Los hilos del imperio Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Dalton la miró, desconcertado. Para ella, él no era más que otro curandero…

y, en cierto modo, no se equivocaba. Había visto más cuerpos destrozados de los que quería recordar, había sostenido vidas con nada más que sus manos y un poco de instinto.

En aquellos momentos de muerte y urgencia, agradeció haber pasado días enteros encerrado en su escritorio, escudriñando libros de medicina solo por el afán de calmar su insaciable curiosidad.

Estaba a punto de responder cuando un joven de cabello rubio, peinado a la perfección y con un abrigo azulado, se acercó con paso altivo.

—¿Se puede saber con quién estás hablando, Savannah?

No es apropiado conversar sola con la niebla, ni digno de una futura emperatriz.

—Carraspeó, alzando la barbilla—. Si necesitas discutir temas delicados, hazlo conmigo…

, en privado, claro. —Hizo un gesto con la mano, dejando que la nieve se deshiciera entre sus dedos.

—Kilian, sabía que no tardarías en aparecer —dijo Savannah con una sonrisa—. He visto a tu dragón, parecía más animado que tú. ¿Qué te trae por Novadia esta vez?

El aludido infló el pecho como un pavo real.

—Bueno, el emperador confía en mí. Le pareció lógico que, si tú ibas a quedarte aquí una semana, alguien capacitado estuviera cerca. Ya sabes, por si los mortales se alteran. Han estado muy inquietos últimamente.

—Qué considerado de tu parte.

Savannah se llevó una mano tras la espalda y, con un leve movimiento de los dedos, le hizo una señal a Dalton para que la siguiera. Cuando cambió de dirección y tuvo al hombre más cerca, lo observó con detenimiento.

El abrigo que llevaba estaba hecho de escamas…, y no de unas cualesquiera. Dalton las reconocería en cualquier parte, ya que su dragón mudaba las suyas cada cierto tiempo y solía guardarlas como si fueran tesoros. Pero aquellos jinetes, al parecer, no las coleccionaban, las usaban para vestirse.

Escamas de sus propios dragones convertidas en armaduras y adornos.

—Además —prosiguió el hombre altivo—, el emperador también consideró apropiado que pasáramos tiempo juntos durante tus tardes libres. Un vuelo, quizá. Después, una cena. Puedo organizar algo… memorable.

—Estoy segura de que puedes.

Dalton agradeció que nadie pudiera verlo cuando hizo una mueca de asco al ver cómo aquel tal Kilian se pavoneaba con cada palabra.

Savannah no lo miraba, ni a él ni a nadie en particular, pero seguía caminando con su sonrisa intacta.

Saludaba con cortesía a los ciudadanos, quienes se inclinaban con reverencias profundas, algunas tan cercanas que sus cuerpos atravesaban el de Dalton, dejándole una sensación helada en la piel.

Estaba claro: nadie más podía verlo ni tocarlo… , solo ella.

—No era una sugerencia —replicó él—. Es una orden del emperador.

—Ya… —Savannah ladeó la cabeza, como si lo pensara—.

Es que a Moonveil y a mí nos gusta volar solas.

Ya sabes que a ella no le agrada tu dragón; siente que siempre intenta impresionarla y termina haciendo lo contrario.

—Fue entonces cuando lo miró de verdad, sin rastro de sonrisa—.

Además, por las tardes ceno temprano y procuro acostarme antes de que caiga la noche.

Por las mañanas quiero estar disponible para Lorelei y preparar su parto.

—Se encogió de hombros con una educación impecable—. En otra ocasión, Kilian.

Al parecer, el remilgado no captó el tono irónico. Para sorpresa incluso de Dalton, dio un paso más, apoyó una mano en su hombro y acercó demasiado la boca para susurrarle:

—No estarás pensando en volver a mezclarte con los mortales, ¿verdad?

Ten cuidado, tu padre sabe perfectamente qué tramas y yo me tomo muy en serio mi papel de guarda.

—Pareció apretar su hombro con más fuerza—.

Tu deber es ayudar a los jinetes, que ese maldito niño nazca vivo.

No te metas donde no te llaman, Savannah.

Dalton dio un paso adelante, la rabia le crispaba los músculos. Quiso apartar la mano de Kilian del hombro de Savannah, arrancársela si era necesario, pero su cuerpo atravesó el del otro hombre como si no existiera.

Savannah reaccionó al instante y se apartó del imbécil.

—No vuelvas a tocarme o tendremos un problema.

Él dejó escapar una risa breve, como si la amenaza le resultara divertida.

—Siempre tan exagerada. Supongo que es lo que pasa cuando una mujer empieza a creerse más importante de lo que realmente es.

—Puede que seas la criatura favorita de mi padre y que, en sus delirios, aún fantasee con que tú y yo acabemos casados. Pero eso está muy lejos de la realidad.

Kilian esbozó una lenta sonrisa, con una seguridad que rozaba la insolencia.

—No es un delirio, sino política. Y deberías agradecer que alguien como yo esté dispuesto a asumir la carga. No todas las mujeres tienen la suerte de que se las elija.

—Yo no me caso. —Savannah se alisó el vestido con calma, como si aquella conversación no mereciera alterar ni un pliegue de su ropa. Después regaló una sonrisa impecable a los curiosos que pasaban y fingían no observar la escena—. Lorelei me necesita. Déjame hacer mi trabajo.

Kilian casi le gruñó.

—Volveré a preguntártelo mañana. Espero que para entonces hayas recapacitado, Su Alteza.

Hizo hincapié en aquello último y, sin esperar respuesta, se dio la vuelta y se alejó con paso firme y la capa ondeando tras él.

—Perfecto —murmuró Savannah cuando estuvo lo bastante lejos—. Una humillación pública menos que tachar de la lista de tareas de la semana.

Luego retomó el paso con la cabeza erguida, saludando con leves inclinaciones y sonrisas medidas a quienes la reconocían.

Durante veinte minutos recorrieron calles estrechas cubiertas de nieve, donde el aire olía a leña y a pan recién horneado.

Novadia, antes de ser arrasada por la guerra y siglos más tarde reconstruida por los antepasados de Dalton, era inmensa.

Quizá tan grande como Pramvera, o incluso más.

Las estructuras eran de piedra, no de madera, y muchas de ellas seguían el patrón triangular en sus tejados, diseñados para que la nieve no se acumulara.

«¿Quién demonios era ese hombre?». Dalton apretó los dientes. «¿Y con qué derecho se atreve a tocarla así?». La pregunta siguiente le ardió aún más. «¿De verdad el emperador permite que sus propios jinetes traten de ese modo a su hija?».

Cada paso que daba a su lado alimentaba la rabia que le subía por el pecho. Dalton tenía demasiadas preguntas, pero, antes de que pudiera hacer ninguna, Savannah se detuvo en una calle angosta.

Desde una pequeña tienda se acercó una mujer mayor, encorvada por los años, con las manos ocupadas por un pequeño paquete envuelto en tela gruesa. Dalton se puso en guardia, pero Savannah, en cambio, solo sonrió.

—Adela…, ¿cómo lo sabía?

—Soy una anciana mortal, Alteza, pero conozco la magia.

—Miró el cielo encapotado—. Hay presencias que no pueden ocultarse, la tierra reconoce su regreso.

—Le tendió el paquete—. He dejado la lista con las direcciones sobre la mesa.

Todo está limpio y ordenado, el fuego encendido y la comida preparada.

Mi marido se ha encargado personalmente de que no falte de nada.

Savannah agachó la cabeza con cortesía.

—¿Cómo está su familia?

—Todos sanos, gracias a los dioses. Ninguno ha sido afectado… todavía.

—¿Han aparecido más casos? —preguntó Savannah en voz baja.

Dalton no sabía de qué hablaban, pero reconoció el peso de la palabra «casos». La anciana asintió con el ceño fruncido.

—Cada día más, pero no es solo eso. Hay disturbios, vandalismo… Los guardias miran hacia otro lado, como si la voluntad se les hubiese drenado del cuerpo. Son malos tiempos para el imperio, Alteza. La magia ya no duerme tranquila, se remueve inquieta. Tenga cuidado mientras esté aquí.

—Gracias, Adela. Ya sabe lo mucho que valoro su cuidado.

La anciana le tocó el brazo con afecto.

—Se hace lo que se puede por la princesa del pueblo.

Llegaron a una puerta al otro lado de la calle.

Savannah no dijo nada, pero, aunque Dalton apenas la conocía, intuía que su silencio no era algo común.

Cuando la abrió, la casa estaba tal y como la anciana la había descrito: limpia y ordenada.

Savannah le indicó que pasara mientras se quitaba la capa empapada de nieve.

Él cerró la puerta tras ellos y se quedó apoyado en el marco.

—No me hospedo donde mi padre cree que lo hago —explicó ella quitándose los guantes sin mirarlo—. La vigilancia es constante y, cuando vengo aquí, prefiero este lugar. Es discreto y me permite moverme con libertad para atender a los pacientes sin tantos ojos encima.

—Los guardias informarán al emperador.

—No lo harán. Él se encargará de que no digan nada.

Dalton alzó una ceja.

—Otra vez con «él».

Si sus sospechas eran ciertas, «él» podía ser Iron Shadow, su hermano, aunque cada vez estaba más convencido de que el término «hermano» no se refería a la sangre.

Savannah se giró despacio. El fuego de la chimenea danzaba en sus pupilas encendiéndolas.

—Él es como tú, alguien a quien solo yo puedo ver y escuchar. Lleva cuidándome desde que era niña, siempre aparece cuando más lo necesito, aunque el resto del mundo jure que no existe. —Se pasó una mano por el pecho y añadió—: Yo sé que es real, porque nunca me ha fallado.

Dalton no necesitó más.

La certeza le cayó encima como una losa.

Se refería a Iron Shadow.

A la muerte.

Por primera vez, Dalton no supo si temía más a Iron Shadow o a la naturalidad con la que Savannah lo aceptaba, aun siendo humana, aun viviendo entre los vivos. Pero hacer preguntas —cómo se habían conocido, cuánto sabía ella de lo que él era en realidad— sería imprudente y sospechoso.

Savannah no era ingenua; si él empezaba a tirar de ese hilo, ella haría lo mismo. Y Dalton no estaba seguro de poder responder cuando las preguntas volvieran hacia él.