Los hilos del imperio Capítulo 7 #2
28%

Capítulo 7 #2

Conocía bien los poderes de Iron Shadow: las sombras, la transformación, la capacidad de moverse entre tierras.

La Savannah del futuro —la guadaña— dominaba todo eso con una facilidad aterradora, pero la mujer que tenía ahora delante aún no lo era.

No tenía poder visible como los demás jinetes, pero había algo latente bajo su piel.

—¿Qué sabes de él para hacer esa pregunta?

«Territorio peligroso», se recordó.

—Todos en Bankai conocen los poderes de la muerte. Dicen que puede entregar una gota de su esencia a quien él elija. Podría dártela a ti.

Por primera vez, la sonrisa de Savannah desapareció.

—¿Y qué se supone que haría yo con una gota de su poder? Él me protege, sí, pero no creo conveniente pedirle algo así.

—Te daría cualquier cosa que le pidieras, Savannah. —Además de Eda, una de las personas más importantes para Iron Shadow era su círculo cercano y, dentro de este, ella.

Dalton la había visto gobernar ante las almas de Bankai e incluso ejercer su autoridad sobre el propio territorio de la muerte. Iron Shadow jamás le negaría nada a la mujer que tenía delante, aunque aún faltaran siete milenios para que todo lo que Dalton sabía se cumpliera.

—Puedo hablar con él —reflexionó Savannah—. Pero… ¿qué poderes podría darme?

—El de las sombras es mucho más complejo que solo oscuridad.

Su verdadera fuerza es la transformación.

Lo he visto convertirse en un dragón, y también…

—dudó un instante, midiendo sus palabras— he visto cómo entrega parte de su poder, cómo permite que inmortales adopten formas feéricas.

Incluso puede cruzar el mundo en un parpadeo.

—Por eso siempre me dice que él es un dragón, porque puede transformarse en uno… —murmuró tensando los labios—. Nunca habla de sus poderes, cree que me dolería saber todo lo que él puede hacer y yo no.

Dalton se mordió la lengua. Tenía ganas de decirle que quizá todo aquello no fuera más que una mentira cuidadosamente construida.

Que su poder no tenía por qué manifestarse como el de los demás.

Sí, había conocido la magia de la vinculación con su propio dragón…

, pero ¿y el resto? ¿Cómo era el poder de los otros cientos de jinetes?

¿Quién había decidido cómo debía despertar la magia y cuándo?

Iba a descubrir cuál era su verdadero don, aunque no se pareciera en nada al de esa élite de jinetes que la miraban por encima del hombro.

—Cuéntame qué es el Refugio de las Escamas. —Dalton cambió de tema con toda la intención del mundo.

—Sabía que aceptarías.

—No lo he hecho.

Savannah chasqueó la lengua, pero la comisura de sus labios traicionó la sonrisa que intentaba ocultar.

Imbécil , pensó. Imbécil, imbécil, imbécil.

—Te escucho perfectamente. Sigue así y quizá hasta acepte lo que tienes planeado.

—Aceptarás de todos modos. Y si no…, te lo ordenaré.

Dalton soltó una risa baja, peligrosa.

—Adelante, inténtalo.

Como respuesta, Savannah cogió uno de los papeles de la mesa, tomó la pluma con naturalidad y comenzó a dibujar. Sus trazos eran rápidos, precisos.

Una montaña empezó a tomar forma bajo su mano.

Dalton sintió que el corazón se le detenía durante un segundo.

—¿Sabes dibujar?

—Siempre me he diseñado mi propia vestimenta.

Antes de coserla, la esbozo. —Sus líneas eran impecables, seguras.

En cuestión de minutos, giró el papel y se lo mostró—.

La reunión de jinetes se lleva a cabo en un lugar oculto dentro de Novadia, conocido como el Refugio de las Escamas.

Es un antiguo salón subterráneo, tallado en la roca bajo una de las montañas nevadas más altas de la cordillera, a unos treinta kilómetros de la ciudad.

Solo puede accederse por un pasadizo oculto, detrás de una cascada congelada.

Dalton tenía la boca entreabierta, incapaz de apartar la mirada. Apenas escuchó la mitad de lo que Savannah le explicaba.

—Joder, este dibujo es… —Tomó la hoja y la sostuvo frente al fuego—. Es increíble.

Los trazos no eran simples líneas, tenían alma, equilibrio, algo que solo alguien con un don natural podría crear.

La miró, todavía fascinado, y ella arqueó una ceja, sin comprender por qué aquel gesto le resultaba tan importante.

La última vez que había dibujado con esa misma pasión fue la noche en que durmió junto a Eda por primera vez.

La había dibujado mientras ella dormía. Aquello fue antes de que todo se derrumbara, antes de que ella dejara de amarlo, antes de que el fuego lo consumiera todo.

—¿Te he convencido? —preguntó Savannah con un brillo desafiante en la mirada—. Y no te preocupes si te pesa en la conciencia infiltrarte como espía, ni si te incomoda plantarte en medio de una reunión de jinetes y frente al emperador. Esto es la guerra. Y en la guerra, nadie juega limpio.

«Si tú supieras».

Dalton abandonó el dibujo sobre la mesa.

—Será mejor que dejemos la conversación para más tarde.

—¿Cómo que más tarde? No tenemos tiempo y ni siquiera te he contado…

—Tenemos más de dos semanas para hablar del plan —la interrumpió él, levantándose de la silla—. Antes de todo eso, pregúntale a la muerte si puede darte una gota de su poder.

—¿Qué? ¿Hablas en serio?

—Completamente.

—¿Y si me lo niega? —estalló molesta—. ¿Vas a ignorar mi plan? Podemos trazar otro, yo solo había pensado…

«Mierda».

—El plan será ese —la cortó.

—¿Entonces…?

Savannah no podía entenderlo todavía. Lo que Dalton le estaba pidiendo no tenía nada que ver con colarse en una reunión sin ser vistos ni con jugar a los espías.

Iba mucho más allá. Así que Dalton eligió la mejor opción: dejar que pensara que era un imbécil testarudo antes que confesar lo inexplicable.

—Habla con él —repitió sin titubear—. Si te da la gota, te ayudaré.

Notó su mirada siguiéndolo hasta la puerta, una que él no necesitó abrir. La atravesó como si fuera humo y salió a las calles nevadas de Novadia.

Dalton no tenía corazón; él mismo se lo había atravesado con una espada.

Pero si aún latiera dentro de su pecho, se habría acelerado al verla dibujar así, con esa concentración que parecía invocar mundos.

Y fue entonces cuando empezó, al fin, a entenderlo: el Tártaro no lo había arrojado siete milenios atrás por capricho.

Lo había llevado hasta aquí por una sola razón: obligarlo a ver que la guadaña no era su enemiga, sino su reflejo.

No eran opuestos.

Eran la misma esencia desdoblada en tiempos distintos.

Dos destinos tejidos con el mismo hilo.