Capítulo 6 #3
—¿Quién es ese tal Kilian? —cambió de tema—. ¿Y por qué se le tiene permitido hablarte así?
—Porque cree que puede. Es un hombre hambriento de poder y piensa que casarse conmigo le daría acceso a cosas que nunca conseguiría por sí mismo.
Territorio. Influencia. Un nombre más alto que el suyo.
—Se acercó al recibidor sin prisa, tomó uno de los dulces del cuenco y lo partió entre los dedos antes de llevarse un bocado a la boca—.
No le intereso yo, sino lo que represento.
—Te desprecia —objetó Dalton.
—Detesta mis creencias, mi forma de actuar, que no encaje en el molde que adora. Odia que no le tenga miedo. Y, sobre todo, que no lo necesite. —Su voz se endureció—. Kilian no es una excepción al deprecio que recibo. Es solo el más ruidoso de todos, el imbécil que no sabe cuándo cerrar la boca.
—Pero la mortal dueña de esta casa no te detesta. Tampoco las decenas de mortales que se han cruzado contigo por el camino. Te respetan.
Dalton sabía reconocer el respeto cuando lo veía.
Como emperador, había aprendido que no bastaba con ser temido: un pueblo tenía que confiar en su líder para sostenerse.
Y eso era justo lo que había percibido en esas miradas, en la forma en que la gente se apartaba para dejarla pasar sin miedo ni servilismo.
—Algunos, sí —admitió Savannah—. Porque me conocen y saben lo que hago aquí, lejos del palacio.
—Suspiró—. Pero otros me detestan solo por ser jinete.
Para ellos represento un imperio que los oprime, aunque nunca haya ejercido ese poder contra ellos.
Aun así, la mayoría sabe que la hija del emperador no tiene magia en la sangre, y eso me vuelve vulnerable. Más humana.
A Dalton no le gustaba nada la palabra «vulnerable» aplicada a ella. Y mucho menos en boca de un mundo que parecía ansioso por recordárselo.
—Curioso —murmuró Dalton—. En un imperio donde la magia lo es todo, te respetan precisamente por no tenerla.
—Supongo que para ellos no soy una amenaza.
Dalton empezaba a comprender cómo funcionaba la jerarquía del imperio, pero había algo que no encajaba.
—Si eres jinete de dragón, al estar vinculada a uno, la magia debería haber despertado en ti. ¿Hace cuánto te vinculaste?
Ella lo evaluó en silencio mientras el salón, iluminado por la chimenea crepitante y presidido por una mesa de madera gastada, parecía encogerse a su alrededor.
—Tú no eres un jinete de Valdemar. —Dio un paso hacia él cuando no respondió—. Tampoco hueles como alguien que haya nacido allí. El aire de esas regiones suele quedarse pegado a la piel, impregnándolo todo…, pero tú no lo llevas encima. No. Tú hueles diferente.
—Savannah… —Era la primera vez que pronunciaba su nombre.
—Aun así tienes poderes de vinculación, lo que significa que estás unido a alguna criatura feérica. —Ladeó la cabeza—. Vienes de Bankai, ¿verdad?
No esperaba que los ojos marrones de Savannah se abrieran tanto y lo miraran grandes y atentos, ni que su rostro se suavizara de ese modo, como si deseara que él le confirmara lo que ya sospechaba: que procedía del mismo lugar que Iron Shadow, del mismo rincón oscuro donde nacían las sombras.
Y no se equivocaba.
—¿Qué eres, Dalton Basilius? —le preguntó cuando estuvo más cerca.
«Solo sé que estoy muerto».
«Solo sé que tú también lo estás».
«Solo sé que todos aquí lo estarán».
—Estoy…, estuve —se corrigió— vinculado a una criatura, sí. Mis poderes siguen conmigo. Algunos de ellos. —Pensó en la llama idealis, en lo que había sido, en todo lo que había perdido—. Pero respecto a lo que soy ahora… —alzó los ojos—, no lo sé.
Ella tomó asiento en una de las sillas que rodeaban la mesa central. El fuego creaba ondas en su rostro en tonos dorados, suavizando sus facciones. Se apartó un mechón de cabello detrás de la oreja antes de hablar:
—Me vinculé hace más de ciento diez años, cuando solo tenía doce. A esa edad, mi padre ya estaba decidido a casarme con un hombre que me doblaba la vida. Con eso creo que lo entiendes todo, lo poco que le importan la moralidad, la infancia o incluso su propia hija.
Sintió la sangre hervirle bajo la piel al oírla.
Dalton sabía cómo funcionaba el imperio, conocía las alianzas forzadas, los matrimonios pactados y lo poco que valía la voluntad de una niña cuando el trono estaba de por medio. Pero escucharlo de su propia boca… era distinto.
«Una niña —pensó—. Tenía doce años y él lo consideró aceptable».
Aunque, al mismo tiempo, todo lo que ella acababa de contarle era un recordatorio brutal de lo que él ya sabía sobre el imperio y sus leyes no escritas.
Los jinetes no podían tener hijos entre ellos.
Nunca.
La magia feérica los volvía inmortales, pero también estériles entre sí. Solo los jinetes varones podían engendrar descendencia con mortales y, aun así, muy pocos bebés sobrevivían. En cambio, una mujer jinete… jamás podría dar a luz, pues su cuerpo inmortal no lo permitía.
Así que, si Savannah estaba allí —hija del emperador, heredera del trono—, solo había una posibilidad: su madre había sido mortal. Y debía de estar muerta.
Dalton se sentó frente a ella.
—Supongo que no llegaste a casarte.
—Murió. Él lo mató. —Apoyó los codos en la mesa y hundió las mejillas entre las manos—. La noche antes de que se anunciara el compromiso deseé con todas mis fuerzas que no llegara a tocarme, que desapareciera…
—Y al amanecer estaba muerto —terminó Dalton por ella.
El silencio le confirmó sus sospechas.
—Nunca se lo he contado a nadie —continuó Savannah—. ¿Cómo dices en voz alta que, con doce años, deseaste el fin de un hombre… y que la muerte te escuchó?
Dalton sabía quién era Iron Shadow y hasta dónde podía llegar su protección. Era capaz de arrasar mundos enteros por una sola persona a la que considerara suya, de matar a millones si con eso salvaba a uno.
Y él habría hecho lo mismo por aquella niña de doce años.
—¿Puedo preguntarte a qué os referíais tú y la anciana? —se atrevió a preguntar.
—Si no vives aquí, es normal que no hayas escuchado nada.
—Se irguió y tomó aire—. Hace algunos años comenzó a manifestarse una enfermedad a la que llamamos el Olvido.
No deja marcas en el cuerpo ni señales visibles, pero es devastadora.
Afecta solo a los mortales y no ataca al cuerpo, sino a la memoria, llevándose años enteros, momentos que definieron una vida, vínculos, identidades…
Y lo peor es que no puede curarse con magia, ni siquiera los mejores sanadores pueden frenarla.
Dalton nunca había oído hablar de algo así.
—Por eso, cuando me desorienté en el centro, me preguntaste si sentía que mis recuerdos estaban desordenados.
—Es uno de los síntomas —asintió ella.
—¿El emperador lo sabe?
—Lo sabe todo el mundo. Cada semana aparecen más casos, y en los barrios bajos ya han empezado las revueltas.
Es donde menos vigilancia hay, donde casi no quedan soldados.
—Apretó las manos contra la mesa—. Así que, mientras el Olvido no alcance las zonas nobles, al emperador le da exactamente igual.
Para él solo son números que se pierden en los márgenes del imperio.
—¿Por qué hay revueltas? —preguntó, aunque ya intuía la respuesta.
—Los mortales han empezado a culpar a los jinetes y a los dragones, creen que tenemos algo que ver con lo que está ocurriendo.
—Y nadie hace nada por desmentirlo.
—Exacto.
Dalton no recordaba que la guerra de las Tres Llamas hubiera tenido algo que ver con los mortales.
Lo poco que sabía de lo ocurrido hacía siete milenios era que la primera llama, Kaiserin, fue una mujer con la que él, siglos después, llegaría a casarse.
Fue ella quien, manipulada por la tercera llama —la valirio—, desató el fuego que destruyó el mundo.
Savannah continuó:
—En ciudades como Aurik, la magia es abundante, y los mortales pueden usarla para cosas básicas: cocinar, curarse, proteger sus hogares.
Pero en otros lugares no es así, y esa desigualdad genera tensiones.
Algunos grupos de mortales quieren acceso a la magia, dicen que la necesitan para defenderse de nosotros… , de los jinetes.
—¿Creen que, si consiguen magia, los jinetes no les robarán los recuerdos?
Savannah frunció el ceño.
—¿Robar recuerdos…? Nunca lo había visto así.
—No digo que sea la respuesta, pero encaja demasiado bien. Y cuando la magia está de por medio, las coincidencias suelen ser mentiras mal disfrazadas.
—Si eso es cierto —admitió al fin—, entonces yo soy la única a la que no se lo han contado. Hace años que los jinetes dejaron de compartir información conmigo. Me han apartado de los escuadrones, de las rutas, de los viajes a Valdemar… —Bajó la mirada—. Creen que no soy digna.
Ahí estaba la raíz de todo: el aislamiento. La forma en que la trataban por creerla vacía de magia.
Dalton sintió una punzada extraña en el pecho.
¿Cuándo había empezado la historia de Savannah —una joven con un corazón demasiado grande para el mundo que habitaba— a torcerse?
¿En qué punto una sanadora, alguien dispuesta a arriesgarlo todo por salvar vidas, había terminado convertida en una mujer cuyo poder ya no tenía nada que ver con proteger la vida, sino con arrebatarla?
¿Cómo podía un imperio convertir a alguien así en una villana?
Necesitaba entender la razón de aquella paradoja.
—Tengo un cometido en este mundo. Para ti han pasado tres días desde que desaparecí, pero, para mí, solo unos segundos.
No sé si volveré a desvanecerme, pero lo que sí sé es que mi alma no va a dejar de seguirte.
Así que, mientras esté aquí, te ayudaré con los mortales y a descubrir qué o quién está detrás de esa enfermedad.
Si los jinetes tienen algo que ver, lo sabremos.
Savannah no sonrió.
—Entonces… ¿estás muerto? ¿Lo que veo es tu alma? —Él asintió una sola vez—. ¿Puedo preguntar cómo moriste?
Podía decirle que fue en una guerra, que él mismo se clavó una espada en el pecho y, aunque nada de eso era mentira, solo respondió:
—Fue el amor lo que me mató.