco hasta borrarlo por completo, dejándola sola frente al espacio vacío donde un instante antes había estado su fantasma.

Aquella noche Savannah apenas durmió. Daba vueltas en la cama, atrapada entre los pensamientos que la asaltaban una y otra vez: la conversación con Skylar, el beso con Dalton, el miedo en su mirada.

Cuando por fin cerró los ojos, deseó que los días siguientes fueran mejores. Pero, por primera vez en su vida, su deseo no se cumplió.