Los hilos del imperio Capítulo 9
31%

Capítulo 9

La cordillera de Arcadia, una vez caía el sol, no tenía nada que ver con el hielo solemne de Novadia. Allí, el calor del desierto no desaparecía, se transformaba. Las calles se llenaban de vida, de música, de cuerpos que se movían sin prisa; brillantes de sudor y deseo.

Aterrizó con Moonveil sobre las dunas, lejos del punto donde solían descender los demás jinetes.

Si la veían los guardias imperiales, todo su plan se iría al traste.

Aun así, deseó con cierta ironía que esa noche todos en Arcadia estuvieran lo bastante ebrios como para no notar su llegada.

Allí los mortales bebían, reían, bailaban…

, y después se perdían entre callejones, apretados contra muros calientes de piedra.

Savannah sabía que, si ofrecía algo más que su cuerpo desnudo, nadie la miraría dos veces.

—No creo que Marcelin haya llegado todavía —le dijo a la dragona mientras alzaba la vista al cielo estrellado—. Será mejor que no te vean merodeando por aquí. La última cosa que necesito son más habladurías de las que ya circulan.

Moonveil desapareció en las alturas, y Savannah volvió a fundirse con las sombras. Le tomaría varios minutos llegar al lugar donde comenzaría su noche: la grieta.

Mientras caminaba por las calles, no veía más que unos pegados a otros: besos con prisa, manos inquietas que no sabían detenerse. El aire olía a alcohol y a sexo, como si la ciudad entera estuviese fuera de control.

Savannah se ajustó el pañuelo sobre la nariz. Sabía que, como respirara hondo, acabaría igual que siempre: con la cabeza embotada, los sentidos revueltos y arrastrada por esa maldita bruma de lujuria que Arcadia parecía exudar por cada esquina.

Como temía, comenzaron los susurros:

—¿Sola, preciosa? Déjame ayudarte con eso.

—Piernas largas, justo como me gustan —dijo una mujer desde el regazo de otra, despatarrada sobre una mesa.

—Yo, querida, podría enseñarte muchas cosas… —canturreó un mortal que se le acercó por detrás, salido de entre la multitud como una alimaña.

Savannah desvainó la daga fucsia de su funda y se la apoyó en el costado.

—Soy demasiado mayor para ti, querido. Muchas más décadas, además. Si vuelves a acercarte, te abriré el estómago como a un pescado.

El hombre la miró con asombro, miedo y esa sonrisa satisfecha de los idiotas que creen que todo es un juego. Luego, como si nada, se giró, cogió a una mujer por la cintura y la besó de forma grotesca.

Nadie se inmutó.

Savannah se quitó de encima a unos cuantos más con un par de empujones.

Al fondo, por fin, las vio: las escaleras que descendían en espiral camino a las entrañas de Arcadia.

Cientos de peldaños de piedra serpenteaban hacia abajo.

Y allí, partiendo la arena, se extendía la grieta de Cristales Rojos.

Su fulgor teñía las paredes de escarlata, alimentado por las gemas ígneas que brotaban de sus bordes como sangre petrificada.

Los dragones estaban tumbados cerca del borde, los unos junto a los otros, con sus cabezas colgando perezosas hacia el abismo.

Sus ojos brillaban con desgana y bostezaban fuego, aburridos de esperar.

A su alrededor, mantícoras con cuerpo de león y alas membranosas vigilaban con indiferencia, y más allá, los hipogrifos —mitad caballo, mitad ave— observaban a todos con expresión tediosa.

Savannah apoyó una mano en la barandilla de piedra y descendió.

Sus ojos recorrieron la aglomeración en busca de Marcelin. La necesitaba para que el plan que tenía en mente esa noche se ejecutara a la perfección.

El estruendo de tambores, los alaridos, las risas ebrias y los abucheos de los mortales lo cubrían todo.

Frente a ella se alzaban los famosos balcones de observación, suspendidos sobre la grieta.

La multitud se apretujaba a los lados del abismo, dejando libre el centro, donde comenzaba el verdadero espectáculo: combates ilegales entre inmortales y mortales, una forma brutal de venerar la fuerza y la resistencia.

Un carnaval de violencia.

—Cien años no son suficientes para olvidar la adrenalina que se siente al estar ahí, al oír cómo ruge el mundo, ni cómo la sangre martillea en las sienes, ni ese olor a muerte que se te cuela en la maldita nariz.

Ni tampoco se olvida la rabia que te empuja a seguir peleando —proclamó Marcelin, vestida igual que ella, con el pañuelo negro cubriéndole el rostro.

Solo sus ojos verdes delataban quién era—.

¿A qué viene la brillante idea de volver aquí?

Pensaba que todo esto había quedado enterrado bajo las dunas.

Aunque admito que romperle un par de huesos a unos jinetes fanfarrones no suena tan mal.

—Necesito llamar la atención de cierta persona —respondió Savannah, sin apartar la mirada de la arena—. Para conseguir… cierta cosa.

—Ajá. ¿Sexo?

—¿¡Qué!? ¡No!

—¿Tiene algo que ver con el Olvido o solo estás intentando molestar a tu padre?

—Te lo contaré más adelante.

—Entonces seguiré creyendo que lo haces solo para fastidiar al gilipollas del emperador.

—En realidad, es importante que mi padre no sepa que estoy aquí. Ningún jinete debe saberlo —replicó Savannah—. Por eso te he pedido que vinieras. Sin tu poder, no podría pasar desapercibida.

Nunca le había hablado a Marcelin de Skylar, pero su amiga siempre había intuido que, desde niñas, algo oscuro caminaba detrás de Savannah.

Sin embargo, Marcelin nunca lo había mencionado.

—Estás de suerte, justo estoy aquí, y tengo muchas ganas de hacer sangrar a unos cuantos jinetes. Los de mantícoras últimamente se creen superiores en Valdemar por lo que he odio. Hay que bajarles los humos y recordarles quién tuvo las mejores peleas aquí hace más de cien años.

—Ay, Mar, no digas lo de los cien años, me haces sentir vieja.

—Pues espérate a cumplir unos cuantos milenios. ¿Crees que te saldrá alguna cana en ese pelo rubio perfecto? ¿O una arruguita aquí? —Le tocó el párpado—. A los mortales se les caen…

Savannah la apartó de un manotazo.

—Eso jamás va a pasar. Al menos en esta larguísima vida no tendré que preocuparme por las arrugas.

El retumbar de la música en la grieta le erizó la piel.

Quizá era la magia de Arcadia o ella misma recordando lo que había sido antes de que el imperio empezara a desmoronarse desde dentro.

Pero quería bailar, beber hasta olvidar su nombre, como hacía a los veinte con Marcelin.

Deseaba volver a aquellas madrugadas en las dunas, corriendo a toda velocidad junto a los takers, esas criaturas medio huecas y luminosas del desierto, rápidas como tormentas.

Se emborrachaban hasta caer rendidas en la arena, sin una sola preocupación.

Y al amanecer siempre las despertaba la sombra de su dragona pasando sobre sus cabezas o los empujones impacientes de Bonibell, el pegaso, que exigía que dejaran de hacer el idiota y volvieran a la realidad.

—Esta noche no somos sanadoras —se recordó Savannah.

—Esta noche no eres la princesa del pueblo —asintió su amiga.

—Esta noche soy una jinete.

Marcelin se bajó el pañuelo y dejó ver una sonrisa feroz.

—Solo esta noche. Sé que lo haces por algo importante. Confío en ti, Savi.

La tomó de la mano y comenzó a abrirse paso entre la multitud. Era impresionante el poder de Marcelin. La forma en que manipulaba las mentes sin esfuerzo, cómo la gente se apartaba de su camino sin saber por qué.

La adrenalina empezó a recorrerle el cuerpo como un veneno dulce. Savannah se repitió a sí misma que solo era la ciudad jugando con sus sentidos, que no debía dejarse arrastrar por la atmósfera.

Marcelin se detuvo justo al borde de la arena. El combate entre dos mortales había terminado y la multitud abucheaba, decepcionada por la falta de sangre. Savannah, en cambio, lo agradeció. Ninguno estaba herido de gravedad, y eso le evitaba la tentación de lanzarse a socorrerlos.

—No es la pelea que esperan ver —dijo a su lado—. Pero es la que les vamos a dar. Vamos, Savi… Dime, ¿qué elegimos?

Savannah no dudó.

—Dos jinetes. Hombres.

Ella asintió complacida.

—Buena elección. Muy muy buena elección. Un dos contra dos siempre enciende al público, mañana volveremos a ser historia, recuérdalo.

Savannah observó a su amiga. Era fascinante cómo con solo una mirada movía los hilos de la voluntad ajena. Nadie notaba la manipulación. Las decisiones parecían propias, espontáneas…, pero detrás de cada una estaba ella.

—Tu querido Kilian está aquí —la informó Marcelin sin mirarla—. ¿Vas a intentar partirle la cara sin que sepa que eres tú?

En efecto, Kilian estaba en uno de los balcones exclusivos, rodeado de jinetes que lo tocaban con descaro mientras otras se peleaban por su atención.

Kilian sonreía con una copa de vino en la mano, como si el mundo estuviera a sus pies.

Savannah apretó la mandíbula, el espectáculo era insoportable.

Si ella se hubiera permitido una mínima muestra de deseo o poder sobre un hombre, la habrían señalado, criticado y apartado.

Pero ellos podían tenerlo todo y seguir siendo admirados.

Todos conocían el poder del vínculo de Kilian, y por eso su padre lo tenía entre sus criaturas favoritas.

El dragón al que estaba vinculado le había otorgado una de las magias más corruptas: el veneno.

Las armas que blandía no cortaban, envenenaban.

Cada hoja, cada filo, cada punta estaba imbuida con toxinas que no se encontraban en la naturaleza, sino que nacían directamente de su vínculo.

Por eso lo llamaban el ejecutor del imperio.

Por eso él se creía invencible.

—Arrástralo hasta aquí.

—Esa es mi chica. —Marcelin se giró para observar el resto del palco y entrecerró los ojos—. Oh, fantástico… Corvan también ha venido.

—¿Qué pasa con él ahora?