Los hilos del imperio Capítulo 11
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Capítulo 11

La sensación de fuego en el vientre y en el pecho la arrastró de vuelta a la tierra de los vivos.

Un leve movimiento bajo ella la hizo abrir un ojo.

La luz cálida de un fuego tras una puerta entreabierta le reveló que estaba en un baño, sumergida en una bañera.

No tenía idea de cómo había llegado hasta allí…

, pero entonces, vinieron los destellos: imágenes, voces, fragmentos difusos que no podía distinguir si eran sueños, recuerdos… o pesadillas.

Había ido a Arcadia, se había reencontrado con Marcelin y, por primera vez en décadas, había luchado en las arenas de la grieta de Cristales Rojos.

La asaltó la imagen de Kilian encima de ella, aplastándola con su peso mientras le hundía la daga en el costado, sintió de nuevo el giro cruel del metal desgarrándole la carne.

Y después… Dalton. Recordaba su voz, sus órdenes, sus ojos analizándolo todo mientras ella apuñalaba al jinete una y otra vez.

Diez veces. Quizá más. No sabía si habían sido sueños o recuerdos, pero lo siguiente era aún más confuso.

Dalton la sostenía entre sus brazos y le gritaba que se levantara.

Notaba su piel contra la suya… Y luego el agua, la oscuridad, el olvido que siempre llega después del dolor.

Sus ojos, aún pesados, se fijaron en una pequeña perla que flotaba en la superficie acercándose a ella.

La reconoció al instante. Era una perla de lis, una esfera nacarada, apenas más grande que una avellana, que exhalaba un resplandor azulado y desprendía un olor extraño, como de lluvia recién caída sobre metal caliente.

Los sanadores hablaban de esas perlas con cierta superstición.

Decían que eran lágrimas condensadas de la lis, un ser semiacuático de forma humanoide y piel nacarada que habita en las zonas más profundas de los lagos.

La magia de la lis se manifestaba en lágrimas que eran capaces de neutralizar venenos que ni siquiera la medicina común conseguía anular.

Al sumergirse en agua, la perla liberaba un vapor plateado que coagulaba las toxinas y las mantenía unidas; no siempre curaba, pero evitaba que el daño se propagara.

La mano de Savannah se movió de forma impulsiva hacia su costado, buscando la herida que aún recordaba con nitidez. Pero entonces sus dedos rozaron otra mano, una que la sujetaba con firmeza por el estómago.

Su cuerpo, aún medio inconsciente, se agitó hacia atrás, invadido por una nueva oleada de calor. Fue en ese instante cuando empezó a darse cuenta de que detrás de ella había un cuerpo que la sostenía… y no la dejaba ir.

Debería haber sentido miedo. La Savannah lúcida, la que aún pensaba con lógica, habría buscado un arma, cualquier cosa, y la habría clavado sin dudar en el cuerpo de quien la sujetaba así.

Pero la Savannah de entonces giró lentamente su cuerpo, aún medio flotando, para ver al carcelero que la mantenía prisionera entre sus brazos.

Pésima idea.

Lo primero que vio fue su rostro inclinado hacia ella, demasiado cerca, esos labios entreabiertos, carnosos, que parecían hechos para pecar. Y los mechones negros cayéndole sobre la frente, húmedos y rebeldes.

Dalton Basilius tenía los ojos cerrados y el ceño un poco fruncido.

El deseo se le enredó en la garganta como una cuerda cuando su mirada descendió por su cuello, siguió el trazado de sus clavículas, bajó por los hombros amplios y definidos y recorrió su pecho… hasta detenerse en una cicatriz justo sobre su corazón.

La marca de su muerte escrita en la piel.

Dioses…, estaba desnudo, hundido en esa misma bañera junto a ella.

Savannah creyó, por un instante, que se había encendido como una antorcha. Era como si alguien le hubiera vertido aceite hirviendo en las venas.

—Dalton…

Sus ojos verdes se abrieron y se posaron en ella, todavía algo perdidos, como si no recordara del todo dónde estaban. Luego miró a su alrededor, la bañera, el agua… y finalmente volvió a enfocarse en ella.

—Puedo explicarlo.

—¿Explicar qué? —Su voz no le sonó propia.

Estaba arrodillada frente a él, el agua les llegaba hasta la cintura. Se inclinó apenas unos centímetros, fascinada por esa línea en su ceño, esa sombra de duda que cruzaba su mirada. Alzó la mano y le tocó la frente.

—¿Savannah…?

Ella entrecerró los ojos, intentando contener el temblor. Sus muslos se frotaron entre sí con una urgencia involuntaria en busca de presión, de cualquier tipo de alivio que el agua no podía darle.

—Me gusta cómo dices mi nombre. Dilo otra vez…, pero más cerca.

Se acomodó encima de él como si fuese su trono, hundiendo las manos en sus hombros mientras se dejaba caer sobre su regazo. A través de la fina tela de la ropa interior de Dalton sintió cada centímetro de su dureza contra ella, lo que hizo que se le escapara un gemido.

Se movió contra él.

Hacia delante.

Hacia atrás.

—¿Qué…? —Dalton soltó un jadeo ahogado. Su cabeza cayó hacia atrás, dejando al descubierto su garganta tensa—. Mierda, ¿qué demonios estás haciendo?

Sus manos fueron a su cintura, no para apartarla…, sino para sujetarla, para impedir que siguiera moviéndose como si quisiera arrancarle el alma a golpes de cadera.

—Savannah. —Apretó los dedos sobre su piel—. Para. Te lo digo en serio.

—Tócame, por favor. Sé lo que puedes hacerme, sé que puedes darme todo lo que te pida.

Se frotó más fuerte, guiada solo por ese instinto nuevo y abrasador que le recorría el cuerpo. Sentía que podía explotar encima de él, que algo en su interior iba a romperse si no seguía moviéndose así, rozándose contra su dureza, dominándolo sin saber exactamente cómo…

—Quiero tus dedos dentro de mí, Dalton. Quiero tu boca haciéndome perder la cabeza. Quiero correrme en tu lengua… —Casi podía imaginarse aquello—. Dioses, sí…, eso estaría muy muy bien.

Sintió cómo él se quedaba petrificado, su rostro a escasos centímetros del suyo.

Entonces, de repente, los dedos de Dalton se cerraron con fuerza en sus caderas —diez puntos de fuego marcándole la piel— y la apartó de golpe hacia un lado.

El movimiento fue tan brusco que el agua salpicó fuera de la bañera.

Savannah se quedó mirándolo pasmada. Por un instante, el cuerpo entero le gritó para que se lanzara encima de él y le besara cada centímetro de esa piel que parecía hecha para la guerra… y para el pecado.

—Joder, Savannah —masculló Dalton con el pecho aún agitado—. ¿Qué secuelas puede tener el veneno de Kilian? Dímelo. Ahora.

Ella ladeó la cabeza con una sonrisa somnolienta que no le llegaba a los ojos. Se mordió el labio, divertida y extrañamente tranquila.

—Mmm…, ahora no lo recuerdo del todo, pero tiene muchas propiedades —dijo arrastrando las palabras como si le costara mantenerse enfocada—.

Es un poder de vinculación muy poderoso…

y muy peligroso. No solo puede matarte si así lo desea, puede hacerte muchas otras cosas, depende de lo que el jinete quiera desencadenar en su víctima.

—¿Qué más puede provocar?

A Savannah no le gustó ese tono. Lenta, sin perder la calma, alzó un dedo mojado y estiró el hoyuelo de su mejilla, obligándolo a sonreír.

—Así estás más guapo.

Él no respondió.

—En el imperio se dice que mi padre utiliza a Kilian en los interrogatorios más difíciles —continuó ella, mientras bajaba el dedo hasta su cuello y trazaba la línea de su clavícula—.

El veneno puede hacerte hablar. Puede inducirte recuerdos, provocar alucinaciones y manipular emociones.

También puede hacer que sientas deseo, culpa, placer… o miedo. Según lo que él necesite.

Dalton le agarró la mano y la detuvo.

—Creo que ya sé lo que ese cabrón quería hacerte —bufó—.

Joder, ¿en qué demonios estabas pensando al dejar que te apuñalara?

¿De verdad creías que era un plan brillante?

Sé que estaba tu amiga, sí, pero ¿y si hubieras estado sola?

¿Tienes idea de lo que ese enfermo podría haberte hecho con ese veneno corriéndote por las venas?

—No…

—No. No tienes ni puta idea.

Savannah sintió que el corazón le latía demasiado rápido. Ya no veía solo enfado en el rostro de Dalton, estaba asustado.

—Sé cuidarme sola, siempre lo he hecho.

—No, al parecer no lo sabes. Vives en un mundo que crees que puedes controlar, uno hecho de ideales y colores bonitos, pero no funciona así.

Eres una mujer en un imperio que solo te ve como carne con poder, Savannah.

Como un trofeo, un vientre útil, una excusa para follarte y dejarte embarazada si eso les da acceso a un puto trono.

Para esa gente no eres una jinete, no eres una guerrera, ni una sanadora, eres una herramienta.

Ella abrió la boca, pero no dijo nada al principio. El deseo y el fuego que la habían dominado hacía unos minutos se apagaban poco a poco, como si las palabras de Dalton los hubieran ahogado.

—Eso no es…

—¿Que no es verdad? —la interrumpió él furioso—.

Entonces dime por qué ese cabrón usó el veneno de esa forma.

¡Pudo haberte hecho cualquier cosa! ¿Tienes idea del tipo de control que ese vínculo le da?

Podría haberte pedido que le rogaras, que te arrodillaras, que hicieras cualquier maldita cosa… ¡y lo habrías hecho!

—No habría llegado a eso. ¡Marcelin estaba conmigo!

—¿Y si no hubiera estado?

—¡Pero estaba! —soltó alzando la voz por fin—. Y luego decidí irme contigo, porque confío en ti, joder.

—No sé qué plan tenías en mente, pero me da la jodida impresión de que crees que esto no importa.

—Avanzó hacia ella en el agua—. ¿Crees que es una maldita tontería que alguien toque tu cuerpo sin permiso?

¿Que te envenene de tal forma que pierdas el sentido de lo que haces y de dónde estás?

—Se detuvo a un palmo de su rostro con los ojos encendidos—.

No tienes ni idea de lo que se siente que te hagan eso.

Y te aseguro que no se olvida, Savannah.