Capítulo 8
Savannah debería haberlo insultado más antes de que Dalton se levantara de la silla y atravesara la maldita pared.
Podría haberse pasado el resto del día mascullando improperios, dejándose arruinar el humor y jurándose a sí misma que no volvería a dirigirle la palabra a un fantasma arrogante ni aunque apareciera envuelto en llamas pidiendo auxilio.
Pero no.
No tenía tiempo para enfados inútiles. En vez de estallar, se recogió la melena dorada con un enorme lazo rosa —el mismo que usaba cuando necesitaba recordarse que era fuerte y preciosa a la vez—, se ajustó el abrigo y siguió adelante.
Atendió paciente tras paciente, sin descanso.
La tarde se volvió noche mientras cosía heridas, bajaba fiebres y calmaba dolores.
La noticia de que la heredera imperial ofrecía sus servicios como sanadora se había difundido con rapidez entre los ciudadanos, aunque de manera cuidadosamente velada, para evitar que ni los guardias imperiales ni los jinetes supieran que, además de supervisar el embarazo de Lorelei, Savannah ofrecía su ayuda a quien la necesitara.
Apenas había dormido cuatro horas, pero nada que unos buenos polvos para las mejillas, un vestido impecable y unos tacones del color adecuado no pudieran arreglar.
Durante la noche atendió a varias mortales embarazadas y a personas que llevaban semanas perdiendo la memoria sin recuperarla. No se permitió flaquear ante aquello que no podía curar.
Entre paciente y paciente comenzaron a llegarle rumores, siempre después de un silencio incómodo, y siempre con el nombre de Kilian flotando en medio, ligado a mujeres y a su maldito poder de vinculación.
Savannah lo fue anotando todo, fechas, nombres, detalles que por separado parecían insignificantes pero que juntos empezaban a dibujar algo turbio, algo que le revolvía el estómago.
Porque sí, Kilian siempre había tenido fama en el imperio, siempre había sido un idiota arrogante, pero aquello no era simple reputación ni chismes de pasillo, aquello tenía intención, y cuanto más lo pensaba más le hervía la sangre.
Al amanecer, se quitó el delantal manchado de sangre seca, se lavó las manos hasta que el agua salió clara y se dirigió a la escuela para revisar a todos los niños, asegurándose de que no hubiera enfermedades contagiosas en la zona.
La mañana se le fue entre exámenes y anotaciones, pero no alteró su rutina.
Poco después volvió a la casa de Lorelei y Alvi.
El bebé seguía estable, aunque aún faltaban algunos días para que se cumpliera el plazo del parto.
Durante toda la jornada, el fantasma de Dalton no volvió a aparecer.
Savannah sabía que seguía en algún lugar de Novadia; lo sentía, como un frío persistente en la nuca.
Pero, por alguna razón, había desaparecido sin dejar rastro justo después de prometerle que la ayudaría en tanto su alma permaneciera en aquel mundo.
«Promesas vacías», pensó mientras atendía al anciano que había visitado el día anterior.
Se trataba de un hombre de mirada serena, pero con el cuerpo consumido por el cáncer.
Cada movimiento solía dolerle, cada gesto era un esfuerzo…
y, sin embargo, ese día algo había cambiado.
—Sea lo que sea lo que hizo usted ayer, Alteza… —balbuceó desde la cama—, después de su visita, el cuerpo dejó de dolerme. Por primera vez en meses, no sentí que el cáncer me comía por dentro.
—¿A qué se refiere, señor?
—Sé que voy a morir. No me queda mucho, quizá una semana. Pero lo que usted me hizo ayer… No sé qué fue, pero me dio paz, me permitió dormir mejor. Y creo que me hará dormir bien hasta el final. —Hizo una pausa, respirando con esfuerzo—. Gracias, de corazón.
El anciano, con el rostro surcado por el tiempo, le apretó la mano.
La de Savannah se mantuvo rígida, atrapada entre la cortesía y la confusión.
Ella solo le había administrado unas gotas de aceite de lunaria, una preparación suave a base de savia diluida y corteza que se usaba para aliviar la inflamación de los nervios y mitigar el dolor en pacientes terminales.
Nada que justificara un cambio tan brusco.
Su mente de sanadora empezó a repasar dosis, síntomas, posibles reacciones y…
Dalton.
Tenía que ser él.
Cuando se despidió del anciano, salió a la calle y alzó la mirada. La gente caminaba bajo la nieve, el olor a pan recién hecho y a sopa caliente llenaba el aire. Savannah, con su abrigo, no era más que una chispa de color entre la multitud, una gota de luz en medio del invierno.
¿Con cuántas personas lo has hecho? Envió aquel pensamiento sabiendo que no estaría lejos.
Con todas a las que tú has deseado que ayudara.
Volvió a recorrer su entorno con la mirada hasta que lo vio.
Dalton estaba allí, en medio de la calle nevada, tan inmóvil como una estatua entre el bullicio. La multitud lo atravesaba sin darse cuenta; los niños corrían a través de su cuerpo como si fuera niebla, riendo, sin saber que rozaban a un fantasma.
Él no se movió. El abrigo azul marino le llegaba hasta las botas, y el cabello oscuro le caía sobre la frente de un modo irritantemente perfecto, como si la muerte misma le hubiera dado un último toque de vanidad.
Pero no fue eso lo que le cortó el aliento.
Sino la forma en que la miraba.
Savannah apretó la mandíbula, recordándose lo enfadada que estaba y que debía ignorarlo. Pero su estómago traicionero dio un pequeño vuelco.
Muy pequeño.
Imperdonable.
Me dijiste que ya no leías los pensamientos.
Lo intento , respondió él sin cambiar ese semblante melancólico que lo acompañaba. Pero me es inevitable escucharlos cuando estás desesperada, cuando piensas en ello una y otra vez, cuando me lo gritas.
Eso no es… Gracias por ayudarlos.
Solo lo hago con algunos de ellos, para que el final sea menos doloroso.
Aquellas palabras le recordaron lo que Dalton le había pedido. Alzó la vista hacia el cielo, el anochecer teñía de púrpura las nubes.
Había llegado la hora de tener una conversación con la muerte.
Ya era casi medianoche, y Skylar aún no había respondido a su llamada.
Las palmas de sus manos sangraban; los cortes, inútiles, no habían servido para invocarlo. El dolor que siempre había abierto el vínculo no había sido suficiente esa vez. Su hermano no había venido…, no cuando más lo necesitaba.
Si no lograba contactar con él, tal vez perdería su única oportunidad de saber de qué se hablaría en aquel encuentro entre jinetes.
Fuera, la nieve azotaba con furia, golpeando los ventanales como si quisiera entrar. Por un segundo —uno muy breve y mezquino— deseó que Dalton estuviera enterrado bajo toda esa nieve, congelado en algún tejado, perdido entre las ráfagas heladas.
Lejos de ella.
Lejos de sus exigencias.
«¿Por qué demonios es tan importante pedirle poderes a la muerte?».
—Vamos, Sky —rogó con los ojos cerrados, apretando los dientes mientras se hincaba las uñas en las heridas aún abiertas de sus palmas—. Por favor…, por favor…
Nada.
—¡Joder!
Se incorporó de golpe, como si algo hubiera estallado dentro de ella. Cogió el cuchillo aún manchado con su sangre y, sin dudar un segundo, lo lanzó contra la puerta. La hoja se hundió hasta la empuñadura con un chasquido que retumbó por toda la pequeña casa.
—¡Si no vienes por las buenas, lo harás por las malas, maldita sea!
Se dirigió a la habitación, abrió el armario y dejó que sus dedos recorrieran las telas vaporosas, los tonos rosa y pastel, los tules delicados que habían terminado por definir su vida pública.
Colores suaves, amables, bonitos.
Colores que decían: «Soy inofensiva, soy lo que esperáis que sea».
Solo una prenda negra colgaba entre las demás, aislada como una mancha en un cuadro perfecto. La rozó con dos dedos y dibujó una mueca. El negro no tenía sitio en su vida; lo había desterrado por completo, pero para lo que tenía que hacer ese día… no iba a estropear ninguno de sus vestidos.
Se enfundó el uniforme de guerrera, ajustó varios cuchillos de mango fucsia a las correas de sus caderas y se recogió la melena con una horquilla de flores de metal, el único detalle que le recordaba quién era bajo todo ese negro.
Por último, hizo lo que siempre hacía cuando la distancia se interponía entre su mejor amiga y ella: tomó el libro que las unía y una pluma. En una página en blanco escribió: «Vuela cuanto antes a la grieta. Nos vemos allí. Es de máxima urgencia».
El mensaje desapareció con un destello y, segundos después, surgió una respuesta: «¿Rememorando viejos tiempos? Han pasado cien años desde la última vez que estuvimos en la ciudad del pecado».
Ese mensaje se desvaneció y dio paso a otro: «Salgo de Pramvera en cinco minutos, cuenta conmigo».
Savannah suspiró, cerró el libro y luego se cubrió el rostro con un pañuelo oscuro, dejando al descubierto solo los ojos.
Haría lo necesario para que Skylar se reuniera con ella, aunque tuviera que cubrirse de sangre para lograrlo.
Más de un siglo de entrenamiento le había enseñado a moverse sin ser vista cuando así lo quería, a caminar sin hacer ruido ni siquiera para oídos inmortales, a controlar el sonido de su propia respiración hasta volverlo imperceptible.
Savannah se deslizó entre las casas, esquivando a los guardias imperiales con la facilidad de quien conoce cada sombra de la ciudad.
Al pasar junto a una taberna, frunció el ceño.
Los jinetes nunca se emborrachaban en Novadia —claro que no—, para eso tenían la ciudad a la que se dirigía, donde se metían en camas ajenas como los hipócritas que eran.
Tan obsesionados con la pureza del linaje, con la rectitud, con la maldita etiqueta imperial…
y tan rápidos para quitarse la ropa cuando nadie los veía.
Esa doble moral le hervía en la sangre.
El fantasma de Dalton no apareció, pero, cada vez que parpadeaba, Savannah habría jurado ver dos ojos verdes observándola desde el otro lado de la calle, como un recuerdo empeñado en seguirla.
Le daba igual. Le daba exactamente igual.
Por muy agradecida que estuviera por lo que él había hecho por algunos de sus pacientes, esa vez no necesitaba una sombra acechándola.
Donde estaba a punto de entrar no quería compañía.
Ni siquiera la suya.
Moonveil la esperaba en el mismo lugar donde la había dejado. Durante el día volaba, cazando y explorando, pero, cuando caía la noche, siempre regresaba a su lugar de descanso.
Bajo la luz de la luna, sus ojos rosados la miraron.
—Siento no haber pasado más tiempo contigo.
—Acarició la frente escamosa y dura de Moonveil.
La dragona exhaló hondo y la dejó trepar por su pata hasta acomodarse sobre su lomo.
Antes de asentarse por completo, Savannah comprobó que llevaba lo importante: la esfera oculta entre las capas de su uniforme negro, bien protegida—. Que empiece la noche.