Los hilos del imperio Capítulo 13
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Capítulo 13

—Debería sentarme aquí y darte un discurso sobre lo irresponsable e impulsiva que has sido —murmuró Skylar, recostándose en la silla mientras apoyaba las botas sobre la mesa con descaro—.

Pero ya eres lo bastante consciente de tus actos.

—Alzó una ceja oscura que contrastaba con su cabello blanco—.

Además, ese tal Kilian siempre me ha parecido un desperdicio de oxígeno, un imbécil con pretensiones.

Así que me alegra que lo hayas apuñalado.

¿Cuántas veces has dicho? Porque, si son menos de tres, me sentiré profundamente decepcionado.

Savannah lo miró desconcertada. No recordaba haberle mencionado nada.

—Diez.

—Diez… —repitió él, y ladeó la cabeza mientras sonreía, dejando ver los colmillos—. Pocas me parecen.

Estaban sentados el uno frente al otro a la mesa del salón, aunque el espacio parecía encogerse solo por tenerlo allí.

Skylar era, al mismo tiempo, el hombre más bello y más aterrador que sus ojos habían contemplado jamás, una perfección tallada en algo demasiado oscuro para pertenecer del todo al mundo de los vivos.

—Puedo explicarlo —dijo, la vergüenza quemándole la garganta.

Él hizo un gesto con la mano para que continuara, escéptico.

—Anda, ilumina mis sombras, explícame por qué era tan urgente que nos viéramos como para que pisaras la grieta de Cristales Rojos, después de varias décadas sin hacerlo, y pelearas en busca del veneno traicionero de ese imbécil.

Cuanto más irónico sonaba, más patente era su enfado; y con razón.

—No contestaste a mi llamada, y te necesitaba, Sky. —Savannah tragó saliva y apretó los puños sobre el regazo.

Él bajó los pies y se sentó bien, dejando atrás la falsa comodidad. Luego se inclinó sobre la mesa y, con sus manos enormes, le sostuvo el rostro.

—Fuera del imperio y de las tierras mortales que conoces, detrás de la niebla que separa la vida de la muerte, pasan cosas que me obligan a mantener la atención cada segundo, Savannah.

—¿Son graves?

—Lo suficiente. Tanto que, si se desatan del todo, el mundo podría arder hasta quedar reducido a cenizas por fuerzas que ningún mortal podría comprender.

Savannah sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Cada palabra de Skylar sonaba como un recordatorio cruel de la distancia entre ambos: él, la muerte; ella, una simple jinete sin magia intentando alcanzarlo.

—Imaginaba que no querías verme. He sido una idiota por pensar así.

Siempre creo que mis problemas pesan más que los de los demás, como si el mundo girara en torno a mis heridas.

—Se frotó las manos, incapaz de mirarlo—.

He sido una egoísta. Estoy aquí, quejándome, mientras hablo con el hombre que sostiene el equilibrio, que mantiene este mundo en pie…

y nadie, ni siquiera yo, se ha parado a pensar en lo que eso te cuesta.

Las manos de su hermano seguían firmes sobre sus mejillas, pero su rostro, normalmente implacable, se suavizó. Apartó las manos solo para tomar las de ella y apretarlas.

—Te he criado para que seas independiente, no para que vengas a buscarme cada vez que el mundo te acorrala.

Eso siempre ha sido así. Has demostrado durante cien años que eres lo bastante fuerte para afrontar tus propios problemas.

—Suspiró y apoyó los antebrazos sobre la mesa—.

Así que, dime, ¿qué estás buscando en mí ahora?

Había llegado el momento que más temía.

—Te he llamado porque necesito algo. —Odiaba lo pequeña que se sentía frente a él—. Necesito… necesito que me des una gota de tu poder.

Juró que las sombras del salón se agitaron.

—No sabes lo que me estás pidiendo.

—Nunca te he pedido nada que no fuera para proteger a otros, y esta vez no es distinto —replicó ella—.

El Olvido ya no es un fenómeno aislado: se propaga, se acelera y solo afecta a los mortales.

Eso, por sí solo, ya es una anomalía. Y tú…

tú no me dices qué ocurre en Bankai. —Alzó la barbilla—.

Pero no hace falta que lo hagas, soy consciente de que el equilibrio se está fracturando.

No creo en las casualidades cuando la magia empieza a comportarse así. Y tú lo sabes igual que yo.

Los ojos dorados de él se clavaron en los suyos. Durante un instante no dijo nada; luego cruzó los brazos y la señaló con el mentón, serio.

—Cuéntamelo todo.

Savannah le habló de los pacientes que había tratado en los últimos meses y de cómo cada caso parecía peor que el anterior.

Le contó también las habladurías que corrían por las calles, cómo los mortales empezaban a culpar a los jinetes, a las criaturas, a cualquiera que tuviera un rastro de poder.

Le explicó lo de la reunión, lo de que era posible que planeaban discutir allí y por qué necesitaba aquella gota de poder.

Quería desvanecerse en las sombras, moverse sin ser vista, poder escuchar sin que nadie notara su presencia.

—Me han negado toda la información. No sé qué se decide en las reuniones con los jinetes, no me dicen nada.

Ni siquiera me consideran una de los suyos; me esquivan como a la puta peste.

Mi propio padre me ha puesto guardias… y aun así me las arreglo para desaparecer para ir al centro de sanación cada día, aunque les moleste, aunque no quieran que me mezcle con los mortales ni que los ayude, como si la compasión fuera una enfermedad contagiosa.

Skylar volvió a recostarse en la silla y el crujido de la madera acompañó el gesto cuando apretó el puño.

—No han llegado almas con muertes inusuales a Bankai, lo que significa que no hay asesinatos de mortales causados por el poder de vinculación de los jinetes.

Savannah dejó escapar un suspiro de alivio.

—Entonces no parece que los quieran muertos, si es que todo esto del Olvido tiene que ver con los jinetes.

Pero tampoco podemos señalar a nadie más.

—Se llevó una mano al mentón pensativa—.

A menos que sea la propia magia. Como si en algunos mortales estuviera produciendo efectos secundarios… ¿Podría ser posible?

—Es una opción —admitió Skylar—. La magia, cuando se desequilibra, no distingue entre cuerpos ni naturalezas. Podría estar filtrándose a través de las fisuras de los mundos.

—Si es así, afectaría a los más vulnerables, a los que no tienen poder para resistirla.

—Savannah revolvió entre sus apuntes, desplegando las hojas sobre la mesa—.

Tiene sentido, todos los casos registrados corresponden a personas mayores de veinticinco años.

Ningún menor se ha visto afectado. Quizá la resistencia a la magia sea más fuerte en las mentes jóvenes…

o tal vez el Olvido solo se alimente de mentes ya desgastadas.

—Podría ser, pero no dejemos que las suposiciones nos cieguen. No podemos descartar a los jinetes todavía. Si están implicados, aunque no sean conscientes de ello, el Olvido podría no ser una maldición, sino una reacción.

—Una forma de defensa de la propia magia…

—Savannah alzó la mirada, nunca había considerado que la magia, viva y antigua como el mundo, pudiera defenderse.

Que aquel fenómeno no fuera un ataque, sino una respuesta.

Y si Skylar, que había existido durante milenios, lo creía posible… , entonces debía de haber una razón.

—Tengo que colarme en la reunión de los jinetes, Sky —dijo con determinación—. Necesito saber si están interfiriendo en algo o si el poder está escapando a su control. Según lo que escuche allí, podré actuar de una forma u otra.

Skylar respiró hondo. Se lo estaba pensando.

—Sé que no puedes mediar —continuó convenciéndolo—, pero puedes ayudarme a mí para que yo ayude a los demás. Como siempre hemos hecho.

Él la observó largo rato antes de responder:

—No voy a preguntarte cómo sabes que puedo transferirte parte de mi poder. Pero si eso es lo que me pides, te lo daré.

Lo miró incrédula.

—¿De verdad?

—Con una condición —replicó con firmeza—: no será permanente. Solo hasta que cumplas tu misión. No quiero que nadie perciba que llevas mi magia, y mucho menos tu padre. No tengo ni idea de lo que sería capaz de hacer si lo descubriera.

—Trato hecho —dijo, y casi se lanzó sobre Skylar cuando este se levantó y una capa de sombras, vivas y ondulantes, se formó sobre sus hombros.

Una capucha oscura descendió y le cubrió el rostro. El fuego de la chimenea titubeó. Incluso las llamas parecían temerle, las motas de polvo suspendidas en el aire se detuvieron ante su porte.

Savannah estuvo a punto de preguntarle por el fantasma de Dalton, por aquella brecha de siete mil años que se interponía entre ellos dos, ese vínculo imposible que al parecer los unía. Pero Skylar no había mostrado señal alguna de saber que un espectro caminaba a su lado.

—Una sola pregunta antes de que te vayas.

—Solo una.

—¿Conoces algún caso de un hijo nacido de dos inmortales que haya sobrevivido al parto? ¿Es siquiera posible? Mañana… o pasado, una jinete dará a luz. El embarazo ha ido bien, ambos están estables, pero no puedo quitarme de encima la sensación de que el bebé no sobrevivirá.

—Los hijos de dos inmortales no sobreviven, mueren en el parto o a los pocos días. Es… imposible, lo siento. La magia aún no ha evolucionado lo suficiente como para concederle a una jinete ese tipo de milagro.

Ella dejó escapar una risa amarga.

—La inmortalidad…, una dulce maldición.

—La peor de todas.

Skylar levantó una mano y sobre su palma comenzó a flotar una esfera oscura que giraba lentamente sobre sí misma. Las sombras de su capa parecían responder a su movimiento, agitándose al mismo compás. La esfera se deslizó hasta situarse frente al pecho de Savannah.

—Prométeme que no harás ninguna tontería.

—¿Y qué es para ti una tontería?

Skylar alzó una ceja y sonrió con esa malicia tranquila.

—Dejar pasar la oportunidad de matar a quienes te han hecho daño…, eso sí que sería una tontería. Hazlo por mí. —Se inclinó hacia delante—. Te doy rienda suelta para usar mi poder.