Capítulo 4
La espalda de Dalton chocó contra algo duro.
Si sus pul mones hubieran funcionado como antes, aquel impacto le habría robado el aliento.
Instintivamente se llevó las manos a los ojos, intentando apartar los hilos que creía tener sobre ellos, pero no había nada.
Solo una oscuridad espesa, viva, que se negaba a disolverse.
Parpadeó una y otra vez, forzando la vista, hasta que la sombra comenzó a fracturarse y dejó entrever, poco a poco, el lugar que lo rodeaba.
Delante de él se alzaba un muro de piedra descomunal, cubierto de un musgo húmedo que trepaba hacia lo alto, devorando la roca.
Alzó la mirada y se dio cuenta de que estaba bajo un arco, un puente de piedra que se curvaba sobre su cabeza.
A ambos lados descendían cascadas finas, alimentadas por la lluvia que caía.
Pero lo que en realidad lo desconcertó fue el cielo que, cubierto de nubes, dejaba pasar destellos inciertos de luz.
En Bankai, la tierra de los muertos, no existía el sol.
Se pasó una mano por el rostro, aún sintiendo el roce de aquellos hilos, y se preguntó qué le habían hecho las hilanderas, a dónde lo habían enviado y, sobre todo, qué era aquel lugar…
Su oído inmortal captó el sonido apresurado de unos pasos, un taconeo sobre la calle empedrada, rota en algunos tramos.
Desde la esquina, una figura emergió bajo el arco del puente.
Llevaba una capa gruesa de tono rosado, bordada con hilos dorados que le llegaba hasta los talones.
Dalton no alcanzó a verle el rostro oculto bajo la capucha, pero tampoco le hizo falta.
Cuando pasó frente a él, reconoció aquel torrente de energía que lo atravesaba cada vez que ella lo rozaba.
Esa mujer era la hermana de la muerte.
Esa mujer era la guadaña.
El sonido de sus tacones se detuvo de golpe, y ella se giró hacia él con una mezcla de sorpresa y cautela. En sus brazos sostenía una bolsa de cuero, presionada contra el pecho.
—¿Eres tú nuestra salvación?
Si Dalton no hubiera tenido una pared detrás, se habría derrumbado.
La guadaña —o lo que fuera aquella versión humana de ella— ya no tenía el aspecto espectral que recordaba.
Su piel, aunque pálida, mostraba un matiz cálido; sus mejillas tenían un leve rubor, y el cabello dorado caía en ondas desordenadas sobre los hombros, reflejando un brillo suave bajo la luz gris.
Parpadeó confuso. ¿Salvación? ¿Él? ¿Salvar a quién… y de qué?
«Ahora tus ojos estarán en su pasado. Observa qué amores no terminaron, qué vínculos no se cerraron, querido emperador. El ciclo del Tártaro ha comenzado». Esas habían sido las palabras de la hilandera.
La guadaña, al ver que él no respondía, apretó aún más la bolsa contra su pecho y bajó la cabeza.
—Perdona, me he equivocado de persona. —Giró sobre los tacones sin esperar respuesta y se alejó con paso rápido.
Dalton permaneció inmóvil unos segundos, desconcertado. ¿Acaso no lo había reconocido? ¿O era aquella otra de las pruebas del Tártaro? En ese caso, no tenía intención de fallarla.
—¡Soy yo! —Avanzó un paso en su dirección—. Yo soy el hombre que buscas.
Ella se detuvo y el eco de sus tacones se desvaneció entre las paredes de piedra. Sin pronunciar palabra, dio media vuelta y volvió hacia él. En un segundo lo tenía acorralado contra el muro.
—¿Eres tú El jinete que viene de Valdemar? ¿El que tiene dones de vinculación? ¿El que puede sanar? —La sonrisa de la guadaña se volvió más viva, y sus ojos color avellana se llenaron de lágrimas—. Por todos los dioses…
¿Jinete de Valdemar? ¿Vinculación para sanar?
Nada de eso encajaba con lo que Dalton sabía.
Conocía los siete tipos de vinculación: el fuego —el suyo, el de Eda y el de la Dama—; la sombra de los nightmares y las bestias desplazadoras; los escudos de los zeng; el control de visiones de los hipogrifos; la energía de las mantícoras, y la vinculación mental que le proporcionaba el vínculo con su dragón.
Pero sanar… Jamás había oído hablar de algo así.
No le dio tiempo a responder. Ella lo sujetó del brazo con fuerza y lo arrastró calle abajo, manteniéndolo pegado a la pared, hasta que se hubieron refugiado bajo un conjunto de techados.
Solo entonces, mientras corrían por los adoquines resbaladizos, se dio cuenta de que él también llevaba una capa con capucha negra, igual que ella.
—Perdona por las prisas, los niños tienen hambre. Ayer Marcelin no pudo venir a darles de cenar y yo no conseguí escaparme. Debería haber llegado hace una hora, lo siento por hacerte esperar.
La guadaña hablaba deprisa, como si el tiempo se deshiciera entre sus dientes, y zigzagueaba por las calles con la misma urgencia.
—Por lo general, este centro de sanación atiende sobre todo a niños huérfanos —continuó—, a los que no pueden pagar un sanador, porque aquí no cobramos.
Jamás. —Se detuvo de golpe y se giró hacia él—.
Te lo han dicho, ¿verdad? Sabes que este trabajo es voluntario, ¿cierto?
No aceptamos dinero; cobrar por curar va en contra de todo lo que defendemos. ¿Estás de acuerdo con eso?
Dalton vio cómo ella pestañeaba varias veces.
—Sí —respondió al fin. ¿Qué más podía decirle? Necesitaba seguirla, entender qué cojones estaba pasando—. Ayudaré en todo lo posible de forma voluntaria.
La guadaña sonrió de nuevo y apenas ladeó la cabeza hacia una puerta sin distintivos.
La casa parecía igual que todas en aquella calle: fachada de madera vieja y astillada por los años, con enredaderas trepando por los bordes y musgo acumulado en las esquinas.
Junto a la entrada, un candelabro sostenía una llama frostfire, la cual no ardía, no quemaba y nunca se apagaba.
—Es aquí. Por razones obvias, el centro de sanación está escondido; los guardias imperiales patrullan mucho por estas zonas, así que es mejor pasar desapercibidos.
—Tenía la mano ya en el picaporte—. Si me gusta lo que haces, te daré una pequeña llave, así podrás entrar sin necesidad de que Marcelin o yo te abramos.
—Entendido.
—Bien. —Ella tomó aire, y eso volvió a desconcertarlo. ¿Respiraba? ¿Estaba viva? ¿Cómo era posible?—. Entremos.
Empujó la puerta con una sola mano mientras con la otra seguía sujetando la bolsa.
El interior era una casa reconvertida, con las paredes derribadas para formar una única sala abierta.
A ambos lados se extendían camillas alineadas con mantas gastadas, y en el centro, dos largas mesas de madera servían como improvisados bancos de trabajo.
Estaban cubiertas de frascos de cristal, vendajes enrollados, morteros de piedra, pinzas de hierro curvadas y pequeños botes de esencias con etiquetas dibujadas a mano.
En las estanterías bajas se amontonaban libros abiertos, instrumentos de curación y velas encendidas junto a una ventana entreabierta que dejaba entrar el aire.
Todo olía a hierbas, alcohol y cera.
—Bueno…, según lo que me dijeron, tenías experiencia con enfermos, y estás acostumbrado a ver cuerpos heridos, fiebre y dolor —dijo mientras se acercaba a él. Luego se desabrochó la capa antes de colgarla en un perchero de hierro—. Pero… ¿estás acostumbrado a verlo en niños?
Asintió, aún aturdido, con la garganta seca y la mente tambaleándose entre el presente y los recuerdos que nunca se habían ido del todo.
La guerra de las Sombras Eternas había terminado hacía más de tres siglos, pero en su memoria seguía tan viva como el primer día.
Había presenciado cosas que ningún ser —ni siquiera un inmortal— debería haber visto jamás.
Dalton, apenas unos días atrás, había sido testigo de aldeas consumidas por la llama valirio, de la mirada vacía de los niños poseídos por los noctífagos, de cómo familias enteras gritaban desde dentro de sus propios cuerpos mientras se las utilizaba como armas.
Creyó que eso lo había preparado.
Creyó que ya nada podría romperlo.
Lo miró una última vez antes de ponerse un delantal fucsia sobre el vestido rosa claro con volantes que llevaba.
Se recogió el cabello rubio en un moño alto y se arremangó.
Fue entonces cuando Dalton se dio cuenta.
Desde las camillas, algunos niños pequeños empezaban a incorporarse entre toses, todavía adormecidos.
—Me ha costado salir hoy, pero ya estoy aquí.
Os he traído el desayuno: queso y pan para los que podéis masticar, y avena con leche para los que no.
—Empezó a moverse, sacando cosas de la bolsa para después repartirlas uno a uno.
A cada pequeño le decía su nombre al entregarle el alimento, incluso a los que no se levantaban y sollozaban bajo las mantas.
—Olivia no ha pasado buena noche —dijo un niño muy delgaducho mientras mordía su trozo de queso—. Ha llorado mucho.
La guadaña asintió con un leve gesto; luego lo miró a él.
—¿Tu nombre?
—Dalton. Dalton Basilius.
—Yo me llamo Savannah. —Se giró hacia los catres—. A partir de ahora, Dalton también será vuestro sanador, es su primer día.
Los niños dejaron de comer para observarlo con los ojos muy abiertos. Una niña pelirroja, con la cara manchada de avena, frunció el ceño.
—¿Por qué tu piel brilla? ¿Estás enfermo como nosotros?
—Me haces daño en los ojos —añadió otro.
Dalton seguía quieto junto a la puerta, sin reaccionar.
—¿No habla? —preguntó de nuevo, pero, antes de obtener respuesta, el niño alzó las manos y comenzó a comunicarse con la lengua de signos. Dalton, que la conocía, entendió las palabras: «¿Te encuentras bien? Estás muy pálido».
La guadaña se inclinó hacia él y le susurró al oído:
—Será mejor que empecemos. Cuando despiertan después de tantas horas sin comer les cuesta distinguir lo real. Sígueme.