Los hilos del imperio Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Llegaron a una pequeña puerta encajada en la pared del fondo.

Ella la abrió, esperó a que él pasara y la cerró con cuidado detrás de ambos.

La habitación estaba sumida en penumbra, iluminada apenas por la luz temblorosa de una vela.

Dalton distinguió dos camillas: una vacía, con una sábana recién lavada y unas flores marchitas sobre el colchón; y otra ocupada por una figura encogida bajo las sábanas, tan quieta que por un momento dudó de si aún respiraba.

—Oli, ya estamos aquí. ¿Te acuerdas del jinete del que te hablé? Aquel que podía calmar tu dolor… Pues ya ha llegado. Ha venido a ayudarte, se llama Dalton. ¿A que es un nombre precioso?

La niña se incorporó con dificultad y, al girar el rostro, Dalton vio la cicatriz larga y mal cerrada que le cruzaba ambos ojos.

Su cuerpo se tensó de inmediato cuando un recuerdo, enterrado hacía más de cuatrocientos años, lo golpeó con fuerza: un bosque envuelto en niebla, un hipogrifo herido y una niña escondida bajo sus alas… y con esa misma cicatriz marcada en el rostro.

—¿Savannah? —se escuchó una vocecita temblorosa—. ¿Eres tú?

En la oscuridad, la guadaña encendió otra vela y le indicó a Dalton que se acercara. Él se movió por instinto y se inclinó junto a la camilla, aunque sabía que ella no podía verlo.

—Dalton está a tu lado ahora, Oli.

El jinete se preguntó qué era exactamente lo que el Tártaro esperaba de él. No tenía una respuesta clara; solo sabía que estaba allí por una razón. Sin embargo, al mirar a la niña, recordó quién era y lo que siempre había sido capaz de hacer.

—¿Me dejas ayudarte? —le preguntó sentándose en el borde del catre—. Solo tengo que deslizarme un poco por esa cabecita tuya. No te haré daño, lo prometo.

—S-sí, por favor.

Dalton se la tomó con delicadeza. Había hecho aquello mil veces antes, con Eda, con los soldados imperiales, incluso había probado a hacerlo con animales.

Cerró los ojos y dejó que su magia se abriera paso como una corriente cálida por la mente de la niña.

No invadía, solo tocaba lo necesario, reconociendo y aliviando las fisuras.

Como si tejiera con hilos invisibles, Dalton fue soltando el peso que oprimía su mente. Sintió la punzada que aún ardía en ella y, con suavidad, la deshizo hasta que el dolor se disipó como humo.

La niña suspiró y el temblor que la recorría empezó a ceder.

—N-no me duele, Savi… La herida… no la siento. —Se tocó el rostro, pero retiró los dedos al instante. La cicatriz seguía ahí, pero el dolor había desaparecido.

Dalton asintió y se incorporó despacio, con la sensación de que algo dentro de él se había vaciado. Había cumplido su parte, o eso creía. ¿Volvería ahora al limbo? ¿Era eso todo lo que el Tártaro esperaba de él?

—¿Cómo…? —Savannah lo miraba con la boca entreabierta y una lágrima resbalándole por la mejilla—. ¿Cómo es posible que todo su dolor haya desaparecido?

—¿No era eso lo que esperabas de mí?

Ella le hizo un gesto hacia la puerta. Salieron sin decir nada y se quedaron apoyados junto al marco.

—Quería probar si era cierto eso de que funcionabas como anestesia. Pero esto… ¿es permanente? ¿Ella podría vivir sin dolor mientras la herida cicatriza?

—Depende. Si es una herida limpia y no hay infección, el cuerpo puede sanar sin interferencias. Yo no acelero el proceso fisiológico, solo desconecto el umbral del dolor.

—Ya, sé lo que pasa si la herida se infecta. —Carraspeó—. Pero no quiero niños muriendo con una sonrisa solo porque no sienten lo que les consume por dentro.

—Yo tampoco.

Savannah se giró hacia él.

—¿Qué tipo de poder tienes exactamente? Apenas se sabía nada de ti cuando nos llegó la recomendación.

Dalton se quedó sin palabras. ¿Qué se suponía que debía decirle?

La observó de arriba abajo; era tan mortal, tan terrenal…, tan viva. No sabía si lo que veía era real o una ilusión tejida por el Tártaro, ni si aquella mujer conservaba el mismo poder que recordaba, aquel toque capaz de apaciguar incluso las sombras más oscuras de su alma.

Desvió la mirada hacia los niños que desayunaban en la sala contigua. Allí, ella no parecía la guadaña. No había rastro de su aura espectral ni de aquella presencia intangible capaz de cruzar mundos con un solo pensamiento.

Entonces, por primera vez, se preguntó quién era en realidad la mujer que tenía delante.

—¿Y tú? ¿Qué tipo de poder tienes? —preguntó él sin pensar, pero en cuanto vio su reacción comprendió el error. Ella frunció el ceño, desconcertada al principio, y luego sus mejillas se tiñeron de rabia.

—¿De verdad crees apropiado atacarme con eso? ¿Te hace gracia burlarte de los que no tenemos magia?

—Oh, venga ya.

La había visto en acción, sabía lo que era capaz de hacer.

—Cuidado con tu tono, Dalton Basilius. Recuerda con quién estás hablando.

Puede que pase la mayor parte de mi tiempo escondida, pero sigo siendo una de ellos.

—Señaló con el dedo hacia el techo—. Así que te pido, por favor, que hagas tu trabajo.

Hoy solo dispongo de unas horas por la mañana, luego debo volver al palacio.

Esta noche tengo que viajar a la cordillera de Novadia.

Dalton parpadeó sorprendido. Hasta ese momento, había asumido que estaba atrapado en algún tipo de visión, en algún lugar perdido en el mundo, pero Novadia era una de las tres cordilleras que formaban el imperio, y si se hallaba cerca…, entonces ¿estaba en Pramvera? ¿En su propia ciudad?

—¿Novadia? ¿Por qué vas allí?

—Porque también hay niños, Dalton. Huérfanos, heridos, enfermos y gente muriendo de frío. La muerte no solo deambula por aquí.

—¿Y cómo piensas llegar? A pie tardarías semanas. —Su voz pareció retarla. Aquella versión de la guadaña empezaba a mosquearlo.

—Entonces tengo suerte de ser una jinete y de tener un dragón.

El mundo pareció derrumbarse a sus pies y, por un instante, todo dentro de él se quedó en silencio.

—¿Una jinete de dragón? Eso no puede ser —murmuró Dalton—. Hace más de siete mil años que los dragones se extinguieron. Cada uno de ellos.

Ella volvió a reír, esa vez más fuerte, y él estuvo a punto de estallar. Por el amor de los dioses, ¿qué clase de broma cruel estaba presenciando?

—¿Te parece gracioso? —le soltó con un tono afilado.

Antes de que pudiera replicar, le agarró el rostro con ambas manos, con una naturalidad que le heló la espalda. Lo acercó tanto que pudo verle las pecas sobre la nariz.

—¿Qué estás…? —Pero la frase se le apagó en la garganta. El tacto de ella lo atravesó y se quedó quieto, presa de un pavor que sabía de dónde venía.

—Estoy comprobando si te has dado un buen golpe en la cabeza —susurró ella, concentrada—. O si…, espera. ¿Sientes que tus recuerdos se han desordenado? ¿Tienes lagunas, confusión? Ay, por todos los dioses…, ¿tus recuerdos están bien?

Lo soltó de repente como si le quemara y él retrocedió, doblándose sobre sí mismo mientras se llevaba una mano al pecho para tratar de recuperar el control.

—Mis recuerdos están perfectamente.

Ella no se lo creyó, pero la forma en que se tensó, la preocupación en su rostro cuando mencionó lo de los recuerdos… fue real.

«La guerra de las Tres Llamas no solo arrasó el imperio. Quemó las tierras, borró nombres, memorias, legados enteros. Nadie sobrevivió para contar lo que vino antes. Yo solo heredé ruinas y silencio». Recordó las palabras de Savannah apenas unas horas antes.

«Nadie sobrevivió —le había dicho ella—, pero todos aquellos que murieron están aquí. Todos estamos aquí».

—¿Quién eres?

La última vez que le habían hecho esa pregunta, ella había respondido: «Soy la ejecución de Bankai». Pero ahora, con piel humana, ojos brillantes y esa calidez que lo descolocaba, era como si frente a él estuviera otra persona.

—¿Es que acaso no sabes quién soy?

Dalton negó con la cabeza.

—Pues, al parecer, soy la hija de unos padres que me desprecian por hacer las cosas de forma distinta, porque no sigo las reglas que la corona impone, porque no lidero con miedo ni con poder, sino con la cabeza y con el corazón.

—Se giró un momento y señaló con un gesto suave a los niños, quienes ahora la miraban en silencio—.

Por desgracia, este mundo no está hecho para una emperatriz que odia su propia corona, para alguien que cree que el deber no se mide por el linaje, sino por cuánto estás dispuesto a cuidar a los que no tienen a nadie.