Los hilos del imperio Capítulo 12
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Capítulo 12

Como le había prometido, Dalton la sacó de Arcadia utilizando su poder de vinculación.

Savannah nunca había presenciado algo parecido.

Marcelin podía manipular la conciencia, moldearla a su antojo, pero lo de Dalton era distinto: él no alteraba la mente, la desviaba.

Redirigía pensamientos, percepciones, miradas.

Hacía que la gente, incluso caminando bajo el sol naciente, se volviera apenas un segundo…

y luego continuara su camino como si ella nunca hubiera estado allí.

Savannah avanzó dejando atrás la ciudad mientras la arena le arañaba las mejillas. El pañuelo que había usado el día anterior para cubrirse apenas resistía, desgarrado por el sol y el polvo, cuando Moonveil levantó la cabeza y erizó el lomo al reconocer su olor en la distancia.

—Perdón, la noche se alargó más de lo previsto —la saludó, acariciándole una escama donde empezaba el ala, justo en el punto que le gustaba.

La dragona la observó de arriba abajo, fijándose en las ropas de hombre que le quedaban enormes —una camisa y unos pantalones que había encontrado al pie de la cama—, seguramente cortesía de Dalton.

Por un segundo, Savannah pensó que Moonveil había intuido algo impropio en ella, pero no, la dragona no la miraba a ella, sino a Dalton, que permanecía detrás con la vista fija en la criatura.

—¿Tú también lo ves, Moonveil?

No obtuvo respuesta, pero el leve parpadeo de la criatura, seguido de un giro lento de cabeza hacia el frente, bastó para confirmarlo. Sí, lo veía.

—Me alegra saber que no soy la única. —Dejó escapar una risa nerviosa hacia Dalton—.

Por un momento pensaba que eras solo una proyección de mi cabeza, una forma de no sentirme tan sola.

Si ella puede verte, entonces no eres una ilusión…

—Se quedó callada de golpe cuando vio que Dalton se había aproximado hasta el ala derecha de Moonveil. Se agachó y pasó los dedos por ella.

La dragona giró la cabeza y rugió.

—¿¡Estás loco!? —exclamó Savannah alzando la mano en un intento por calmarla—. ¿Es que no te han enseñado nada sobre dragones? ¡Nunca te acerques a uno!

—Al parecer la que no sabe nada de dragones eres tú. —Dalton se puso en pie y señaló con la barbilla la envergadura de la criatura—. Moonveil tiene las membranas alares inflamadas, con llagas que le llegan hasta los nervios; le duelen, se hinchan y la vuelven mucho más irascible de lo normal.

Savannah se movió y, sin querer, chocó con él. Se quedó rígida un segundo, luego carraspeó y apartó la mirada.

—Nunca había visto este tipo de llagas en unas alas.

—Porque no lo son —respondió él—. Podrías pensar que se deben al cambio de clima, pero los dragones soportan cualquier variación sin inmutarse.

Esto es distinto. —Se agachó en la arena y apoyó los dedos con cuidado sobre la membrana dañada—.

No arde como una quemadura normal. Es como si la magia de Moonveil se hubiera resquebrajado… desde dentro hacia fuera.

Moonveil respiraba con dificultad, el pecho elevándose y hundiéndose contra la arena, las alas apenas abiertas en un gesto defensivo.

Savannah pasó los dedos por el borde de la membrana afectada, con la delicad eza de una sanadora.

Bajo el tono rosado perlado asomaba un enrojecimiento intenso; en un dragón de ese calibre, aquello era alarmante.

Rodeó a la criatura sin apartar la mano de la superficie escamada. Cuando llegó al ala contraria, frunció el ceño.

—También las tiene aquí.

—Las membranas alares son extremadamente finas —explicó Dalton—. No solo sirven para volar, funcionan como conductores. Absorben la magia del entorno para regular el equilibrio del dragón. Por eso reaccionan antes que cualquier otra parte del cuerpo.

—Entonces… ¿han usado magia contra ella? La piel está abrasada, pero no como una quemadura normal. Iba a decir fuego, pero eso es imposible. Los dragones son inmunes al fuego común.

Dalton apretó los labios. Savannah notó al instante que su cabeza iba varios pasos por delante de lo que estaba dispuesto a admitir, que estaba uniendo ideas que prefería no soltar en voz alta. Por eso fue ella quien terminó diciendo lo que ambos parecían estar pensado.

—Alguien tuvo que acercarse mucho para que esto ocurriera.

—Y salir con vida —añadió él—. Si hubiera sido un extraño, Moonveil lo habría reducido a cenizas antes de que diera dos pasos.

—Moonveil no tolera a nadie en quien no confíe.

El silencio se instaló entre los dos.

—¿Kilian? —se atrevió a decir Dalton.

Savannah negó despacio.

—Si hubiera sido él, estaría muerto. Ya sabes cómo son los dragones, nadie se acerca a sus alas sin su permiso, por muy reputado que sea en el imperio.

—Alzó la mano y acarició el cuello de Moonveil.

Luego levantó la vista hacia Dalton y, por primera vez, dejó asomar la preocupación en su expresión—. ¿Crees que podrá volar hasta Novadia?

—Puedo neutralizar el dolor durante unas horas, lo justo para que el roce no le resulte insoportable.

Pero volad despacio, nada de ganar altura de golpe.

Antes de llegar a la cordillera hay ráfagas cruzadas y cambios bruscos de presión; si fuerza las alas ahora, las llagas se abrirán y las membranas pueden desgarrarse aún más.

Mantened un vuelo bajo y estable, dejándoos llevar por las corrientes cálidas.

—Dio un paso atrás—. Cuando lleguéis, limpia las llagas con agua templada y sal.

Después aplícale ungüento de raíz de mirto, sé que lo usas con los mortales, pero en los dragones funciona igual: baja la inflamación, sella las llagas y calma el nervio.

Repite cada seis horas y no dejes que pliegue las alas hasta que baje la inflamación.

Savannah lo miró pasmada. Los jinetes vinculados a criaturas feéricas de aire dominaban las ráfagas, los vuelcos, los cambios de presión…, y que él supiera tanto la hizo darse cuenta de que no tenía ni idea de qué tipo de jinete había sido antes de morir.

—¿Cómo es que sabes tanto sobre la fisiología de un dragón?

—¿Acaso no recuerdas que soy jinete?

Se dio cuenta de que dijo «soy», a pesar de que ya no lo fuera, y de que aquellas palabras pertenecían a una vida pasada de la que Savannah apenas conocía unas pocas pinceladas.

—No me dijiste que eras jinete de dragón.

—No me lo preguntaste. Intuyes muchas cosas tú sola.

—Pero conozco a todos los jinetes de dragón, muy pocos han muerto.

La única forma es que el propio jinete, cuando ya ha vivido demasiado, solicite al emperador la llama idealis para poner fin a su existencia.

Y hace más de dos siglos que ninguno ha tomado esa decisión.

—Sabía que se estaba adentrando en terreno peligroso, pero no pudo detenerse; la necesidad de entender quién era en realidad Dalton la devoraba por dentro.

Él no respondió, solo se apartó de la dragona y comenzó a caminar entre las dunas. El sol se reflejaba en su cabello negro como el carbón y hacía brillar su piel, como si incluso la luz supiera que Dalton estaba allí, como si también pudiera verlo.

—Bien, no contestes. —Montó a Moonveil y se acomodó sobre su lomo.

Desde allí arriba, el mundo se reducía a un mosaico, y la ciudad, a un puñado de motas en la distancia.

O quizá era solo esa ilusión que los dragones siempre regalaban a sus jinetes: la de hacerles creer que, por un instante, nada podía tocarlos. Que eran invencibles.

Savannah le tendió la mano para invitarlo a subir con ella, pero él se negó.

Apareceré en Novadia. Es mejor así.

Detrás de aquella frase percibió el dolor oculto.

En sus ojos verdes vio esa añoranza que solo un jinete separado de su dragón podía entender.

Y entonces comprendió que, si algún día perdía a Moonveil, ella también se negaría a volar sobre otro.

Porque la traición a ese vínculo y el vacío que dejaría su ausencia serían demasiado grandes para soportarlos.

Lo observó allí abajo mientras Moonveil desplegaba las alas, preparándose para el salto. El viento levantaba la arena a su alrededor, y en medio de aquel torbellino, Savannah comprendió que la respuesta siempre había estado ahí, en él.

Dalton conocía el imperio como quien lo había tenido y perdido al mismo tiempo; entendía a las criaturas, las jerarquías…

Recordó cómo miraba las ciudades cuando paseaban, con esa melancolía de quien ve más de lo que los demás pueden imaginar, como si cada piedra, cada torre y cada sombra guardara un recuerdo suyo.

Savannah era lo bastante inteligente para no preguntar; también para entender que a él le costaba no llenar los silencios y solo podía haber un motivo tan grande que lo forzara a callar: que hablar interfiriera en los asuntos de Savannah… o, peor aún, en el equilibrio mismo del mundo.

—Siete mil años —dijo ella despacio—. Esos son los que nos separan.

Aquella mañana, en la cordillera de Novadia, Savannah atendió a más de quince pacientes con pérdidas de memoria severas.

Las lagunas abarcaban desde una semana hasta más de cinco años, y los síntomas seguían siempre el mismo patrón: la amnesia se manifestaba al amanecer, como si durante la noche alguien hubiera arrancado fragmentos de sus recuerdos, dejándolos con la mente incompleta al despertar.

La edad de los afectados oscilaba entre los veinticinco y los ochenta años, y no parecía haber un patrón de género, pues afligía a hombres y mujeres por igual.

Savannah registraba cada detalle: el peso, la altura, la última actividad antes del episodio, las sensaciones previas a la pérdida de memoria.

Cada seis horas regresaba para aplicar el ungüento en las alas de Moonveil.

Entonces era imposible que sus ojos no barrieran los alrededores buscando a alguien que no debería estar allí.

Hacer daño a un dragón no era un acto impulsivo; requería intención, conocimiento y sangre fría.

No había sido un ataque al azar, el autor de aquello sabía exactamente lo que hacía.

Dejar a Moonveil sin volar significaba que ahora Savannah estaba atrapada en Novadia, al menos hasta que la dragona sanara por completo.

La noche ya había caído cuando atendió a su último paciente. Se quitó los guantes, se despidió con una sonrisa cansada y miró a ambos lados de la calle vacía. Cada día las habladurías crecían, el miedo se hacía más fuerte y todos señalaban a los jinetes o a cualquier criatura mágica como culpables.

Dalton no había vuelto a aparecer, y Savannah llegó a pensar que quizá no había logrado desvanecerse hasta Arcadia y había tenido que hacer el trayecto a pie.

La idea le arrancó una sonrisa involuntaria; pudo imaginárselo con el ceño fruncido maldiciendo cada piedra del camino.

Aún tenía esa imagen en la cabeza cuando dio el primer paso hacia la calle.

No hubo tiempo a que la sonrisa se le borrase del todo.

No oyó ningún crujido, solo vio cómo una sombra se desprendía de la oscuridad y se lanzaba sobre ella.

En menos de un parpadeo, su espalda chocó contra el muro helado de una casa de piedra y, al mismo tiempo, una daga hecha de sombras se apoyó en su garganta.

—¡Suéltame!

Frente a ella se alzaba una figura descomunal, más alta que cualquier inmortal que hubiera visto. El cuerpo era una masa de sombra compacta, sus ojos dorados ardían con una furia controlada.

—Deberías estar más atenta, la muerte acecha las calles a estas horas de la noche.

A Savannah le dio un vuelco el corazón y, antes de poder contenerse, sonrió. La figura bajó la daga y ella se lanzó contra aquel cuerpo enorme, rodeándolo con fuerza. Él la abrazó con el mismo ímpetu, como si también hubiera esperado largo tiempo ese momento.

Su hermano había vuelto.

La muerte estaba allí.