Capítulo 5
Escabullirse del palacio imperial no era una tarea sencilla para nadie, y mucho menos para Savannah, cuya presencia se vigilaba casi a cada paso.
Durante los últimos meses, la habían mantenido bajo constante custodia tras varios encuentros con los llamados «rebeldes», como los jinetes imperiales se empeñaban en etiquetarlos.
Pero Savannah los conocía por lo que realmente eran: su pueblo.
Hombres, mujeres y niños cansados de la opresión, de la mentira disfrazada de orden.
Aunque la corona fingiera tolerar que pasara tiempo entre ellos —como gesto de diplomacia o simple vigilancia—, la verdad era otra: no querían que la heredera se mezclara con los que sufrían.
A Savannah, sin embargo, le daba igual. Ella no creí a en las líneas trazadas por el poder, ni en las barreras entre privilegio y necesidad. Creía en la verdad, en el cuidado y en algo que el trono había olvidado hacía mucho tiempo.
La compasión.
Llevaba ciento veintidós años viviendo dentro de las paredes del palacio, y en ese tiempo había visto cómo el imperio se resquebrajaba.
Se habían formado bandos: los jinetes inmortales, leales a las antiguas tradiciones, y los mortales, aquellos que habitaban las ciudades bajas y las tierras adyacentes de Valdemar, que ya no creían en el viejo orden de la magia.
Salir del palacio era complicado, y más aún con sus capas rosadas, sus vestidos de volantes y esos tacones ruidosos que no pasaban desapercibidos.
Pero ni muerta pensaba quitárselos.
Savannah tenía sus propios métodos. No oía voces, pero la oscuridad le hablaba a su manera. Las sombras eran sus aliadas y le susurraban cuándo avanzar, cuándo detenerse, por dónde deslizarse sin ser vista.
Todo lo demás era cálculo.
Los guardias frente a su habitación cambiaban turno cada treinta y cinco minutos, las cocineras tardaban veintidós en preparar los brebajes matinales y, durante ese lapso, el ala este del palacio quedaba desierta.
Podía distinguir mediante el sonido si alguien caminaba solo o acompañado y si eran botas de soldado o pasos de sirviente.
El acceso comenzaba en la biblioteca. Una de las columnas huecas se desplazaba con un leve empuje y revelaba el inicio de un corredor en espiral que descendía por las catacumbas, serpenteando bajo el palacio.
Allí no llegaba la luz del día, solo la humedad persistente y el susurro ocasional de alguna magia antigua que aún dormía entre las piedras.
Savannah tardaba catorce minutos exactos en cruzarlo.
Conocía cada giro, cada escalón irregular, cada marca tallada que señalaba un desvío seguro.
El pasadizo desembocaba en una cripta, oculta detrás del mercado de los barrios bajos, donde las patrullas imperiales rara vez se aventuraban.
Desde allí, llegaba al centro de curación en menos de cinco minutos.
Debía reunirse con un nuevo sanador, un jinete de Valdemar que, según Marcelin, compartía su visión: salvar vidas no debía considerarse un crimen.
Entre los suyos, ofrecer cuidados —mágicos o no— a los mortales era casi un sacrilegio.
Curarlos se consideraba una traición, una forma de contaminar la pureza de la magia con lo efímero de la carne humana.
«Tonterías y mentiras de viejos aburridos», solían decir entre risas. Marcelin añadía siempre: «Si curar a alguien es un crimen, que me encierren con mi botiquín». Y entonces Savannah respondía: «Y que me pasen hilo y aguja, que pienso coserles la boca a todos».
Marcelin era jinete, igual que ella, y también sanadora. Su amiga más antigua, por no decir la única que había tenido.
Savannah, desde niña, había creído que ningún color combinaba con el rosa, pero cambió de idea el día que vio a Marcelin —hija de un jinete de Valdemar y una mortal— entrar por las puertas del palacio vestida de verde esmeralda.
En ese instante entendió que el rosa y el verde no solo podían convivir, sino que eran la mejor combinación que el mundo había creado.
Al parecer, Marcelin era mucho más que un color: tenía la misma mente afilada y el mismo fuego rebelde que Savannah a tan temprana edad. La primera vez que habló con ella, le soltó sin temblarle la voz:
«Mataron a mi perro delante de mí. Mi padre decidió que tocaba un corcel feérico con alas emplumadas, blanco y pompón.
Ahora viene a mi ventana y relincha como si no hubiera un mañana; quiere que lo saque a pasear.
—Se encogió de hombros—. Debí haber matado a mi padre aquel día. Así tendría un perro y un caballo».
Fue en ese momento —con aquellas palabras tan brutales como sinceras— cuando Savannah sintió paz por primera vez en su vida. No volvieron a separarse desde entonces.
Los jinetes de Valdemar —vinculados a criaturas feéricas que no eran dragones— apenas mantenían una relación cordial con los jinetes.
Los que montaban dragones eran considerados la cúspide del linaje: altivos, poderosos, guardianes de un estatus que casi rozaba lo divino.
Compartir rango con quienes cabalgaban corceles, hipogrifos o bestias menores era, para ellos, poco menos que una ofensa.
Pero aquello había empezado a cambiar. Las criaturas feéricas estaban despertando, su magia crecía, su fuerza se igualaba —y a veces superaba— a la de los dragones.
Ese cambio inquietaba al emperador, el padre de Savannah, porque significaba que el orden que había mantenido el imperio en equilibrio durante siglos comenzaba a resquebrajarse.
Moonveil, la dragona de escamas rosadas de Savannah, nunca entendió de jerarquías. Parecía disfrutar más de la compañía de Bonibell —el corcel feérico de Marcelin— que de los de su propia especie. Tal vez porque las criaturas, a diferencia de los humanos, no conocían el orgullo.
«Qué chica más lista, Moonveil —gritó Marcelin desde Bonibell, riendo mientras el aire salado del mar les azotaba el rostro y las crines de su montura se entrelazaban con el viento—.
Los jinetes de dragón son unos malditos arrogantes.
Se creen dueños del cielo solo porque nacieron con alas prestadas».
«Pues deberían vivir bajo tierra —replicó Savannah con una sonrisa torcida, inclinándose sobre el cuello de su dragona a la vez que descendían en picado hacia el agua—.
Que sientan lo que es cargar con el mundo encima, tragarse su propio polvo.
A ver si así aprenden que volar no es un derecho…
, es un maldito privilegio que se gana».
Su rebeldía contra los suyos las llevó a usar, en secreto, los conocimientos que adquirían a escondidas sobre medicina para ayudar a los mortales. Al principio fue un acto de desafío, una manera de oponerse al imperio…, pero con los años se convirtió en su propósito, en su vocación.
Savannah, sin embargo, no usaba la magia.
No porque no quisiera, sino porque no podía.
No tenía ni una sola chispa en su interior.
En un mundo donde esta definía el valor, ella era el vacío, la heredera sin poder.
Pero aun así Marcelin —que poseía una habilidad extraordinaria— nunca la miró con lástima, sino con algo mucho más peligroso: esperanza.
«El saber también es poder —le dijo su hermano Skylar una noche, cuando la encontró llorando sobre un libro de anatomía humana—.
Algunos jinetes están tan obsesionados con lo que su magia puede hacer que se olvidan de lo que su mente puede comprender.
El fuego se apaga, pero el conocimiento no.
Somos inmortales; y una mente inmortal puede aguardar más poder del que mil llamas podrían quemar».
Savannah se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.
«Soy un castigo, Sky. Una heredera destinada al trono, pero marcada por una vinculación incompleta. Mi unión con Moonveil fue un fraude. Soy el castigo de los dioses al imperio… y mi padre lo sabe. Por eso me odia».
«No eres un castigo, sino la consecuencia que nadie tuvo el valor de asumir. —Se inclinó hacia ella y la tomó del rostro—. Cabeza bien alta, jinete. Que el mundo tiemble antes de verte caer».
En efecto, todo lo que sabía lo había aprendido sola: estudiando medicina en las torres del archivo, escabulléndose entre pasillos cuando las sombras le abrían paso, observando a escondidas a los sanadores de guerra durante los entrenamientos imperiales.
Y nunca agachó la cabeza, ni entonces ni en los cien años que siguieron.
El día ya había empezado torcido, Savannah lo supo en cuanto se puso los tacones equivocados.
Le tocaban los de los martes, pero se había calzado los de los domingos.
Para ella, eso era empezar con el pie izquierdo.
Sin embargo, el destino decidió ir más allá de la torpeza y empujarla directamente hacia lo absurdo, porque el sanador al que esperaba no solo existía, sino que era un hombre de ojos verdes y rostro imposible de olvidar.
No debería haberse detenido —tenía prisa, y la lluvia arreciaba—, pero algo en su interior se tensó, un tirón invisible, como si un hilo que partía desde su estómago la obligara a girarse.
Salvación… Aquel hombre era su salvación, pensó al ver aquella mirada que le pareció cansada y asustada.
Las ojeras bajo sus ojos delataban que no había dormido en días, algo habitual entre los sanadores.
Sin duda, él era la ayuda que había estado esperando.
Otro jinete como ella, alguien dispuesto a desafiar las creencias del imperio y usar su poder de vinculación para sanar a los mortales.