Los hilos del imperio Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

Llevaban nueve años luchando contra el Olvido, una enfermedad que no dejaba fiebre ni heridas visibles, pero se llevaba lo más íntimo.

Comenzaba con lapsos pequeños: un nombre, un camino de siempre que de pronto no conducía a ningún lugar.

Después desaparecían los rostros, los días, incluso la certeza de quién eras.

Resultaba como una plaga que se filtraba en la mente, una magia corrupta que deshilachaba los recuerdos uno a uno, arrancándolos del alma sin dejar rastro.

—Mi padre me ha concedido una semana en Novadia. Al saber que asistí a varios partos allí hace unos años, considera que en esta ocasión puedo resultar útil. Quiere que supervise el nacimiento del hijo de una jinete de dragón.

—Eso es imposible —replicó Marcelin—. Los jinetes no pueden engendrar hijos entre sí. Que se lo digan a nuestros padres, siempre tan dispuestos a buscar mujeres mortales solo para asegurar una descendencia que naciera viva.

Era una verdad amarga. Con los años, habían aprendido que no servía de nada enfadarse por algo que la magia había decidido mucho antes que ellas.

Entre los inmortales, las mujeres estaban condenadas a no tener descendencia, mientras que los hombres sí podían engendrar hijos con mujeres mortales.

Esos niños, sin embargo, nacían humanos, privados de la inmortalidad, porque la eternidad no se heredaba por sangre, se concedía mediante un vínculo con un dragón o con una criatura feérica.

Solo entonces la magia despertaba… y, con ella, la inmortalidad.

—Lo sé…, pero ¿y si existiera una posibilidad?

Mi padre cree que, si todo sale bien y el niño sobrevive, podría interpretarse como un regalo de los dioses.

No le entusiasma que me dedique a la medicina, pero la jinete insistió en que fuera yo quien asistiera el parto. Dice que mi presencia le trae suerte.

—¿Y crees que, si consigues ese milagro, tu padre por fin verá tu vocación?

—Marcelin…

Su amiga puso los ojos en blanco.

—Bueno, al menos me alegra que, aunque sea por conveniencia, tu padre empiece a entender que tu destino no está sobre un dragón dando órdenes, sino aquí, salvando vidas.

—Le tomó la mano con suavidad y la apretó entre las suyas—.

Que lo haga por interés da igual. Vas a hacer lo que más amas en este mundo: traer una vida milagrosa a este imperio podrido.

Pero escúchame, si el bebé no sobrevive, no cargues con eso.

No todo está en tus manos. Ya haces más de lo que nadie podría pedirte.

Ella asintió, muy consciente de que las posibilidades eran casi nulas, pero no por ello iba a perder el ánimo.

—Pasaré la semana allí —dijo intentando sonar más tranquila de lo que se sentía—. Sale de cuentas en unos días, pero prefiero estar en Novadia por si el parto se adelanta.

Marcelin rio.

—Sabía que no ibas a quedarte quieta. Tu padre te da un poco de libertad y ya estás planeando ir puerta por puerta dando asistencia médica.

—Quiero saber cómo avanza la enfermedad allí.

—¿El Olvido?

Savannah asintió.

—Los jinetes no hablan del tema conmigo.

Creo que mi padre se lo tiene prohibido, pero necesito saber si la situación en Novadia es tan grave como aquí.

—Se cruzó de brazos con la mente ya en marcha, repasando síntomas y patrones—.

Hace años que no viajo allí, y si el brote de pérdida de memoria ha llegado también hasta esas tierras, podría significar que no estamos ante una dolencia aislada, sino ante una infección mágica.

—Alzó la mirada, decidida—. Quiero ayudar, aunque tenga que hacerlo a escondidas.

—Savannah O’Hara. —Marcelin negó con la cabeza, con una sonrisa triste dibujada en su rostro—. Tu padre no teme que fracases, le aterra que algún día alguien como tú gobierne el mundo.

Una niebla espesa cubría la cordillera nevada y rocosa de Novadia, ocultando el mundo más allá del horizonte mientras Savannah volaba sobre su dragona.

Moonveil descendió con elegancia, plegando las alas para aterrizar sobre una extensión de nieve en medio de un claro rodeado por las montañas escarpadas.

Junto a ella descansaban cinco dragones más, formando una media luna sobre la llanura helada.

Savannah reconoció a dos de ellos, eran las monturas de los jinetes que esperaban descendencia, parte de la razón por la que había viajado hasta allí.

Los otros pertenecían a jinetes que residían en la región de forma permanente, algo inusual, ya que la mayoría prefería establecerse en climas más cálidos, como el desierto de la cordillera de Arcadia o las laderas encantadas de Aurik, donde la magia fluía con tanta intensidad que parecía un lugar en el que los dioses dormían.

Aún desde la altura, supo que uno de aquellos dragones pertenecía al jinete más insoportable de todo el imperio y, aunque aún no lo había visto, estaba segura de que el encuentro sería inevitable.

Al descender de la dragona, los botines de tacón se le hundieron en la nieve blanda. Se ajustó la capa rosa pálido y bajó la capucha, dejando que los copos se derritieran sobre sus mejillas.

Su cuerpo inmortal no sentía el frío, pero había echado de menos esa caricia mortal, ese recordatorio de lo que una vez fue.

Alzó la vista y recorrió el paisaje. Las montañas dentadas se alzaban a su alrededor, formando un anillo natural que protegía la ciudad encajada en su centro.

Gracias a esa barrera de piedra, las peores tormentas se quebraban antes de alcanzar los tejados, manteniendo a los mortales a salvo bajo su resguardo.

—Bienvenida a Novadia, Su Alteza Imperial —la saludó uno de los soldados con una inclinación leve de cabeza junto con los demás—. Permítanos escoltarla hasta la ciudad. Se avecina una tormenta fuerte por el oeste, el clima empeora con rapidez.

Savannah se quitó el guante con calma, sin apresurarse, y pasó la mano desnuda por las escamas de Moonveil, que dejó escapar un gruñido.

—Soy muy consciente de la tormenta. Confío en que en Aurik hayan sido informados, sobre todo en los barrios donde viven los más vulnerables. Ningún mortal sin techo debería quedar expuesto a una tormenta mágica.

Era algo común en aquella región, pues la magia viajaba con los vientos.

Las corrientes la arrastraban desde Aurik hasta allí y se disipaba lentamente al alcanzar tierras donde la magia era más débil.

Ella y Marcelin siempre habían sostenido la teoría de que la magia no dependía solo de lo visible, de aquello que se alzaba hacia el cielo, sino de lo que permanecía oculto bajo la tierra, de lo que dormía en las entrañas del mundo.

Los soldados se miraron entre ellos incómodos.

—Haremos todo lo posible, Alteza.

—Eso espero. Si aparecen cuerpos congelados a la entrada de los refugios por falta de previsión, las consecuencias no recaerán en el clima, sino sobre ustedes.

—Se colocó de nuevo el guante con delicadeza.

Moonveil giró la cabeza con un gesto brusco y enseñó los dientes—.

Iré caminando. Gracias por el gesto, pero, por fortuna, la inmortalidad me permite ver más allá de la niebla. Buen día, soldados.

Moonveil rugió, un chorro de fuego brotó de sus fauces y fundió la nieve hasta abrir un sendero humeante frente a ella. La dragona batió las alas con tal fuerza que levantó una nube de escarcha antes de perderse de nuevo en el cielo.

Savannah echó a andar por el sendero recién fundido con una sonrisa.

Se ajustó la bolsa de cuero violeta que llevaba oculta bajo la capa.

Era compacta, práctica, pensada para no estorbarle al moverse.

En su interior guardaba instrumental médico envuelto con esmero, pequeños frascos de polvo de seremal —eficaz contra la fiebre— y tres dosis de néctar de laurel, una sustancia extraída de una criatura que habitaba los ríos de Aurik, conocida por estabilizar embarazos frágiles sin poner en riesgo a la madre.

Mientras caminaba, Savannah repasaba en su mente sus planes.

Pasaría primero por la escuela para realizar exámenes rutinarios y, después, indagaría con discreción si había nuevos embarazos en los barrios con menos acceso a la medicina, así podría incluirlos en las visitas para el resto de la semana.

Pero Savannah no esperaba que la niebla se espesara de pronto ni que una sombra se desprendiera de ella.

Un cuerpo alto y masculino se materializó a escasos centímetros, tan cerca que apenas pudo distinguir sus rasgos.

—Pero ¿qué…? —exclamó, clavando el botín en la nieve para no resbalar. Pero fue inútil. Dos manos firmes se cerraron sobre su cuerpo y la giraron con brusquedad, y, para cuando quiso soltar una maldición, ya estaba cayendo.

Acabó encima del desconocido, con los pechos aplastados contra sus pectorales. Y durante un segundo ninguno se movió.

—¿Savannah? —susurró el hombre, con las manos aún aferradas a sus caderas.

Ella bajó la mirada, y la distancia entre ambos se redujo a un suspiro. No necesitó más para reconocerlo: ojos verdes, cabello negro y esa expresión desorientada que ya había visto antes.

El fantasma de Dalton Basilius había vuelto.