Capítulo 9 #2
—Pues que su hipogrifo le dio ese poder de mierda para distorsionar la percepción de los mortales.
Hace que lo vean como un dios, o como su amor prohibido, o como lo que le salga del ego…
, y luego les quita lo que quiere —bufó—.
Para él los mortales son solo materia blanda que moldear, y nadie lo detiene, porque su vínculo lo hace útil.
—¿Y tú vas a detenerlo?
—Voy a enseñarle que las sanadoras también sabemos romper huesos.
En cuestión de segundos, la manipulación surtió efecto. Como marionetas, ambos comenzaron a moverse.
Kilian salió de su balcón con esa sonrisa de idiota aún en el rostro.
Minutos después ya bajaba hacia el enorme hueco de la arena pavoneándose como siempre.
Corvan no tardó en seguirlo. Su melena pelirroja recogida en un moño alto le daba un aire arrogante y salvaje.
Descendió despacio, como si el mundo entero tuviera que agradecerle cada paso.
Se encontraron en el centro del círculo, donde se estrecharon la mano y la multitud rugió. Con un gesto ensayado, ambos se arrancaron la parte superior del uniforme, dejando al descubierto unos torsos esculpidos a base de entrenamiento, ego y pura vanidad.
—Arrogantes asquerosos —escupió Savannah, más furiosa de lo habitual.
Mientras ella se desvivía por usar su conocimiento para sanar a quienes no tenían nada, para cuidar a los hambrientos o a los olvidados…, los jinetes, las criaturas elegidas por los dragones, pasaban sus noches allí, derramando sangre como si fuera un deporte.
Aquel lugar mostraba con total claridad cuánto habían fracasado como sociedad.
Los dioses les habían dado magia, poder, dones para sanar, para proteger.
¿Y qué habían hecho con ellos? Negarlos.
Usarlos para dominar y humillar. Una parte de ella se rompía al presenciarlo.
Pero la otra… la otra lo guardaba todo en su memoria.
Porque todos ellos pagarían algún día por lo que habían hecho.
Marcelin le cogió la mano y se la apretó con fuerza. No hicieron falta palabras, no necesitó mirarla para saber que estaban pensando lo mismo.
—Todos ellos pagarán por esto, cada maldito jinete.
Uno por uno. Te lo juro, y sabes que yo no rompo mis promesas.
—Sin apartar la vista del centro de la grieta, comenzó a desatarse el pañuelo que le cubría el rostro hasta descubrir sus facciones al mundo y se recolocó la trenza castaña—. Nadie va a reconocernos ahora.
Savannah la imitó, se quitó el pañuelo y se lo ató a la cintura. Su trenza dorada brilló bajo la luz roja de los cristales. Las dos, hombro con hombro, exhibían sin miedo los emblemas de las criaturas a las que estaban vinculadas.
Al instante, el rugido del público se volvió ensordecedor.
—¡Cuatro jinetes esta noche!
—¿Son mujeres? Bah…, ya sabemos cómo va a terminar esto.
—Apuesto todo por los hombres, es el mismísimo ejecutor.
—Las van a destrozar.
—Llorarán antes del primer golpe.
—A ver si aprenden a no meterse donde no las llaman.
Kilian y Corvan saludaban a los mortales como si fueran dioses descendidos para ofrecer un espectáculo. Sonreían, se dejaban tocar, estrechaban manos y lanzaban miradas encantadas a quienes los aclamaban desde los balcones.
Ambos levantaron sus espadas, tomadas del arsenal, un depósito de armas reservado solo para noches como aquella.
Espadas. Claro. Qué típico.
—Mirad con quién tenemos el privilegio de combatir hoy —anunció Kilian.
Por un segundo, Savannah sintió que la reconocía…
, pero no. Como siempre, Marcelin había alterado la realidad lo justo, ocultando lo necesario.
Ellos no sabían a quién se iban a enfrentar, y eso lo volvía aún mejor—.
¿Estáis seguras de querer esto? Corvan y yo prometemos portarnos bien, ¿a que sí?
—Seremos caballerosos —añadió Corvan con una reverencia burlona—. Muy muy buenos chicos.
Aunque hubieran pasado diez décadas, caminaron hacia el arsenal sin una sola duda en el rostro. No miraron al público ni a los hombres. Solo avanzaron, decididas, a por sus armas.
Un jinete del escuadrón de zengs, desde uno de los balcones, alzó la mano e invocó un escudo, una cúpula de protección que envolvió la arena para evitar que la batalla dañara al público. Se trataba de una formalidad habitual cuando se enfrentaban jinetes.
—Seguro que cuando nadie los ve esos dos se comen la boca —murmuró Marcelin guiñándole un ojo a Savannah mientras tomaba una lanza—. Míralos, toda esa tensión solo puede acabar en una cama.
—Yo diría que están casados.
—Casados, follando o peleándose desnudos…, todo les pega —remató Marcelin mientras ambas se posicionaban una al lado de la otra, listas para comenzar.
—Apuesto lo que quieras a que Corvan será el primero en atacar.
—Por supuesto que ese maldito arrogante se lanzará primero, Savi.
Al otro lado del círculo, Kilian y Corvan reían, aún confiados, sin saber que ya habían perdido.
—Sin magia —recordó Savannah.
—Sin magia —repitió Kilian.
Miró un último segundo a Marcelin, quien, con apenas un gesto, le advirtió lo que ya sospechaba: Kilian utilizaría su vínculo. Tal vez no para atacar directamente —eso rompería las normas—, pero sí para imbuir sus espadas con veneno, lo justo para que las heridas no pudieran cerrarse.
El primero en moverse fue Corvan, tal y como Savannah había anticipado. No pensó, no midió, no esperó. Embistió con la espada en alto, decidido a abrirse camino desde el primer segundo.
Pero Marcelin ya lo estaba esperando.
Con la lanza en las manos, giró sobre un pie y desvió el golpe. La hoja silbó al rozar su trenza, apenas a un suspiro de distancia, antes de clavarse en la arena con violencia. Cuando Corvan se dio cuenta, Marcelin ya no estaba frente a él.
Se hallaba detrás.
Savannah no tuvo tiempo de seguir observando. Kilian avanzó con lentitud felina, midiendo cada paso. A diferencia de su compañero, él sabía esperar, no se precipitaba. Era un depredador que había aprendido a oler el miedo antes de atacar.
Ella no se movió. Ajustó el agarre sobre la lanza, bajó ligeramente la postura y dejó que el combate hablara en su idioma.
«Ven a por mí, cabrón —ronroneó en sus pensamientos—. Soy toda tuya».
Como si la hubiera escuchado Kilian amagó un tajo a la altura de sus costillas.
Savannah lo esquivó girando sobre el eje de su pierna izquierda, apenas unos centímetros, y en el mismo movimiento contraatacó con un barrido de lanza dirigido a sus tobillos.
Él saltó hacia atrás con agilidad y sonrió con esa maldita mueca torcida que siempre mostraba cuando creía tener el control.
Pero Savannah ya no era la joven jinete que, décadas atrás, lo había admirado.
Había pasado años entrenando con los mejores. Conocía el estilo de cada jinete imperial. Había observado sus debilidades, corregido errores. Había sido maestra y alumna al mismo tiempo.
Kilian dio un paso más y ella retrocedió. Sus pies se deslizaban sobre la arena, calculando cada ángulo, cada movimiento, para evitar que el filo envenenado se acercara demasiado.
A unos metros, Marcelin y Corvan libraban su propia danza de violencia.
Las armas giraban como extensiones de sus brazos, y el aire se llenaba de chispazos metálicos.
Marcelin reía con cada bloqueo, mientras que Corvan gruñía frustrado, cayendo sin remedio en el juego que ella tejía para desarmarlo.
—¿Ya se te ha olvidado cómo se pelea, Corvan?
—Verás lo que sé hacer cuando te saque los dientes, zorra —gruñó él.
Savannah no podía perder la concentración.
Kilian atacó de nuevo, esta vez apuntando al hombro. Ella bajó la cabeza, sintió el silbido de la hoja al rozarle el uniforme, y con un giro seco golpeó con el extremo de la lanza su antebrazo, forzándolo a retroceder. No iba a arriesgarse a que esa espada llegara a tocarla.
—¿Quién eres? —espetó él con la respiración acelerada—. ¿Acaso crees que una jinete de tu puto nivel puede ganarme?
Sabes usar una lanza mejor de lo que lo estás haciendo. Una emperatriz no se arrastra, no se limita a esquivar. Hace temblar el suelo con cada golpe. Lucha como si tu corona dependiera de ello. La voz de su fantasma le atravesó la mente como una orden.
Savannah parpadeó y, por instinto, alzó la vista por encima del hombro de Kilian, que seguía moviéndose como un depredador. Allí estaba Dalton, con los brazos cruzados sobre el pecho, la mandíbula tensa y los ojos clavados en ella.
Se le revolvió el estómago.
El impacto de verlo allí, vestido con un uniforme de guerra que no pertenecía a aquel mundo, la desarmó por dentro. Ira. Dolor. Y algo más.
No me mires a mí, míralo a él. Concéntrate.
—¿Tienes miedo, preciosa? —Kilian sonrió con esa mueca repugnante.
Va a atacar por la derecha. Busca envenenarte, no ganarte. Está borracho y muy cachondo. Cree que te tiene distraída, pero sus movimientos son lentos, predecibles. Usa eso. Dalton lo estaba analizando, leía sus intenciones.
—Te veo distraída —volvió a provocarla Kilian.
A la mierda.
En menos de un segundo, lo derribó.
Kilian cayó de espaldas sobre la arena sin entender qué lo había golpeado, y Savannah se le echó encima con la furia acumulada durante décadas. Le hundió el puño en la mejilla.
No necesito que me digas lo que ya sé , bufó Savannah, bajando más el peso de su cuerpo sobre el de Kilian, rozándolo justo donde sabía que le haría perder la cabeza.
Conozco a mi contrincante mejor que nadie.
Su debilidad no es su técnica ni su puta arrogancia…
, sino esto. Hizo una ligera fricción de caderas y el cuerpo de Kilian reaccionó como un resorte.
En Arcadia, con la magia descontrolándole las hormonas y el ego inflado por la bebida, Kilian deja de pensar con la cabeza correcta.
Mientras tanto, Corvan y Marcelin se despedazaban en el otro extremo de la arena, sangre y arena volando con cada choque. Una pelea de verdad.
Marcelin se agachó junto a ellos, jadeando por el esfuerzo, con una sonrisa afilada.
—Míralo… —se burló—. Está más cerca de correrse que de darte un golpe.
En efecto, Kilian había perdido el control. Su cuerpo reaccionaba, pero su mente iba a la deriva, nublada por el deseo. Mientras tanto, Corvan y Marcelin luchaban con una violencia mucho más feroz.
Levántate de su puto regazo. Ahora. Dalton estaba encima de ellos y parecía menos un fantasma y más un hombre a punto de arrancarle la cabeza a Kilian.
—Si lo que querías era follar conmigo, podrías haberlo pedido sin armar este maldito circo —escupió Kilian del todo ajeno a la presencia de Dalton—. No necesito verte la cara para saber que eres tú, Savannah. Siempre has tenido ese veneno en la mirada.
El corazón se le detuvo un instante.
¿Cómo era posible que lo supiera…?
Ese segundo de desconcierto fue todo lo que Kilian necesitó. Se impulsó con fuerza y la empujó hacia el suelo hasta quedar encima de ella. Savannah sintió náuseas y pánico al tenerlo tan cerca, al percibir el olor agrio del vino, la arrogancia en su aliento.
Entonces llegó el dolor.
Una daga oculta en su lado izquierdo se hundió bajo sus costillas. El metal iba acompañado de algo peor que el filo: veneno. Sintió cómo el líquido ardía en sus venas, ramificándose, nublándole la vista, entumeciéndole los músculos.
Su cuerpo empezó a traicionarla.
—¡Levántate, joder! —gruñó Dalton a su derecha—. Saca las dagas y rómpele las costillas si hace falta.
¡No te atrevas a usar tu poder de vinculación, Dalton Basilius! , le gritó Savannah directamente en su mente, a través del dolor que le nublaba los sentidos. Esta es mi pelea. Mía.
Kilian se inclinó hacia su oído.
—Sanarás en unos días, pero te va a dejar coja, inútil, por si te habías hecho ilusiones de seguir jugando a ser sanadora.
Sé que te mezclas con los mortales, Savannah.
Y mi deber, tal como me encomendó el emperador, es educarte.
Y eso voy a hacer. Prefiero verte arrastrándote por el suelo, moribunda, antes que verte haciendo lo que te dé la gana.
—Le rozó la oreja con la lengua—. Además…
, seguro que esta noche la pasamos mucho mejor si te tengo así, emperatriz.
O te levantas ahora o le aplastaré la puta cabeza yo mismo.
—Ya he ganado —proclamó ella para que el mundo la escuchara.
La rabia la devoraba, sí, y la voz de Dalton retumbaba una y otra vez en su mente: «Levántate, levántate, levántate». Pero maldita sea…, ya había ganado, había cumplido su cometido.
Con el pulso desbocado y algo oscuro trepándole por la columna, Savannah se impulsó hacia arriba. El dolor del costado le quemaba, pero ya no importaba.
Se colocó encima de él, desenvainó ambas dagas fucsias de sus costados y lo apuñaló en el pecho.
Una vez.
Dos.
Cinco.
Diez.
No se detuvo.
Unas tras otras, las hojas se hundían en su carne mientras ella gritaba.
No gritaba por dolor ni por miedo, sino por todos los silencios que la obligaron a tragar, por el desprecio acumulado, por la rabia de haber sido apartada, anulada, reducida a un adorno frágil en un mundo que la quería quieta, perfecta y callada.
—Os enterraré a todos —sentenció Savannah—. Y tú, Kilian…, tú serás el último. Serás quien lo vea todo, quien escuche cada grito, cada súplica. Serás el que mire cómo caen uno por uno, y no podrás hacer nada.
Sintió unas manos fuertes rodearla por detrás y tirar de ella para apartarla del cuerpo empapado de sangre del jinete de dragón.
Forcejeó.
—¡Déjame acabar!
—Joder, Savannah. —Marcelin la sujetó con fuerza—.
Quiero que sigas apuñalándolo, te juro que sí.
Pero si no salimos ya, mañana te arrepentirás de esto.
Tienes que dejar la grieta, y tienes que hacerlo sin levantar más sospechas, y yo no puedo ayudarte si estás así.
Necesito usar mi magia para que te dejen pasar, para que nadie se pregunte quién demonios eres ni por qué has apuñalado diez veces al favorito del emperador.
La arena ahora era roja. Ya no se escuchaban vítores ni tambores; incluso la música se había rendido. Todo el mundo la observaba con una mezcla de fascinación y terror.
Con el pecho aún agitado y los dedos manchados, alzó la vista.
Dalton estaba frente al cuerpo mutilado de Kilian, observándolo sin pestañear. No mostraba sorpresa, ni juicio, ni horror; su rostro era una máscara imperturbable y desprovista de toda emoción.
Cuando sus ojos se cruzaron con los de ella su expresión tampoco cambió.
—Ahora empiezo a entender por qué estoy aquí —murmuró Dalton—. Comienzo a ver con claridad que la mujer que tengo delante fue la revolución que nadie vio venir, la historia que nunca se atrevieron a contar.