Los hilos del imperio Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Dalton salió de la bañera, el agua resbaló por su cuerpo, marcando cada músculo, cada cicatriz que decoraba su piel, hasta chocar contra el suelo. Cogió una toalla y se la pasó por el rostro primero, luego por el cabello empapado, y finalmente por el torso y los brazos.

Savannah solo lo miraba en silencio, con los ojos abiertos de par en par.

Cuando vio cómo él se alejaba, tomó consciencia de su propia desnudez.

Se encogió sobre sí misma para cubrirse con los brazos, como si de pronto la piel le ardiera de vergüenza.

Se sintió expuesta. No solo por su cuerpo, sino por todo lo que había pasado entre ellos en los últimos minutos: el veneno, la lujuria, el enfado, la confesión.

—Siento lo que te pasó. —No sabía si había entendido del todo lo que Dalton le había confesado, pero lo intuía. A pesar del caos emocional, aquella frase se le quedó grabada en los huesos: «Y te aseguro que no se olvida, Savannah».

Él se quedó de espaldas, aún secándose, como si necesitara más tiempo para enfriar la rabia que se le había acumulado por dentro. Solo se oía el crepitar del fuego en la chimenea y el susurro del agua cuando ella se movía en la bañera.

Finalmente habló sin girarse.

—¿Te duele la herida? ¿Ya ha cicatrizado?

Ella se palpó el costado.

—Se ha cerrado.

Él asintió con un gesto leve, casi imperceptible, y lo vio moverse por fin. Tomó otra toalla, la desplegó y la sostuvo frente a sí, sin mirarla, con los ojos cerrados. Savannah permaneció inmóvil en el agua unos segundos más, como si el peso de la vergüenza la anclara allí.

¿Qué demonios le había pasado? Se había lanzado sobre él, le había pedido que la tocara, lo había montado, se había restregado contra su erección como una criatura en celo.

Pensó en todo lo que Dalton podía haber sufrido, en lo que alguien le había hecho alguna vez, y comprendió con horror que quizá ella había abierto esa misma herida.

El remordimiento le subió por la garganta hasta casi hacerla vomitar.

Aun así, su cuerpo seguía temblando, aferrado a un impulso carnal que no entendía.

Casi lloró al darse cuenta de que no podía detenerlo, de que todavía una parte de ella quería volver a acercarse y acariciarlo.

—Siento haberte tocado de esa forma, no era consciente, aunque sé que eso no es una excusa. —Salió del agua y se envolvió en la toalla sin levantar la mirada—. Todo esto es culpa mía, debería haber sido más cuidadosa…

Los dedos de Dalton buscaron su barbilla y la obligaron a alzar la cabeza.

—Que alguien tuviera intenciones inhumanas y te envenenara para aprovecharse de ti no es culpa tuya.

Nunca lo será, no cargues con la responsabilidad de las acciones ajenas.

El problema no está en ti, sino en quienes creen que el deseo o el poder les da derecho a tomar lo que no les pertenece. ¿Entendido?

Savannah asintió.

—¿Cuál era tu maldito plan?

—Llamar la atención de la muerte, como tú me dijiste que hiciera —respondió directa.

—¿Todo esto es por…?

—Me dijiste que no hablaríamos de la reunión de los jinetes si yo no lo hacía antes con él.

Dalton dejó escapar un suspiro.

—Joder, eso no es…

—Entonces ¿por qué te levantaste y te fuiste?

—No puedo creer que quisieras que te hirieran solo para llamar su atención. Si hubiese sabido que era así, jamás te habría dicho que lo intentaras. —Se llevó la mano al pecho desnudo—. ¿Por qué el daño tenía que ser la única forma de conseguir que apareciera?

—No es que deba hacerse así siempre. Antes solía venir cuando lo llamaba, cuando necesitaba su ayuda. Pero hace meses que… que ya no existo para él. Apenas ha venido a verme, y cuando lo busqué, me respondió el silencio.

—¿Así que pensabas que, si te herían de forma brutal y te ponían en peligro, él aparecería?

No estaba orgullosa; ahora que lo veía con claridad, comprendía lo insensata que había sido. Skylar se enfadaría, y con razón. En las últimas semanas todo parecía desmoronarse, como si cada paso que daba la alejara un poco más de lo correcto.

En ese momento, creyó que Dalton le había leído el pensamiento, porque le dijo:

—Mañana me encargaré de sacarte de aquí sin que nadie recuerde haberte visto. Ahora preocúpate de dormir y descansar.

Ella se encaminó sin saber muy bien dónde estaba ni reconocer su entorno.

No veía los detalles, solo se acercó hasta la cama y se dejó caer, con una toalla cubriendo su cuerpo y con otra envolviéndole el cabello.

Tal vez estaba así por la emoción, o tal vez se trataba del efecto del veneno, pero fuera lo que fuese, la sensación resultaba insoportable.

Dalton salió del baño ya vestido; su ropa seguía intacta, sin desgarros ni una sola gota de sangre. Savannah, en cambio, no tenía ni idea de cómo iba a abandonar aquella habitación sin la suya.

Él se acercó, le tomó el cabello mojado entre las manos y empezó a secarlo con la toalla. Después, lo dejó caer entre sus dedos, desenredándolo con una paciencia que Savannah no recordaba haber visto jamás en nadie.

Ella intentó incorporarse, pero el cansancio la empujó hacia atrás. Sus muslos volvieron a juntarse y se rozaron con esa fricción involuntaria que todavía no podía controlar.

Dalton bajó los ojos y luego los cerró con fuerza.

—Lo siento, aún… aún no se me pasa. Yo… no puedo…

Dalton levantó la mano y el pulgar rozó su mejilla.

—Mírame.

Ella lo hizo, aunque le temblaba la barbilla.

—No tienes nada de lo que avergonzarte. Tu cuerpo está peleando contra un maldito veneno. Eso no te hace débil. No te roba la dignidad. No te quita nada, ¿me oyes?

—Pero…

—Podría matarlo, podría buscarlo y borrar su conciencia de este mundo; lo he pensado al verlo mirarte y al oír cómo te hablaba, y he estado a punto de hacerlo por lo que te ha hecho.

No te voy a mentir, he matado antes y conozco el hueco que deja después, pero aun así lo soportaría.

—Se incorporó, con las manos hundidas en los bolsillos y la mirada clavada en el fuego—.

De algún modo mi alma se ha anclado a la tuya; no es una metáfora bonita, es una atadura que me hace aparecer y desaparecer como un efecto secundario de estar demasiado cerca, una insistencia que no logro romper.

Estoy siempre a tu lado sin lograr alejarme del todo, como si cada paso que doy tuviera un hilo que me devuelve hacia ti.

—Giró el rostro hacia ella, los mechones aún goteando—.

Tenías razón cuando has dicho que haría lo que me pidieras.

Ella se acurrucó entre los cojines y negó con la cabeza.

—Ya tengo mi propia parca que me protege y mata por mí, un precio que sé que algún día tendré que pagar, pero a lo largo de mi vida he aprendido que hay cosas peores que la muerte, Dalton.

Puede que algún día mate a Kilian, sí…, pero solo para demostrar de qué soy capaz.

Después, no volvería a rebajarme a eliminar a mis enemigos.

Su verdadero castigo será verme convertida en aquello que todos temen: una emperatriz que gobierne desde el corazón.