Capítulo 10
Dalton llevaba lo que a él le parecía una eternidad sumergido en el vacío.
Había aprendido a sobrevivir sin permitir que nada lo alcan zara, porque sentir significaba abrir puertas que él mismo había sellado con sangre. Pero cuando vio a ese jinete encima de Savannah, algo en su interior se sacudió.
Volvió a sentir aquel instinto protector que siempre había tenido, el mismo que había crecido con él y lo había convertido en emperador.
Un impulso tan primitivo y antiguo como el que casi lo derribó.
Y le aterraba, porque se había jurado no volver a sentir nada capaz de despertar la destrucción que sabía que podía desatar.
Todo pasó demasiado rápido para Dalton, que seguía clavado en el sitio, a un paso del cuerpo apuñalado del jinete.
Poco importaba eso. El muy gilipollas de Kilian sanaría en unos días; la inmortalidad tenía sus ventajas para los idiotas.
Lo que de verdad le preocupó fue ver cómo la furia arrancaba, centímetro a centímetro, la luz de los ojos a Savannah.
Una mujer morena la sostenía, impidiéndole volver a lanzarse sobre el cuerpo.
Savannah aún murmuraba entre dientes, ahogada en su rabia.
La desconocida le cubrió de nuevo el rostro con el pañuelo para ocultar su identidad antes de que alguien pudiera reconocerla.
Más tarde, Dalton se haría preguntas sobre aquella mujer, pero en ese momento, lo único que importaba era que ella estaba sangrando.
La daga envenenada de Kilian le había abierto el costado, y el veneno, hecho para burlar la inmortalidad, impedía que su cuerpo sanara.
Dalton miró hacia la salida. Las escaleras parecían interminables, y Savannah no podría subirlas sin desmayarse del dolor.
Desvió la vista hacia una abertura excavada en las paredes de la grieta.
Había estado allí antes —aquel lugar le pertenecía, al menos en su tiempo—, aunque siete mil años atrás, las cosas eran distintas.
No conocía las normas de aquella época, pero recordaba que, bajo la grieta, existía una red de cámaras y túneles subterráneos.
Si quería mantenerla con vida, debía llevarla por allí.
Levántate y ven conmigo, Savannah . No podía borrar lo que había hecho, pero sí lo que vendría. Borraría los recuerdos de esos miles de personas, aunque solo fuera de su huida.
Ella asintió y se incorporó como pudo.
—Te he dicho que tenía que llamar la atención de alguien, déjame terminar lo que he empezado. Sal de aquí como puedas. Nos vemos en Pramvera.
—Pero, Savi…
—Es una orden, Marcelin.
Dalton se acercó y la sostuvo con disimulo. Para los ojos de todos, ella caminaba sola por la arena, pero era él quien la mantenía en pie.
No hagas preguntas , gruñó ella.
Me da igual lo que hagas cuando no estás ayudando a la gente.
¿Ah, sí? Entonces dime, ¿por qué estás aquí?
Qué error el mío enseñarte a comunicarte por aquí.
Se metieron por uno de los pasadizos laterales, donde olía a sexo, sudor y magia retorcida. No era el camino ideal, pero no había otro. Dalton no miró atrás mientras la arrastraba y, con cada paso, borraba de la memoria colectiva su salida de la arena.
¿A dónde me estás llevando, Basilius?
El cuerpo de Savannah se le escurría por el hombro, casi sin fuerza, pero ella apenas parecía consciente de nada. El veneno no solo la estaba destrozando por dentro, también le había nublado la mente.
Intentó calmarle el dolor todo lo posible, pero era inútil. El veneno arrastraba sus intentos como una ola negra, devorando cualquier alivio que trataba de ofrecerle.
Joder, iba matar a Kilian, muy lentamente.
—Preocúpate de mantenerte consciente.
En efecto, los pasillos estaban llenos de habitaciones, y Dalton no podía permitirse abrir puertas al azar, no en un lugar donde detrás de cada umbral podía haber placer, violencia o algo peor.
Así que cerró los ojos y extendió su conciencia como una niebla que se filtró a través de las paredes buscando vibraciones mentales.
En algunas estancias encontró demasiadas: pensamientos sucios, respiraciones entrecortadas, jadeos desordenados, mentes agitadas por el deseo.
Pero más al fondo, casi al final del pasillo, percibió una estancia envuelta en un silencio absoluto.
Cuando se acercó, la puerta estaba cerrada con llave.
Dejó a Savannah apoyada contra la pared y rezó, por una vez en siglos, a los dioses, esperando que incluso siendo un maldito fantasma pudiera derribarla.
Apretó los puños y, con una patada, la puerta cedió.
Savannah tenía los ojos cerrados y la cabeza ladeada, casi inconsciente.
Dalton la tomó en brazos, entró en la habitación y cerró la puerta.
Luego la dejó con cuidado sobre una cama de barrotes altos que llegaban hasta el techo.
Echó un vistazo rápido. El cuarto era sencillo, con paredes de piedra y una chimenea encajada a los pies de la cama, que encendió para arrancarle algo de luz y calidez a la habitación.
—Eh… —se inclinó sobre ella—, mírame, no te duermas.
Savannah yacía bocarriba sobre el colchón, su cuerpo estaba empapado de sudor y respiraba de forma entrecortada.
Dalton le tomó el rostro con una mano, sus dedos fueron cuidadosos al envolverle la mandíbula. Intentó que lo mirara, pero sus ojos seguían cerrados, vencidos por el veneno.
Con el ceño fruncido, deslizó la yema de los dedos por su cuello en busca del pulso… y cuando lo encontró, se dio cuenta de que era muy lento.
Peligrosamente lento.
Había tratado con múltiples heridas en la guerra: cuerpos mutilados, miembros arrancados, sangre derramada en cantidades imposibles. Pero los venenos se le escapaban.
Sus dedos descendieron por su cuerpo hasta el costado y rozó la herida. La sangre seguía manando, sin el más mínimo indicio de querer detenerse.
—Dime qué tengo que hacer.
Savannah abrió los ojos apenas un instante.
—Desnúdame…, por favor.
Se quedó helado.
—No voy a…
—¡Por los dioses, Dalton! ¡Quítame la maldita ropa!
Los ojos de él se abrieron como si le hubieran dado una bofetada.
Había vivido siglos —demasiados— y, aun así, nunca había visto desnudo a nadie que no fueran Kaiserin o Eda.
El último cuerpo que le habían obligado a tocar…
ni siquiera lo recordaba bien. La magia que lo ató entonces le borró fragmentos enteros de la memoria; otros se los dejó distorsionados, envueltos en una niebla que todavía era incapaz de atravesar sin sentir náuseas.
Aun así, tragó saliva, apretó los dientes para contener el temblor que amenazaba con delatarlo y obedeció.
Desenvainó una de las dagas del muslo de Savannah y la pasó por la costura del uniforme, abriéndolo desde el abdomen hacia arriba. La tela cedió y reveló sus redondos pechos manchados de sangre.
«Concéntrate, joder», se ordenó, apartando la mirada un segundo porque sabía demasiado bien que, si se permitía ver más de lo necesario, perdería el foco.
Tiró el uniforme a un lado, y sus dedos regresaron a la herida. Bastó un toque para sentirlo: Kilian no solo la había apuñalado, había girado la hoja con la intención de desgarrar músculo y carne.
—Hijo de puta…
—Dalton. —Sus delicados dedos buscaron los suyos—. Debes… debes llenar una bañera y meterme en ella.
—El agua no va a arrancarte el puto veneno del cuerpo.
Savannah le cogió la mano y, con la poca fuerza que le quedaba, empezó a bajarla hacia su vientre.
—¿Qué estás…? —Llevó la mano al interior del muslo y sus dedos rozaron algo pequeño y redondo, oculto en uno de esos bolsillos íntimos. Reconoció la perla, la misma que ella le había lanzado días atrás solo para comprobar si podía atravesarlo.
Ella habló antes de que él pudiera preguntar:
—Ya sabía cuáles eran las consecuencias de pelear con Kilian, pero siempre voy un paso por delante de ese malnacido. Llena la bañera y mete la perla dentro, no hay otra forma de hacerlo.
Rápido, Dalton se aproximó al baño, llenó la bañera y lanzó la perla al agua. Cuando volvió, Savannah estaba completamente desnuda al borde de la cama. Se había deshecho de toda la ropa; su cabello rubio y teñido de sangre le caía sobre los hombros sudorosos.
Casi se cayó hacia atrás al verla así.
Las llamas de la chimenea parecieron cobrar vida durante unos segundos, iluminando su piel desnuda. El golpe fue inmediato y volvió aquella sensación, la de estar atrapado dentro de un cuerpo que no controlaba, obligado a tocar, a mirar, a participar.
Por un instante, no la vio a ella. No vio a Savannah.
Vio aquella habitación.
Vio aquella luz temblorosa sobre la piel equivocada.
Vio aquel cuerpo que no era el suyo.
—No… —Cerró los ojos para obligarse a volver, recordándose a sí mismo que era Savannah.
Solo ella.
Nadie más.
—Dalton. —La mujer giró la cabeza con esfuerzo, y sus ojos, cansados y dulces como los de un cervatillo herido, se quedaron fijos en él—. ¿P-puedes ayudarme?
Sus pies se movieron, tenía que dejar a un lado sus propios fantasmas. No había lugar para el pasado ni para la vergüenza, solo para el presente.
Se arrodilló junto a ella.
—Pasa el brazo por mi cuello —le indicó, y ella obedeció sin protestar—. Voy a tener que cogerte en brazos, ¿vale? Déjame que te toque.
Deslizó un brazo bajo sus piernas y otro por su espalda y la levantó. Savannah se acurrucó contra él, aferrándose a su camisa, y sus lágrimas de dolor comenzaron a deslizarse por su cuello.
Caminó con ella hasta la enorme bañera, hecha para albergar a diez personas, y la sumergió en el agua, sintiendo cómo se le escurría entre los brazos, demasiado débil para mantenerse sentada.
No sabía qué demonios hacer, ni si tenía derecho a quedarse allí…
, pero cuando vio su cuerpo resbalar hacia un lado, se arrodilló sin pensarlo y metió los brazos en el agua para sostenerla.
—Voy a ayudarte a quitarte la sangre.
Ella no respondió.
—Savannah… —Tragó saliva—. Dime si puedo limpiarte. No lo haré si no sale de tu boca.
Ella se movió hasta alcanzar un paño y lo puso en su mano.
—Frótame fuerte —dijo entre dientes—. No quiero la sangre de ese gilipollas en mi cuerpo.
Empapó el paño y empezó a limpiarla, viendo cómo el agua se teñía de rojo. La tela era lo único que separaba su mano de la suavidad de su piel, y aun así, era demasiado.
Intentó centrarse en la tarea, pero sus traidores ojos se detuvieron en cada curva: en los pezones rosados, endurecidos por el dolor; en la línea de su abdomen tenso; en la cadera que emergía del agua; en el temblor de sus muslos al respirar.
Su mano se quedó quieta un segundo.
«Concéntrate».
Savannah, floja como una muñeca de trapo, volvió a deslizarse hacia un lado. Había perdido el conocimiento otra vez.
—Voy a meterme contigo, si no te ahogarás —le advirtió, pero ella no pareció escucharlo.
No tenía alternativa.
Dalton empezó a desvestirse y, cuando se quitó la camisa, la vio: la herida que lo había matado. No era un corte limpio ni una marca digna de un guerrero, sino una cicatriz monstruosa que le cruzaba el centro del pecho.
«Esto ahora no importa».
Se deshizo de los pantalones y de las botas, quedándose únicamente con la ropa interior. Sin darle más vueltas, se metió en la bañera que seguía llenándose y el agua tibia le lamió la piel mientras se hundía hasta sentarse.
Luego tomó a Savannah y la acomodó entre sus piernas, recostándola contra su pecho, de espaldas a él. Pasó un brazo por debajo de su abdomen, lo justo para mantenerla a flote sin invadir más de lo necesario, y con la otra mano la guio hasta que su cabeza reposó sobre su hombro.
—No voy a tocarte más de lo necesario, no… no tengas miedo, ¿vale? Solo quiero ayudarte. —Siguió limpiándole la herida del costado—. Por favor, no pienses mal de mí.
Savannah no contestó.
Dalton cerró los ojos con fuerza, como si eso bastara para no verla, para no sentir su cuerpo desnudo bajo las manos.
Pensó en cómo se había desatado en la arena, en la furia con la que había clavado esas dagas.
Savannah no había ido a Arcadia por error, ni se había metido en aquella pelea por azar.
Parecía que buscaba justo esto: que la hirieran.
Necesitaba respuestas, pero no iba a invadir su mente para conseguirlas. Si ella quería decírselo, lo haría.
Le apartó un mechón de cabello con suavidad y se lo colocó detrás de la oreja, justo como la había visto hacerlo a ella.
—Maldita sea…, ¿cuánto va a tardar esto? —bufó sin aflojar ni un instante el agarre con el que la sostenía.
En medio de aquella bañera, Dalton pensó en Kaiserin, la mujer con la que se había casado más de trescientos años atrás; ella sacaba su lado más joven, más voraz.
Eran dos almas sentadas en un mismo trono, un amor que despertaba mil emociones a la vez.
Eda, en cambio, le había arrancado la paciencia con su carácter impetuoso y su necesidad constante de saberlo todo.
A veces era una auténtica cascarrabias… y, aun así, también la amó por ello.
Pero Savannah… Savannah no se parecía a ninguna de las dos.
Ella solo le había dado paz.
Tal vez por eso era la guadaña. No porque arrebatara vidas, sino porque sabía acompañarlas al otro lado sin dolor, como había hecho con él.
Le daba tanta paz que, en aquella bañera, Dalton se permitió algo que no se había permitido en siglos: cerrar los ojos y simplemente sentir.
Dalton no tenía corazón. Al menos, no uno que latiera. Pero quizá algo llevaba tiempo formándose en esa oscuridad que lo habitaba, algo parecido a un latido. Y tal vez…, solo tal vez…, era Savannah quien, sin proponérselo, le estaba dando forma.