Capítulo 7
—Ya he visto este tipo de embarazos antes —dijo Dalton, de pie junto a la cama de Lorelei, con los brazos cruzados—. Y siempre acaban de la misma manera. El bebé va a morir.
Savannah no le respondió. Tenía el ceño fruncido, completamente absorta, mientras deslizaba los dedos sobre el vientre tenso de la jinete, siguiendo la forma del feto bajo la piel.
El ungüento perlado que extendía desprendía un vapor azul pálido, elaborado para calmar el tejido uterino y permitirle sen tir mejor cualquier alteración interna.
—¿Todo bien, Alteza? —preguntó Lorelei con la respiración agitada y el rostro empapado en sudor.
A su lado, su marido Alvi le sostenía la mano con fuerza, aferrado a ella como la única certeza que le quedaba, convencido de que, mientras no la soltara, ni ella ni el bebé se perderían.
A Savannah le dolía en lo más hondo admitir que Dalton tenía razón.
Aquel embarazo, el simple hecho de que hubiera avanzado tanto, ya era una anomalía.
En los jinetes, la gestación rara vez duraba más de unos días; casi nunca superaba la semana.
Pero aquel caso rompía todas las reglas: la jinete llevaba nueve meses embarazada y el bebé había sobrevivido contra toda lógica.
Y aun así, el cuerpo seguía interpretando esa vida como una amenaza, como si la magia que los sostenía se volviera contra ellos.
—Un embarazo es transformación constante, y la magia no tolera eso —explicó Dalton, como si hubiera leído sus pensamientos—. Lo interpreta como un peligro y actúa en consecuencia, volviendo a la madre incompatible con cualquier cambio.
Soy muy consciente de cómo funciona un embarazo inmortal, gracias. Savannah desplazó el pensamiento, tal y como le había enseñado.
—¿Alteza…? —preguntó Alvi con nerviosismo al ver que no respondía a su pregunta.
—El bebé se está moviendo, está sano ahí dentro —enunció Savannah, y retiró las manos del vientre para limpiar el exceso de ungüento con un paño.
Se inclinó un poco para cubrir con la manta el abdomen de Lorelei y volvió a incorporarse—.
La actividad fetal es buena, y el ritmo cardiaco constante.
Eso es exactamente lo que quería ver hoy.
Volveré mañana. Si todo sigue estable, en unos días podrías ponerte de parto.
Si notas una presión anormal, sangrado o cualquier cosa que te haga dudar, manda llamar a los guardias. Llegaré enseguida, te lo prometo.
Respiraron aliviados, pero ella no lo hizo.
Sé que lo más probable es que el bebé no nazca con vida, pero aun así haré todo lo que esté en mi mano hasta el final.
Mientras recogía sus cosas y guardaba los frascos, solo deseaba que ese bebé naciera, que esa pareja tuviera lo que a ella siempre le había sido negado: la oportunidad de formar una familia.
Entiendo el sentimiento , le respondió él.
Al alzar la vista, Savannah lo encontró en mitad de la sala, observando a la pareja con una expresión que no supo descifrar. Se pasó una mano por el cabello oscuro, como si intentara calmar un pensamiento que solo él oía.
«Fue el amor lo que me mató».
Después de decirle aquello, él le prometió que la dejaría tranquila esa noche, que se marcharía a donde su alma quisiera arrastrarlo. Y, aun así, por la mañana llamó a su puerta y la acompañó hasta allí.
Savannah estaba acostumbrada al dolor físico: huesos rotos, fiebres, cuerpos agotados.
Pero el de Dalton era distinto. Cuanto más lo observaba, más lo veía reflejado en sus ojeras, en su forma de andar, en cómo hablaba.
Dalton no parecía solo herido; aparentaba ser alguien que había perdido un mundo entero y seguía caminando entre sus restos.
Como él mismo había dicho, por algún motivo su alma se negaba a dejar de seguirla.
Y por eso intuía que Dalton sabía mucho más de lo que admitía.
Aquel vínculo no le resultaba ajeno; ya había vivido algo parecido con Skylar.
Así que se preguntó si Dalton sería algo similar, otro guardián más, otra presencia que el destino había decidido colocar en su camino.
Savannah solo fue consciente del temblor cuando el frasco empezó a deslizarse.
Dalton reaccionó antes que ella, se acercó y cubrió su mano con la suya.
Entonces ocurrió. Un destello salió de entre sus pieles, breve y contenido, como un rayo atrapado.
El frasco cayó de todos modos y se hizo añicos contra el suelo.
—¿Alteza? ¿Se encuentra bien? —preguntó Lorelei desde la cama, llevándose una mano protectora al vientre.
Savannah parpadeó, desconcertada, y al levantar la vista encontró a Dalton mirándola igual de sorprendido. Sus manos apenas se rozaban, pero el contacto era suficiente para que ambos sintieran que algo había pasado.
Él apartó la mano de inmediato.
—Perdona…, estabas temblando.
Savannah abrió la boca para responder, pero se detuvo al recordar que él no estaba allí de verdad, que solo ella podía verlo.
Se agachó para recoger los trozos del frasco, pero Alvi cruzó la habitación en dos zancadas y se adelantó.
—No, por favor, Alteza —la detuvo con suavidad—. Tenga cuidado, no se vaya a cortar. Llamaré a alguien para limpiarlo.
Varias asistentes se movieron de inmediato y la pequeña estancia se llenó de pasos y murmullos, pero Savannah apenas los oyó. Todo había quedado eclipsado por el pulso insistente en su mano, por ese latido eléctrico que seguía vibrando justo donde Dalton la había tocado.
—Gracias por venir —habló Lorelei desde la cama—. Le dije a mi marido que no había sanadora mejor que usted. Sé que muchos aseguran que no tiene poder, pero yo sé que sí. Usted trae suerte y estamos muy agradecidos de que haya volado hasta aquí.
Savannah notó cómo el mareo empezaba a disiparse.
Apoyó los dedos en la mesa que se hallaba a su espalda, más en busca de estabilidad que de verdadero apoyo, cuidando que el gesto pasara desapercibido.
Entonces rozó algo distinto: un sobre oculto entre un montón de papeles.
Lo deslizó apenas unos centímetros hacia ella, fingiendo que ordenaba la mesa.
Por el rabillo del ojo alcanzó a ver el sello de cera, cuatro dragones entrelazados formando un único círculo, cada uno orientado hacia un punto cardinal.
El emblema oficial del imperio.
Acércate y mira la carta que estoy tocando , pensó Savannah sin mover los labios. Creo que mi padre va a reunir a los jinetes y, como siempre, yo no estoy invitada.
Dalton, que seguía algo aturdido al igual que ella, caminó hacia la mesa.
—No puedo leerla si tienes los dedos encima.
Savannah disimuló y retiró la mano con lentitud mientras hablaba en voz alta, sin apartar la vista de Lorelei:
—Me alegra mucho que pienses así, intento ser útil aunque no tenga magia. —Recogió su bolsa—. Descansa todo lo que puedas, es lo más importante ahora.
A la vez, su pensamiento se deslizó hacia Dalton: ¿Crees que esto tiene que ver con el Olvido? ¿Con la pérdida de memoria?
Lorelei le dedicó una sonrisa dulce mientras su esposo abría la puerta. Savannah se despidió y cruzó el umbral. Ya en la calle, bajo la nieve suave que comenzaba a caer, se detuvo para ajustarse el vestido bajo la capa. Un minuto después, Dalton atravesó la pared de piedra.
—No estaba del todo seguro de que pudiera hacer eso.
Savannah se limitó a alisar el broche dorado de su capa; no quería que la gente de las calles la viera mirando una pared vacía.
¿La has leído?
—Sí, y vas a tener que explicarme dónde está el Refugio de las Escamas, porque, al parecer, dentro de veinte días todos los jinetes d el imperio y de Valdemar se reunirán allí.
—Tenemos una hora antes de que llegue mi siguiente paciente —anunció Savannah, apartando frascos y vendas hacia un lado de la mesa.
En el otro colocó varias hojas en blanco y una pluma mojada en tinta—.
También debemos tener en cuenta que puedes desaparecer en cualquier momento, esperemos que no sea ahora, justo cuando tenemos que planear cómo vas a colarte en esa reunión.
Le indicó con la barbilla que se sentara frente a ella. Dalton resopló —un gesto muy vivo para alguien que no lo estaba— y obedeció. Al tomar asiento, la silla emitió un leve crujido bajo su peso incorpóreo.
La pequeña casa permanecía en penumbra, con las cortinas cerradas y apenas unas velas iluminando la mesa.
Savannah, sentada frente a él, revisaba los papeles con absoluta concentración, como si nada en aquella escena resultara extraño.
No parecía alterada por la cercanía, ni por el encierro, ni por el hecho de estar a solas con un hombre al que nadie más podía ver.
Dalton no podía decir lo mismo.
La penumbra le tensaba los músculos. Podía haber gobernado un imperio durante más de cuatrocientos años, negociar con la muerte, condenar a traidores y vencer guerras con una sola palabra, pero una habitación pequeña, cerrada y con una mujer al otro lado de una mesa seguía siendo territorio desconocido.
Incómodo.
Demasiado íntimo.
Había estado a solas con pocas mujeres en toda su vida. Kaiserin, Eda y… Tragó saliva y apartó la mirada. Sacudió aquel maldito recuerdo de su mente igual que se desharía de una brizna de ceniza de la ropa.
—¿Quieres que sea yo quien se cuele en esa reunión?
—Supongo que nadie allí ve fantasmas, por mucha magia que corra por sus venas. —Agitó las pestañas—. Yo solo tengo que llevarte hasta el Refugio; tú atravesarás un par de paredes de piedra y escucharás todo lo que se diga. Fácil.
—Entiendo.
—¿Y…?
—Pero creo que tú deberías venir conmigo.
Ella resopló.
—Como has podido ver, no he recibido ni una sola carta de mi emperador. Da igual que sea jinete o que tenga más años de experiencia que la mitad de los que estarán allí. Sigo sin ser invitada a sentarme en esa mesa. —Se encogió de hombros—. Así que… lo veo bastante complicado.
Dalton sintió la rabia subirle por la columna, lenta y afilada. Le hervía la sangre cada vez que lo sorprendía cómo la apartaban sus propios jinetes, su propia familia.
—¿Qué hay de él?