Capítulo 5 #2
Dalton Basilius, se llamaba. Un apellido curioso…
, tal vez inventado. Pero a Savannah eso le daba igual.
Lo único que importaba era lo que acababa de presenciar con Olivia.
La niña había estado sufriendo por aquella herida que le cruzaba los dos ojos durante días.
Savannah había hecho todo lo posible, la había cosido con cuidado, le había aplicado ungüentos, había vigilado la infección…
, pero el dolor no cedía. Durante ese tiempo, había anhelado con todo su corazón encontrar a alguien que la ayudara.
Alguien que no solo entendiera su causa, sino que la compartiera.
Y, como tantas veces antes, el mundo había respondido a su plegaria.
Sin embargo, ¿quién le iba a decir, cuando se calzó los tacones de los domingos, que una hora después tendría a un hombre alto y de hombros anchos acorralado contra una pared?
—¿Estás bien? —Qué estupidez de pregunta. Por supuesto que no estaba bien. El tal Dalton se hallaba al borde del colapso, se pasaba la mano una y otra vez por el cabello, despeinándolo sin darse cuenta.
—Tú eres… —le costaba hablar—, ¿eres jinete de dragón? ¿Cuántos hay? ¿En qué año… en qué año estamos?
Savannah sintió que el mundo se detenía durante un segundo. Nunca había estado muerta ni había imaginado cómo debía de ser eso. Pero en aquel instante, se acercó peligrosamente a esa experiencia.
Por todos los dioses…, ¿qué le ocurría a ese hombre?
—¿Cómo que en qué año estamos? —Rio nerviosa—. ¿No me digas que ahora los jinetes también viajan en el tiempo? ¿O es que te han tenido encerrado tanto que has perdido la cuenta de los siglos?
—Yo…
—¿Tú…?
Permanecía ahí, apoyado contra la pared, pálido como un espectro.
—Esto no puede estar pasando —murmuró Dalton mientras cruzaba la sala con pasos torpes y abría la puerta.
Los niños seguían en silencio, aunque algunos no podían evitar toser. Todos miraban con los ojos muy abiertos cómo la persona que, en teoría, había venido a ayudarlos parecía ser quien más ayuda necesitaba.
Ella lo siguió, y al salir lo vio en medio de la calle, desorientado, sin dejar de pasarse una y otra vez la mano por el cabello, con los ojos clavados en el cielo.
Savannah frunció el ceño confundida, pero, antes de poder acercarse, el aire cambió.
Un silbido grave rasgó las nubes y, desde el este, un dragón cruzó justo por encima de los tejados y descendió volando.
Reconoció el tono azul metálico de sus escamas y supo al instante que se trataba de Kaelth.
Pero no venía solo, cuatro dragones más lo seguían, surcando el aire en formación cerrada, cada uno con su jinete erguido sobre el lomo.
Fue solo un segundo, pero bastó para que Savannah se ocultara bajo el alero del centro de curación.
Dalton, en cambio, no se movió. Permanecía en medio de la calle, la boca entreabierta y la mirada perdida en el cielo.
Un carromato apareció de pronto doblando la esquina a toda velocidad, los caballos encabritados, los sacos de grano golpeando la madera con estrépito.
No frenó.
—¡Cuidado! —gritó Savannah, y se lanzó hacia él sin pensar.
El carromato lo atravesó.
Dalton no se movió, no gritó, no sangró; y por un instante, tan largo que pareció ajeno al tiempo, Savannah juraría que ni siquiera parpadeó. El carro, indiferente, siguió su camino por los adoquines mojados sin mostrar la más mínima señal de que alguien se hubiera interpuesto en su trayectoria.
Savannah dio un paso atrás, el corazón desbocado, buscando en vano una explicación que encajara en su cabeza. Nada tenía sentido. Debía de estar volviéndose loca, no había otra forma de llamarlo. Y todo por culpa de los malditos tacones de los domingos.
—¿Cómo has hecho eso?
Caminó hacia él sin preocuparse de que la lluvia le empapara la ropa. Dalton tenía una mano en el pecho, como si esperara sentir algo que no estaba allí. Cuando al fin levantó la vista, la miró sin decir palabra, negando suavemente con la cabeza.
—¿Quién eres? —susurró ella, y se detuvo a un paso de él.
—«Ahora tus ojos están en su pasado…» —empezó a balbucear para sí—. Siete… siete milenios.
En ese momento, otro carromato dobló la esquina, directo hacia él.
—¡Dalton! —gritó Savannah, dando un paso atrás. La gente en la calle se volvió a mirarla. Algunos comenzaron a murmurar, otros se apartaron con recelo.
Dioses…, sí, debía de parecer completamente loca.
El carromato lo atravesó.
Otra vez.
—¿Es que nadie puede verme? —La voz de Dalton subió de tono. Empezó a caminar, a alzar las manos hacia la gente que pasaba—. ¡Eh! ¡Tú! ¡Mírame! —Intentó agarrar el brazo de un hombre, pero sus dedos lo atravesaron. Se volvió hacia una mujer, la llamó, pero ella siguió andando como si nada.
Dalton se giró hacia Savannah con el rostro pálido de puro pánico.
—Soy… ¿soy un fantasma?
Savannah no podía creer lo que veían sus ojos inmortales, y eso que llevaba más de cien años caminando por aquel mundo.
Sin embargo, algo en su interior no se estremeció de miedo, sino de fascinación.
Porque, en ese instante, comprendió que aquel hombre no estaba loco…
y que, quizá, ella tampoco lo había estado nunca.
Skylar, la sombra que la había protegido desde niña —su voz en la oscuridad, su consuelo en el silencio del palacio, su hermano cuando no tenía familia— era real.
Durante años creyó que solo existía en su mente, que era algo que debía esconder, una vergüenza que la hacía parecer menos cuerda, porque ella era la única que lo veía, la única que lo escuchaba.
Pero ahora, con Dalton allí y tras lo que acababa de presenciar, comprendía que no era una alucinación.
Savannah se atrevió a acercarse, extendió el brazo y, al rozarle el codo, sintió cómo Dalton se tambaleaba hacia ella. Quedaron a apenas unos centímetros de distancia, tan cerca que pudo ver el desconcierto en sus ojos… y entonces, sin previo aviso, desapareció.
Habían pasado tres días y Dalton Basilius no había vuelto.
Savannah no había dejado de pensar en él, preguntándose si todo había sido una invención de su mente agotada.
Pero no podía serlo; los niños también lo habían visto, le hablaron y preguntaron por qué se había ido tan deprisa y por qué no había vuelto.
Era como si, para el resto del mundo fuera de aquel centro de curación, él simplemente no existiera.
—Me quedaré yo estas semanas a pasar la noche, tengo que visitar a algunos pacientes. Por si estabas preocupada por dejarlos solos tantos días, ¿tienes pensado marcharte hoy? —preguntó Marcelin mientras usaba su poder de vinculación sobre una niña con bronquitis.
Su don no servía para curar heridas graves, pero sí era capaz de manipular la mente para aliviar síntomas, bajar fiebres o calmar dolores. No sanaba con las manos, sino con la sugestión.
—Sí, volaré esta misma tarde a Novadia. Debería haberlo hecho hace dos días, pero mi padre me necesitaba aquí.
—¿Y qué quería esta vez? —bufó sin apartar la vista de la niña mientras le acariciaba con suavidad el esternón.
—Adivina.
—Déjame pensar. —Levantó una ceja oscura—.
¿Te ha vuelto a encerrar en la biblioteca?
¿Otra sesión de castigo ilustrado, pasándote libros por debajo de la puerta por huir del palacio?
Manuales sobre cómo debe comportarse una futura emperatriz, cómo debe gobernar… y, por supuesto, cómo debe obedecer.
Savannah soltó una risa baja, resignada. Si eso era lo que Marcelin creía que hacía su padre cuando se enfadaba, estaba muy equivocada. La realidad era mucho más cruel.
—Ajá. —Bostezó de forma exagerada—. Uno tras otro.
Historia imperial, diplomacia, deberes de una heredera, economía…
, todo muy edificante. Ideal si quisiera reinar desde una torre de mármol sin mancharme las manos.
Pero ya sabes qué es lo que de verdad les molesta —añadió encogiéndose de hombros—.
No que desobedezca, sino que prefiera malgastar mis días salvando mortales en lugar de aprender a mandar sobre ellos.
—Un crimen imperdonable. —Le ofreció una pequeña pastilla con forma de hoja—. Ya sabes…, eso de tener un buen corazón. Joder, Savannah, deberían darte cadena perpetua por una debilidad así.
La niña tosió de nuevo, le dio las gracias con un hilo de voz y se acomodó entre las mantas hasta quedarse dormida. Savannah le apartó con cuidado un mechón del rostro antes de hacerle una seña a su amiga para guiarla hacia un rincón más apartado de la estancia.
En cuanto se alejaron, la sonrisa de Marcelin se desdibujó.
—¿Los pacientes que vas a visitar en Novadia…?
—Tienen los mismos síntomas —respondió Savannah mientras se quitaba los guantes manchados de ungüento—. Pérdida de recuerdos, lagunas mentales, confusión. Ayer por la tarde me pidieron trece consultas a domicilio más, procedentes de distintos barrios de Pramvera.
Marcelin se apoyó contra la pared, cruzando los brazos con el delantal verde arrugado sobre el pecho.
—Una mujer de treinta años no recordaba su propio nombre.
Un comerciante juró haber perdido los últimos diez años de su vida.
Su esposa estaba frente a él… y no la reconocía.
Les prometí que haríamos lo posible, pero cada vez son más, Marcelin.
Hace nueve años solo lo veíamos en aldeas lejanas, luego empezó a aparecer en los límites del imperio.
Ahora está llegando a la ciudad. Ya está aquí.
Su mejor amiga alzó la mirada. Su rostro, de piel pálida como la porcelana, enmarcado por rizos oscuros y rebeldes, seguía tan sereno como siempre, pero sus ojos verdes —tan vivos antes— ahora se veían apagados, cansados.