Los hilos del imperio Capítulo 6
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Capítulo 6

Dalton se había materializado justo delante de la guadaña, y ahora la tenía encajada contra su cuerpo. Sus manos se encontraban en sus cadera s, los mechones dorados que caían sobre su rostro le hacía cosquillas en la piel y su respiración le rozaba la boca.

No había ni rastro de una sonrisa en ella. Solo unas mejillas encendidas, una mirada fulminante y el ceño fruncido de quien debía de estar decidiendo si despellejarlo.

—Por fin te has dignado a aparecer. ¿Tienes idea de lo que fue pensar, aunque fuera un segundo, que no estaba sola?

¿Que por fin había otros jinetes dispuestos a unirse a esta causa, a proteger a los mortales, aunque el mundo siga diciendo que usar nuestra vinculación para sanar nos vuelve indignos?

—Su cuerpo tembló de rabia—. Maldita sea, cuando creí que al fin tenía ayuda, vas y desapareces sin decir sola palabra.

Dalton estaba paralizado.

—¡¿Me estás escuchando?! —gritó Savannah separándose de golpe.

El tul rosa de su vestido cayó a ambos lados del cuerpo de Dalton como un vendaval de seda.

Él apretó los dientes al notar cierta presión en su maldita entrepierna—.

Espero que, al menos, hayas venido a disculparte después de tres días.

Podrías empezar por eso. Deberías saber cuándo aparecer, como él, que al menos lo hace con sentido.

Tú eres un oportunista que se materializa en medio de la niebla… ¡y me tira al suelo!

«¿Él? ¿Quién es él?».

Guiado por puro instinto —o tal vez por la urgencia de hacerla callar antes de que dijera algo más para lo que no estaba preparado—le cubrió la boca con la palma de la mano.

—¿Has dicho tres días?

Savannah asintió despacio.

—Pero eso… eso es imposible. Hace un segundo estábamos en…

—se interrumpió. La nieve bajo ellos tenía ese extraño tono azulado, mezclado con blanco puro.

La niebla los envolvía, aislándolos del resto del mundo.

Solo había un lugar en todo el imperio con ese clima tan particular—. ¿Estamos en Novadia?

Savannah volvió a asentir. Dalton cerró los ojos.

—Bien. Entonces ¿podrías…? —Hizo un leve gesto y apartó incómodo la mano de su boca—. ¿Podrías bajarte de encima? Porque… —Tragó saliva, evitando mirarla directamente. Le ardía el cuerpo.

—No vuelvas a mandarme callar —lo amenazó antes de apartarse y deslizarse hasta quedar arrodillada sobre la nieve.

Dalton se incorporó con lentitud, todavía con la sensación de su peso sobre el cuerpo. La cabeza le daba vueltas. No entendía qué hacía allí ni por qué había vuelto a encontrarse de frente con la guadaña.

Aquello tenía que ser una puta broma del limbo.

—¿Qué es lo último que recuerdas? —preguntó Savannah, consciente de que algo no iba bien—. Puedo ser comprensiva con tu… extraña situación.

Joder. Por supuesto que era extraña.

—Estábamos en el centro de curación. Salí por la puerta y… nadie me veía. Recuerdo el carro, me atravesó, pero no sentí nada. —Se llevó la mano a la frente, frustrado—. Y ahora, el maldito universo me ha escupido aquí, justo delante de ti.

Ella, sin decir una palabra, se giró hacia su bolsa de cuero, la misma que Dalton recordaba haber visto en sus brazos la última vez, y comenzó a rebuscar entre frascos y objetos envueltos en tela.

—¿Qué estás haciendo?

—Cállate un segundo. Déjame probar algo.

—¿Tú sí puedes mandarme callar?

—Ahora mismo no estás en posición de llevarme la contraria.

Sacó una pequeña esfera metálica del tamaño de una nuez y de superficie irregular, y se la lanzó al pecho.

La esfera rebotó en su regazo y cayó sobre la nieve.

Ella la recogió con rapidez y volvió a lanzársela.

Él gruñó incrédulo. Cuando levantó el brazo para frenar un tercer intento, le atrapó la muñeca.

—¿Se puede saber qué estás haciendo?

—Confirmando una teoría. —Tomó la esfera entre sus manos y la levantó a la altura de la luz—.

El carro te atravesó, pero esto no. —Sus ojos buscaron los de él—.

De alguna forma, puedo tocarte. Eso descarta la proyección o la ilusión.

Los niños también te vieron; han preguntado por ti desde que desapareciste.

Pero las personas en la calle…, ellas no.

Para ellas, simplemente, no estabas allí.

—Su voz se volvió un murmullo pensativo—. Así que existes…, aunque no para todos.

—Pero los fantasmas tienen la piel luminosa, casi transparente, azulada… —Se miró las manos, comprobando que estaban formadas por la carne rosada—. Yo no puedo ser un fantasma.

—¿Sueles ver muchos?

—No creo en los fantasmas —respondió él poniendo los ojos en blanco.

Ella rio, y al menos la furia desapareció de sus delicadas facciones.

—Pues me temo que eres uno, y bastante inoportuno, si te da por aparecerte así de la nada —añadió encogiéndose de hombros, tranquila incluso arrodillada en la nieve, como si aquello entrara dentro de lo normal.

Si la situación se hubiera invertido, él ya estaría buscando explicaciones, repasando posibilidades, intentando imponer orden al caos. Siempre había sido así, calculador e inquieto.

Pero ella no.

Savannah se incorporó de un salto y se sacudió la nieve del vestido, del mismo rosa pálido que su capa.

Dalton estuvo a punto de asomarse a sus pensamientos, de cruzar ese umbral invisible y descubrir qué se escondía detrás de esa mirada obstinada.

Pero se contuvo. Eda le había enseñado que la mente era un santuario, y que invadirla sin permiso constituía una forma de violencia, así que se limitó a intentar descifrarla desde fuera.

Se ajustó la bolsa al hombro y lo miró, ladeando la cabeza.

—¿Vas a levantarte o piensas quedarte ahí todo el día? Tenemos muchas cosas que hacer.

Parpadeó confuso.

—¿Qué tipo de cosas?

Ella no respondió de inmediato. Tan solo se dio la vuelta y retomó el camino que había estado siguiendo antes de que él apareciera y la derribara.

—Va a ser complicado. De normal solo hablo con él en mi habitación, o en lugares donde sé que nadie puede oírme hablar sola. No quiero que piensen que su futura emperatriz está completamente ida.

«Futura emperatriz…». Dalton tragó saliva al escuchar aquello. Recordó lo que ella había dicho sobre los dragones, sobre su familia y, de pronto, todo encajó: el Tártaro no lo había transportado a otro lugar, sino a otro tiempo.

Savannah no era todavía la guadaña, la sombra que gobernaría entre los muertos. Aún no conocía el peso del poder ni el precio de la sangre. Era una simple mujer de carne y hueso, hija de emperadores, jinete de dragón. Una versión intacta de lo que, algún día, el destino se encargaría de destruir.

El vértigo de la paradoja le apretó el pecho.

Si aquello era real, si de verdad estaba en el pasado, entonces Savannah había vivido la misma vida que él, solo que mucho antes de la guerra de las Tres Llamas.

En un mundo donde cientos de dragones dominaban los cielos y miles de criaturas, las mismas que él había estudiado en libros, aún caminaban libres, respirando el mismo aire que los mortales.

Dalton ignoraba si debía confesarle la verdad: que conocía su futuro, que sabía en lo que se convertiría, o si era mejor callar y fingir que todo era nuevo, que no había quebrado las reglas del tiempo, que no la conocía.

Savannah continuó hablando mientras caminaba:

—Si de verdad eres un fantasma, y resulta que solo yo puedo verte, entonces tenemos un serio problema. Así que deberemos encontrar otra forma de comunicarnos sin que parezca que hablo sola. ¿Sabes leer labios? O prefieres que empiece a simular ataques de tos cada vez que quieras decirme algo.

Podemos hablar por aquí . La voz de Dalton se coló en su mente.

Savannah se detuvo en seco y sus ojos marrones se abrieron de par en par.

—Vale, eso es nuevo.

Tú también puedes responder sin hablar , añadió él . Solo concéntrate en lo que quieres decir y yo lo oiré.

Ella apretó los párpados con fuerza, como si fuera a lanzarse al vacío.

—No hace falta que cierres los ojos.

Idiota , pensó Savannah con todas sus ganas frunciendo los labios.

—Te escucho, gracias por el cumplido.

—¡Lo has oído! —soltó, y se tapó la boca con una risita nerviosa. Sus guantes rosas apenas amortiguaban el entusiasmo—. ¡Madre mía! ¿Cómo es que puedo hacer eso? ¿Acaso… acaso es porque eres…?

—No, mi poder de vinculación siempre ha sido la comunicación directa con la conciencia de otros. Puedo oírlos si me lo permiten, y ellos pueden oírme a mí si se abren lo suficiente. —Tragó saliva, aunque no sirvió de nada; lo peor aún estaba por decirse—. También puedo leer pensamientos.

Savannah no borró la sonrisa; al contrario, esta se profundizó, y el hoyuelo en su mejilla apareció traicionero.

—Vaya… Pues dime, ¿en qué estoy pensando ahora?

La niebla empezó a moverse, deslizándose lentamente hasta abrirse frente a ellos y dejar entrever a personas abrigadas que caminaban por las calles.

Algunos iban de la mano, riendo entre nubes de vaho, otros empujaban carros cargados de leña o provisiones, con bufandas y gorros que les ocultaban los rostros enrojecidos por el frío.

Las voces se entrelazaban con el crujido de las botas sobre el hielo y todo parecía ajeno a la guerra que sabía que estaba por llegar.

Dalton se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de que el destino decidiera hacer acto de presencia.

—Ya no leo pensamientos. —Metió las manos en los bolsillos con un suspiro, y solo entonces notó que llevaba puesta una camisa cruzada, abrochada al lado del cuello con finos botones metálicos, y sobre ella, una capa negra de tela pesada.

—Estaba pensando en una necrosis gaseosa por infección mal drenada. Ya sabes, ese tipo de cosas me rondan la cabeza constantemente. A veces incluso sueño con ello. ¿No te pasa? Estar tanto tiempo rodeado de heridas y enfermedades… Al final, uno piensa en ese idioma incluso cuando duerme.